jueves, 22 de noviembre de 2007

Imation: La guerra de las niñas

Hace ya unos años, en mi cabeza y, con motivo de visita, logré situarme en un vuelo de Varig con destino a Brasil. Mi único objetivo, en el fondo, era ver pasar a la Emperatriz por el sambódromo. Me habían hablado demasiado bien del momento en el que la escuela aquella pasa por la parte central del desfile. “Olvídate; es una fiesta total”, me dijeron alguna vez.

Con los ánimos en alto, crucé la panza de orilla a orilla e hice arreglos para dormir en un hotel llamado Gloria. Lo demás fue poco importante hasta el momento en el que, desde una tribuna muy bien organizada, veía pasar a las distintas escuelas de Samba. El país entero estaba en carnavales, pero Río los vivía mejor que nadie.

De pronto llegó el anuncio; era el turno de la Emperatriz. La música con la que hizo su entrada, las coreografías en el inmenso carro alegórico, el entusiasmo de la gente, todo hacía parecer que, como me habían dicho alguna vez, se trataba de una fiesta total, y qué fiesta.

Después de todo, ellos querían la paz y ser feliz ese día, “sambando con la Emperatriz”.

jueves, 15 de noviembre de 2007

Justo cuando pelearon

Don Victor es el guardia de la agencia, y de otras oficinas más en este edificio. Siempre es cordial y muy atento conmigo; saluda, se despide, me conversa al paso y a veces ni tan rápido. En un par de ocasiones, me he quedado a charlar con él por varios minutos, cuando el trabajo hizo que dejara la oficina de madrugada y lo encontraba cuidando el parqueo.

Cada vez que puedo le hago regalos; un par de gorras, algún llavero, o qué se yo. Quiero que sepa que valoro su trabajo, sobre todo cuando nunca pide nada (al menos no a mí) y me recuerda que la oficina está bien cuidada, así como mi carro; dice que puedo confiar en él. Y bueno, que ya lo conozco hace varios años.

Ayer le di una bolsa llena de ropa casi nueva, de esa que uno se pone una vez y no la vuelve a sacar del closet (clásico en Mu). Sé que sus hijos, por lo que me ha contado, tienen una contextura parecida a la mía, así que no podría ser mejor. Me lo agradeció unas doce veces y quedó muy contento por recibirla, así como yo por dársela. Hacer cosas buenas gratifica.

Le dices que estoy con ella

Hoy, muy temprano, desempaqué lugares que pensé que no existían en mi cuarto. Fue la última vez que jugué inocentemente con soldaditos al reencontrarlos después de muchos años. Había varios recuerdos olvidados. Y es que hace poco tiempo desempolvé muchas cosas y creí que eran las últimas, pero me equivoqué. Hoy, muy temprano, redescubrí el atari, el nintendo, el trompo, libretas de notas (de esas que mandaban a los padres y uno esperaba atento para tomarla antes que ellos), fotos y personas, libros, cartas, postales y unos cuantos más etcéteras que hicieron que pensara, extrañara y, en algunos casos, me afligiera.

Mi cuarto, junto a ese que hay en la última planta, con el viejo escritorio verde, los muebles y el cajón de festejo, me están diciendo adios.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Suficientes Kilómetros por hora para llegar a tiempo

Hay un lugar en mi casa, un cuarto en particular que, a lo largo de mi vida en este lugar, ha tenido un gran número de funciones. Es un cuarto grande en la última planta, con una especie de terraza que posee una vista muy buena hacia un verde y primaveral parque.

Empezó siendo la morada del guardián cuando aún no terminaban los acabados, hace ya muchos años. Seguidamente se convirtió en un cuarto de huéspedes y cesó de serlo cuando una serie de injustos y tristes episodios obligaron a Coché a esconderse y vivir ahí durante un par de años. Eventualmente se volvió la sala de ensayos para mis días con "George Vanderghen", la primera banda de rock a la que pertenecí, y a sus días le siguieron los primeros ensayos de Sueñoz de Azotea.

Con el tiempo perdió concepto de función específica. En ese cuarto me escondí, me embriagué, jugé, besé, hice el amor, canté, reí, vandalicé las paredes con pintura y tecnopor, y hasta trabajé, porque los inicios de la agencia tuvieron lugar en un antiguo escritorio donde improvisé un par de equipos para los primeros trabajos que hice haciendo algo que me gusta hacer.

Hoy en día, ese cuarto conserva el viejo escritorio, un televisor antiguo, un cajón (¿un cajón? si pues, para tocar festejo) y un par de muebles desde donde sentado con mi pequeña centrino y, junto a mi cenicero en forma de cabeza de chanchio, termino de escribir esta entrada.

viernes, 9 de noviembre de 2007

Cinco minutos de descanso

Y bueno, gracias a un comentario anónimo, decidí tener un encuentro, en teoría, casual, con un amigo imaginario, en ese bar donde tocaba el hombre del Piano, y le conté:

Alguna vez, hace ya varios años, aproveché mi paso por el caribe mejicano y decidí quedarme unos días de más en Puerto Vallarta; un lugar espectacularmente acogedor y, a la vez, relajante. El caso es que conociendo el pueblo (o la ciudad, sin ofender a los parecidos) me encontré con una de esas experiencias por las que nos preguntamos si en realidad, por lo buenas que son, estaban hechas para pasarle a uno mismo o a alguien más afortunado.

Comía tranquilo en un lugar llamado Le Kliff, con un atardecer que solo había visto en películas o retocado a computadora, cuando noté que en la mesa de al lado habían dos hermosas chicas hablando en francés, aunque con un acento bastante costeño. Han de ser de Marsella, pensé. De cualquier modo, lo interesante estaba aún por comenzar.

Terminando mi delicioso plato y todavía un poco asombrado por la cuenta (qué lugar tan rico, aunque caro), noté que una de las dos muchachas me miraba. Respondí al gesto con una contienda de miradas, tal y como alguna vez me lo enseñó mi padre, pensando que no llegaría muy lejos con eso. Pero qué bueno que a veces nos equivocamos; la ahora mujer (porque ya no era más una chica para mí) se levantó de su mesa y me preguntó si podía sentarse conmigo. Enchanté, le respondí, con el malísimo francés del que hago uso. A los pocos minutos le dije que, por favor, cambiáramos al inglés y, para mi suerte, accedió.

¿Por qué no viene tu hermana? Le pregunté. No es mi hermana, es mi novia y estoy tratando de darle celos. ¿Con un hombre? – Si, porque no soy lesbiana, soy bisexual. ¿Realmente?.

De pronto, mi amigo imaginario me interrumpió la historia. Tendrá que esperar, me dijo, porque Bill va a empezar a tocar el piano. Claro que si, respondí mientras me daba la vuelta para escuchar y, a la vez, poder ver al hombre del piano.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

El tiburón me sujetó

"Estudiando", "con mucho que hacer", "no molestar", "no estoy no insistir", "Finanzas, Lengua, Economía, uy se vienen unos parciales pendex", "Hoy toca amanecida", "Que bien me divertí hoy", "con gripeeeee", "en la ducha". En fin, una tira de nicks que, a mi parecer, son nicks de mierda. ¿A quién le importa qué coño hagas en ese momento? ¿crees que a alguien le interesa saber de tus cuatro cursos que te tienen super ocupado? ¿Quién, coñazo, quiere saber que te vas a amanecer hoy haciendo esa tarea que, por imbécil, no la haz hecho en toda la semana que tuviste para hacerla?

Si alguien quiere saber cosas específicas sobre tí te lo va a preguntar; deja, por favor, de darme y darle cólera a mucha gente que entra al Messenger (ya pasó un buen tiempo, también) y solo le provocas un dolor de cabeza. Tu posería me da poco asco y mucha pena; te sientes solo, necesitas de amigos, de gente que te hable, porque solo así sentirás que estás "dentro". Detente.

Ojo; para tí también, mujer. No porque seas del sexo supuestamente débil (aunque muchas veces fácil) me va a interesar saber que tu profesor te dijo tal o cual boludez. ¡'Renuncio!

martes, 6 de noviembre de 2007

La canción decía "Para el mar" y no "Panamá".

Ya no puedo más con este egoismo; siento que es mi deber compartir este video. Creo que lo mejor es no perder detalle de la coreografía de los bailarines y las bailarinas (sobre todo los bailarines). Vale cada segundo y la mejor toma viene en el minuto 3 segundo 42 (3.42). Demasiado.

lunes, 5 de noviembre de 2007

Gonzales del Solar -sólo en caso-

Cuando tenía, seguramente, siete años y, mientras pasaba unos días con esa familia de Casa Grande a la que mucho tiempo más tarde iría a visitar para sus bodas de oro, me porté como un niño de mierda al hacer una supuesta travesura que terminó en una buena paliza que me hizo llorar toda la noche (qué larga tu oración, oye).

Claro, de niños, todos hacemos travesuras y, a pesar de no haber sido un daniel, he sido artífice de episodios aislados que involucraron acciones de muy mal gusto para todos a mi alrededor. Como cuando le tiré una piedra en la cabeza a mi tío desde el techo y traté de justificarlo diciéndole que en realidad quería tirársela en la espalda, o cuando incendié la habitación de otro tío con la finalidad de apagar el incendio jugando a los bomberos. En fin, recordar esas travesuras causa gracia hoy, porque en aquellos días solo causaba un dolor posterior como castigo (al menos a mi).

Volviendo a Casa Grande; una noche me encontraba en la puerta de un cuarto que daba hacia la cosina. En ella se encontraba Teresa (de Teresa y Augustín) cocinando algo que olía muy bien, recuerdo. Yo, sabiendo que Teresa sufría de hipertensión, que era una señora muy nerviosa, muy frágil y que, para colmo, era aracnofóbica, decidí hacer una verdadera estupidez. Saqué mi araña de hule con pelos del bolsillo -una pieza ficticia que llenaba mi lista de juguetes tontos de esos días- y la lancé sobre la cocina, cayendo justo sobre la tapa de una olla que Teresita estaba moviendo.

Su grito, sus nervios, su estado de ánimo enseguida a lo que hice, la presencia casi inmediata de todos a la escena y la posterior mirada retadora de mi padre son algo que, junto al llanto y a la sensación de culpa que tuve el resto de la noche, nunca olvidaré.

Hace un par de días; Teresa y Augustín estuvieron en Lima por tristes motivos, pero decidí hacer lo que nunca hice en casi veinte años; pedirle disculpas por esa broma de mierda. Ella las aceptó; esa fue la mejor parte.

viernes, 2 de noviembre de 2007

¡Qué gasolina!

¿Por qué es que en un país tan pobre como este pagamos tanto por un combustible que, además de caro, es sumamente sucio? Dejémonos de idioteces: la pregunta no debería ser esa; no se necesita ser un experto en ninguna ciencia para atinar que el estado (¡oye!), por alguna razón, no deja de apoyar los intereses de las estractoras de petroleo, que prefieren exportar el crudo en vez de manejarlo aquí (¿Pappo?). No tenemos déficit de combustible, ¡¡señores!!, ni tampoco una falta de industria para procesarlo en el Perú; lo que tenemos es una habilidad increible para estropear el desarrollo del país (¡Oye, carajo!). ¿Acaso es mejor exportar el crudo extraído para luego importar gasolina? ¿qué diablos le pasa a los gobiernos? Si me preguntaran a mí,(punto. Edson, administrador de Las Melodías de Pappo Bantón, acaba de vetar la continuación de esta entrada por infringir, en demasía, una de las normas del blog: acá no se habla de política).

