martes, 31 de marzo de 2009

El profesor (con cariño y sin miedo)

Era la cena de trabajadores por el aniversario de la empresa. Con solo un mes laborando en ella, decidí que sería la oportunidad perfecta para conocer a mis compañeros de trabajo y socializar un poco. La hora pactada en el correo era las ocho de la noche, pero como pensé que llegar tarde sería interesante no me apresuré en la hora de arribo. Cerca de las once hacía mi entrada esperando captar la atención de los demás pero me di cuenta que al cruzar la puerta pasaba tan desapercibido como cuando entro a una discoteca. Bueno, pensé, ahora solo queda buscar una mesa bacana.

Como aún no conocía a mucha gente decidí entablar conversación con la primera persona que encontré en mi camino para parecer relajado y buena onda; era un señor de unos cuarenta y cinco años de edad, alto y de buena presencia, que se había quedado mirando un bonito efecto que hicieron con luces azules en una de las paredes del lugar. No recordaba haberlo visto por las oficinas pero si estaba ahí era un hecho que trabajaba para la misma compañía. Hola, le dije. Me presenté como uno de los asistentes de marketing que integraba el nuevo equipo de planeamiento para clientes premium. Según yo, era un puesto jugozo que cualquier joven de veinte años habría aspirado tener en esa aerolínea ya que, después de todo, el perfil de la plaza requería a un entusiasta, emprendedor, responsable y bilingüe muchacho con dominios del tema de Marketing; un ganador.

Soy Brandon Ribbentrop, visepresidente de marketing ¿cómo estás? Diablos, era el jefe del jefe de mi jefe, el puesto realmente jugozo que cualquier persona habría querido tener (luego del presidente, claro, que jamás se presentaría esa noche). Qué inferior me sentí; qué perdedor, hipócritamente entusiasta, algo responsable y poco conocedor del Inglés me sentí. Mis aires de mariscal de campo de escuela secundaria se convirtieron en los del presidente del club de ciencias del mismo colegio. Tras una amena, tensa y corta charla me disculpé al dejarlo luego de notar que unos muchachos a los que conocía me hacían señas para ir a sentarme a su mesa. Al llegar a la mesa todos empezaban a tomar turnos para molestarme por el incidente previo. Así que ahora te codeas con Ribbentrop, dijo uno mientras los demás reían. Algo avergonzado, resolví no responder a las burlas por temor a agrandar el tema. Recién entonces me percaté de cada uno de los comensales en esa mesa. Me presentaron a quienes aún no conocía y sentí como mi corazón empezó a acelarar cuando llegó el turno de conocer a Miriam, otra chica nueva en la empresa, aunque de un área distinta. Hola, me dijo con una sonrisa que puedo guardar en el cajón de las sonrisas de las que me he enamorado por una noche. La conexión fue instantánea. Había algo en sus ojos que me invitaban a saber más de ella. En un solo segundo empecé a fantasear sobre los dos; nos veía conversando frente al lago iluminado con el poderoso blanco de la luna llena.

Discúlpame el atrevimiento, pero pienso que eres la chica más bonita que alguna vez haya conocido. Qué idiota fuiste, Pappo ¿realmente pensaste que ella iba a seguir tu línea? La sonrisa se le fue y me enfoqué en ese precioso cerquillo arqueado que llevaba, pero sus ojos no me invitaban, más, a conocerla. La conexión se cayó peor que con el speedy de telefónica, siguió esa típica mirada que las mujeres le dan a quienes no soportan y finalmente volteó la cara. Era la segunda vez que las demás personas en esa mesa se burlaban de mi con carcajadas. Es la mesa más alegre del lugar, pensarían muchos alrededor. Yo solo me arrepentía de haber ido a la estúpida fiesta. Quería irme.

Así empezó mi velada en esa cena en el hotel Sheraton; con la más pesimista de mis actitudes y resignado a tener que soportar un par de horas más de esa humillación. Por grandes que eran mis ganas de abandonar el lugar, iba a demostrar debilidad al irme en ese instante. Terminaría siendo el tema de conversación de la mesa, y luego de la mesa adjunta, y luego de la mayoría de invitados a la fiesta. Ya me imaginaba los chismes del siguiente lunes en la mañana. Los titulares del períodico ficticio de la aerolínea dirían algo como "el imbécil del chico" o "¿qué clase de estúpidos contratámos hoy en día?"

