domingo, 23 de septiembre de 2007

Bruce Lee: ¡qué maestro!

Andrea es una de mis estudiantes que caen en la categoría de "alumnas especiales". Lo pongo así porque, al menos, hasta ahora no me he topado con un exponente varoncito de esta categoría. A estas niñas hay que marcarlas desde el primer día, y no por revoltosas, sino por algo que puede ser peor que eso: su engreimiento. Andrea, así como en su tiempo lo fueron Claudia, Micaela y algunas pocas más, es de las chiquillas que están acostumbradas a recibir todo a cambio de nada. Parece que nadie se les pone al frente cuando solicitan el cumplimiento de un capricho. Nadie las cuadra por no hacer las tareas, por dárselas de superior frente a sus compañeros de clase.

El caso de estas niñas no es especialmente positivo, mas especialmente interesante. Sus padres, como fieles dueños de algún imperio, jamás tendrán unos minutos para hablar de sus pequeñas con algún profesor. En cuanto a las madres, es en vano acudir a ellas, pues clamarán ser descendientes perdidas de familias super poderosas y se comportarán a la altura de una Wallace, Lewis o Hartzell, justificando la "falta de interés" de su pequeña engreída. Ajá, ahí está el asunto; de tal madre tal minina. Con tantos sirvientes como engreimientos, es normal que la pequeña Andrea llegue a la primera clase con aires de joven diosa y espere el mismo trato que, desfortunadamente, sus profesores de siempre le han cedido. Ahí empieza la parte interesante, donde el -en principio- malo profesor nuevo le pone un alto y, eventualmente, la hace reflexionar sobre sus actitudes inapropiadas, equivocadas y, por sobre todo, estúpidas de comportarse frente a otros niños. "Quiero irme a mi casa!", "pues ve, la puerta no está lockeada". Sigamos.

Cada clase es una nueva lección para la pequeña Andrea, una lista de sesiones que, poco a poco, la debilitan, le hacen perder el poder y el control al que estaba acostumbrada, la igualan a los demás alumnos. No hay condescendencia para nadie; todos son alumnos y todos merecen el mismo trato. Si no sigue las reglas, caerá igual que Yahaira, otra estudiante que no comparte los privilegios de la alta sociedad y a la que tampoco le gusta hacer las tareas. "Pero yo no soy igual a ella", "Pero tu nota de hoy es igual de baja que la de ella". Sigamos

A mitad de ciclo Andrea ya empieza a reaccionar; sabe que no le queda otra que hacer sus tareas, trabajar en equipo con alumnos a los que en un principio miraba de mala manera. De hecho, le empieza a agradar. Se va dando cuenta que no hay nada malo en seguir las reglas, en hacer las cosas bien, en cumplir, en trabajar en grupo, en hacer sus tareas y, ¿por qué no? en participar de los juegos en clase (ni tan malo el profesor ¿ya ves?).

Quedan pocas clases para que termine el ciclo y espero, al final del mismo, poder haber logrado el pequeño cambio que logré con las Andreas que alguna vez tuve en clase. Después de todo, cuando recién entró a mi clase era seria y no se juntaba con nadie; ahora sonríe casi siempre, tiene un mejor desempeño y disfruta de su nueva amistad con otras dos niñas.

Nota aparte:

Debo admitir que la música a la que mucha gente llama "de ambiente" es bastante buena (al menos para escuchar). Justo hace unos días me comentaban, en un encuentro casual por internet, que hablo mucho sobre gays, mundo gay y mariconadas (que nada tiene que ver con maricadas) en mi blog. ¿y?

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