Nota privada a Pappo Bantón: ¿Qué te pasa, huevón? ¿Te haz metido meta o qué?

lunes, 29 de octubre de 2007

Good News from New Hampshire

Julio, Renzo "Zoren", Jaime, Roger y yo fuimos, alguna vez, una banda de rock (que en realidad era de punk con influencias comerciales) llamada "Sueños de Azotea". Por aquellos días yo estaba en medio de mi mejor época como percusionista y algunos músicos discutían sobre mi interesante habilidad para coordinar el pedal del charleston (tuve un gran aunque flojo maestro a la batería). De cualquier modo, Sueños de Azotea se formó como un pasatiempo y terminó siendo un proyecto personal, prometedor (solo para nosotros) y ambicioso. Sin embargo, no llegó tan lejos ni duró tanto tiempo.

Lo que mejor recuerdo de ese entonces son los ensayos. "¡Para para!" grité muchas veces porque algo iba saliendo mal en medio de una canción. Luego preguntaba ¿de quién es la culpa? y la respuesta, por lejos de la verdad que se encontrase, siempre era la misma: "La culpa la tiene Jaime", decían todos a coro. Y es que Jaime (no el conocido James Ruchman, sino el asesino) es un personaje al que alguna vez le dedicaré unas líneas en mi blog.

Recuerdo, también, un concierto en un local que manejaba un rubro desconocido para mi. No me llevaron con engaños porque todos nos enteramos que tocamos en una discoteca para gays recién luego del recital. Y así, esa historia quedó junto a "la tocada" en el condominio de Jaime, las corridas de los pirañitas en el centro de Lima cuando ibamos a grabar donde "Pedro Psicósis", y la visita a la casa del pueblo aprista solo para comer por un sol porque nadie ltenía dinero y estábamos en las inmediaciones (esa charla; qué ignorancia -¡Stú! no presiones: nada de política por favor-).

En fin, Sueños de Azotea, luego de sonar por primera y única vez en un bonito festival cervecero en Cusco, terminó para mi cuando salí del País y, a pesar de las invitaciones posteriores a mi regreso y un supuesto-eventual-concierto-encuentro, Pappo Banton no volvió a tocar melodías junto a esos mercedarios. Ahora el grupo se llama "Azotea" y el único integrante de la primera generación es aquel que siempre tenía la culpa de un mal ensayo.

sábado, 27 de octubre de 2007

Sarta de enquencles

Una vez, para el estúpido día de San Valentín (empecé a verlo como estúpido luego de una experiencia bochornosa con una chica), me encontraba en medio de un episodio de citas con una amiga. Al menos para mí, la cosa iba por el camino serio y tenía proyecciones de enamorado. Seguía, en algo, la letra de Detalles, de Oscar d’ León.

El caso es que para ese –una vez más- estúpido día de San Valentín (de la amistad, del amor y demás maricadas), no se me ocurrió marcar su número, ofrecer vernos o invitarla a casa. De hecho, fue ella quien me llamó al móvil, como quien no quiere la cosa, preguntándome por planes para ese día. Planes en general, no con ella, no con alguien más; solo planes (entre líneas: que recuerde que para muchos es normal salir ese día en parejas).

Y bueno, que muchas personas ya me han criticado la honestidad con la que voy directo a un punto (Hugo es quien más sufre con eso). “Nada, hoy es un día estúpido”, le dije por teléfono. Colgamos y no me dijo nada hasta luego de un mes. Sostenía que yo era malo porque “no quise salir con ella en Valentine’s” y eso me descartó como buen prospecto a futuro. Finalmente y, sin siquiera ser muy consciente de ello, al poco tiempo dejamos de vernos de esa manera y volvimos al plano amical. Hoy por hoy, cada vez que nos vemos, siempre llega el fiel momento en el que vuelve a decirme lo mismo: Es que tu fuiste malo porque no quisiste salir conmigo en valentine’s.

Ps: Valentine’s Day sucks

martes, 23 de octubre de 2007

Tocino con huevo para el desayuno en Ancón

Estoy super perdido, le dije. No entiendo por qué haz hecho todo esto, por qué hacer que venga a este pueblo de mierda ¿sabes lo que me costó llegar hasta acá? ¿por qué querías verme acá? ¿y por qué me mandaste todos esos correos y mensajes? -¿Puedes callarte y escucharme?- me interrumpió mucho más calmada que yo. Créeme, siguió, que si te he hecho venir hasta acá es porque tengo una razón para haberlo hecho. Como te dije en esos mensajes, hoy vas a aclarar muchas dudas y vas a entender mejor lo que pasó y por qué pasó. Vamos, te invito un mate en el hotel. ¿Por qué tiene una bandera americana? le dije, entre confundido y entusiasmado. Ya lo entenderás cuando pasemos, contestó. ¿Vamos?

Al entrar a ese viejo y mal diseñado edificio, un hombre alto, gordo y con barba nos recibió. Pasen por favor, nos dijo con un español que delataba su nacionalidad. Ahora entiendo esa bandera de mierda en el techo, pensé. Nos dirigimos a una sala al costado derecho de la recepción que contaba con un par de mesas que, aunque paupérrimas, atractivas. Y bueno, le pregunté, ¿me vas a decir de qué se trata todo esto?. Si, me dijo, pero primero te tomas el mate para que no te choque la altura, subimos a mi cuarto, te bañas, y hablaremos cuando estés más calmado. ¿Tienes un cuarto en este hotel? ¿vives acá o qué? ¿por eso es que no escucho de tí en Lima? - ¿lo ves?, todavía estás exaltado, como te digo, todo a su tiempo, tómate esa taza. El hombre alto, gordo y con barba ponía una taza de infusión en mi lado de la mesa.

Coño, pensé, espero que todo esto valga la pena. No puedo negar que en el fondo estaba emocionado por volverla a ver, dentro de todo fue una grata sorpresa. Sin darme cuenta ya estaba en su cuarto, en el segundo piso de aquel miserable hotel en medio de un pueblo de mierda "camino a Canta". De pronto sentí una enorme sensación de relajo en todo mi cuerpo que, de alguna manera, me llevó a desvestirme antes de entrar a la ducha, importándome nada que ella estuviera ahí mirándome, al pie de la cama. ¡Pappo! ¿mucho frío por la altura?. ¡Mierda!, dije en voz alta, mientras cerraba la puerta del baño, esta vez un poco avergonzado por la mala pasada del clima. El bienestar de ese duchazo con agua muy caliente me sacó una sonrisa. Salí del baño y me quité la toalla estrepitosamente para ponerme la misma ropa, aunque en realidad lo hice con cierta complicidad de mi yo interior para reivindicarnos frente a ella. Esta vez no me dijo nada; de hecho, volteó la mirada pretendiendo hechar un vistazo a un estúpido cuadro en el que aparecían varios perros jugando billar.


lunes, 22 de octubre de 2007

A La Molina no voy más

Aunque gordo, nunca dulcero. No soy de aquellos con antojitos de tres leches, tartaletas u otras maricadas (por ahí leí que el hombre nunca debe saber nombres de postrecitos o, de lo contrario, es una mariposa total). Eso si, cuando a mi padre se le da por preparar el tan conocido arroz con leche peruano, no me pierdo una. Y es que en mi familia, existe la buena mano en la cocina. Mi abuela, no la Emilia, sino Leonor o, como la llamamos sus descendientes, "Chochín", tiene una mano que parece haber sido bendecida por Lord Cooker, the Second. Mucha gente dice "nadie cocina como mi abuela"; la diferencia es que en realidad nadie cocina como la mía. Su legado no lo ha pasado entero, aunque por partes. Mi padre, su hijo mayor, cocina una o dos veces al año, pero cuando lo hace... mejor dicho. El arroz con leche es más frecuente, pero igual de rico.

Y bueno, que pappo también cocina y por ahí se dijo que no lo hacía nada mal. De hecho, oficialmente solo sé hacer cuatro o cinco platos distintos, aunque off the record soy un científico experimental de vez en cuando y, modestia aparte, mis invenciones no quedan mal (casi nunca). Mi especialidad es esa pasta con un acompañamiento cuyo nombre informal es "Tallarines Pappo". Pero debo admitir que la receta fue copiada y alterada de una brazilera que le debía la obra entera a su abuelita.

En fin, sé que cuando me case, así tenga una cocinera en casa, necesitaré que mi esposa haga de las suyas con los ingredientes. Y es que Pappo cae por la boca; las menos agraciadas ya tienen una oportunidad (obvio que no, nadie queda mejor en el top de mi helado que esa Cherrylicious que lleva una flor junto a su nombre).


ps: La foto original es con Pappo pero no quiero alarmar a nadie así que mejor pongo a mi extra.

jueves, 18 de octubre de 2007

Tranquila bebé, hoy hay pan de azucar

Las chicas. Las chicas invierten mucho dinero en su pelo (su cabello, cabellera o como fuere). Tienen un matrimonio ¡peluquería!, un cumpleaños ¡peluquería!, rompen con el novio ¡peluquería!, a sentirse mejor ¡peluquería! Y bueno, que algunas incluso deben hacer cita para ir al peluquero. Otras lo ven como un ritual (especialmente en aquellos lados donde un corte de pelo sobre pasa los cuarenta soles). Pero todas –ojo- todas tienen que, por ley, hablar del asunto y esperar a que sus hombres lo noten. Y ¡Ay de aquellos machos –que se respetan- que no lo noten antes que otra persona!

Los hombres, al menos mis amigos, van a peluquerías con cierta decencia; suave, que el corte de pelo te vale doce soles ahí, que te cortan de la puta madre y te hacen peinadito al estilo que se te antoje. Eso si, casi nunca se comenta la cosa. Si alguien lo nota empieza el vacilón: “buena oye, mi querido…”. Pero eso es cosa de hombres.

¿Y Pappo Banton? Y bueno, Pappo nunca puso mucha atención a los requerimientos exquisitos de un barbero caña. A Pappo le cortan el pelo en un lugar al que él llama “el trujillano” (así como están las peluquerías de “el charro”, “el mariquita” –según la emilia- y “el anciano”). Donde “el trujillano”, Pappo ha pagado cinco soles por corte de pelo desde hace unos diez años más o menos. Bueno, cinco soles hasta hace un par de meses que la tarifa subió a seis.

El trujillano es manejado por Ramiro, un buen hombre que te conversa mientras te corta el pelo y que, no hace mucho, decidió abrir su propia peluquería, llevándose consigo a todos sus clientes (en realidad lo siguieron, porque Ramiro hace muy buen marketing one to one). Antes de eso trabajaba para un señor que no me cae, al otro lado de la calle.

Ramiro tiene buenas manos; nadie entiende mejor mi pelo (de las unas que otras veces que no me ha quedado otra que ir a otro lugar). Además, tiene varias revistas que consigue cada vez que viaja a su natal Cartavio y son, a mi parecer, mucho más interesantes que las que se encuentran en todas las demás peluquerías.

