domingo, 2 de septiembre de 2007

Cinco centavitos de felicidad

Un día, mi padre y mi tío me sorprendieron al contarme que habían comprado un ultraligero recreativo. Entusiasmado, lo fui a ver con intensiones de surcar cielo limeño ese mismo día, aunque todavía existía el pequeño problema de mi incompetencia absoluta para hacer volar una de esas cosas. De ese modo, me propuse aprender en la brevedad posible logrando, luego de dos semanas, iniciar mi primer vuelo. Obviamente, tenía la supervisión "del de al lado" ya que, si bien era cierto que yo ya sabía cómo despegar, no tenía idea de cómo hacer para aterrizar sin destruir la nave ni a sus dos tripulantes (si pues, solo entraban dos).

Ya con un par de meses más de práctica, estaba listo para hacer la tarea completa y no morir por estúpido. Despegué, volé por unos minutos, regresé y aterricé sin problemas mayores en el pequeño y casi improvizado aeródromo de San Bartolo. El ultraligero cambió mi perspectiva sobre Lima (Google Earth no aparecería sino hasta después de un tiempito); no era lo mismo despegar en un vuelo comercial desde el aeropuerto que verlo todo más cerca y más -digamos que- libre desde el pequeño Aviestar Biplaza rojo al que nunca le puse nombre.

Nunca encontré a la vecina FX haciendo top less en su piscina; sueño morboso derrumbado que no me desmotivó, ya que usar el ultraligero se había vuelto super relajante luego de poco tiempo, al hacer casi todo por inercia mental. Si el cielo estaba despejado y no había mucho que hacer, entonces era un día perfecto para volar. "Oye y qué haces en tu tiempo libre?" - "volar"; que bacano.

Lamentablemente y, como pasó con la pequeña Astra Victoria, el ultraligero y yo tuvimos que decirnos adios una tarde en la que mi padre y mi tio decidieron vendérselo a algún tipo de coleccionista de aparatos raros. El señor, me contaron, no lo quería para volar, sino como "adorno" para su casa de campo. Y bueno, después de todo, se gastaba dinero en la gasolina, aunque creo que ahora gasto más en tanquear la panza de mi Ponderosa ya que el ultraligero usaba gasolina de 95 octanos.

Igualmente, habían pequeños puntos de la norma RAP103 (si pues, incluso con estos juguetes hay reglamento) que infringíamos cada vez que usabamos el biplaza, así que supongo que venderlo fue lo más apropiado.

.
_

No hay comentarios.: