Las chicas. Las chicas invierten mucho dinero en su pelo (su cabello, cabellera o como fuere). Tienen un matrimonio ¡peluquería!, un cumpleaños ¡peluquería!, rompen con el novio ¡peluquería!, a sentirse mejor ¡peluquería! Y bueno, que algunas incluso deben hacer cita para ir al peluquero. Otras lo ven como un ritual (especialmente en aquellos lados donde un corte de pelo sobre pasa los cuarenta soles). Pero todas –ojo- todas tienen que, por ley, hablar del asunto y esperar a que sus hombres lo noten. Y ¡Ay de aquellos machos –que se respetan- que no lo noten antes que otra persona!
Los hombres, al menos mis amigos, van a peluquerías con cierta decencia; suave, que el corte de pelo te vale doce soles ahí, que te cortan de la puta madre y te hacen peinadito al estilo que se te antoje. Eso si, casi nunca se comenta la cosa. Si alguien lo nota empieza el vacilón: “buena oye, mi querido…”. Pero eso es cosa de hombres.
¿Y Pappo Banton? Y bueno, Pappo nunca puso mucha atención a los requerimientos exquisitos de un barbero caña. A Pappo le cortan el pelo en un lugar al que él llama “el trujillano” (así como están las peluquerías de “el charro”, “el mariquita” –según la emilia- y “el anciano”). Donde “el trujillano”, Pappo ha pagado cinco soles por corte de pelo desde hace unos diez años más o menos. Bueno, cinco soles hasta hace un par de meses que la tarifa subió a seis.
El trujillano es manejado por Ramiro, un buen hombre que te conversa mientras te corta el pelo y que, no hace mucho, decidió abrir su propia peluquería, llevándose consigo a todos sus clientes (en realidad lo siguieron, porque Ramiro hace muy buen marketing one to one). Antes de eso trabajaba para un señor que no me cae, al otro lado de la calle.
Ramiro tiene buenas manos; nadie entiende mejor mi pelo (de las unas que otras veces que no me ha quedado otra que ir a otro lugar). Además, tiene varias revistas que consigue cada vez que viaja a su natal Cartavio y son, a mi parecer, mucho más interesantes que las que se encuentran en todas las demás peluquerías.
En fin, ya me toca ir donde el trujillano.
Los hombres, al menos mis amigos, van a peluquerías con cierta decencia; suave, que el corte de pelo te vale doce soles ahí, que te cortan de la puta madre y te hacen peinadito al estilo que se te antoje. Eso si, casi nunca se comenta la cosa. Si alguien lo nota empieza el vacilón: “buena oye, mi querido…”. Pero eso es cosa de hombres.
¿Y Pappo Banton? Y bueno, Pappo nunca puso mucha atención a los requerimientos exquisitos de un barbero caña. A Pappo le cortan el pelo en un lugar al que él llama “el trujillano” (así como están las peluquerías de “el charro”, “el mariquita” –según la emilia- y “el anciano”). Donde “el trujillano”, Pappo ha pagado cinco soles por corte de pelo desde hace unos diez años más o menos. Bueno, cinco soles hasta hace un par de meses que la tarifa subió a seis.
El trujillano es manejado por Ramiro, un buen hombre que te conversa mientras te corta el pelo y que, no hace mucho, decidió abrir su propia peluquería, llevándose consigo a todos sus clientes (en realidad lo siguieron, porque Ramiro hace muy buen marketing one to one). Antes de eso trabajaba para un señor que no me cae, al otro lado de la calle.
Ramiro tiene buenas manos; nadie entiende mejor mi pelo (de las unas que otras veces que no me ha quedado otra que ir a otro lugar). Además, tiene varias revistas que consigue cada vez que viaja a su natal Cartavio y son, a mi parecer, mucho más interesantes que las que se encuentran en todas las demás peluquerías.
En fin, ya me toca ir donde el trujillano.
3 comentarios:
do it
Hoy fui a la peluquería fue un ritual muy relajante, pero todavía nadie nota que me hice un reacondicionamiento. Que bad no?
y despues de casi dos años tu y yop tuvimos esta conversación... la verdad tu look me gusta, y sip te toca tu corte de 6 soles...
te quiero gordito bello!!!
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