En fin, ya me toca ir donde el trujillano.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Tutorial de edición: Tu cara en su cuerpo

Cuando estaba en el colegio y escuchaba decir a mis compañeros de clase "creo que voy a marzo", nunca me puse a pensar que en marzo empezaban las clases y por qué coño decían marzo refiriéndose a enero y febrero (ojo, yo nunca "fui a marzo"). Por ese entonces, nunca tuve problema en ponerme el mismo terno -traje, dice Chepis- para una fiesta de quince años el viernes y otra el sábado siguiente (me dicen las chicas que es más fácil en un hombre y tienen excusa perfecta para comprar nuevo vestido).

Cuando estaba en el jardín me gustaba una chiquita cuyo nombre era something Sarah, y detestaba a Edson Salomón porque él se sentaba a su lado y un día se besaron (qué mocosos para maleados, caray). Por esos días creí con total convicción que había hecho magia al desaparecer un pan de mi lonchera, aunque luego me enteraría que me lo habían robado.

Ya en la universidad, durante los primeros dos ciclos no le presté suficiente atención a los exámenes parciales. Como resultado me atrasé un año entero y mi papá me dio un ultimatum, sin mencionar que nadie en mi familia estaba feliz que yo haya elegido la carrera de publicidad. Poco antes de graduarme me enteré que mi padre no solo quería que sea chef, mas habría puesto un restorante para darme una buena mano.

De mis primeros cuatro años en esta vida no recuerdo casi nada (no es nada porque tengo uno que otro recuerdo no inventado).

El caso es que siendo alrededor de un cuarto de siglo viejo nunca he visto a Perú en un mundial. Listo, no se hable más de fútbol.

ps: Pappo fue peloterazo hasta quinto de primaria, cuando tuvo un accidente y se alejó del balón pie. Otro pudo haber sido su futuro.

viernes, 12 de octubre de 2007

Extintor de hielo seco

Esa noche y, al parecer, todas las noches en ese bar, un tal Bill Martin tocaba el piano. Yo solo buscaba un momento a solas de esos que tanto disfruto, así que decidí ir a aquel lugar del que me habían hablado un par de amigos.

Genial, pensé, si hay algo mejor que ir a un bar a tomarme un par de cervezas es hacerlo mientras alguien toca el piano. “El hombre del Piano”, le decían los clientes regulares, y por ahí alguna de las anfitrionas que atendían la parte de las mesas me dijo que debía esperar a que el señor Martin empezara a tocar, que no me lo podía perder.

Y bueno, totalmente cierto. Bill Martin, con su saco de estilo antiguo, su larga pero muy bien peinada cabellera con rulos y su mirada de niño serio, hizo de esa noche algo especial para mí. Canción tras canción, cerveza tras cerveza, cigarrillo tras cigarrillo. Toda la noche; era mi noche, mi momento de soledad, mi descanso de todo. Mejor dicho, era de ese grupo al que el Señor Martin se refería en una de sus canciones: Gente que viene acá a olvidarse de la vida.

En un par de ocasiones, alguna fémina se me acercó a preguntarme si podía invitarle un trago. Pasé, porque sabía a qué había ido yo y, por supuesto, a qué habían ido ellas.

A eso de las tres y algo más (o algo menos) me paré y dejé un billete que cubría mi cuenta sobre la barra. Me despedí del cantinero, ese hombre gordo y calvo que me cayó muy bien desde un principio, con un gesto muy parecido al saludo militar y salí, no sin antes dejar unas monedas en el jarrón de vidrio que decía “Billy’s tip jar”. Porque ese señor y sus canciones hicieron que mi noche de soledad fuera aún más agradable.

Desde entonces, en mi mente, seguí yendo de cuando en cuando, para pasar mis ratos solo y, no cabe duda, para escuchar el hombre del piano.



miércoles, 26 de septiembre de 2007

Y más del embotellamiento en Javier Prado

Mucha gente piensa que ando molesto porque casi siempre me ven frunciendo el ceño. No es personal; de hecho, hoy descubrí que lo hago desde pequeño. No ando molesto, soy solo yo, y hasta cuando hago eso ando de humor, sino a mirar. Acostúmbrate, mundo. Ingá!

martes, 25 de septiembre de 2007

Karina Nuñez y su linea robada

¿Cómo nos damos cuenta que ya hemos hablado demasiado y es hora de cerrar la boca? ¿Cuándo ha sido la vez en la que peor nos hemos sentido por decir algo que ha acribillado a algún pariente, amigo y demás, obviamente, sin intenciones? A lo que me refiero acá no es a decirle "qué gorda que estás" a la chica sencible y rolliza que se puso un polito veraniego con las inocentes intenciones de llamar tu atención, sino a cuando pecamos de traición-no-intencionada por soltar detalles frente a alguien que no está preparado para recibirlos, o tal vez no permitido de hacerlo. En otras palabras, hablo de cuando cagamos a alguien al decir algo frente a otra persona que "no está supuesta de" oir una palabra del asunto.

Tengo una amiga a la que algunas personas le dicen "Dragón" (Manolo Rojas pregunta gritando: "¿¿¡¡Por qué!!??") porque cada vez que abre la boca es para quemar. Por supuesto, la fémina -al parecer y no estoy totalmente convencido- no lo hace de mala onda, mas de inocente. ¿Qué será?.

El caso es que en varias oportunidades he sentido que he dicho algo que, en teoría, no debí decir. Como cuando pregunté por qué todos los hermanos de mi abuela compartían solo el apellido materno y mi primo menor (y, de hecho, yo también) se enteró de las andanzas de la bisabuela ¿Y qué culpa tengo yo de haber sido involucrado en episodios de mentira sin saberlo? ¿Y qué culpa tengo yo de ser un extra en alguna operación sorpresa de la cual ni siquiera soy consciente de estar participando? Ni modo, pues. De hecho, no me gusta taparle cochinadas a nadie, y me engaño a mi mismo eludiendo la moral y cualquier dilema que aparezca en frente al pensar que, simplemente, no es asunto mío. Tampoco me gustan las sorpresas; al menos no recibirlas, aunque de igual modo casi siempre arruino las que yo planeo.

A las chicas les pasa más seguido, creo. En casos extremos, poco a poco se desubre a la traidora intencional del grupo y termina siendo expulsada del clan. Abajo América!

Cristal: el vidrio, la cerveza y el equipo fraudulento.

Querido Papá Noel:

Sé que estoy algo crecido para enviarte una carta pero toda mi vida he escuchado que tú eres el encargado de traer regalos en diciembre. Por eso me puse a pensar que un regalo no necesariamente tiene que ser algo que se toca, como una bici o un juego de play station, sino que también puede ser una situación, una oportunidad, un camino a seguir.

Tengo que admitir que he dudado varias veces en escribir esto porque ni siquiera sé a qué dirección enviártela (y me siento más tonto por decirlo). Pero nada me cuesta escribir esto así que por un momento voy a pretender que esta carta llegará a tus manos, la leerás y me concederás ese regalo que quiero pedir.

Pues quiero un amor, una pareja, una novia. Sé que probablemente respondas algo como “pues consíguetela”, pero si la pido como regalo de navidad es porque no se trata de cualquier novia, de cualquier amor. Se trata de un amor especial que tenga eso que quiero que tenga.

Una novia que me quiera por cómo soy y no por lo que tengo. Que no se ande con engreimientos, cursilerías o, como mi primo dice, “huevadas”. Que no sea obsesiva, celosa ni posesiva. Que no me quiera ver todos los días para poder extrañarnos más y que no me llame cada seis horas para saber qué estoy haciendo y con quién. Que confíe en mí y no se disguste porque quiero pasar tiempo con mis amigos o hacer otras cosas que no tienen por qué involucrarla. Que crea en mi cuando le diga que lo haga.

Yo sé que pido demasiado, pero no pido imposible. Yo te escribo porque puedo creer que he encontrado una novia así y equivocarme con el tiempo. Sino mira a mi primo Pappo, que hasta ahora no supera a esa tipa Lorraine que ya a nadie le cae, y con la que lamentablemente ya está muy encariñado como para no dejar de pensar en ella aún cuando fue esa tipa quien lo dejó. Hablando de él, en un rato viene por mi. Esta noche me llevará al parque de rides que tanto me gusta. Es muy bueno conmigo. De hecho, tal vez debería pedir ese regalo para él y no para mí. Después de todo yo aún estoy muy joven.

Bueno Papá Noel, si puedes hacerte dos regalos iguales mejor. Y si no puedes entonces sólo uno para mi primo, no creo que te quiera pedir nada más por navidad. Bueno, de hecho, si. La última versión de Twisted Metal para Play II sería la voz.

Un abrazo y haz que crea en ti.

Gerardo

domingo, 23 de septiembre de 2007

La ley de Herodes V

Mucha gente pone en duda la heterosexualidad del pequeño Stewie. Mucha otra gente sabe que el pequeño Stewie quiere matar a Louis, su madre. Pero poca gente sabe que una de las cosas que hace Stewie por la vida, a su corto año, es actuar para comerciales de televisión.

Aquella noche, no podía dormir por el movimiento del tren que, aunque con un gran servicio, era ya bastante antiguo y ruidoso. Como faltaban unas cuatro horas para llegar a San Diego, me acerqué al vagón bar para saborear una Bud Light. Y es que ya hasta me había encariñado con esa cerveza.

Hice mi pedido mientras el movimiento del tren pasando por alguna curva hacía que me balancee al estilo Dani Suco en la canción final de Grease y, al recibir la botellita, también recibí una caricia sobre mi mano por parte del bartender. “Yo, what the fuck, man!?” fue lo primero que solté en un tono bastante elevado, justo antes de que el pretencioso camarero me respondiera que yo lucía sexy con mi pelo de rulos. Su inglés era muy zeteado, signo casi casi inconfundible de un gusto en contra de la naturaleza, por lo que enseguida atiné que estaba en medio de un episodio de acoso sexual.

El puñetazo fue casi instantáneo; el problema fue que no llegó a su destino. Ya me habían advertido que en el mundo de la chimbombada habían buenos exponentes de artes marciales, y supongo que esa es la razón por la cual mi brazo fue atajado y doblado a la brevedad con una llave que me hizo dar la vuelta a presión. Coño, que ahora estaba de espaldas ante mi potencial violador. Recordé, entonces, las sabias enseñanzas de pelea sucia que aprendí en las pocas clases gratuitas de bacón en una zona escondida de Zarumilla (ahora que recuerdo ¿cómo diablos habré llegado a esas clases? ¿Qué será del maestro Push?). Así vino mi cabezazo en retro y mi libertad de esa llave que ya empezaba a asustarme.

Bruce Lee: ¡qué maestro!

Andrea es una de mis estudiantes que caen en la categoría de "alumnas especiales". Lo pongo así porque, al menos, hasta ahora no me he topado con un exponente varoncito de esta categoría. A estas niñas hay que marcarlas desde el primer día, y no por revoltosas, sino por algo que puede ser peor que eso: su engreimiento. Andrea, así como en su tiempo lo fueron Claudia, Micaela y algunas pocas más, es de las chiquillas que están acostumbradas a recibir todo a cambio de nada. Parece que nadie se les pone al frente cuando solicitan el cumplimiento de un capricho. Nadie las cuadra por no hacer las tareas, por dárselas de superior frente a sus compañeros de clase.

