Neil Armstrong siempre le negó una entrevista al Sr. Bill Casey, el más grande de los teóricos del fraude de la NASA con respecto a la llegada del hombre a la luna. En una oportunidad en la que un reportero que acompañaba a Casey le preguntó al antiguo astronauta sobre el fraude, Armstrong respondió que no le pregunten nada para no tener que mentir.
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El primer consejo que recibí sobre mujeres me lo dio mi padre hace ya muchos años. Recuerdo que yo tenía unos ocho o nueve años y esperábamos juntos a que mi hermana salga de clases. En el mean time salían muchas otras chicas por la puerta del colegio y, por aquellos tiempos, para mí eso era como una estampida de animales salvajes que venían a atropellarme. Era tan tímido que me ruborizaba de sólo saber que decenas de féminas pasaban por mi lado y no me quedaba otra salida que esconder la mirada en el suelo.
Cuando mi padre notó mi cobardía se me acercó y, agachándose un poco para poder estar a mi altura, me dijo al oído algo como “el secreto es mirarlas directamente a los ojos; si lo haces verás que se chupan y voltean la cara”. Desde ese entonces puse en práctica el sabio consejo de mi creador y tuve éxito en la mayoría de los casos. Muy pocas veces –a comparación de todas- lo he hecho con intenciones de coqueteo; normalmente (y debo confesar que hasta ahora) tomo esa acción como una especie de ataque al enemigo, de supremacía y fortaleza sobre él (bueno, sobre ellas), habiéndome hecho la idea que si la chica a la que miro fijamente a los ojos voltea la mirada, de algún modo “yo gané” la contienda. Por supuesto, me ha pasado, en varias ocasiones, que ya no pude contenerme más y al final fui yo quien volteaba la mirada, pensando “diablos, perdí”.
Hace un par de días le di el mismo consejo a mi primo de trece años.
Cuando mi padre notó mi cobardía se me acercó y, agachándose un poco para poder estar a mi altura, me dijo al oído algo como “el secreto es mirarlas directamente a los ojos; si lo haces verás que se chupan y voltean la cara”. Desde ese entonces puse en práctica el sabio consejo de mi creador y tuve éxito en la mayoría de los casos. Muy pocas veces –a comparación de todas- lo he hecho con intenciones de coqueteo; normalmente (y debo confesar que hasta ahora) tomo esa acción como una especie de ataque al enemigo, de supremacía y fortaleza sobre él (bueno, sobre ellas), habiéndome hecho la idea que si la chica a la que miro fijamente a los ojos voltea la mirada, de algún modo “yo gané” la contienda. Por supuesto, me ha pasado, en varias ocasiones, que ya no pude contenerme más y al final fui yo quien volteaba la mirada, pensando “diablos, perdí”.
Hace un par de días le di el mismo consejo a mi primo de trece años.
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5 comentarios:
Yo diría que el secreto es más ignorarlas que mirarlas. Si no existen para tí pensarán que deben existir. Aunque bueno, ponerme en plan de consejero con mujeres es como si el chavo diera clases de física cuántica.
si pero eso de ignorarlas es a mediano plazo, lo de mirarlas ya no funciona como antes, 5 de cada 10 te hacen "la contienda" y son recontra decided.
mirame...
... mirame de nuevo.
La mirada intimida! pero tu no puedes intimidarme pappo.
Pappo y la Guaraná sin gas (de hace 3 días)
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