Cuando Manuel apareció al pie de su escritorio, ella solo recordó aquel momento en el que se paró al filo de su terraza, en el piso doce, acariciando esa idea tan macabra de saltar. ¿Qué haces aquí? - Solo vine a saludar.
Melinda ya había luchado contra todos sus demonios para, por fin, terminar de olvidarlo tras la ruptura que la lastimó por instantes que parecían eternos (casi un oximoron, miss), en los que su alcoba, la calle, su auto y cualquier lugar a donde iba no le hacían acordar otra cosa que a Manuel. Ya no estés enojada, pues, le dijo, mientras la tomaba de la mano como si solo la noche anterior hubieran tenido una pequeña discusión. Pero no era así; Melinda solo buscaba desaparecer en ese momento o, posiblemente, armarse de valor para botarlo rudamente. Ni una ni la otra, optó por la indiferencia y los monosíbalos en esa conversación que no duró más de cinco minutos.
Pero qué se habrá creido, se decía a si misma; venir aquí, a mi oficina, a malograrme el día de esa manera. Enseguida sacó un cigarrillo de la cajetilla de su hermana y, después de varios meses, volvió a fumar, mientras dejaba caer una lágrima más con su nombre en ella.
Todos los hombres son iguales, pensó y me lo dijo al día siguiente. Todos son una basura, todos mienten, todos. Y bueno, ya es hora de almorzar.
Melinda ya había luchado contra todos sus demonios para, por fin, terminar de olvidarlo tras la ruptura que la lastimó por instantes que parecían eternos (casi un oximoron, miss), en los que su alcoba, la calle, su auto y cualquier lugar a donde iba no le hacían acordar otra cosa que a Manuel. Ya no estés enojada, pues, le dijo, mientras la tomaba de la mano como si solo la noche anterior hubieran tenido una pequeña discusión. Pero no era así; Melinda solo buscaba desaparecer en ese momento o, posiblemente, armarse de valor para botarlo rudamente. Ni una ni la otra, optó por la indiferencia y los monosíbalos en esa conversación que no duró más de cinco minutos.
Pero qué se habrá creido, se decía a si misma; venir aquí, a mi oficina, a malograrme el día de esa manera. Enseguida sacó un cigarrillo de la cajetilla de su hermana y, después de varios meses, volvió a fumar, mientras dejaba caer una lágrima más con su nombre en ella.
Todos los hombres son iguales, pensó y me lo dijo al día siguiente. Todos son una basura, todos mienten, todos. Y bueno, ya es hora de almorzar.
1 comentario:
melinda está wrong
Publicar un comentario