El caso de estas niñas no es especialmente positivo, mas especialmente interesante. Sus padres, como fieles dueños de algún imperio, jamás tendrán unos minutos para hablar de sus pequeñas con algún profesor. En cuanto a las madres, es en vano acudir a ellas, pues clamarán ser descendientes perdidas de familias super poderosas y se comportarán a la altura de una Wallace, Lewis o Hartzell, justificando la "falta de interés" de su pequeña engreída. Ajá, ahí está el asunto; de tal madre tal minina. Con tantos sirvientes como engreimientos, es normal que la pequeña Andrea llegue a la primera clase con aires de joven diosa y espere el mismo trato que, desfortunadamente, sus profesores de siempre le han cedido. Ahí empieza la parte interesante, donde el -en principio- malo profesor nuevo le pone un alto y, eventualmente, la hace reflexionar sobre sus actitudes inapropiadas, equivocadas y, por sobre todo, estúpidas de comportarse frente a otros niños. "Quiero irme a mi casa!", "pues ve, la puerta no está lockeada". Sigamos.

Cada clase es una nueva lección para la pequeña Andrea, una lista de sesiones que, poco a poco, la debilitan, le hacen perder el poder y el control al que estaba acostumbrada, la igualan a los demás alumnos. No hay condescendencia para nadie; todos son alumnos y todos merecen el mismo trato. Si no sigue las reglas, caerá igual que Yahaira, otra estudiante que no comparte los privilegios de la alta sociedad y a la que tampoco le gusta hacer las tareas. "Pero yo no soy igual a ella", "Pero tu nota de hoy es igual de baja que la de ella". Sigamos

A mitad de ciclo Andrea ya empieza a reaccionar; sabe que no le queda otra que hacer sus tareas, trabajar en equipo con alumnos a los que en un principio miraba de mala manera. De hecho, le empieza a agradar. Se va dando cuenta que no hay nada malo en seguir las reglas, en hacer las cosas bien, en cumplir, en trabajar en grupo, en hacer sus tareas y, ¿por qué no? en participar de los juegos en clase (ni tan malo el profesor ¿ya ves?).

Quedan pocas clases para que termine el ciclo y espero, al final del mismo, poder haber logrado el pequeño cambio que logré con las Andreas que alguna vez tuve en clase. Después de todo, cuando recién entró a mi clase era seria y no se juntaba con nadie; ahora sonríe casi siempre, tiene un mejor desempeño y disfruta de su nueva amistad con otras dos niñas.

Nota aparte:

Debo admitir que la música a la que mucha gente llama "de ambiente" es bastante buena (al menos para escuchar). Justo hace unos días me comentaban, en un encuentro casual por internet, que hablo mucho sobre gays, mundo gay y mariconadas (que nada tiene que ver con maricadas) en mi blog. ¿y?

martes, 18 de septiembre de 2007

El mundo de los tacaños

Una de las mejores cosas de la niñez es, creo yo, enamorarse. Cuando somos niños, nos enamoramos de una manera tan rápida y fácil, tan tierna y tan inocente, que esa sensación ( que ya muchos a mi edad hemos olvidado), esa ilusión que nos hace pensar solo en una persona y en tonterías como que amamos y queremos casarnos con ella, nos hace percibir todo de una manera feliz. Por supuesto, cuando de niños nos rompen el corazón, también sufrimos mucho, lloramos por algo de lo que, como adultos, nos parece ridículo, tonto, patético. Pero lo cierto es que cuando siendo niños nos rompen el corazón, sufrimos hasta el llanto. Hoy nos referimos a chiquilladas, a bobadas, pero en esos momentos lo vivimos y, a nuestro modo, lo vivimos muy intensamente.

No recuerdo la primera vez que, a mi modo, me enamoré de niño, pero si recuerdo una de aquellas. Tenía alrededor de ocho años y mi familia, que desde entonces ya hacía notable su pasión por viajar tanto como se pueda, decidió que sería agradable pasar unos días en el norte del Perú; precisamente en Tumbes. Fue así que junto a los Alava tomamos un avión a Piura y luego algún transporte hacia el departamento fronterizo, para pasar ocho días de "aquel verano que tomé su mano" en uno de los -por aquel entonces poquísimos- hoteles playeros de Punta Sal. El hotel con ese mismo nombre estaba copado para las fechas, así que el grupo optó por otro hotel casi igual de bonito, a unos cuantos kilómetros playa abajo; Puerto Azul (me pregunto si hasta ahora existe ese lugar).

Fue en ese lugar donde conocí a una niña un año mayor que yo. Something Claudia, creo. El flechazo fue instantáneo; la niña aquella había estado ahí desde hacía ya un par de semanas y se iría pronto, junto a su familia y a su amiga cuyo nombre es irrelevante y que, por coincidencias de la vida, fue el flechazo del hijo mayor de los Alava; eramos un team. Esta chiquita que "tanto" me gustó en cuestión de minutos era, probablemente, una cabeza más alta que yo (las chicas crecen más rápidio); sin embargo, eso no fue impedimento para que mis ojos se pusieran como los de Don Ramón cuando veía a la vecina que aparció en unos cuántos capítulos. Casi sin darme cuenta y en cuestión de un par de días, los cuatro andabamos juntos a todos lados (dentro del hotel). Nuestras hermanas y nuestros padres eran lo de menos, el mundo era para mi y para Claudia. Ella y su amiga nos contaron que antes de nosotros, había venido y ya partido mucha gente, otros amigos, varios grupos, pero no presté atención a eso.

Uno de esos días tropecé y me hice una herida en el pié que, recuerdo, me dolió hasta el infierno; pero como Claudia estaba ahí no dije nada, me hice el machote aguantándome las lágrimas por algo que no parecía tan grave, en realidad, y no dije nada a pesar de que todo fue cupa de ese cochino perro negro que llevaba a todos lados. Esa misma noche mi madre me curó la herida ya infectada con alcohol y lloré como una niña, sabiendo que Claudita, mi chica, mi amor, estaba oyendo todo fuera de la habitación. Fue tan bochornoso en ese momento que al día siguiente me quedé en el cuarto del hotel hasta pasado el medio día, cuando yo sabía que Claudia, su familia y su amiga ya habrían partido.

La llamé como dos meses más tarde, pues me había dado su teléfono en algún momento, pero ella no se acordó de mí, solo de mi nombre. Dos meses haciéndome rodeos para levantar el teléfono y marcar su número; dos meses ensayando qué le iba a decir. Dos meses por las puras. Lloré porque no fui su único novio mientras ella estuvo ahí (novio dice), lloré porque solo se acordaba de mi nombre pero no de mi barriga, mis cachetes o mis rulos; lloré porque a esa edad me rompió el corazón.

viernes, 14 de septiembre de 2007

La melodía número cien de Pappo Bantón

Por razones que escapan de mis manos, la Ponderosa tuvo un descanso y decidí aventurarme a tomar el transporte público. Melissa mencionó que viajar en combi siempre traía experiencias interesantes, y así lo confirmé. Tomé una pequeña van (y una vez más, "combi" es el modelo de Volkswagen que usaba la pandilla de Scooby Doo) para moverme desde el capitolio de la plaza central hasta las galerías de Santa Margarita, en mi mente. En una de las paradas del carro -no paraderos, porque ellos pueden detenerse en la esquina, en la bodega, en la farmacia, en el teléfono y en el medio de la pista-, subió una chica aparentemente apresurada. Mostraba preocupación en su rostro y mucho de ansiedad. Para su suerte (bueno, en realidad, para la mía), se sentó a mi lado y atinó a bajar la cabeza, como quien quiere olvidarse de algún problema y desaparecer en ese mismo instante -luego me enteraría que en realidad estaba escribiendo algo en un pedazo de papel-. ¿Te encuentras bien? le dije. Ella subió la mirada hacia mi cara y noté un altercado de posturas visuales dirigidas hacia mis ojos y mis labios. ¿Y tú qué sabes?, respondió. Tú eres un extraño de mierda que subió a la misma combi, nunca te he visto, no sabes mi nombre, ni donde vivo, ni por qué estoy acá ¿y me preguntas si me encuentro bien?. Bueno, le dije, en ese caso solo te diré dos cosas; te veo bastante preocupada, a menos que me esté equivocando y, como dices, soy un extraño de mierda, pero te aseguro que hablando con un extraño de mierda sobre lo que sea que te aqueje probablemente te haga sentir mejor. ¿Y la segunda?. Bueno, proseguí, que combi es un modelo de Volkswagen, aquél que utilizaba la pandilla... "de Scooby Doo", me cortó, esta vez, sonriendo un poco.

Al menos hice que sonrieras, atiné devolviéndole la sonrisa (parada acá: que asco me da hablar de seducción en una "combi", pero muchas cosas suceden en el lugar y en el momento menos pensado). Pero eso no cambia que seas un extraño de mierda para mi, rió. Recién entonces me di cuenta que era hermosa (¿hermoza?), tenía unos ojos negros azabache, grandes; unas cejas perfectamente pobladas y unos labios que parecían haber sido delineados de una forma intencionalmente atractiva. De pronto noté que ella se había dado cuenta que me estaba pasando de la línea al observarla demasiado. Tenías que ser hombre, me dijo, para luego gritar "bajo en la esquina".

Cuando bajó del carro me di cuenta que no era solo una cara bonita, pues el semáforo en rojo me dejó concluir que tenía un cuerpo de esos que marean al ver. Diablos, pensé, yo y mi bocota. De pronto bajé la mirada y vi un papel con algo escrito. Letra de mujer, obviamente; su letra. "Si quieres causar una buena segunda impresión empieza por llamarme a este número, y de paso te devuelvo tu teléfono". Mientras yo sostenía el papel con la mano, el carro empezaba a avanzar y pude ver a través del vidrio que ella seguía ahí, parada, sonriendo, haciéndome un gesto de complicidad y burla a la vez.

No dudé un segundo y metí la mano al bolsillo de mi casaca. ¡Coño!, el celular no estaba. La muy perra me lo había robado y cuando miré de nuevo, ya se había perdido entre la gente de la calle. ¡Baja baja! grité mientras pensaba, por alguna razón, en la corrida de toros que había ido a ver pocos días atrás.

A las tres de la tarde

Que se le cae el mundo a varias personas cuando se enteran que el figurativo pequeño arquero del equipo del cuzco apareció en facetas muy cariñosas con otro varoncito en una discoteca salsera. Pero bueno, me imagino que algunos gays lo encontrarán, ahora, más sensualón que bailar el funky samba con una minina apretadita. ¿Será cierto, entonces, que aquellos hombres que rechazan la homosexualidad de una manera tan tajante es porque en el fondo -y probablemente bien en el fondo (cochinón y en doble sentido, por supuesto)- se arañan las ropas en ese espacio oscuro de madera?

Siempre tuve la duda sobre un compañero de clases del colegio. Nunca le pregunté, pero habría sido de aquellos casos en los que el muchacho empieza a sospechar sobre su orientación sexual debido a las innumerables veces en las que lo molestaban de "chuequito". No está mal hacer bromas al respecto; si se tiene bien defindo el gusto heterosexual, a nadie le incomoda pretender (ojo, pretender). Pero qué bien que les sale a algunos (¿Qué carajos significa "Sao"?).

