Esa noche y, al parecer, todas las noches en ese bar, un tal Bill Martin tocaba el piano. Yo solo buscaba un momento a solas de esos que tanto disfruto, así que decidí ir a aquel lugar del que me habían hablado un par de amigos.
Genial, pensé, si hay algo mejor que ir a un bar a tomarme un par de cervezas es hacerlo mientras alguien toca el piano. “El hombre del Piano”, le decían los clientes regulares, y por ahí alguna de las anfitrionas que atendían la parte de las mesas me dijo que debía esperar a que el señor Martin empezara a tocar, que no me lo podía perder.
Y bueno, totalmente cierto. Bill Martin, con su saco de estilo antiguo, su larga pero muy bien peinada cabellera con rulos y su mirada de niño serio, hizo de esa noche algo especial para mí. Canción tras canción, cerveza tras cerveza, cigarrillo tras cigarrillo. Toda la noche; era mi noche, mi momento de soledad, mi descanso de todo. Mejor dicho, era de ese grupo al que el Señor Martin se refería en una de sus canciones: Gente que viene acá a olvidarse de la vida.
En un par de ocasiones, alguna fémina se me acercó a preguntarme si podía invitarle un trago. Pasé, porque sabía a qué había ido yo y, por supuesto, a qué habían ido ellas.
A eso de las tres y algo más (o algo menos) me paré y dejé un billete que cubría mi cuenta sobre la barra. Me despedí del cantinero, ese hombre gordo y calvo que me cayó muy bien desde un principio, con un gesto muy parecido al saludo militar y salí, no sin antes dejar unas monedas en el jarrón de vidrio que decía “Billy’s tip jar”. Porque ese señor y sus canciones hicieron que mi noche de soledad fuera aún más agradable.
Desde entonces, en mi mente, seguí yendo de cuando en cuando, para pasar mis ratos solo y, no cabe duda, para escuchar el hombre del piano.
Genial, pensé, si hay algo mejor que ir a un bar a tomarme un par de cervezas es hacerlo mientras alguien toca el piano. “El hombre del Piano”, le decían los clientes regulares, y por ahí alguna de las anfitrionas que atendían la parte de las mesas me dijo que debía esperar a que el señor Martin empezara a tocar, que no me lo podía perder.
Y bueno, totalmente cierto. Bill Martin, con su saco de estilo antiguo, su larga pero muy bien peinada cabellera con rulos y su mirada de niño serio, hizo de esa noche algo especial para mí. Canción tras canción, cerveza tras cerveza, cigarrillo tras cigarrillo. Toda la noche; era mi noche, mi momento de soledad, mi descanso de todo. Mejor dicho, era de ese grupo al que el Señor Martin se refería en una de sus canciones: Gente que viene acá a olvidarse de la vida.
En un par de ocasiones, alguna fémina se me acercó a preguntarme si podía invitarle un trago. Pasé, porque sabía a qué había ido yo y, por supuesto, a qué habían ido ellas.
A eso de las tres y algo más (o algo menos) me paré y dejé un billete que cubría mi cuenta sobre la barra. Me despedí del cantinero, ese hombre gordo y calvo que me cayó muy bien desde un principio, con un gesto muy parecido al saludo militar y salí, no sin antes dejar unas monedas en el jarrón de vidrio que decía “Billy’s tip jar”. Porque ese señor y sus canciones hicieron que mi noche de soledad fuera aún más agradable.
Desde entonces, en mi mente, seguí yendo de cuando en cuando, para pasar mis ratos solo y, no cabe duda, para escuchar el hombre del piano.
1 comentario:
por eso digo que todos tenemos derecho a un espacio en la soledad. aunque me intimide un poco estando con ella.
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