miércoles, 28 de mayo de 2008

Plataforma crítica: los días pasan muy lentos

Papá tiene un caballo sin nombre en algún criadero en la ciudad de Trujillo. Nunca lo he visto y, por lo que escucho, es uno de esos caballos que bailan la marinera.

Me interesó saber más del mismo a raiz de la tarde que pasamos en la casa de campo de unos amigos, hace pocos días. Ahí estaban otros dos de esos caballos cuyo nombre real es “de paso” y no “que bailan la marinera” (pero es que la bailan, pues). Honestamente, solo los había visto en acción en un comercial de Inca Kola, pero no me asombró mucho. Esta última vez, sin embargo, fue un bonito espectáculo musicultural (¿existe esa palabra?) brindado por don Pepe y sus caballos –también por Joche, no hay que quitarle el crédito-.

Realmente siguen la música, pienso, mientras ansío fumar un cigarrillo, ya que me gusta mucho escribir mientras fumo, que en realidad es fumar mientras escribo. El caso es que estos caballos son una maravilla; claro que mucho tiene que ver, asumo, el montador de paso fino. ¿Se necesita preparacón? Supongo que sí. ¿Me prepraré e iré a montar al caballo sin nombre de papá hasta Trujillo? No lo sé, espero que sí y pronto. En fin, las ganas me ganan y debo ir hasta la calle para poder fumar.

Sobre el FaceBook


El Facebook, asumo, es una de esas cosas parecidas al en-proceso-de-extinción-en-el-Perú Hi5. Es muy innovador, dinámico, tecnológico y moderno. Lamentablemente, demasiado innovador, dinámico, tecnológico y moderno para mí: Una vez adentro no tengo idea de cómo salir. Pensé en lo de “deactivate account” pero sigo dentro.

Aparentemente tengo veinte regalos virtuales ahí, entre plantas que no hago crecer, dinero que no veo y perros que pasean por la página. Muchas personas quieren tomarme “quiz” de distintos temas, como “qué tan sexy eres”, “descubre qué personaje de Harry Potter serías” o “cuál es tu verdadero coeficiente”. De igual modo, todo hace parecer que tengo más de cuarenta fotos en este famoso Facebook, cuando no he colgado más de tres o cuatro. Mi vida es tan complicada en el Facebook que mi estado figura como “en una relación” el lunes, mientras que el miércoles cambia a “casado”, el jueves a “separado”(que va junto a una carita triste) y el fin de semana estoy “single” de acuerdo a la página aquella.

Tengo que empezar a admitir que siento que mi etapa tecnológica, en la que conocía los modelos de celular más bacanos, juegos de video más modernos, portales web super de moda y uno que otro truco en la computadora ha perecido. Mientras tanto, seguiré intentando salir del famosísimo facebook y llevar conmigo ese dinero virtual, las plantas y el perrito (no, el perrito no, en realidad).

martes, 27 de mayo de 2008

Quiero ser ladrón de tu corazón

Desde que me acuerdo, cada vez que me reúno con algún miembro mayor de mi enorme familia símil-cercana, trato de obtener tanta información del pasado como sea posible. Ya sea sobre la familia en sí o sobre el lugar, las costumbres y demás.

Lo curioso es que siempre encuentro algo nuevo, alguna pizca de información de la que no estaba enterado y, realmente, me emociona conocer más sobre lo que los simios llamarían el tiempo antes del tiempo.

Gracias a esas largas conversaciones que siempre tengo con mis abuelas, con tíos abuelos y que, en algunas ocasiones he tenido con el tío de mi bisabuela, me he enterado de detalles grandiosos, positivos o negativos, dependiendo de cómo se miren (como aquella vez en la que descubrí que mi bisabuela había sido toda una pícara en sus años mozos).

En fin, saber sobre el pasado de tu familia es agradable; me pregunto cómo sería estar ahí, en esos días. Me imagino viajando en el tiempo hasta mil ochocientos ochenta y nueve y presenciar el cortejo entre mis tatarabuelos; ver el nacimiento de mi abuelo o estar presente la noche en la que mi bisabuelo raptó a su eventual esposa a caballo, al estilo que solo he leído en cuentos. Sin ir muy lejos, podría viajar unas pocas décadas atrás y ver a mis padres conocerse en esa fiesta a la que ambos asistieron por pura coincidencia.