Y ahora que recuerdo, en un curso de comunicación para el desarrollo en la universidad, me tocó (en realidad elegí) hacer un trabajo sobre la discriminación hacia los gays en Lima. Para tal efecto, mis entradas al MHOL* eran casi interdiarias, así como el paso por alguna discoteca y las entrevistas con varios muchachos de mi universidad que eran gays. Cómo los contacté y quiénes fueron mis entrevistados quedará solo en mi persona, ya que accedí a la promesa de respeto a la privacidad e hice el trabajo con mucha ética pre-profesional. Por supuesto, no puedo negar haberme sorprendido al enterarme de algunos casos entre mis compañeros de promoción y, cómo no, también de compañeras.

And that's the way the cookie crumbles.

* Movimiento Homosexual de Lima

Prohibida su venta a menores de 60 años

Me contaba Richi que, en su paso por Nueva York hace unos días, se le ocurrió entrar al barrio de Harlem para caminar y conocer esas calles que solo había visto interpretadas en varias películas. Le decía a su esposa, mi madre, cosas como "acá no me va a pasar nada; esta es mi familia de pelo y yo también soy un hermano". De acuerdo a su historia y, con el inglés raro que usa mi padre (y de ahí la última chapa que le puse: Victor Navorski), me dijo que cuando se quedó frente a un grupo de pobladores del conocidísimo barrio negro de Nueva york, les hizo el saludo de puño al pecho dos veces y estirada de brazo, a lo que sus hermanos de pelo respondieron de una manera similar. "Me hice pata", me dijo.

Durante un tiempo y hace un tiempo yo imitaba mucho a esos compadres al hablar, al mover las manos, al vestirme. Luego pensé que simplemente "no pertenecía" y lo dejé. Pero si a mi padre le ligó ¿quién sabe?, tal vez lo intente en mi próxima parada por la gran manzana. Sería un momento de aceptación o una tragedia con balas de por medio. Suerte, pappo.

jueves, 6 de septiembre de 2007

El top-less de Miluzka

El otro día activé la opción de mostrar subtítulos en mi televisor; una estafa total porque no inlcuyen las lisuras al momento de exponer los diálogos. Por otro lado, me di cuenta de la cantidad alarmante de imágenes robadas por los noticieros (¿o se dice "noticiarios"?) para hacer sus "notas". Y lo sé porque de pronto aparecen imágenes de alguna noticia y, junto a ella, los subtítulos originales de las imágenes en cuestión. Acabo, por ejemplo, de ver imágenes del bloque deportivo de un noticiero y la narración de los resultados de un partido (en español peruano, obviamente) iba acompañado por "Depois do empate. Eram os (...)".

Yo sé que no debería tener nada de malo utilizar las imágenes de otros medios (la palabra "imágenes" en esta entrada me empieza a incomodar), pero al menos debería utilizarse la simple e hipócrita frase de "cortesía de tal medio, canal o programa". En algunos casos, la concha de estos compadres es tan grande (suave, Pappo, no reveles tu ira contra el mundo periodístico) que hasta le hacen un desenfoque al logo del canal de donde salieron las (note to self: no lo digas más, utiliza un sinónimo) tomas originales. Y ya.

domingo, 2 de septiembre de 2007

Cinco centavitos de felicidad

Un día, mi padre y mi tío me sorprendieron al contarme que habían comprado un ultraligero recreativo. Entusiasmado, lo fui a ver con intensiones de surcar cielo limeño ese mismo día, aunque todavía existía el pequeño problema de mi incompetencia absoluta para hacer volar una de esas cosas. De ese modo, me propuse aprender en la brevedad posible logrando, luego de dos semanas, iniciar mi primer vuelo. Obviamente, tenía la supervisión "del de al lado" ya que, si bien era cierto que yo ya sabía cómo despegar, no tenía idea de cómo hacer para aterrizar sin destruir la nave ni a sus dos tripulantes (si pues, solo entraban dos).

Ya con un par de meses más de práctica, estaba listo para hacer la tarea completa y no morir por estúpido. Despegué, volé por unos minutos, regresé y aterricé sin problemas mayores en el pequeño y casi improvizado aeródromo de San Bartolo. El ultraligero cambió mi perspectiva sobre Lima (Google Earth no aparecería sino hasta después de un tiempito); no era lo mismo despegar en un vuelo comercial desde el aeropuerto que verlo todo más cerca y más -digamos que- libre desde el pequeño Aviestar Biplaza rojo al que nunca le puse nombre.

Nunca encontré a la vecina FX haciendo top less en su piscina; sueño morboso derrumbado que no me desmotivó, ya que usar el ultraligero se había vuelto super relajante luego de poco tiempo, al hacer casi todo por inercia mental. Si el cielo estaba despejado y no había mucho que hacer, entonces era un día perfecto para volar. "Oye y qué haces en tu tiempo libre?" - "volar"; que bacano.

Lamentablemente y, como pasó con la pequeña Astra Victoria, el ultraligero y yo tuvimos que decirnos adios una tarde en la que mi padre y mi tio decidieron vendérselo a algún tipo de coleccionista de aparatos raros. El señor, me contaron, no lo quería para volar, sino como "adorno" para su casa de campo. Y bueno, después de todo, se gastaba dinero en la gasolina, aunque creo que ahora gasto más en tanquear la panza de mi Ponderosa ya que el ultraligero usaba gasolina de 95 octanos.

Igualmente, habían pequeños puntos de la norma RAP103 (si pues, incluso con estos juguetes hay reglamento) que infringíamos cada vez que usabamos el biplaza, así que supongo que venderlo fue lo más apropiado.

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martes, 28 de agosto de 2007

El peor año en el colegio

Demasiado movido por la intriga, arreglé mis tiempos y salí temprano en dirección a Canta al siguiente domingo, tal y como me lo habían "advertido" en los distintos correos. ¿Sería cierto que lo que me iban a mostrar iba a aclarar muchas de mis dudas? ¿pero por qué tanto misterio? ¿por qué camino a Canta? ¿la persona viviría por esos lares?. Tenía muchas preguntas y esperaba muchas respuestas mientras manejaba por esa horrorosa carretera que, aparentemente, era el único medio para llegar hasta mi destino.

Mientras iba camino al misterioso y, supuestamente, fructífero encuentro con esa persona que no había dejado de enviarme mensajes de insistencia para confirmar mi asistencia a la "cita", el paisaje empezó a alegrarme la vista. No está tan mal después de todo, pensé. Entonces recordé; el lugar al que fui citado no fue precisamente Canta, mas "camino a Canta", por lo que abrí el último papel que había impreso y seguí las instrucciones tras pasar el desvío que iba para el pueblo de Santa Rosa de Quives. Así, las instrucciones finales para llegar, que creí me tomaría unos cinco minutos, terminaron tomándome cerca de una hora, sumada a la recién nacida preocupación dadas las circunstancias. Como había sido informado (y qué pelotudo, pensaría normalmente, para ir hasta allá sin estar seguro que todo aquello no era más que una mala broma), tomé la trocha de bajada hacia la izquierda, hasta la orilla del río, seguí defrente hasta encontrar el puente que cruzaba el mismo y finalmente tomé el camino de la izquierda; una trocha de subida cuyo ancho excedía por pocos centímetros las medidas de la Ponderosa, y cuyas fronteras laterales eran el cerro y el barranco.

Ahora con algo de miedo, seguí subiendo hasta llegar a un recóndito pueblo llamado Buenaventura. Coño, pensé, al menos el pueblito este existe. Leí la última línea de la hoja y recién entonces me percaté del detalle: "cuando llegues a Buenaventura, sigue defrente por el camino rodeado de casas hasta llegar a un pequeño y rústico edificio con una bandera de los Estados Unidos en el techo". ¿Una bandera Yankee? ¿en ese lugar tan escondido? ¿qué diablos?. Decidido por mi ruta lograda hasta ese momento, avancé lento mientras muchos campesinos me miraban como si fuera un extraterrestre que llegaba en una nave espacial y, finalmente, entre la suave pero espelusnante neblina que había empezado a cubrir el pueblo recién a mi llegada, divisé una bandera de los Estados Unidos. Al acercarme cada vez más noté que el rústico edificio era peor que eso. Me estacioné en la puerta y bajé de la Ponderosa, pensando "la puta madre, que no hay nadie acá". Enfurecido, muy enfurecido por lo que creía que había sido una broma de mierda, prendí un cigarrillo que -admito- me costó golpear por la altura y, cuando me di la vuelta para entrar de nuevo al carro, me quedé totalmente helado al ver a la persona quien menos me habría imaginado ver en ese lugar, en ese momento. Esos correos, esos mensajes... los escribiste tú, le dije como preguntando y, a la vez, confirmando. Ella asentó la cabeza mientras sonreía y extendía su mano derecha hacia el lado izquierdo de mi cara.

Tres años más tarde recuerdo, casi con exactitud, el resto de ese domingo.
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viernes, 24 de agosto de 2007

Testigos del primer gol, lo que oculta La Victoria

Finalmente, en un tercer sueño de aquella tarde me encontraba en la parte más alta de un edificio, mirando un escenario aparentemente limeño ante mis pies, aunque aquella Lima se asemejaba más al centro de Vienna. De pronto, una suerte de condor gigante aterrizó a mi lado y me alcanzó una carta que llevaba el nombre "xiron" sobre ella. Con un gesto que jamás podré explicar, me hizo entender que la abra, pues encontraría en ella una pista para poder salir de nuevo al mundo real. Así, procedí a leerla, y decía:

Todavía no estoy lista, dijo Samira. Jose Antonio pensó "maldita chola, carajo, encima de todo lo que he invertido en tí" -No te preocupes, te entiendo y sabré esperar-. Jose Antonio y Samira habían empezado a salir tras reencontrarse luego de varios años. De niños, nisiquiera se dirigían la palabra y, de hecho, la cosa había terminado así hasta el día en el que él se mudó al condado de Fiorel, a solo unas cuantas millas del antiguo vecindario. Mi hermana dice que la primera vez duele demasiado, dijo Samira. -No te preocupes, que cuando eso ocurra (y espero que ocurra, carajo, que me tienes como cuy en tómbola), seré el hombre más gentil del mundo contigo (debí largarme a correr tabla hoy, puta madre). ¿Sabes que por eso te quiero? siempre me pareciste tan lindo y tierno, mi tierno.

A esas alturas, a Jose Antonio solo le quedaba sonreir de forma hipócrita, pero qué bien hacía su papel. Siempre engañó a todos con su forma de actuar y de hablar; y es que cualquier persona que lo conocía habría puesto sus manos al fuego para afirmar que se trataba de un buen muchacho; estudioso, de buena familia y, sobre todo, sencillo a pesar de ser uno de los trés herederos de la fortuna Fernandez. Pero el verdadero Jose Antonio era un gran jugador, aunque no en la cancha, casi tan disimulado y calculador como tú con tus problemas.

Bueno Zancudita -así le decía-, creo que me voy yendo porque estoy super cansado. Está bien, tierno, te veo pronto ¿verdad? -Claro que si-. Esa noche, Jose Antonio subió a su deportivo estacionado en la puerta de la casa de Samira, arrancó a toda marcha y nunca más volvió a llamarla. Ella llora todos los días pensando en lo tonta que fue al dejar que, ingénuamente, otro hombre le haga daño.

