Una de las mejores cosas de la niñez es, creo yo, enamorarse. Cuando somos niños, nos enamoramos de una manera tan rápida y fácil, tan tierna y tan inocente, que esa sensación ( que ya muchos a mi edad hemos olvidado), esa ilusión que nos hace pensar solo en una persona y en tonterías como que amamos y queremos casarnos con ella, nos hace percibir todo de una manera feliz. Por supuesto, cuando de niños nos rompen el corazón, también sufrimos mucho, lloramos por algo de lo que, como adultos, nos parece ridículo, tonto, patético. Pero lo cierto es que cuando siendo niños nos rompen el corazón, sufrimos hasta el llanto. Hoy nos referimos a chiquilladas, a bobadas, pero en esos momentos lo vivimos y, a nuestro modo, lo vivimos muy intensamente.
No recuerdo la primera vez que, a mi modo, me enamoré de niño, pero si recuerdo una de aquellas. Tenía alrededor de ocho años y mi familia, que desde entonces ya hacía notable su pasión por viajar tanto como se pueda, decidió que sería agradable pasar unos días en el norte del Perú; precisamente en Tumbes. Fue así que junto a los Alava tomamos un avión a Piura y luego algún transporte hacia el departamento fronterizo, para pasar ocho días de "aquel verano que tomé su mano" en uno de los -por aquel entonces poquísimos- hoteles playeros de Punta Sal. El hotel con ese mismo nombre estaba copado para las fechas, así que el grupo optó por otro hotel casi igual de bonito, a unos cuantos kilómetros playa abajo; Puerto Azul (me pregunto si hasta ahora existe ese lugar).
Fue en ese lugar donde conocí a una niña un año mayor que yo. Something Claudia, creo. El flechazo fue instantáneo; la niña aquella había estado ahí desde hacía ya un par de semanas y se iría pronto, junto a su familia y a su amiga cuyo nombre es irrelevante y que, por coincidencias de la vida, fue el flechazo del hijo mayor de los Alava; eramos un team. Esta chiquita que "tanto" me gustó en cuestión de minutos era, probablemente, una cabeza más alta que yo (las chicas crecen más rápidio); sin embargo, eso no fue impedimento para que mis ojos se pusieran como los de Don Ramón cuando veía a la vecina que aparció en unos cuántos capítulos. Casi sin darme cuenta y en cuestión de un par de días, los cuatro andabamos juntos a todos lados (dentro del hotel). Nuestras hermanas y nuestros padres eran lo de menos, el mundo era para mi y para Claudia. Ella y su amiga nos contaron que antes de nosotros, había venido y ya partido mucha gente, otros amigos, varios grupos, pero no presté atención a eso.
Uno de esos días tropecé y me hice una herida en el pié que, recuerdo, me dolió hasta el infierno; pero como Claudia estaba ahí no dije nada, me hice el machote aguantándome las lágrimas por algo que no parecía tan grave, en realidad, y no dije nada a pesar de que todo fue cupa de ese cochino perro negro que llevaba a todos lados. Esa misma noche mi madre me curó la herida ya infectada con alcohol y lloré como una niña, sabiendo que Claudita, mi chica, mi amor, estaba oyendo todo fuera de la habitación. Fue tan bochornoso en ese momento que al día siguiente me quedé en el cuarto del hotel hasta pasado el medio día, cuando yo sabía que Claudia, su familia y su amiga ya habrían partido.
La llamé como dos meses más tarde, pues me había dado su teléfono en algún momento, pero ella no se acordó de mí, solo de mi nombre. Dos meses haciéndome rodeos para levantar el teléfono y marcar su número; dos meses ensayando qué le iba a decir. Dos meses por las puras. Lloré porque no fui su único novio mientras ella estuvo ahí (novio dice), lloré porque solo se acordaba de mi nombre pero no de mi barriga, mis cachetes o mis rulos; lloré porque a esa edad me rompió el corazón.
No recuerdo la primera vez que, a mi modo, me enamoré de niño, pero si recuerdo una de aquellas. Tenía alrededor de ocho años y mi familia, que desde entonces ya hacía notable su pasión por viajar tanto como se pueda, decidió que sería agradable pasar unos días en el norte del Perú; precisamente en Tumbes. Fue así que junto a los Alava tomamos un avión a Piura y luego algún transporte hacia el departamento fronterizo, para pasar ocho días de "aquel verano que tomé su mano" en uno de los -por aquel entonces poquísimos- hoteles playeros de Punta Sal. El hotel con ese mismo nombre estaba copado para las fechas, así que el grupo optó por otro hotel casi igual de bonito, a unos cuantos kilómetros playa abajo; Puerto Azul (me pregunto si hasta ahora existe ese lugar).
Fue en ese lugar donde conocí a una niña un año mayor que yo. Something Claudia, creo. El flechazo fue instantáneo; la niña aquella había estado ahí desde hacía ya un par de semanas y se iría pronto, junto a su familia y a su amiga cuyo nombre es irrelevante y que, por coincidencias de la vida, fue el flechazo del hijo mayor de los Alava; eramos un team. Esta chiquita que "tanto" me gustó en cuestión de minutos era, probablemente, una cabeza más alta que yo (las chicas crecen más rápidio); sin embargo, eso no fue impedimento para que mis ojos se pusieran como los de Don Ramón cuando veía a la vecina que aparció en unos cuántos capítulos. Casi sin darme cuenta y en cuestión de un par de días, los cuatro andabamos juntos a todos lados (dentro del hotel). Nuestras hermanas y nuestros padres eran lo de menos, el mundo era para mi y para Claudia. Ella y su amiga nos contaron que antes de nosotros, había venido y ya partido mucha gente, otros amigos, varios grupos, pero no presté atención a eso.
Uno de esos días tropecé y me hice una herida en el pié que, recuerdo, me dolió hasta el infierno; pero como Claudia estaba ahí no dije nada, me hice el machote aguantándome las lágrimas por algo que no parecía tan grave, en realidad, y no dije nada a pesar de que todo fue cupa de ese cochino perro negro que llevaba a todos lados. Esa misma noche mi madre me curó la herida ya infectada con alcohol y lloré como una niña, sabiendo que Claudita, mi chica, mi amor, estaba oyendo todo fuera de la habitación. Fue tan bochornoso en ese momento que al día siguiente me quedé en el cuarto del hotel hasta pasado el medio día, cuando yo sabía que Claudia, su familia y su amiga ya habrían partido.
La llamé como dos meses más tarde, pues me había dado su teléfono en algún momento, pero ella no se acordó de mí, solo de mi nombre. Dos meses haciéndome rodeos para levantar el teléfono y marcar su número; dos meses ensayando qué le iba a decir. Dos meses por las puras. Lloré porque no fui su único novio mientras ella estuvo ahí (novio dice), lloré porque solo se acordaba de mi nombre pero no de mi barriga, mis cachetes o mis rulos; lloré porque a esa edad me rompió el corazón.
3 comentarios:
pareces un julius, no se porque me hiciste acordar a un julius
apoyo a mi sister. totalmente julius.
y a mi, hay cosas q aun me parten el corazon como si tuviera 8 años...
waaaaa
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