Nunca conocí al padre de una de mis abuelas, aquel mulato enamorado de la enorme mujer blanca que no pertenecía a su mismo estrato social y que, con mucho esfuerzo, logró que ella se fijara en él. No pude resistirme a la idea de capturar una foto que encontré de él, mientras “Chochín”, mi abuela, me contaba más detalles sobre su vida.


Sweet Home, Buenos Aires

Las vivencias de la gente suele tener mayor trascendencia cuando se tiene registro fotográfico del asunto. Aparentemente, las fotografías (digitales) le dan cierto je ne sais quoi a las fiestas, viajes, almuerzos, reuniones, encuentros y demás eventos, que hacen que los demás notemos a la persona involucrada como “muy” socialmente activa.

El tema es cuando se tienen unas tres mil fotos en el ordenador ¿y luego qué? Al menos con los antiguos álbumes, era factible sacarlos de algún lugar en la casa y compartir las fotografías con los demás. Pero cuando están en el PC y en una reunión familiar quieres mostrarles a todos las fotos de tu último viaje al mediterráneo, Miami o Chincha ¿qué hacer? Las tres laptops de la casa no serán suficientes frente a las cabezas amontonadas de quienes quieren ver las mismas fotos (la posición de las cabezas hace que las fotos sean percibidas más claras u oscuras) y, si no hay portátiles, se jodieron todos.

Solo se libran aquellos que, luego de llenar las pequeñas y maravillosas tarjetas de dos gigabytes (¡nerd!), mandan todo eso a alguna imprenta de Kodak, guardan esas fotos en un álbum y repiten el procedimiento. Ellos si pueden compartir fotos con los demás, incluso con la abuelita que se niega a usar una computadora.

foto: Stewie loves offroading, too.

domingo, 11 de mayo de 2008

Habemus Pappo

Me dan escalofríos cuando hago, veo o imagino ciertas cosas. Percibirlas de una manera real o virtual me pone la piel como la de una gallina. Sin embargo, luego de una exhaustiva y meticulosa etapa de investigación (o sea, como una vez antes, solo pregunté a un par de personas), me doy cuenta que no es normal lo que yo siento cuando lo siento.

A mucha gente se le escarapela el cuerpo cuando pasan o imaginan un episodio terrorífico (para ellos), como una escena de película, un accidente, una persona herida, sangre y demás cosas catalogadas como “fuertes”. Yo, sin embargo, paso por lo mismo cuando pienso o hago otras cosas: El roce de la mano con el papel periódico, los rayones de un plumón sin tinta sobre una pared sin tarrajear –y lo mismo con la mano- , el tirón de la ropa que resbala de las manos con fricción (como cuando una soga se escapa de tus manos ante la fuerza de otro que también jala), y así, varias cosas que ya no puedo escribir porque he tenido demasiados escalofríos mientras trabajaba en este último párrafo.

Lo común, de acuerdo a mi investigación, es que la gente sienta esos escalofríos ante un chirrido, como el que ocasiona la tiza sobre la pizarra algunas veces, o una punta de fierro raspado sobre material similar. Pero vamos, que esos chirridos no son tan malos eh.

El día del papel

En mi paso por Montecarlo, desesperado por entrar al casino del que solo había oído hablar, no me había percatado que en Mónaco había más cosas que descubrir. Es un principado bonito, pensaba, pero la idea de jugar en el casino hacía que no me diera cuenta de las otras maravillosas cosas que podía encontrar en el lugar desde donde –asumo- no se necesita visa a ninguna parte del mundo.

Si pues, en Mónaco habían también carros, y qué carros. Todos lucían exuberantes y bonitos. Luego me enteraría que la menor fortuna de algún residente no baja los ciento veinte millones (de lo que sea, igual es mucho dinero). Lincolns, Maseratis, Maybachs; a muchos de los autos los veía por primera vez.

Un país (pues sigue siendo el segundo más pequeño del mundo) sin ejército, sede del gran Rally de la fórmula uno, calles bonitas, casas espectaculares y, por supuesto, una hermosísima playa. Un capricho no anunciado y coincidentemente realizado, solo comparable a una estupenda tarde de jazz en Viena junto a Carla y a mi hermana algunos días después.

lunes, 5 de mayo de 2008

That's more like it


No sé exactamente cuántos años tendría en ese entonces; lo que si recuerdo son las visitas a la casa de aquel amigo de Papá que, durante ese tiempo, se hicieron bastante seguidas. El señor Ayala (¿Hugo? Creo que si) era una persona normal, con una vida normal, con una familia normal y con una casa maravillosa.