No mucho antes de terminar el evento, di gracias a todos los santos por el bochornoso incidente que le ocurrió a uno de los supervisores cuando, por reirse demasiado y estando totalmente ebrio, no balanceó su propio peso y cayó junto a su silla de espaldas en medio de todos. Las risas eran, ahora, de todos los asistentes. Yo sonreía pero poco me importaba su vergüenza; yo era feliz porque lo mío era para olvidar y lo suyo para comentar durante un par de meses. Uf, pensé.

Había llegado a creer que las cosas no podrían resultar mejores hasta que Miriam, quien se había ausentado durante un buen rato, regresó a la mesa con dos copas de apple martini. Me extendió una y me dijo que perdonaría mi atrevimiento previo si lograba vaciar la copa más rápido que ella (gracias JD, gracias por el appletini -easy on the tini-). Al ganar el infantil concurso me dijo que estaba perdonado pero que solo faltaba una cosa por hacer. Volvió a extender su mano pero esta vez vacía; me estaba invitando a bailar. Me levanté entre susurros de mis compañeros de mesa y totalmente dispuesto la acompañé a la pista de baile mientras recordaba cómo mi madre me enseñaba a cruzar el pavimento de niño. Diablos, era hermosísima para mi liga. Sus finas curvas hacían una silueta perfecta dentro de ese elegante vestido azul y su caminada decía que era toda una dama.

Bailamos con la música en vivo durante varios minutos hasta que la orquesta decidió sugerir el fin de la fiesta con un par de piezas románticas. Qué perfecto era el momento; tenía su cabeza en mi hombro aunque la canción no lo dijera, mi mano izquierda sobre la suya, mi mano derecha sobre su espalda y su cuerpo junto al mío. Estaba enamorado, enamoradísimo. No había tenido uno de esos momentos desde la fiesta de quinceaños de una compañera del colegio.

La música en vivo se detuvo luego de eso y Miriam y yo nos quedamos conversando en una mesa vacía mientras los pocos restantes se retiraban. Era mi noche; tenía que serlo. La historia del antiguo novio celoso y de sus miras por esperar a encontrar a la persona indicada me volvían a invitar, sin el permiso de sus ojos, a conocerla más. Yo era una quinceañera soñadora en ese momento; no quería que pasara algo simple entre los dos; quería que salgamos, que nos casáramos, que tuvieramos hijos y que envejezcamos juntos. Quería todo de ella. Me ofrecí llevarla y aceptó. Conducí con Barry White haciéndonos compañía y al llegar a su casa me pareció que empezó a jugar con las llaves mientras pretendía buscarlas. Las encontró y me miró, me dijo que la había pasado muy bien conmigo y que le había encantado haberme conocido. La acompañé a su puerta y antes de que pudiera abrirla la tomé de ambas manos y le dije: No he encontrado un mejor momento para un beso en toda mi vida.

La sonrisa se le fue otra vez y otra vez me enfoqué en su cerquillo. Si no hubieses dicho nada, si habría sido el momento perfecto para un beso, pero volviste a estropearlo todo. Que tengas una linda semana. La maldita entró a su casa tan rápido que no tuve tiempo ni siquiera de pensar en qué responderle. Y Miriam se convirtió en otro más de mis fracasos en el amor. No la volví a ver porque renunció a los pocos días. En algún momento escuché que se tuvo que mudar de la ciudad con urgencia y lo único que tengo de ella hasta ahora es esa sonrisa, bien guardada junto a las demás sonrisas de las que me he enamorado por una noche.


martes, 17 de marzo de 2009

Sayonara mister tif

Un primo contemporáneo había estado de visita por Lima y esa noche tomaría un vuelo de vuelta a Madrid. Sin mayores incidencias durante su permanencia en casa, todo hacía suponer que aquella sería igual a las anteriores veces que me había visitado desde que, por asuntos militares, su familia se había mudado al otro lado del mar.

