martes, 24 de julio de 2007

Los chimpunes de Chapana

Desde unas tres semanas antes, Franco no había dejado de pedirme, casi suplicarme, que le consiguiera una entrada, que haría lo que fuera para retribuirme el favor y que no sea malo. A mi, personalmente, no me atraía mucho la idea de ir a ese concierto y, honestamente, no tenía ganas de molestar a mi viejo con esos temas.

Sin embargo, pregunté, obtuve y dí. Franco se emocionó tanto que quiso hacer unos previos en su casa, junto a una amiga tronada que, de alguna manera, tenía su pase asegurado. Así, hubo el previo aquél, con uvas y eso que se toma con uvas (¿Champagne? ¿Wisky?), con quesos, música que luego sonaría en el concierto, piqueos y demás maricadas al estilo Franco y su pitucada. "¡Ya es la hora! ¡Ya es la hora!", gritó Franco, de un momento a otro, como peluquero homosexual, confirmando que el taxi ya estaba por llegar.

Una vez en el concierto me di cuenta que conocía la primera, la segunda, la tercera y, eventualmente, todas las canciones que Blondie cantó en la explanada del Museo de la Nación. Manya, ahora si me sonaba más conocida que la historia de la carta que Luis le escribió a la Ministra Mechita. En el baño me crucé con un totalmente distinto Michelle que, un par de años atrás, había sido mi recatado profesor en la parte final del programa de inglés, pero ahora estaba con el look "concierto de Blondie" y más acelerado que Erre cuando comió hongos en el zoológico.
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El resto del concierto fue ameno (nunca tanto como el de Roger Waters, claro), aunque luego del mismo terminé en un pick up con gente que no se conocía y empezaba una historia nueva que terminaría en un departamento en San Isidrio, con intentos de suicidio, fiesta de cocaina, orgía y una revelación casi explícita sobre la homosexualidad de uno de los presentes. Fugué a tiempo, aunque Franco, que de alguna manera había llegado al mismo lugar, me contó los detalles posteriores.











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