Su casa no era enorme, ni futurista, ni con piscina. No, señor. Su casa era más que eso; mucho más. Para un niño de esa edad –edad que no recuerdo muy bien pero que, por seguro, era durante mi niñez-, la casa del señor Ayala era el paraíso: Toda la parte trasera era un contenedor enorme de helados D’onofrio (o sea, “Di-Onofrio” – hay que aprender a respetar los sustantivos propios-). Me refiero a una especie de nevera gigante donde veía muchos helados sueltos por todos lados.

Mi hermana y yo adorábamos ir a casa del señor Ayala pues, aunque suene a pura conveniencia, él nos agradaba junto al “plus” de sus helados (así como Patty nos agradaba junto al “plus” de sus chocolates sublimes, años antes). La mejor parte era cuando don Hugo nos invitaba a pasar al contenedor; la puerta se abría pesada y mi hermana y yo sonreíamos ante el cuarto gris lleno de color frente a nosotros. Tomen lo que gusten, chicos, nos decía.

Así, cada vez que pasábamos por la casa Ayala, era un día feliz (y a veces de noche). Escucho que ahora es distribuidor de la competencia. Me pregunto si me reconocería al verme.

jueves, 1 de mayo de 2008

Sobre el cumpleaños de Martinica

Hoy me decidí por un nombre para mi malcriado. A sus cuatro meses de edad ya le empezaba a incomodar lo de chamaco. Supongo que, ahora que ya me ha demostrado lo que puede hacer, no quiere que lo vea más como un pequeño.

Él es todo un varoncito; imponente desde el frente, te mira con ojos de enfado. Pero solo es apariencia, pues lleva un buen corazón. Un poco serio, si, aunque las pocas veces que usa el humor lo hace de una manera efímeramente exuberante, y lo hace solo para cagarme. Sin embargo, me empieza a querer.

Es bien parecido, aunque no muy fotogénico. Gordito, digno portador de una punta agresiva, como dice una amiga. Un poco lento para entrar en calor, pero muy versátil para su peso y tamaño. No es amanerado, pero anda con el trasero firme y parado. Ese es mi Actyon.

Así, dadas sus habilidades, su espléndido torque, su potencia y ¿por qué no admitirlo? Su pesadez, que de la mano con su estética, su color y la percepción que da al mirarlo desde distintos lados, he decidido ponerle el nombre de Panzerkampfwagen, al asociarlo con esa línea de tanques alemanes aparecida poco antes de la segunda guerra mundial.

Por supuesto, el uso de su nombre completo solo está permitido a Pappo. Ante todos los demás, el no-más chamaco se presentará como “Panzer”.

Bienvenu, Monsieur Pancier



imagenes referenciales (no me gustaría ninguno de esos colores, aunque si otra cosilla que vi por ahí).

Servicio de satélite para la selva

Hoy (en realidad ayer y, cada vez que escriba “hoy” me referiré a ayer) quise acordarme de las cosas que de niño creía. Esas sonseras que creemos ciertas hasta que nos damos cuenta, de alguna manera cruel o suave, que no es así. No hablo de las clásicas mentiras que vivimos cuando niños, como la existencia del ratón de los dientes, de Papá Noel o de la cigüeña que trae bebés. Me refiero, ahora, a cosas un poco menos comunes, ¿o no?

Por ejemplo, cuando me llevaban al cine, yo creía que lo que salía en pantalla era la magnificación de lo que los actores hacían detrás de ella (literalmente). O sea, según yo, detrás de la pantalla y, en cada función, estaban los actores reales. Lo absurdo del asunto solo se compara a lo que pensaba con respecto a la playa. De acuerdo a mis ojos, cada vez que iba a la playa podía ver una especie de maizal al otro lado de la misma. Era tierra firme, pero no habitable, sino llena de plantados de maíz. Lo gracioso es que no lo veía tan lejano.

Hoy también me acordé de cuando creía que una mujer podía quedar embarazada sin necesidad de tener sexo, o que yo podía hacer movimientos de artes marciales a la perfección, aún cuando no había llevado clase alguna (en realidad llevé cinturón blanco de karate mucho después). Y así, empecé a hacer una imaginaria lista de otros reflejos de inocencia, como que un eclipse podía volver a la gente gelatina, o que todos alrededor mío eran parte de una conspiración; un teatro viviente, todos y cada uno de las personas que me rodeaban (creo que hasta ahora tengo esa sensación).