Camino al aeropuerto, tomamos y retomamos distintos temas de conversación que habíamos ido afinando los días previos: la gran reunión familiar, su posible y próximo regreso al Perú y nuestra apuesta para saber quién podría bajar de peso más rápido. Al tener un par de horas de sobra, el relajo hizo que entre risas e insultos con cariño deje de concentrarme en la ruta y me pase la calle por donde debía girar. Puta madre, dije, ahora tengo que dar un vueltón por esa zona brava. Qué ¿tienes miedo, primito? me respondió en un tono algo irónico y muy burlesco. Yo siempre había sido el lado débil de los dos; el que entró tardíamente en desarrollo, el tímido, el menos exitoso con las chicas, el que no sabía pelear tan bien, el que no era tan audaz como el otro. En fin, mi primo siempre se impuso sobre mí en muchas cosas, pero siempre ha sido, también, ese mejor amigo que no cuenta como mejor amigo; mi compañero de travesuras de la infancia, de problemas en la adolescencia y de consejos en la juventud. En otras palabras, "he got my back y I got his back". Compañeros que pueden confiar uno en el otro, sin miedo a estupideces como la tración o la envidia.

Dando esa temible vuelta por una de las calles desoladas del retorno a mi ruta original, me percaté de la presencia de cuatro sujetos al final del bloque que, evidentemente, esperaban nuestra llegada a esa siguiente esquina. Mira, huevón, nos han marcado, puta madre, le dije. ¿crees que nos van a querer hacer cagar? me respondió. No sé, fácil si; habla. Písalos, primo, contestó decidido. Nada, mejor retrocedo, brother. Ahí estaba yo, el menos intrépido que prefería salir de esa calle en retroseso en vez de ir contra los delincuentes esos. Grande fue mi sorpresa cuando al mirar por el espejo retrovisor vi que otros cinco o seis de ellos venían corriendo hacia el coche. Mi primo y yo nos miramos por un instante y decidimos poner en marcha el carro sin escatimar en atropellar a los de en frente. Después de todo, salir de ahí en reversa sería, aún, más riesgoso.

Los neumáticos del carro chillaron sobre el pavimento mientras aplicaba lo mejor de mí al volante y mis revoluciones -las del carro y las de mi corazón- subían agitadamente. Al avanzar, noté que Alfredo abrió el vidrio del copiloto. ¿Qué haces, idiota? le pregunté mientras seguía con la mirada en frente, sudando frío y totalmente decidido a no detenerme. Sin responder palabra alguna, mi copiloto se desabrochó el cinturón de seguridad y adoptó una posición de alerta. Cuando pasamos por el costado de los avesadísimos ladrones que se hicieron a un lado justo antes de atropellarlos, uno de ellos quiso meter el brazo por la ventana y, como labor de doble en una película de buen presupuesto, Alfredo logró sujetarlo y jalarlo hacia el interior del coche. Una piedra cayó sobre el parabrisas posterior y solo entonces agradecí haber gastado esos cientos de dólares en láminas de seguridad impenetrables.

Mi carro avanzaba y tras perder a los ladrones detrás nuestro volví a percatarme de la realidad: La cabeza del muchacho de medios veintes yacía atrapada en los brazos de Alfredo, mientras el resto de su cuerpo -una mitad dentro y una mitad fuera- se movía como un pez cuando es sacado del mar. La presión habría sido tan fuerte que el joven delincuente agotó sus fuerzas para escapar en un par de minutos mientras mostraba signos de sofocación.

Hay que darle una lección a este hijo de puta, me dijo Alfredo. Pensando solo en todas las veces en las que me habían asaltado a mi o a alguno de los míos, no tuve nada que meditar y la adrenalina decidió por mí. En cuestión de minutos llegamos a la costa del distrito de Ventanilla y detuvimos el carro. El muchacho, aún atrapado en esos mofletones aunque firmes brazos, rogaba, con dificultad, que lo dejáramos ir, que él no había tenido nada que ver en el robo frustrado y que era inocente, pero yo solo oía un ligero zumbido en mis oídos. Mi primo y yo no éramos, más, personas, sino instinto salvaje de supervivencia. Con mi ayuda lo arrastramos por la tierra a unos metros del carro y empezamos con la venganza que representaba a todas aquellas personas que conocíamos y que, realmente inocentes, habían sido víctimas de gente de la misma calaña que aquel sujeto.