Yo pensé ¿En dónde carajo voy a encontrar una pista para volver al mundo real?. Leí y releí la carta varias veces, hasta que me di cuenta que mientras leía, con mi mano derecha frotaba un pequeño objeto en mi bolsillo que terminó siendo un llavero que decía Máncora y tenía forma de tabla para correr olas. ¡Bien!, pensé, ¡se trata del llavero!, y me puse a saltar hasta que, por idiota, caí del edificio y, sin llegar al suelo, fui despertado con un beso. Al abrir los ojos, su rostro, tan familiar y extraño a la vez, se alejaba del mío mientras me señalaba el piso con los ojos. Cuando bajé la mirada vi una carta y reconocí la letra; era de mi primo. El mocoso aquel la había dejado caer antes de bajar de mi auto, la noche anterior. Cuando presté atención a lo que decía, me dije a mi mismo: "¿Para Santa Claus?".

jueves, 23 de agosto de 2007

Lorena y Tabitha: hermanas traviesas

Augustín es esposo de Teresa, y esta a su vez es media hermana de mi abuela o, como yo la llamo, "la Emilia". Augustín y Teresa viven en un pequeño pueblo llamado Casa Grande, al norte de Trujillo y, si mal no recuerdo, han vivido ahí toda su vida.
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Hace un par de veranos, celebraron sus cincuenta años de casados y, para efecto, me tocó representar a mi familia en la ceremonia. Así, viajé hasta Casa Grande a encontrarme con caras que no veía desde niño y con otras que nunca había visto. De algún modo somos familia, y yo les guardo mucho cariño.

El caso es que se volvieron a casar y decidieron hacerlo en la misma capilla donde lo habían hecho cinco décadas atrás. Sorprendido, llegué hasta el lugar, otro pueblo metido por ahí cuyo nombre no recuerdo, y donde se podía haber filmado una réplica casi exacta de la escena en la que Michael Corleone -aún con la cara hinchada- caminaba junto a su futura esposa, allá en Italia. El lugar era tan parecido al pueblo de Corleone ilustrado en el funeral del papá de Vito que por un momento me imaginé que aparecería una banda de músicos tocando alguna marcha antiquísima. Y solo me lo imaginé por un momento, porque irónicamente apareció tal banda. Fue un momento de película total.


lunes, 20 de agosto de 2007

Pequeño puente de madera quebrada

No recuerdo bien si me lo dio ella o si yo se lo di; de hecho, estoy casi seguro que fui yo. El caso es que lo tengo guardado hace ya varios años y tengo la esperanza de que algún día ella le junte la otra mitad. Sé que lo recordará cuando lo vea.



La cámara pornográfica de Daniel

Hace unos días dejaba a mi madre en el Aeropuerto y me crucé con un desfile de pequeños escolares de un jardín de niños mientras hacía hora en el lado de las llegadas nacionales. De pronto me di cuenta que se trataba de una pequeña parada celebrada por el día del niño. Mi madre, entonces, me hizo acordar de la vez en la que yo hice un desfile similar estando en el jardín. Todos mis compañeros de clase cargaban pequeños carteles alusivos a la fecha, con títulos como "tengo derecho a ser tratado con amor" o "tengo derecho a que mis padres me quieran". Todos los carteles eran muy similares, ya que la idea seguramente había sido de los padres de esos infantes. Yo, sin embargo, había decidido -me cuenta mi madre, pues no lo recuerdo muy bien- aportar mi propia idea (tal vez desde entonces ya quería ser publicista), así que me pasé la noche anterior haciendo mi obra de arte.

Ya en el desfile, muchos de los presentes nos miraban pasar con nuestro cartel en la mano, aunque muchos de esos muchos me quedaban mirando o, mejor dicho, quedaban mirando mi cartel, para luego reirse. Y es que yo cargaba un pequeño banner que decía "tengo derecho a ver televisión". Mi madre me contó que era una manera mía de protestar aprovechando la fecha, ya que un par de días antes no me habían dejado ver la serie Carrusel de Niños.

Moderando el consumo de perros calientes

En todos los trabajos o, en muchos de ellos, siempre nos encontramos con un personaje al que yo llamo "El hijo de puta". Familiarizándonos con el HP, veremos que se trata de aquel que, aparentemente, no está nada feliz con respecto a que tú trabajes ahí y, de hecho, trata, en cuanto puede, de incomodarte la estadía laboral.

El HP normalmente está ahí por alguna razón que dista de sus facultades profesionales; probablemente ha estado oliéndole los pedos al jefe desde que ingresó y eso lo ha puesto bajo el ala del dragón. Al HP nadie lo quiere, las reuniones de afteroffice se planean a sus espaldas y, si por ahí que el HP tiene un cargo mayor al tuyo, no te queda más que hacerte el loco ¿o no?

En casi todos los trabajos que he tenido, siempre me encontré con un HP que, dependiendo del lugar, podía tener distintas formas como características, y no excluir el sexo. Pero cuando ha ocurrido que no he soportado más al HP de algún trabajo, o pedía cambio de departamento o, en el peor de los casos, renunciaba. A ese HP que puede tener cualquier apellido, a ese Fernandez, Gomez o Gutierrez (no offence, los apellidos son irrelevantes acá), nos da ganas de hacerle una patada de combate mortal al estilo Liu Kang. Escuchar su voz es irritable, su presencia es casi insoportable y sus aires de ganador solo acumulan la furia que genera más y más ganas de decirle lo bien que su madre hace el amor y lo ansiosos que estamos de que visite ese lugar llamado mierda.

foto: el último señor de Chan Chan


domingo, 19 de agosto de 2007

Alcohol Isopropílico con Caribe

Durante un tiempo y hace un tiempo trabajé en la nieve, en un pequeño pueblo relativamente cerca a la frontera entre Nuevo Mexico y Colorado. Empecé donde se pudo, como un lift operator para un sky resort. Con el tiempo pasé a la simpática posición de crew leader y, eventualmente, al jugozo puesto como uno de los backup supervisors del departamento. El trabajo era muy bueno, debo admitir; ganaba bien, me la pasaba haciendo snowboarding todo el día con el pretexto de supervisar la seguridad de los distintos trails de la montaña (bueno, del backside, en realidad) y cuando me cansaba de la tabla -porque nunca me aburría de ella- andaba en un snowmobile. Muchas veces pretendía ser McGiver o algún par similar cuando ocurría algo de acción en el día; algun herido en medio del camino, algún camino que debía ser cerrado, alguna evacuación o, tal vez (en realidad eso más que nada), alguna gorda que caía antes de subir a la silla. Tuve mis oportunidades de jugar a ser Tarzán (o tal vez koala), utilizando mi cuerpo como contra peso ante una inminente -y no más- caída de algún imbécil que no se sentaba bien mientras el andanivel empezaba a subir, soltándome a una altura de tres o cuatro metros para caer como rescatista en medio de la nieve. Bienvenidos los aplausos de quienes venían en la siguiente silla.

Tenía nombre y apellido en la radio: 775 Pappo o el -en algunos casos- "go ahead for 777". Entre lifties no hablábamos de accidentes, sino de 10-45s; no hablábamos de alguien que se había acobardado de bajar esquiando y necesitaba que lo bajen en snowmobile, sino de 10-14s. No decíamos "está bien" o "te entendí", mas utilizábamos una palabra que hasta el día de hoy suelto de cuando en cuando: 10-4. Y así, me aprendí muchos de los diez-algo (porque eran demasiados para saberlos todos) y disfrutaba de esos días.

En noches de luna llena venía la diversión casi máxima. Nadie decía nada pero algunos sabíamos que nos encontraríamos en un lugar específico de la montaña. Entre Lift Operators, Snowboard Instructors, Terrain Park Maintenance Crew y uno que otro infiltrado, llegábamos a la cima de la montaña con el corazón en la boca y emprendíamos la bajada hacia la parte de atrás a toda velocidad. Era una especie de juego en el que quien perdía era arrestado, ya que a los pocos minutos de empezar la bajada -siempre- aparecían los Sky Patrols en sus poderosos snowmobiles para perseguirnos; ahí primaba la habilidad para salir del camino y aventurar el esquivo de árboles en medio de la noche. Cada vez caía alguno o más y, por suerte, nunca fui uno de ellos. Mi pequeña Volcom corría a gran velocidad cuando estaba recién encerada. Nunca me atraparon aunque una vez me saqué la mierda entre los árboles y me callé, como hombrecito, el grito que quería soltar -como loca- por el dolor, ya que los "temibles" sky patrols rondaban en busca de bajas mientras yo mordía uno de mis guantes y tenía la cara muy patriota (roja de dolor y blanca por la nieve).

Al final del trail aguardaban dos o tres pick ups listas para partir y, si alguien llegaba suficientemente tarde como para poner en riesgo la seguridad de la divertida operación, pues se las arreglaba solo para no ser encontrado, porque los carros partían a velocidad. Y es que una vez tiré mi tabla a la tolva de uno en marcha y no me quedó otra que lanzarme detrás de un montículo de nieve y aguardar ahí un par de horas hasta poder salir sin que me vean (era la voz llevar cigarrillos para esas veces). Finalmente llegaba la hora del punto de encuentro en la casa de alguien, con alcohol y marihuana (algunos bajaban ya bastante cargados y los lift operators teníamos una fama de drogos totales), contando entre todos cómo fue el momento en el que casi te agarran, que fulano quedó atrás y a mengana la agarraron y no se sabía nada de él o ella. Buenos días, para qué.

viernes, 17 de agosto de 2007

Olimpiadas poco limpias

La Riviera guarda secretos, momentos y, a veces, ratones. La Riviera tiene una vista espectacular que se disfruta más con la puesta del sol. Durante las noches de calor, sus casas alumbran aquella pendiente de una manera muy bonita (no hay otra palabra mejor para definirlo: bonita). Algunos días, el agua es muy clara y calmada; algunos otros, blanca y movida. Los vecinos de la Riviera son amables, corteses y cumplidos (bueno, casi todos). Compartimos aquello que nos llevó a elegir un lugar tranquilo, lo suficientemente grande para cumplir su función, lo suficientemente pequeño para no entrar en la ridiculez exagerada de la pituquería y, lamentablemente, lo suficientemente débil para caer ante lo inesperado. Hoy, gran parte de la Riviera está destruída. La concha de su madre.


lunes, 13 de agosto de 2007

Largas tardes en Vilcanota

Me gusta el karaoke. Lo gracioso del asunto es pasar vergüenza cantando y, por supuesto, esperar el turno del más desentonado. Hay gente que se dispara con unos temas perlitas y otros que cantan lo que nadie en su vida ha escuchado. Por supuesto, nunca falta el payasón que canta cosas como "it's raining men" o " a quién le importa" (debo admitir que una de esas maricadas la hice con Michael cuando cantamos el tema No me ames a dúo; la gente pedía beso). Por otro lado, me he dado cuenta que, luego de verano, mi vida social pasa a un segundo plano, y noto cierta supremacía en mi vida comensal. Visito algunos restaurantes, descubro otros, o simplemente hago una parada en Mario's, pero mucho gira en torno a la buena cocina.

