martes, 12 de enero de 2010

Importancia de la seguridad vehicular

¿Y bien? Me preguntó Sergio con una mirada de ilusión que, de hecho, esperaba un comentario positivo de mi parte sobre el cortometraje que me acababa de mostrar –obra suya al 100%-, y que pretendía registrar en un concurso local para directores amateurs. Pues la verdad, me pareció una huevada, le respondí.

La cara de Sergio pasó de decepción a frescura antes de hablar de nuevo: ¿sabes, gordo? Eso es lo bueno de ti. Eres recontra cagón, pero eres sincero. Ya vi que esta mierda no sirve ni para el youtube. Que se jodan los del concurso, no le han ganado a nadie. ¿cuándo han sido esos huevones? Dijimos los dos al unísono.

Mi amigo de aulas universitarias se esparramó sobre su sofá de cuero viejo y sacó una pipa del velador de al lado. Y así, mientras empezaba a fumar marihuana, empezó a contarme una historia que, por carga laboral, no podré contarla esta vez.

Tiene tren, pero no tiene tranvía

Me acerqué a la barra y saludé a todos con la picardía que me caracteriza cuando tengo un poco y mucho de alcohol en la sangre. Por favor, ¡una ronda entera para todos, a mi cuenta! Las cinco o seis personas en la barra rieron por esa broma tan exquisitamente amena cuando se está en un all inclusive (it never gets old).

Mi compañero de barra tenía un acento que no pude distinguir al principio, pero las opciones no pasaban de dos o tres países de centro América. Y bueno, que hay que aprovechar todo el free buzz que tenemos acá, me dijo, porque lo que he bebido estos días es mi salario de dos meses. Hombre, le respondí, que el dinero no hace la felicidad. Antes que mi interlocutor pueda responder con algún comentario que aburriría la conversación proseguí: la compra hecha. Las carcajadas contagiaron a dos muchachas junto a nosotros que saboreaban lo último de algún trago similar al mojito y enseguida se presentaron. En la escena apareció Rocío -que venía con nosotros en ese viaje a Panamá- junto al italiano al que habíamos denominado como “galán”. ¿Qué cuentan chicos? No mucho, respondí, estábamos con mi compadre acá y estas dos hermosas chicas por empezar un concurso de tablazo. ¿Qué es eso? preguntó Rocío. Los cuatro nuevos mejores amigos de todo el mundo nos miramos sorprendidos y poco faltó para forzarla a sentarse a probar esa delicia de cocktail que hasta el día de hoy no he vuelto a encontrar en ninguna otra ciudad dentro de mis viajes.

¿Lista? Rocío miraba excitada aunque algo temerosa como el señor del bar terminaba de ponerle el último ingrediente al trago: tabasco. Ya sabes, Chío, dos golpes sobre la barra y te lo tomas todito. Vinieron los dos thuds por cortesía del bartender y mi amiga vació la última gota del pequeño vaso. La reacción de Rocío luego de probar por primera vez el tablazo era la esperada por cualquier persona que nunca lo ha probado antes, pero no por eso dejó de ser realmente graciosa. Y es que cuando la gente –y me incluyo en el asunto- prueba el tablazo por primera vez, se siente como un dragón a punto de echar fuego por la boca. Los ojos se abren completamente, una mano va directo al cuello y uno emite un sonido parecido al de los muertos vivientes mientras la cara se llena de un color rojo intenso. Ahora ya sabes lo que es un tablazo, le dijo mi amigo centroamericano a Rocío, luego de ser el primero en poder dejar de reírse.

Luego de unos segundos, Rocío se recuperó y le tocó el turno a galán. La gracia de esa escena sigue siendo indescriptible para mí y lamento no haber tenido una cámara de fotos en el momento. Ahora éramos seis los nuevos participantes de ese improvisado concurso al que dimos inicio enseguida. Media hora más tarde todos estábamos completamente ebrios, y es que el tablazo no es un shot que deba recomendar más de dos veces por día, pero nuestro campeón, el centroamericano, llegó a acabar su octavo tablazo luego de ser advertido por el bartender y antes de desplomarse sobre la barra. Esa noche comí sushi por primera y única vez, y no me gustó.

sábado, 2 de enero de 2010

Las promesas de Marlene

Alguien mencionó algo sobre brujas y así, luego de mucho tiempo, tuve mi primer recuerdo sobre esa época.

El cuarto de las brujas fue lo primero que recordé. Al menos esa era la forma en la que Milagros, la señora Milagros, lo llamaba. Un cuarto triste, siempre oscuro y lleno de cachivaches. En ese lugar se guardaban aquellas cosas que tal vez servirían en la eventualidad por alguna razón extraña, como ciertos juguetes, instrumentos de caza submarina, fierros viejos, repuestos eléctricos y una que otra maricada más. Nunca entré al cuarto de las brujas, pero no por las historias de suspenso que rondaban en torno a él, sino porque nunca tuve la necesidad ni las ganas de hacerlo.