Sin acomodarnos bien para lo que se venía, me adelanté y la punta de mi zapato logró abrirse paso en el pómulo del miserable ladrón. Al ver la sangre me volví, aún, más salvaje; me incliné y sin sentir nada más que odio empecé a golpearle la cara con los puños una y otra vez en medio de insultos aprendidos por mi padre, quien si conoce del tema. Al parecer, estaba tan conmocionado que Alfredo tuvo que detenerme. Recién entonces vi mis nudillos llenos de sangre y pude esuchar que, sollozando, el desdichado delincuente imploraba que me detenga.

No te preocupes, le dijo mi primo al ladrón; él ya no te va a pegar, porque ahora me toca a mí. Un cabezazo que seguramente le rompió la nariz a ese bastardo fue el comienzo del turno de mi primo. A diferencia mía, él si era conciente de lo que hacía y mientras sus manos se encargaban del trabajo sucio le iba advirtiendo del grave error que había cometido al querer meterse con nosotros. Esa paliza la vas a recordar para toda tu vida, le decía. Míranos bien las caras para que te acuerdes quién te hizo cagar en tu puta vida, le replicaba mientras seguía arremetiendo contra él.

Cuando mi primo se detuvo, el adolorido y ensangrentado muchacho sufría para poder seguir implorando, ahora llorando con mucha dificultad y casi al borde del desmayo, que lo perdonemos, que nunca más robaría a nadie, pero que por favor paremos de golpearlo. No sentí una gota de pena por él; creo que quería que siga sufriendo lentamente, pero empecé a temer que pudiéramos acabar con su vida a golpes, así que le dije a Alfredo que con eso bastaba. Lo desnudamos por completo y lo metimos de vuelta al carro. Saqué un plumón de los que cargo en mi maletín para escribir en la pizarra acrílica y le escribí un mensaje en el pecho: "Ja, ja, ja. Ahí tienen a su perro amigo, la próxima nos llevamos dos".

Regresamos a la esquina en donde todo había comenzado y lo lanzamos del carro sin piedad. Al continuar la marcha vimos como sus secuaces se acercaron a él rápidamente en medio de la pista y lo levantaron en hombros como a un triste borracho. Todavía puede caminar la cagada esa, me dijo mi primo mientras soltamos una carcajada forzada.

El resto del camino sirvió para bajar la cantidad de adrenalina en nuestra sangre mientras presumíamos de lo ocurrido. Y al despedirme apresuradamente de él en el aeropuerto por temor a que pierda su vuelo, prometimos que en su próxima visita a Lima le daríamos una lección a otro de esos bastardos.


*esta historia está dedicada con cariño y fé de venganza al desafortunado conductor del Baleno del video.

lunes, 9 de marzo de 2009

Los Cronopios si son reales

Los Quipus sonaban en la radio con el tema "Nada Soy". Mi madre y sus hermanas, algunas con esposo y otras aún solteras, encajaban mágicamente en esa mesa que también albergaba a mi abuela, mi tío y alguna visita más en ese, uno de los tantos domingos amenos que pasaba en la casa de mi abuela cuando era niño. Por aquél entonces eramos solo cinco los nietos, y la preocupación máxima de dos de ellos era molestar al abuelo que, por costumbre, yacía pasivo, sentado en un viejísimo sillón a un lado de esa sala donde también se sentaba el hermano de mi abuela.

Las risas eran costumbre en esas reuniones junto a los chismes, las anécdotas y la felicidad que implicaba el juntar a la familia de mi madre en esa casa. Con una quincena de personas, el almuerzo debía ser maravillosamente racionado por mi abuela y sus débiles porciones de comida para todos los presentes menos para los hombres de familia, quienes recibían las verdaderas presas en platos exageradamente más grandes que los demás . Qué puedo decir; era un ambiente bastante machista, pero nunca dejó de ser acogedor.