Durante el verano es más fácil terminar en la huaca, café del mar o en un plan bastante guerrero donde "Aquí esh". En invierno, sin embargo, es muy dificil que sea visto en alguna discoteca. La temporada, a mi parecer, amerita más el ponerse al día con el cine, tomar un café inofensivo (por ahí que un bar), trepar cerros, salir de viaje y solamente aparecer en eventos o conciertos grandes (¿qué te crees? -nada en realidad, es circunstancial la cosa-). Los dos centros de comando de la chata Ale y Melissa no me llaman la atención, aunque solía ir cuando recién abrieron. Miraflores es casi un descarte y Barranco totalmente lo es (deberían eliminar ese lugar, no offence).

También conozco gente que no puede vivir un fin de semana sin salir a festejar, de aquellos que empalman el jueves con el resto del fin de semana y, por supuesto, de los que no llegan a casa hasta pasados dos días. Pero es cosa de ellos; si hay trabajo, si me duele la cabeza, si estoy cansado o si simplemente no me da la gana, pues la cama es mi mejor "point", aunque antes era bien recibido el mensaje de texto al celular con la contraseña de "Zo" para un sábado por la noche.

ps: ¿quién es el verdadero autor del tema "la culebrítica"? buscar en youtube, demasiado.

domingo, 12 de agosto de 2007

Ven a Pepe Ganga

A inicios de mi etapa universitaria, si mal no recuerdo, había un lugar frente al campus, con un nombre que me suena a "Hayawata". Por muy poco tiempo, se convirtió en el único bar a donde ir saliendo de clases. Luego lo cerraron, creo, y Hayawata se fue junto al dispensador de cigarrillos con el logo de Lucky Strike en la cafetería, el intranet con nombre Dejawin (que en realidad solo vi y nunca usé gracias a Sócrates), así como la porción de papas nacionales con un costo de dos soles.

Te estás haciendo viejo, John. Y como alguna vez lo dijo Adolfo, una mujer que no jode, pues simplemente no es mujer. "Pero que joda lo normal", atinó.

viernes, 10 de agosto de 2007

"Llegaré a mi casa a meterme los dedos"

Hombre, y te apuesto que tú nunca habías estado aquí, me dijo Emilio. -En realidad si. Lo que pasa es que nunca antes me había cruzado con semejante inundación y no había tenido que buscar una ruta alterna-. Bueno, me dijo, Usted si es un tipazo, Edson, no se preocupe que esto no está en sus manos. Uf, pensé, siendo la primera vez con este grupo de peculiares personajes artísticos, espero que todo salga bien y al final no terminen reportando quejas sobre mi trabajo con ellos.
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Y exactamente, ¿Para qué estamos aquí? no nos han dicho nada todavía. -Bueno, mira, de acuerdo a la producción de este evento, ni siquiera te lo puedo decir a tí hasta veinte minutos antes de salir al escenario. Es que hemos tratado de hacer esto lo más misterioso posible, procurando que no se filtre información en lo absoluto. Los invitados no tenían idea que aterrizarían en Tumbes, te cuento-. Ah mira tú, pero al menos dime el tipo de evento. - Okay, es el lanzamiento de una nueva cerveza-, ¡Ah! empieza por ahí entonces. Risas.
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Meses como veces más tarde llegó una de esas llamadas a mi teléfono de nuevo. ¿Hola? (no sé que tan normal sea, pero suelo contestar con un "¿hola?" o con un "¿bueno?"). Edson, te habla Flor, de Showbizz-Show; los chicos estarán de vuelta tal fecha, estás libre? (Obvio que si, son un cague de risa y el billete extra me sirve) -Hmmm, déjame ver bien mi agenda y te devuelvo la llamada, ¿sale?- Sale, adios. Luego de un par de horas, preferí el correo al teléfono: -Flor, te saluda Edson. Cuenta conmigo, encantado-. Y los chicos prefirieron Ecuador que Perú (al menos, eso escuché luego): -Edson, te saluda Flor. Nada, la presentación ha sido suspendida, gracias de todas maneras-.
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Okay, pensé, al menos sé que tengo exclusividad con el grupo, porque habían sido explícitos en el pedido de mi asistencia. Luego de eso creí que no aparecerían de nuevo en el medio, hasta hace unos días, cuando Flor volvió a comunicarse conmigo (Cuando se trata de eventos para Showbizz-Show, siempre trato directamente con Flor. Es graciosa porque me habla de los lugares a donde iré a parar, como si fuera una guía turística. Yo pretendo no conocerlos y finjo escuchar atento lo que describe. "Ah manya, que loco", le digo) : Hola Edson, te cuento que tus compadres vienen al Festival de la Cerveza Hondureña para tal y tal fecha. ¿Cuento contigo? -Claro que si-.

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Note to self: es necesario una wincha en esta oficina


miércoles, 8 de agosto de 2007

El gato con medias

Entró a la escuela primaria a los cinco años; terminó la escuela secundaria a los quince, la universidad a los veinte y, luego de obtener su licenciatura y trabajar por un par de años, partió para España a la edad de veintitrés años, a estudiar una maestría. Esa es y ha sido la presión que yo, como hermano menor, he tenido que cargar con respecto a la hija, sobrina, nieta y prima perfecta para todos los demás: mi hermana.

De alguna manera, siempre hemos –en teoría- sido el punto referencial para los primos menores (son varios); “Así como los hijos de tu tío Richard”, que en el fondo quería decir “como la hija de tu tío Richard, que nunca jaló un solo curso en la universidad, tiene muchos títulos bajo el brazo y la llaman de transnacionales a las que se da el lujo de rechazar”.

¿Y Edsiton? ¿en qué ciclo está? ¿ya se graduó? Creo que si, ¿Qué, no estaba enseñando inglés en el Británico? Si pero creo que no es en el Británico, creo que algo de la Católica, pero solo los sábados. Ah no, pues, estaba formando su empresa ¿no dijo Richard? Ah, verdad. Y ahí quedó la cosa, volvamos a la negrita. Ah, ella esto, ella lo otro.

No soy envidioso y de eso me jacto, estoy feliz por los logros de mi hermana, aunque mi vieja anda presionándome con lo de “tu tienes que sacar esto, tu tienes que sacar la maestria” y demás. De hecho, la quiero mucho, las quiero mucho a ambas, y que lo sepa el mundo (de Beakman).

ps: encima aparenta menos edad.


martes, 7 de agosto de 2007

El Trome y sus compadres

Cuando Manuel apareció al pie de su escritorio, ella solo recordó aquel momento en el que se paró al filo de su terraza, en el piso doce, acariciando esa idea tan macabra de saltar. ¿Qué haces aquí? - Solo vine a saludar.

Melinda ya había luchado contra todos sus demonios para, por fin, terminar de olvidarlo tras la ruptura que la lastimó por instantes que parecían eternos (casi un oximoron, miss), en los que su alcoba, la calle, su auto y cualquier lugar a donde iba no le hacían acordar otra cosa que a Manuel. Ya no estés enojada, pues, le dijo, mientras la tomaba de la mano como si solo la noche anterior hubieran tenido una pequeña discusión. Pero no era así; Melinda solo buscaba desaparecer en ese momento o, posiblemente, armarse de valor para botarlo rudamente. Ni una ni la otra, optó por la indiferencia y los monosíbalos en esa conversación que no duró más de cinco minutos.

Pero qué se habrá creido, se decía a si misma; venir aquí, a mi oficina, a malograrme el día de esa manera. Enseguida sacó un cigarrillo de la cajetilla de su hermana y, después de varios meses, volvió a fumar, mientras dejaba caer una lágrima más con su nombre en ella.

Todos los hombres son iguales, pensó y me lo dijo al día siguiente. Todos son una basura, todos mienten, todos. Y bueno, ya es hora de almorzar.

lunes, 6 de agosto de 2007

Defensa de Panamá

(corregido)

Cuando vayas al cine

Y como hace ya varias semanas que no salgo en grupo a trepar cerros, dejaré una perlita de inicios del 2007. Cuarenta años en la television...

Sinfonía de Cayahuanca

Para aquel entonces solo había ido al club de tiro unas cuantas veces en mi corta vida y no era ningún maestro al gatillo. "Dame ciento cincuenta y cerramos". "Nada, cholo, estás loco, te doy ciento veinte". "Ya pues a ver". Por cuestiones de seguridad estaba adquiriendo mi primera y única arma: una pequeña Astra Victoria 1911 con calibre de 6.35mm; o sea, una perlita digna de ser catalogada como reliquia.

Sin licencia, sin mucha práctica, pero con todas las ganas del mundo de usarla contra el primer ladrón que intentara meter medio cuerpo a mi auto y fugarme a toda marcha, pretendiendo que, de ser atrapado, podría alegar defensa propia (no tenía idea que por esos días era exclusivo que en el acto debía existir paridad de ambos lados). La pequeña Victoria fue una muy valiosa compañera bajo mi asiento por unos meses, y debo admitir que las pocas ocasiones en las que la probé fuera de Lima me hicieron sentir el hombre más poderoso del mundo. Desafortunadamente, un día tuve que despedirme de ella. Ya no era necesaria y sabía que me darían algunos dólares por la pequeña, así que la revendí a quien me la vendió y, obviamente, me dieron menos dinero. Al final fue como rentarla por un tiempo.

La gente piensa que cuando uno porta un arma probablemente esté metido en mierda profunda, pero no era mi caso. Era solo cuestión de seguridad ante unos cuantos incidentes desfavorables por los que, coincidentemente, había pasado. Venganza!

ps: Viejo, ya sé que lees mi blog; el otro día te pillé, así que por si acaso esto es ficción.

domingo, 5 de agosto de 2007

Jack tiene que aprender

En un primer sueño yacía yo frente a una especie de minotauro que, con la mente, me dijo que narraría una experiencia perdida en el tiempo. Así, mientras yo intentaba mirarlo a los ojos y, por alguna razón, fracazaba, empezó:

Ese señor está durmiendo parado en el teléfono, le dije. Ella, con evidentes signos de cansancio (o tal vez ligera ebriedad), abrió sus ojos tanto como pudo, y su mente, junto al parabrisas empañado del auto le hicieron creer, por poco menos de un segundo, que en realidad se trataba de un hombre en terno que habríase quedado dormido junto al teléfono público. Oye! por un momento me la creí!, dijo. Yo solo pensaba en que esa noche las cosas habían tomado un camino, aunque distinto, agradable.

Poco antes me había dicho algo como "I don't wanna go home" mientras la llevaba de regreso a casa, así que decidí estacionar el auto a un lado de la avenida, como para hablar y reir como solíamos hacer por aquel entonces. Esto se siente agradable, me dijo. Yo todavía seguía pensando en qué estaba pasando, tratando de evitar profundizar mucho en el tema para no entrar en un dilema. "Si, en realidad se siente muy agradable".

Esto es un sueño, chica. ¿Y qué vas a hacer para despertarme? Ni se te ocurra peñiscarme. No voy a peñiscarte. ¿Entonces? ¿qué vas a hacer, eh? Dime, ¿qué vas a hacer? -Esto-.

En ese momento desperté y se me vino a la mente la historia de la ropa de baño que se convertía en balsa de rafting.

Defensa de Panamá

Vi el video hace unos diez años. Luego de eso solo aparecía en mi mente cada cierto tiempo hasta que decidí buscarlo y fracasé. Afortunadamente, el gran Ruchman lo encontró para mi. Mil gracias, James.