El caso es que el cuarto de las brujas estaba frente a la cocina, en ese segundo piso que contaba con una espléndida terraza que tenía una vista aún más espléndida del calmado y poco ruidoso mar de Tortugas. Empecé, ahora, a recordar más detalles. La casa era grande, claro que si. La decoración era pobrísima pero encantadora, y armoniosamente ligada a la totalidad del inmueble. Después de todo, parecía ser intencionalmente precaria y rústica; eso sí que se veía bien en un balneario en el que todo resulta pacífico y simple. Allí las empleadas no vestían uniforme, porque para empezar no las había. La luz se iba y no resultaba escandalosamente preocupante para nadie porque la televisión por cable era algo que se quedaba en Lima. Pero qué sobriedad para pasarla bien.

Durante esa época, semana santa, año nuevo y fiestas patrias era sinónimo de Tortugas. Siempre las mismas familias; todas bien alojadas y mal distribuidas en la misma casa. Siempre con fiesta en la tercera planta y a la luz de las estrellas; siempre con un gran desayuno grupal, un almuerzo medido entre algunos de nosotros, y una cena que cada quien tenía que conseguir por su cuenta: cómo me empezaban a gustar los macarrones con queso de cajita Kraft.

Soraya apareció en la escena y al recordar que por alguna razón ella siempre nos acompañaba a Tortugas, empecé a preguntarle más detalles sobre el asunto, poniendo a prueba, una vez más, su excelente memoria para situaciones específicas en viajes.

Gordo, no te puedes olvidar de las madrugadas de regreso a la casa luego de tal o cual fiesta en otra parte de la playa ¿recuerdas? Yo empezaba a ver ciertas escenas en mi cabeza que, gracias a las palabras de mi amiga de infancia, iban volviéndose cada vez más claras.

Al rato me di cuenta que no entendía en qué momento ni por qué exactamente esa época tan bacana terminó. Hoy, sentado en la terraza de una casa de playa al sur de Lima, con una espléndida piscina y una vista aún más espléndida, me doy cuenta que el contento del momento, así como la energía positiva, las buenas vibraciones, la grata compañía y los macarrones con queso de las cajitas Kraft no son tan intensos como en la época de Tortugas.


El amanecer de los Abuelos de la Nada

Gracias a un chequeo que resultó ser más rápido de lo que había esperado, tuve el tiempo para tomarme un par de tragos en el entonces recientemente inaugurado bar de Marlboro al final del ala de salidas internacionales. Recién entonces me esmeré en ver a detalle la información de mi ticket aéreo. Poco antes de irme, una apuesta y joven señora se sentó a mi lado. Al notar mi ticket sobre la barra me preguntó si viajaba para Bogotá. Es mi escala, le dije, mientras me paraba y le ofrecía una sonrisa que cortésmente expresaba mi adiós.

Poco después veía a la misma señora pasar al avión entre los primeros pasajeros gracias a su boleto de primera clase. Pero claro, ahora se veía, incluso, más apuesta, mientras cruzaba la sala de abordaje. La bien cuidada figura para sus cuarenta y varios, así como su hermoso cabello, se hicieron más notorios en ella justo antes de desaparecer de la sala.

Al llegar mi turno en la línea, la amable señorita del Counter me explicó que había habido un error con la emisión de mi pasaje, pero que estaba ya solucionado, pues por las molestias ocasionadas había sido reubicado en primera clase. Agradecí con una sonrisa y me dirigí al avión contentísimo, aunque un poco confundido al darme cuenta que jamás existió molestia alguna y que, de hecho, nunca me enteré del mencionado error. Qué golpe de suerte, pensé.

Al llegar a la puerta del 757, la aeromoza a cargo me señaló el camino a primera clase y, por supuesto, a ese asiento que realmente no merecía. Levantando el mentón y, con aires de pose justificados y aprovechados al máximo por la ocasión, me dirigí hacia el 2B. Pero qué lujos, qué asientos. Soy un hombre que toda su vida había viajado en coach, y encontrarme con tanto confort me terminó de explicar la gran diferencia de dinero que existe entre donde me encontraba y “la cabina de atrás”. Las cosas parecían no poder ponerse mejores hasta que descubrí a mi compañera de asiento; la misma mujer de la sonrisa en el Bar, la apuesta señora de cabellos hermosos, mi 2A.

Mire usted, qué coincidencia, me dijo mientras su sonrisa expresaba una afinidad mayor hacia mi persona por el simple hecho de saber que yo también viajaba en primera clase.
-¿negocios?
-Algo así

Como todo eso era demasiado bueno para ser cierto, el anuncio que nuestra nave debía hacer una escala “técnica” en Quito me incomodó un poco. Y es que recordé que horas antes me había dado cuenta que mis auspiciadores del viaje habían abaratado costos al ponerme en un viaje de cuatro escalas antes de llegar a mi destino final. Para generar amenidad en la charla, mi compañera de asiento me preguntó si todo estaba bien al notar mi ceño más fruncido de lo normal.
-La verdad es que voy hasta Barcelona, y ahora sé que debo parar en Quito, en Bogotá, en Cali y finalmente en Madrid.
-Uy, que problema. Pero mire, yo voy hasta Madrid. Parece que haremos las mismas conexiones.