En fin, me acordé de muchas cosas y debí hacer esa lista en papel porque ya olvidé la mayoría. Solo me viene a la cabeza la idea que tenía de poder agarrar las nubes; en mi imaginación eran como algodón, y podía utilizarlas como colchón si me lanzaba de un avión. Iluso.

Da un poco de pena darnos cuenta de lo felices y despreocupados que podíamos ser cuando pequeños.

El caraza; aquí no hay precios

Recuerdo no haber dormido la noche anterior. Honestamente, más que nervios del famoso primer día, lo que me había mantenido despierto todas esas horas era la preocupación de terminar esa presentación para mis asesores de Tesis.

Y bien, llegué temprano; tempranísimo. Esperé en el pasillo mientras veía llegar a una chica tras otra. Todas portaban un photocheck que yo inocentemente envidiaba durante los primeros minutos de ese nuevo trabajo. De cualquier modo, pensaba, me tendrían que dar uno en los próximos días (y me equivoqué por no pensar, mejor, en meses).

De pronto me di cuenta que el único hombre ahí era yo. ¡Pero claro! Acababan de inaugurar la extensión masculina dentro del programa de docencia sabatina. Sin darme cuenta, me había convertido en el primer varón en dictar clases en ese lugar los sábados o, al menos, el primero en más de veinte años.

Recién unos minutos antes que suene la campana pude notar las consecuencias de la falta de sueño; estaba un poco ido, con falta de reflejo, con una sensación que me hacía ver pasar los segundos de una manera más lenta de lo normal. Acá está tu lista provisional, me dijo Ginette, con una cara un poco reacia a la situación. Y es que desde el entrenamiento, ambos pensábamos desfavorablemente del otro. Con el tiempo, sin embargo, Ginette y yo nos convertiríamos en buenos amigos.

Tengo que admitir que esa primera clase, con adolescentes que ya se encontraban terminando el programa, fue un fracaso total. Todo me salió mal; los chicos probablemente me empezaron a odiar desde ese primer día y no dudo que alguno de ellos haya pensado en retirarse (creo que alguno lo hizo). Pero la preocupación de causar una buena impresión como profesor era mucho menor a la preocupación por la presentación que tendría horas más tarde en la universidad.

No obstante, aún tenía cuatro horas más para hacer las cosas bien; dos clases que aún no me conocían y donde podría corregir los errores de la primera. Y así fue; la siguiente clase estuvo mucho mejor, y la tercera fue un éxito total. Al menos eso he creído hasta hoy.

Durante los descansos conocí a otra chica que, con el tiempo, se ha convertido en mi compañera de colilla preferida. Claudia, junto a otras profesoras, subían a la azotea del instituto en casi todos los descansos y compartían cigarrillos y chismes de todo y de todos. Tú pareces un regular, fue lo primero que me dijo, mientras ella observaba y yo me daba cuenta, recién, que tenía la apariencia de un tipo serio, vistiendo terno, con la barba muy bien delineada. Caramba, quería poder decir que ese no era yo; que la formalidad en la ropa era porque luego de clases debía volar a la universidad para sustentar un trabajo.

Ese primer día metí la pata varias veces. Nunca había dictado clases; nunca había sido un profesorcito, ni había pensado en hacerlo. Todo fue coincidencial desde un inicio, pero estaba ahí parado, viéndome desde otra perspectiva como algunas personas afirman poder ver su propia operación mientras están inconscientes. Estaba ahí, parado, dictando clases y pensando por momentos, a modo de broma, que estaba estafando gente.

Ha pasado bastante tiempo desde esa primera vez. En todo este tiempo, he conocido gente muy buena, y del otro tipo también. Me divertí mucho, me reí, me preocupé y me enteré de muchas cosas, buenas y malas. Aprendí sobre mujeres cuando dejaron de respetar mi presencia y las girly talks eran comunes en el teachers room. Aprendí de niños, aprendí de adolescentes. Aprendí de Nicolás, de Andrea, de Piero y de Carla, así como de muchos otros alumnos que gracias a sus particularidades los recuerdo más que a otros. Aprendí de los padres con los que alguna vez hablé –y me di cuenta, por fin, de la importancia de la opinión del profesor para los papis-.

Finalmente, aprendí que no podía continuar más con lo de los Sábados. Que hay tiempo para todo y que, irónicamente, ya era hora de dejarlo. Enseñar a niños ha sido un reto con resultados muy gratificantes. Hoy lo dejé; me llevo un sin fin de recuerdos muy agradables, aunque recién me pregunto si alguna vez habré sido muy duro con los pequeños.