Demasiado movido por la intriga, arreglé mis tiempos y salí temprano en dirección a Canta al siguiente domingo, tal y como me lo habían "advertido" en los distintos correos. ¿Sería cierto que lo que me iban a mostrar iba a aclarar muchas de mis dudas? ¿pero por qué tanto misterio? ¿por qué camino a Canta? ¿la persona viviría por esos lares?. Tenía muchas preguntas y esperaba muchas respuestas mientras manejaba por esa horrorosa carretera que, aparentemente, era el único medio para llegar hasta mi destino.
Mientras iba camino al misterioso y, supuestamente, fructífero encuentro con esa persona que no había dejado de enviarme mensajes de insistencia para confirmar mi asistencia a la "cita", el paisaje empezó a alegrarme la vista. No está tan mal después de todo, pensé. Entonces recordé; el lugar al que fui citado no fue precisamente Canta, mas "camino a Canta", por lo que abrí el último papel que había impreso y seguí las instrucciones tras pasar el desvío que iba para el pueblo de Santa Rosa de Quives. Así, las instrucciones finales para llegar, que creí me tomaría unos cinco minutos, terminaron tomándome cerca de una hora, sumada a la recién nacida preocupación dadas las circunstancias. Como había sido informado (y qué pelotudo, pensaría normalmente, para ir hasta allá sin estar seguro que todo aquello no era más que una mala broma), tomé la trocha de bajada hacia la izquierda, hasta la orilla del río, seguí defrente hasta encontrar el puente que cruzaba el mismo y finalmente tomé el camino de la izquierda; una trocha de subida cuyo ancho excedía por pocos centímetros las medidas de la Ponderosa, y cuyas fronteras laterales eran el cerro y el barranco.
Ahora con algo de miedo, seguí subiendo hasta llegar a un recóndito pueblo llamado Buenaventura. Coño, pensé, al menos el pueblito este existe. Leí la última línea de la hoja y recién entonces me percaté del detalle: "cuando llegues a Buenaventura, sigue defrente por el camino rodeado de casas hasta llegar a un pequeño y rústico edificio con una bandera de los Estados Unidos en el techo". ¿Una bandera Yankee? ¿en ese lugar tan escondido? ¿qué diablos?. Decidido por mi ruta lograda hasta ese momento, avancé lento mientras muchos campesinos me miraban como si fuera un extraterrestre que llegaba en una nave espacial y, finalmente, entre la suave pero espelusnante neblina que había empezado a cubrir el pueblo recién a mi llegada, divisé una bandera de los Estados Unidos. Al acercarme cada vez más noté que el rústico edificio era peor que eso. Me estacioné en la puerta y bajé de la Ponderosa, pensando "la puta madre, que no hay nadie acá". Enfurecido, muy enfurecido por lo que creía que había sido una broma de mierda, prendí un cigarrillo que -admito- me costó golpear por la altura y, cuando me di la vuelta para entrar de nuevo al carro, me quedé totalmente helado al ver a la persona quien menos me habría imaginado ver en ese lugar, en ese momento. Esos correos, esos mensajes... los escribiste tú, le dije como preguntando y, a la vez, confirmando. Ella asentó la cabeza mientras sonreía y extendía su mano derecha hacia el lado izquierdo de mi cara.
Tres años más tarde recuerdo, casi con exactitud, el resto de ese domingo.
Mientras iba camino al misterioso y, supuestamente, fructífero encuentro con esa persona que no había dejado de enviarme mensajes de insistencia para confirmar mi asistencia a la "cita", el paisaje empezó a alegrarme la vista. No está tan mal después de todo, pensé. Entonces recordé; el lugar al que fui citado no fue precisamente Canta, mas "camino a Canta", por lo que abrí el último papel que había impreso y seguí las instrucciones tras pasar el desvío que iba para el pueblo de Santa Rosa de Quives. Así, las instrucciones finales para llegar, que creí me tomaría unos cinco minutos, terminaron tomándome cerca de una hora, sumada a la recién nacida preocupación dadas las circunstancias. Como había sido informado (y qué pelotudo, pensaría normalmente, para ir hasta allá sin estar seguro que todo aquello no era más que una mala broma), tomé la trocha de bajada hacia la izquierda, hasta la orilla del río, seguí defrente hasta encontrar el puente que cruzaba el mismo y finalmente tomé el camino de la izquierda; una trocha de subida cuyo ancho excedía por pocos centímetros las medidas de la Ponderosa, y cuyas fronteras laterales eran el cerro y el barranco.
Ahora con algo de miedo, seguí subiendo hasta llegar a un recóndito pueblo llamado Buenaventura. Coño, pensé, al menos el pueblito este existe. Leí la última línea de la hoja y recién entonces me percaté del detalle: "cuando llegues a Buenaventura, sigue defrente por el camino rodeado de casas hasta llegar a un pequeño y rústico edificio con una bandera de los Estados Unidos en el techo". ¿Una bandera Yankee? ¿en ese lugar tan escondido? ¿qué diablos?. Decidido por mi ruta lograda hasta ese momento, avancé lento mientras muchos campesinos me miraban como si fuera un extraterrestre que llegaba en una nave espacial y, finalmente, entre la suave pero espelusnante neblina que había empezado a cubrir el pueblo recién a mi llegada, divisé una bandera de los Estados Unidos. Al acercarme cada vez más noté que el rústico edificio era peor que eso. Me estacioné en la puerta y bajé de la Ponderosa, pensando "la puta madre, que no hay nadie acá". Enfurecido, muy enfurecido por lo que creía que había sido una broma de mierda, prendí un cigarrillo que -admito- me costó golpear por la altura y, cuando me di la vuelta para entrar de nuevo al carro, me quedé totalmente helado al ver a la persona quien menos me habría imaginado ver en ese lugar, en ese momento. Esos correos, esos mensajes... los escribiste tú, le dije como preguntando y, a la vez, confirmando. Ella asentó la cabeza mientras sonreía y extendía su mano derecha hacia el lado izquierdo de mi cara.
Tres años más tarde recuerdo, casi con exactitud, el resto de ese domingo.
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