Sacó su boleto de un bolso y cuando insinuó querer compararlo con el mío inventé alguna excusa para no mostrarle que en realidad era un mortal más que, gracias a la dama fortuna, se encontraba sentado en un lugar que no le correspondía social ni económicamente.

El vuelo a quito pasó enseguida entre coqueteos finos y risas mesuradas. Quise ser tan sofisticado como pude y saqué a relucir lo mejor de mí en cultura general, elocuencia y simpatía. Claro está, mentí sobre mi edad, mi trabajo y mis motivos de viaje. Después de todo, estaba seguro que no la volvería a ver más y, al ser de otro país, las posibilidades de que me atrape las mentirillas eran una en un googolplex.

Entre Quito y Bogotá y Cali me quedé totalmente dormido y pensé que ese podría ser el fin de mi ilusión con la señora de las cuatro décadas. Pero como dice mi padre, la pelota estaba en mi cancha. Dependía de mí y solamente de mí acercarme más a Paula Andrea, nombre del que esa sexy y joven señora se quejaba porque, sostenía, era muy común en su país.

En Cali tuvimos que cambiar de avión y esta vez sí tendría el asiento por el que pagué (bueno, por el que pagaron mis auspiciadores), así que evité ser visto por PA en el abordaje. Ya volando y tan pronto se apagó la señal de “fasten your seat belt, please”, me las ingenié para pasar a primera clase gracias al cuento más fantástico que le pude inventar a una de las aeromozas. PA estaba sola y me senté junto a ella, haciéndole creer que todo el tiempo había estado dos asientos atrás.

El trabajo difícil ya estaba hecho. Tenía poco menos de diez horas antes de llegar al tan desordenado aeropuerto de Barajas. Una vez más, retomamos la conversación y tuve que reacomodar, en mi mente, la fila de tonterías que había predicado como ciertas anteriormente. Pero qué mentiroso me había vuelto en un solo día. De pronto me acordé de lo que mucha gente dice con respecto a la magia del alcohol y su poder para hacer que las cosas sucedan, así que me apresuré a pedir lo más fuerte que tenían y le ofrecí a PA que me acompañe en el tema porque no me gustaba tomar solo.

Las horas pasaron, irónicamente, volando y, entre otras cosas, me enteré que PA era divorciada, que tenía una hija de ocho años y que era algo así como una ejecutiva de cuentas de una empresa de gran tamaño en su natal Colombia y se dirigía a Madrid a cerrar algún trato, o algo así. Ya que mi vida era una fantasía, enfaticé el hecho de ir a Barcelona para hacer, personalmente, unos papeleos, y de paso, aprovechar mis días de vacaciones relajándome en un crucero por el mediterráneo. Pude notar cómo mi nariz dejó de crecer por un momento al no mentir en el tema del crucero que, dicho sea de paso, fue el mejor que he tenido hasta ahora. El tiempo se estaba acabando y el alcohol ya había hecho efecto en ambos que, con más holgura, reíamos un poco más y soltábamos comentarios llenos de picardía premium. Sabía que llegando a Madrid nos separaríamos y yo quería tener una historia que contar en el bar del hombre del piano, así que tomé las cartas correspondientes, y con la madurez y galanura de mis ficticios treinta y dos años le acaricié el pelo. El gesto fue recibido con total sutileza y una mirada fija: la combinación perfecta para un beso asegurado.

Ojalá y fuera unos años menor para subirme a ese crucero con usted, me dijo luego de una prolongada sesión de besos. Qué pena con usted, pero a mí me habría gustado vernos en España. Entre insinuaciones y frases sugestivas vino la decisión de meternos al baño. Diablos, hasta el baño era más grande en primera clase. Las cosas estaban muy acaloradas allí dentro y el momento se estaba convirtiendo en el más emocionante de mi vida cuando dieron la señal: estábamos descendiendo y prontos al aterrizaje. No puede ser (la puta madre), pensé mientras PA me detenía y sugería que mejor volvamos a nuestros asientos. Al volverme necio y portarme demasiado persuasivo, mi señora me sacó del camino alzando el tono de voz y salió del baño apresurada. Yo, por mi parte, me acomodé la ropa de nuevo y, derrotado, salí del baño de primera clase con dirección a la cabina de turistas. Me senté donde realmente me correspondía sentarme, sobre ese asiento que ahora parecía tan incómodo, tan corriente y ordinario; sin aires de divo, sin papeleos que hacer en Barcelona y sin más detalles que escribir en esta historia.