lunes, 25 de mayo de 2009

Polos para todos los gustos

Déjame contarte, Ricardo, un poco más sobre esa tarde con mi abuelo Coché en Lunahuaná:

Recordarás que la palabra Lunahuaná era como una campana de alerta para mi abuelo. Cada vez que alguien mencionaba esa palabra cerca de él, Coché dejaba todo lo que estaba haciendo para intervenir en el tema; ¿Lunahuaná? ¿vamos a ir? ¿Mañana? ¿Cuándo vamos?

El origen de su amor por ese lugar se remonta a su niñez. Si no me equivoco, pasó gran parte de ella por esos lares, comiendo camarones y jugando junto al río. Asumo que un gran número de recuerdos felices lo llenaban de alegría cada vez que se imaginaba volver a visitar su pueblo, y que esa era la razón por la cual los ojos le brillaban cada vez que hablaba de “volver a casa”.

Esa tarde era la última del fin de semana; partiríamos de regreso a Lima en unas horas y decidimos dar unas vueltas por el pueblito de Lunahuaná en la pick up de mi padre. Mi abuelo y yo íbamos en la tolva disfrutando del aire puro que ese rinconcito ahora muy prostituido nos brindaba. De pronto, a alguien dentro del carro se le ocurrió la idea de usar un megáfono que por alguna razón estaba bajo el asiento del copiloto, y así empezó nuestra absurda, efímera pero emotiva campaña electoral.

¡José para alcalde! se oyó desde el carro. Coché y yo nos miramos tras escuchar el primer anuncio y él sonrió. Nunca antes ni después lo vi sonreír de la misma manera; parecía un niño lleno de felicidad, emocionadísimo, contentísimo. Mi abuelo volvió su mirada al frente y esta vez alzó las manos para extenderlas y saludar, así, a los varios vecinos del pueblo que salían a sus puertas a hacerle hurras sin siquiera conocerlo.

Los siguientes anuncios venían acompañados de slogans preparados de forma improvisada y resultaban, en algunos casos, algo exagerados. “Con José, nueva vía expresa para Lunahuaná” “Vota por José y gánate un perrito”. Los temas seguían y, al darme cuenta, Coché no era más el mismo. La felicidad lo transformó realmente en ese personaje y vivió una realidad paralela durante varios minutos. Coché era, en su propia imaginación, ese hombre que postulaba a las elecciones para la alcaldía de Lunahuaná. Serio, impetuoso, siempre con las manos abiertas y saludando a todos sus vecinos, mi abuelo lucía su mejor peinado a mano de momento y una postura muy erguida. No era necesario ser un genio para darse cuenta que se sentía orgullosísimo de sí mismo, de su pasajera realidad adulterada. La enorme emoción burló su conciencia para hacerlo vivir y recordar esa experiencia que, más adelante, relataría como "la vez en la que postuló para alcalde en Lunahuaná".

Como sabrás, esa fue la última vez que Coché pisó ese pueblo. Debo admitir que recordarlo y recordar su amistad me pone algo triste, pero es cierto que si no hubiera sido por ti y por tu carta, no me habría puesto a pensar, también, en los momentos divertidos y agradables que pasé junto a él.

En fin, no quiero hacer esta carta más larga, estimado Ricardo. Espero saber de tí pronto.

Se fue la luz

Daniel y Karen se conocían por algunos meses y rápidamente se habían convertido en mejores amigos. Esa noche, como de costumbre cada semana, el mismo día y a la misma hora, se reunieron pasadas las once en el bar que frecuentaban para ponerse al día en los aspectos sociales y amorosos de sus vidas mientras el hombre del piano los acompañaba en el fondo.

La frase de siempre: tú primero, le dijo Daniel a Karen, esperando que ella empezara a contarle las últimas novedades sobre su vida. Realmente se querían mucho, a pesar de poder verse solo una vez a la semana.

Conocí a un muchacho hace ya un tiempo, dijo ella, y la verdad es que nos conectamos de forma casi instantánea. Él me hacía reír y yo lo hacía hablar a pesar de su timidez. Él me hacía sentir como una mujer madura y yo lo hacía sentir como un niño travieso; éramos, creo, el complemento perfecto. Primero fuimos amigos y compartimos hasta las lágrimas; creamos un vínculo especial entre ambos y lo empecé a considerar por encima de mis otros amigos. Lo quería, lo quiero y, seguramente lo querré por mucho tiempo, pero temo que no podré verle más. La semana pasada nos encontramos, se nos fueron los tragos e intimamos por primera vez, pero él se convirtió en otro. No me llamó al día siguiente, ni lo hizo después, ni lo ha hecho hasta ahora. Tengo miedo de perderlo porque ahora las cosas parecen ser distintas. ¿Qué hay de ti?

Bueno, dijo Daniel, yo tengo una historia similar que compartir contigo, aunque con ciertas variaciones. A esta chica la conocí por pura casualidad, pero al principio admito que no me caía muy bien. Luego de un tiempo aprendí a entenderla y reíamos sin parar cada vez que nos reuníamos. Hablábamos de todo un poco y sin apurar las cosas. Finalmente llegué a quererla mucho aunque con cierto miedo a enamorarme. Sabes que siempre he sido así, y eres una de las personas que mejor me conoce, por lo que creo que serás la indicada para aconsejarme. Hace muy poco dormí con ella y al amanecer me sentí raro; era como si algo dentro de mí se hubiera arrepentido de haber pasado la noche a su lado, pero luego descubrí que no era así; al menos, no del todo. En tu caso no te llaman; en el mío soy yo quien tiene miedo de llamar. No sé si quiero conservar su amistad o dar un paso adelante, estoy realmente confundido. ¿qué crees que debería hacer?

Karen miró su celular y enseguida respondió: Si realmente la valoras como una amiga podría durar mucho. La amistad no se acaba con facilidad; las relaciones si. Habla con ella al respecto y aclara las cosas. Será mejor saber si lo que sientes es amor o ilusión y, sobre todo, que ella sienta lo mismo hacia ti. Tú sueles ser más racional y directo; me sorprende que me pidas consejos en esto. Pero bueno, devuélveme el favor con otro consejo. Mi caso es patético ¿no crees? No más que el mío, respondió Daniel, y prosiguió: Verás, tú al menos tienes las agallas para admitir que sientes varias cosas por él, que lo quieres y que, aparentemente lo vas a seguir queriendo. Yo, por el contrario, soy un inseguro del diablo, que ni siquiera sé qué es lo que realmente quiero, ni con ella, ni con nadie.

Creo que es la primera vez en la que no tenemos una solución para nuestros casos, dijo Karen. Perdóname, por favor, pero hoy no podré quedarme más tiempo como la última vez; tengo muchas cosas que pensar.

Luego de esa noche, ninguno de los dos resolvió sus problemas con las personas de las que habían hablado. Daniel y Karen no se volvieron a reunir en ese bar; no se volvieron a hablar más, ni se escribieron. Se perdieron el uno al otro y así terminó esa relación. Ninguno, sin embargo, se arrepintió, jamás, de haber conocido al otro, de haber pasado algunos meses maravillosos, de haberse vuelto mejores amigos y, por supuesto, de haber hecho el amor esa única vez.