jueves, 25 de agosto de 2011

Cantidad por porción

Recuerdo que Marcela, o Mariela (o algo así), con sus veintitrés inviernos, debutaba en el mundo del secretariado tras ser contratada por el jefe solo un par de semanas luego de mi ingreso a la empresa, por lo que nuestra condición de nuevos en el trabajo fue la paleta común para comenzar una agradable amistad que, con el tiempo, la llevó a compartir conmigo anécdotas, historias pasadas de su vida y ciertos secretos bastante personales. Sin embargo, fue eso que nunca me contó, eso que descubrí por metiche, aquello que recuerdo más de mis días en ese trabajo.

Por aquel entonces me encontraba de paso laboral por una productora de contenidos televisivos en la que mi mayor función no pasaba de hacer coordinaciones telefónicas, elaborar presentaciones en power point y reírme de los malos (malísimos) chistes que contaba mi jefe. Aquél, un hombre en sus medios treinta, aparentaba ser una persona muy ducha en lo que hacía, ético, bastante profesional y organizado. Pero el poco tiempo en mi puesto me demostraría lo equivocado que estaba; sin embargo, eso es tema (casi) aparte.

Al poco tiempo de convertirme en el amiguito confidente de Marcela, o Mariela (o algo así), algo extraño sucedió. De un día para el otro ella dejó de tratarme de la misma manera; no me venía a molestar al cubículo, no me llamaba por la extensión para chismear las incidencias dentro del trabajo o para contarme las verdades que oía en las reuniones que el jefe tenía con amigos en su despacho privado. Ni siquiera compartía sus tontas cadenas por correo. Admito que eso me preocupó un poco, porque tenía la idea que todo eso había sido provocado por alguna de mis bromas subidas de tono. Sin embargo, mis sospechas desaparecieron cuando Pedrito, el conserje de la empresa, me comentó que había escuchado al jefe prohibirle a Marcela, o Mariela (o algo así) que ande conmigo.

Al cabo de algunas semanas y ya acostumbrado a la indiferencia de Marcela, o Mariela (o algo así), me empecé a percatar de las risas exageradas entre ella y el jefe. Las muestras de coqueteo entre ambos eran muy explícitas para todos los que notábamos las largas reuniones que tenían a puerta cerrada y casi a diario. Admito que me incomodaba la separación a la que habíamos sido forzados, pero me molestaba aún más el que no solo hubiera accedido de esa manera –ya que entendía que, seguramente, temía perder su trabajo-, sino que ahora se había vuelto la amiguita del jefe. Creo que tenía celos; sentía que me habían descartado como amigo y habían preferido a un amigo mejor (no a un mejor amigo).

Marcela, o Mariela (o algo así) renunció a la empresa poco después y su remplazo llegó justo el día en el que yo me iba (por fin de ese lugar) luego de haber conseguido un trabajo en una agencia de publicidad. Y todo ese episodio habría quedado en el olvido si cuando al ordenar mis cachivaches en una caja no me hubiera cruzado con un cuaderno que inmediatamente reconocí: El diario de Marcela, o Mariela (o algo así).

Nunca supe si lo dejó allí, escondido en el último de mis cajones, a propósito, o si se lo había olvidado por equivocación en algún momento de despiste. Sabía, eso sí, que no soy de las personas que husmean en documentos personales; detesto eso. Pero aquella vez, como de esas pocas, rompí mis principios y fue así como me enteré de eso que Marcela, o Mariela (o algo así) nunca me contó. Eso que descubrí por metiche y que más recuerdo de mis días en ese trabajo.




To be concluded

1 comentario:

Unknown dijo...

lo sospeche desde un principio.