Desde Piñonate para el mundo

Y por accidente, la carta que mi primo menor le escribió a Santa, cayó en mis manos. La curiosidad de saber qué piensa un chico de trece años de hoy sobre las maricadas navideñas, regalos, papá noel y etcéteras, venció mi principio del respeto a las cosas privadas de los demás. Así, tomé con dos de mis dedos la carta, aparentemente arrugada unas cuantas veces antes de ser puesta en el sobre. ¿Será que mi primo pensaba que esas cosas eran de niños y dudó unas cuantas veces antes de enviarla? ¿Será que no tuvo otro pedazo de papel más decente para escribir lo que, por pura coincidencia -lo juro-, había llegado a mis manos?.

De cualquier modo, o leí demasiado lento, o la letra era muy pequeña, o simplemente leí las primeras dos líneas y luego de eso no distinguí mi paso al sueño, prolongando la carta de una manera excesivamente larga. De lo que si estoy seguro, es que luego de esa tarde no volví a pensar en Lorraine. Y todo gracias a una carta a San Nicolás. Quién lo diría.

Y bueno, que ayer me comí un tacu tacu en salsa de camarones que debo repetir pronto (en serio, pronto).

sábado, 4 de agosto de 2007

Pillados en la calle de los chifas

Recuerdo que uno de mis pocos veintes en la universidad lo obtuve en un curso dictado por el gran filósofo, profesor y, sobre todo, amigo Victor Krebs. En mi carrera hay varios cursos de filosofía y psicología, y aquél era el wild cherry de la cherry coke, el último de la serie.

Se trataba del trabajo final del curso y no se me ocurrió mejor cosa que plantear una analogía entre los estudios psicopatológicos de Carl Jung con respecto al subconsciente colectivo que llevó a la Alemania de los años treinta a una eventual guerra mundial, y el video y la letra de la canción Clint EastWood, del grupo Gorillaz. Lo que empezó por un ligero planteamiento se convirtió en una abundante y rica fuente de detalles, tanto visuales como textuales, que me permitieron hacer, modestia aparte, un excelente trabajo.


Claro, al principio creí que el trabajo estaba bien hecho, pero nunca esperé escuchar del buen Victor una frase que me levantó el ánimo -para esos días- destruido junto a mis energías como producto de la elaboración paralela de mi tesis: "Los trabajos de la clase han estado muy buenos; tú, por supuesto, tienes veinte". Sensacional; fue un veinte que, como solo un par, me llenó de orgullo.

En fin, de la escapada a Máncora en la última semana rescaté algunas observaciones:

* En Huarmey hay varios locos
* En Piura hablan colombiano de Santander
* Que mala suerte tuve con el agua caliente en todo el norte
* Cruzar todo el desierto de Sechura de noche en la Ponderosa fue toda una experiencia

Foto: Cortadita de arriba, Máncora (parte de abajo en reparación con puro cardio).

martes, 24 de julio de 2007

Armando Bronca Segura, Hjo.

Hoy la ponderosa demostró ser fuerte una vez más, aunque con el costo de mi mala fortuna. Cuando estaba estacionándola en la playa de la oficina, una señora aparentemente apresurada no vio mi retroceso (lento y con luces, como indica la regla) y se fue de frente contra el rabito de la ponderosa. Resultado: Toda la parte frontal lateral derecha del corolla (asquete) de la señora (vieja de mierda) quedó como una lata aplastada. La ponderosa, un poco asustada, se dio cuenta que le habían arañado el cobertor del neumático de repuesto.

Puta madre, pensé, esperando ver salir a un varoncito del auto para romperle el orto a patadas. ¿Y qué me encuentro? Una tía de unos tempranos sesenta que salía requintándome cosas como "¡Hijito, eres un salvaje! ¡Cómo vas a salir así!" . Lo peor de todo es que la abuelita esa ni siquiera tenía su vehículo asegurado. "Tú retrocediste, es tu culpa hijito, ¡estos chicos de ahora, caray! Seguro que el carro te lo dio tu papá y ni siquiera tienes brevete". Toda la furia de mi pierna incrustada en el arrugado rostro de la dama solo quedó en mi morbosa imaginación. "Señora, por respeto no le hablo como quisiera hacerlo, así que cálmese y llamemos a nuestros seguros" – "no tengo seguro pues, hijito".

El Broker de RIMAC (que llegó en menos de diez minutos) me dijo que podía acelerar el trámite y evitar ir a la comisaría si yo reconocía mi culpa. Creo que se dejó llevar por las apariencias (¿Qué culpa tengo yo que el carro de la tía era una lata de atún real y la ponderosa una robustita bien plantada?), pero me confezó que en el 99% de los casos, en la comisaría habrían fallado a favor a la dulce dama que venía contenta al centro prenatal (¿para qué diablos?).

En fin, eventualmente no me quedó otra que "reconocer mi culpa" y ahora tengo que pagar una franquicia de varios dólares para que ambos carros sean reparados (coño, que ahora le estoy pagando la reparación a la tía porque un cobertor nuevo no me iba a costar tanto).

Señora dijo: "bueno hijito haz actuado como todo un caballero, que lástima que nos hayamos conocido en estas circunstancias".
Pappo dijo: "Que bueno que esté más calmada, cosas así, lamentablemente, suceden todos los días".
Pappo Pensó: "Vieja reconcha de tu madre, cuando vuelva a ver tu carro por acá le voy a prender fuego".
Broker dijo: "Mi nombre es Jezz (¿Jezz? Ta’ madre, ¿no será tu mamá esta vieja como para haberte puesto ese nombre?) y este es mi número si tiene alguna consulta adicional.
Trabajador de otra oficina dijo: "Oye que esa vieja está loca, hermano, yo vi todo y es su culpa"
Ponderosa Pensó: "Me duele mi potito".



Los chimpunes de Chapana

Desde unas tres semanas antes, Franco no había dejado de pedirme, casi suplicarme, que le consiguiera una entrada, que haría lo que fuera para retribuirme el favor y que no sea malo. A mi, personalmente, no me atraía mucho la idea de ir a ese concierto y, honestamente, no tenía ganas de molestar a mi viejo con esos temas.

Sin embargo, pregunté, obtuve y dí. Franco se emocionó tanto que quiso hacer unos previos en su casa, junto a una amiga tronada que, de alguna manera, tenía su pase asegurado. Así, hubo el previo aquél, con uvas y eso que se toma con uvas (¿Champagne? ¿Wisky?), con quesos, música que luego sonaría en el concierto, piqueos y demás maricadas al estilo Franco y su pitucada. "¡Ya es la hora! ¡Ya es la hora!", gritó Franco, de un momento a otro, como peluquero homosexual, confirmando que el taxi ya estaba por llegar.

Una vez en el concierto me di cuenta que conocía la primera, la segunda, la tercera y, eventualmente, todas las canciones que Blondie cantó en la explanada del Museo de la Nación. Manya, ahora si me sonaba más conocida que la historia de la carta que Luis le escribió a la Ministra Mechita. En el baño me crucé con un totalmente distinto Michelle que, un par de años atrás, había sido mi recatado profesor en la parte final del programa de inglés, pero ahora estaba con el look "concierto de Blondie" y más acelerado que Erre cuando comió hongos en el zoológico.
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El resto del concierto fue ameno (nunca tanto como el de Roger Waters, claro), aunque luego del mismo terminé en un pick up con gente que no se conocía y empezaba una historia nueva que terminaría en un departamento en San Isidrio, con intentos de suicidio, fiesta de cocaina, orgía y una revelación casi explícita sobre la homosexualidad de uno de los presentes. Fugué a tiempo, aunque Franco, que de alguna manera había llegado al mismo lugar, me contó los detalles posteriores.











Radio Station Guide

En un ciclo del año pasado, en el instituto, logré hacer que mis alumnos no se refirieran a mi como "teacher", mas como "oh captain, my captain". A sus cortos quince o catorce años, el grupo no tenía idea de la existencia del libro -y menos de la película- La Sociedad de los Poetas Muertos.


Hace un par de días uno de ellos me escribió al correo, contándome que había visto la película y que es, en adelante, su película favorita. Se despidió con un "Nos vemos, oh captain, my captain". Me hizo sentir bien.

lunes, 23 de julio de 2007

Yo corazón sanguchón


Una vez, en Piura, caminaba con mi primo y un amigo por una calle en los alrededores de lo que se conoce como la villa FAP, en el distrito de Castilla. Era de noche y, honestamente, la iluminación no era muy buena que digamos. El caso es que ibamos por la vereda y, al cabo de unos segundos, nos dimos cuenta que a unos metros más adelante se encontraba un grupo de chicas conversando, bloqueando el camino.

Ellas habrán sido unas seis o siete, contemporáneas y paradas en círculo; honestamente, no lo recuerdo tan bien. Al ver que mi primo y su amigo giraban hacia la pista para evitar el grupo fémino les dije: "maricones", y seguí caminando dispuesto a romper esa sólida muralla. Sin embargo, mientras más me acercaba, me sentía más indefenso, solo, pequeño. De pronto, me di cuenta que no estaba listo para cumplir con el objetivo de derribar esa pared y decidí abortar la misión en el último segundo, quebrando solo un metro antes en dirección a la pista (creo que esta es repetida). El caso es que las chicas ya me habían visto con esa mirada desafiante a pasar entre ellas y, de algún modo, se sentían victoriosas al verme quebrar.

Hecho uno: En algunas calles de piura, entre la vereda y la pista, hay una especie de pequeña canaleta cuya función es la de llevar el agua de la lluvia hacia algún lado (alguno, pues; no sé a cuál).
Hecho dos: La calle por donde estabamos tenía esa canaleta
Hecho tres: Era de noche
Hecho cuatro: No la vi

Cuando me disponía a pasar de la vereda a la pista mi pie se atoró en la canaleta y desde ese momento hasta el final de mi caída todo ocurrió en slow motion. De alguna manera (¿cuál alguna? en realidad fue rodando) llegué a caer justo en el medio del círculo de chicas, en la vereda, con la mirada al cielo. Mientras me levantaba escuché las carcajadas de mi primo y su amigo, a unos metros, así como las chispas de risa contenida de las chicas paradas a mi alrededor, tan grandes, tan poderosas. Una vez de pie y sacudido, luego de que alguna me preguntó si estaba bien, no se me ocurrió decir otra cosa que: "¿Ya lo ven? Todo por estar mirándolas, chicas". Y así seguí caminando sin voltear atrás la mirada, mientras escuchaba, ahora si, las carcajadas de todas y cada una de las chicas.

Casi tan lamentable como ver el partido de Perú contra Bolivia en la última copa América.

domingo, 22 de julio de 2007

Andes sin cóndores

Cuando hoy me detuve a recordar los años en la sinfónica mercedaria, me sentí tan emocionado que me puse a tararear, con los ojos cerrados, los temas mas tocados durante aquellos tiempos. Nunca podía faltar la Overtura de Caballería Ligera, ni la Marcha Turca, ni la tan conocida Eine kleine nachtmusik. Sentí que comprendía, aún mejor, a los tíos que hablan de la selección que fue para Mexico setenta.

Y bueno; solo recordé.