Y bueno, gracias a un comentario anónimo, decidí tener un encuentro, en teoría, casual, con un amigo imaginario, en ese bar donde tocaba el hombre del Piano, y le conté:
Alguna vez, hace ya varios años, aproveché mi paso por el caribe mejicano y decidí quedarme unos días de más en Puerto Vallarta; un lugar espectacularmente acogedor y, a la vez, relajante. El caso es que conociendo el pueblo (o la ciudad, sin ofender a los parecidos) me encontré con una de esas experiencias por las que nos preguntamos si en realidad, por lo buenas que son, estaban hechas para pasarle a uno mismo o a alguien más afortunado.
Comía tranquilo en un lugar llamado Le Kliff, con un atardecer que solo había visto en películas o retocado a computadora, cuando noté que en la mesa de al lado habían dos hermosas chicas hablando en francés, aunque con un acento bastante costeño. Han de ser de Marsella, pensé. De cualquier modo, lo interesante estaba aún por comenzar.
Terminando mi delicioso plato y todavía un poco asombrado por la cuenta (qué lugar tan rico, aunque caro), noté que una de las dos muchachas me miraba. Respondí al gesto con una contienda de miradas, tal y como alguna vez me lo enseñó mi padre, pensando que no llegaría muy lejos con eso. Pero qué bueno que a veces nos equivocamos; la ahora mujer (porque ya no era más una chica para mí) se levantó de su mesa y me preguntó si podía sentarse conmigo. Enchanté, le respondí, con el malísimo francés del que hago uso. A los pocos minutos le dije que, por favor, cambiáramos al inglés y, para mi suerte, accedió.
¿Por qué no viene tu hermana? Le pregunté. No es mi hermana, es mi novia y estoy tratando de darle celos. ¿Con un hombre? – Si, porque no soy lesbiana, soy bisexual. ¿Realmente?.
De pronto, mi amigo imaginario me interrumpió la historia. Tendrá que esperar, me dijo, porque Bill va a empezar a tocar el piano. Claro que si, respondí mientras me daba la vuelta para escuchar y, a la vez, poder ver al hombre del piano.
Alguna vez, hace ya varios años, aproveché mi paso por el caribe mejicano y decidí quedarme unos días de más en Puerto Vallarta; un lugar espectacularmente acogedor y, a la vez, relajante. El caso es que conociendo el pueblo (o la ciudad, sin ofender a los parecidos) me encontré con una de esas experiencias por las que nos preguntamos si en realidad, por lo buenas que son, estaban hechas para pasarle a uno mismo o a alguien más afortunado.
Comía tranquilo en un lugar llamado Le Kliff, con un atardecer que solo había visto en películas o retocado a computadora, cuando noté que en la mesa de al lado habían dos hermosas chicas hablando en francés, aunque con un acento bastante costeño. Han de ser de Marsella, pensé. De cualquier modo, lo interesante estaba aún por comenzar.
Terminando mi delicioso plato y todavía un poco asombrado por la cuenta (qué lugar tan rico, aunque caro), noté que una de las dos muchachas me miraba. Respondí al gesto con una contienda de miradas, tal y como alguna vez me lo enseñó mi padre, pensando que no llegaría muy lejos con eso. Pero qué bueno que a veces nos equivocamos; la ahora mujer (porque ya no era más una chica para mí) se levantó de su mesa y me preguntó si podía sentarse conmigo. Enchanté, le respondí, con el malísimo francés del que hago uso. A los pocos minutos le dije que, por favor, cambiáramos al inglés y, para mi suerte, accedió.
¿Por qué no viene tu hermana? Le pregunté. No es mi hermana, es mi novia y estoy tratando de darle celos. ¿Con un hombre? – Si, porque no soy lesbiana, soy bisexual. ¿Realmente?.
De pronto, mi amigo imaginario me interrumpió la historia. Tendrá que esperar, me dijo, porque Bill va a empezar a tocar el piano. Claro que si, respondí mientras me daba la vuelta para escuchar y, a la vez, poder ver al hombre del piano.
2 comentarios:
Tienes una cara de loca notable
Enchanté, lecteur anonyme.
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