Hoy en día esas reuniones son cada vez más esporádicas; las anécdotas siguen siendo contadas aunque muchas veces son solo historias repetidas, los chismes nunca pasarán de moda y la felicidad ya no es la misma de antes. Ese grupo de personas de mi niñez es el mismo solo en mis pensamientos y, aunque la comida sigue siendo servida de la misma manera y aún hay risas en la mesa, poco a poco van siendo menos u otros quienes se reunen en esa mesa a pasar un domingo ameno en un lugar acogedor.

viernes, 6 de marzo de 2009

Quinientas millas

Empezó con un estúpido mensaje al celular en el que se burlaba de mi supuesto miedo a las alturas. Ya que no sé muy bien cómo enviar mensajes de texto desde mi móvil, no dudé en llamarla.

¿Alo?. No es que le tema a las alturas, sino que hoy me puse a pensar que no tendríamos suficiente tiempo para bajar del edificio en medio de un terremoto; estamos en el penúltimo piso, y eso me puso algo nervioso. Tras escucharme soltó una carcajada para luego preguntarme quién me había dado permiso para llamarla al celular. ¿No es anti ético que me estés timbrando a estas horas de la noche? me dijo - ¿y no es anti ético que me envíes un mensajito burlándote de algo que ni siquiera es cierto? le respondí.

Sin siquiera planearlo, permanecimos hablando más de una hora por el celular hasta que mi batería se agotó. Recién entonces me di cuenta que ahora sabía muchos detalles sobre su vida y, a decir verdad, eso me empezaba a dar cierto gusto. Creo que es el morbo que siento cada vez que sé mucho sobre alguien lo que me pone así, y es que nunca busco saber y varias veces termino involucrándome en lo que no debo.

Las siguientes sesiones fueron un poco tensas; ambos queríamos mostrar más soltura en nuestras conversaciones, pero nos reservábamos ese privilegio ante la presencia de los otros participantes. Qué distinta era por teléfono; cada dos o tres noches charlábamos por varios minutos y las conversaciones eran tontas aunque amenas. Recuerdo una en particular; fue la vez en la que me preguntó por qué me paraba junto a la ventana durante periodos relativamente largos sin decir una sola palabra. Es la calle, le dije; me gusta mirar esa avenida tan congestionada desde esa altura y, para ser honestos, veo armonía y equilibrio en la escena pese al horrendo tráfico que agobia a esta ciudad. Luego de unos segundos de silencio me hizo esa directa e inquietante pregunta: ¿quieres salir conmigo un día? realmente me tomó por sorpresa que sea ella quien me lo pidiera, pero no dejé que notara mi ansiedad así que procedí con la conversación de una forma aparentemente normal:

- qué ¿del edifico?
- no, payaso. Por ahí, a tomar algo, y qué se yo
-"¿qué se yo?", esa es mi frase
- ¿acaso tienes la factura por tu compra?
- no, pero si la patente
- bueno ¿quieres o no? mira que normalmente no invito a salir a los hombres
- Claro ¿qué tal el sábado?
- ¿qué tal mañana, viernes?
- ¿qué tal hoy?
- Sale, te doy mi dirección para que pases por mí

¿En qué diablos me estaba metiendo? no solo no era ético sino también riesgoso. Ninguno de los dos, hasta donde sabía, podía tomarse la libertad de salir por ahí con el otro. Mientras me vestía tenía en mente la imagen de esa avenida, congestionada, y no entendía por qué. El resto de la noche fue algo confuso, aunque singular. Cinco o seis horas más tarde yacía frente a la playa, sobre el capó del coche, con ella al lado y con una botella de vino a la mitad; la segunda, en realidad. El sonido de las olas, junto a la cantidad de estrellas en el cielo y Marvin Gaye cantando para nosotros nos condujo al primer largo, apasionado y único beso que alguna vez nos dimos.

Realmente no la extraño; ni a ella ni al beso, ni a las dos botellas de vino ni a nuestras conversaciones, pero si extraño la agrable vista que tenía desde la ventana del penúltimo piso de ese edificio.