lunes, 6 de agosto de 2007

Sinfonía de Cayahuanca

Para aquel entonces solo había ido al club de tiro unas cuantas veces en mi corta vida y no era ningún maestro al gatillo. "Dame ciento cincuenta y cerramos". "Nada, cholo, estás loco, te doy ciento veinte". "Ya pues a ver". Por cuestiones de seguridad estaba adquiriendo mi primera y única arma: una pequeña Astra Victoria 1911 con calibre de 6.35mm; o sea, una perlita digna de ser catalogada como reliquia.

Sin licencia, sin mucha práctica, pero con todas las ganas del mundo de usarla contra el primer ladrón que intentara meter medio cuerpo a mi auto y fugarme a toda marcha, pretendiendo que, de ser atrapado, podría alegar defensa propia (no tenía idea que por esos días era exclusivo que en el acto debía existir paridad de ambos lados). La pequeña Victoria fue una muy valiosa compañera bajo mi asiento por unos meses, y debo admitir que las pocas ocasiones en las que la probé fuera de Lima me hicieron sentir el hombre más poderoso del mundo. Desafortunadamente, un día tuve que despedirme de ella. Ya no era necesaria y sabía que me darían algunos dólares por la pequeña, así que la revendí a quien me la vendió y, obviamente, me dieron menos dinero. Al final fue como rentarla por un tiempo.

La gente piensa que cuando uno porta un arma probablemente esté metido en mierda profunda, pero no era mi caso. Era solo cuestión de seguridad ante unos cuantos incidentes desfavorables por los que, coincidentemente, había pasado. Venganza!

ps: Viejo, ya sé que lees mi blog; el otro día te pillé, así que por si acaso esto es ficción.

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