domingo, 8 de febrero de 2009

Un paseo por la fábrica de Inca Kola

Mientras pasaba una a una las fotos que encontré en una caja con su nombre, en la radio empezó a sonar una canción cursi de Juan Esteban. Por la letra asumí que se llamaba Volverte a ver. Aunque me jactaba de ser un macho alfa en cuestiones sentimentales, empecé a prestar atención a la letra mientras miraba y segmentaba, esta vez con nostalgia, todas aquellas fotos en las que salíamos abrazados.

Llegué a una foto en la que mostrábamos nerviosas y fingidas sonrisas al encontrarnos a punto de saltar de ese puente en Action Valley, y me di cuenta que la canción anterior había terminado y empezaba una aún más romántica. Presté especial atención a esa nueva canción unos segundos antes de reconocerla; coño, era la misma que ella me había enseñado a tocar en la guitarra, esa cuyo título era algo como Para tu amor. Mis ojos se llenaron de brillo y parecían temblar como en los dibujos Anime ¿Qué diablos? ¿Acaso era el especial de Juanes lo que me estaba poniendo muy sencible? ¿realmente había caído en un estado emocional intenso por hecharla de menos? Qué te pasa huevón, tu no lloras por mujeres, pretendí mentirme mientras me limpiaba los ojos y guardaba todas las demás fotografías de vuelta en su caja.

Al día siguiente, en un contenedor, puse esa caja junto a otras muchas sobrevivientes de mis años en la antigua casa. Fotografías, tarjetas, cartas y otros recuerdos tangibles sin categoría yacían amontonados en un barril al que, luego de rociar con un poco de gasolina, le prendí fuego. El pasado, en forma de cenizas, se estaba quedando, justamente, ahí, y empezaba una nueva etapa de mi vida, o al menos eso creí.

Hoy, palpando el bolsillo de un pantalón abandonado entre mis mudas antiguas, sentí lo que podría ser un pedazo de cartulina. Al extraer mi hallazgo, creo que me llené de emoción, de ansias, de felicidad, o de algo que en realidad no entendí. La foto que había separado aquella tarde, con grandes signos de deterioro, estaba de vuelta en mis manos y, como si el pasado me hubiera estado siguiendo y quisiera hacer notoria su llegada, en mi portatil empezó a sonar una canción que tenía "algo" de especial.



Para Tu Amor - Juanes

martes, 27 de enero de 2009

La verdad sobre el telescopio en mi azotea

Los niños no son tan inocentes, en realidad. En algunas ocasiones resultan ser los más crueles y despiadados autores de bromas que, por su peso, podrían llamarse obesas, no pesadas. Mi propia experiencia me cuenta que a los once años, un grupo de amigos y yo decidimos hacerle una broma a Kike, un niño que vivía enamorado de una vecina.

El plan era simple; hacer creer al "chino" Kike que Carmen, la vecina que tenía su corazón bajo custodia, estaba tan enamorada de él como él de ella. Los resultados serían bochornosamente hilarantes, así que utilizando la tecnología a nuestro alcance (una grabadora de voz), modificamos algunas respuestas que grabamos de Carmencita, de tal modo que en una falsa y supuestamente improvizada entrevista, ella habría confesado sus sentimientos hacia él.

Kike tenía la mala suerte de haber nacido feo, o eso decían todos, por lo que la broma parecía aún más atractiva de ser hecha, ya que carmencita era lo que en ese entonces denominábamos como "buenaza". Con la entrevista terminada, corrimos hacia la casa de Kike en medio de risas y, al llegar, nos llenamos de seriedad mientras le hicimos escuchar lo que el "chino" solo podría haber soñado. Su cara de ilusión y felicidad al final de la entrevista era tal que dudé sobre seguir con tan perversa jugada. Pero no me podía hechar para atrás por la presión social (qué vulnerables que terminamos siendo algunos cuando niños).

Ahora todo encaja, decía el chino sin dejar de sonreir. Todas esas veces que me miraba, eran porque le gustaba; mi rompecabezas está terminado, chicos. Diablos; yo tenía conciencia y esta me pesaba más que nunca. "Carmencita sugirió que, si te gustaba lo que acabas de escuchar, te espera mañana al medio día en su casa para conversar bien el tema", le dijo Renato, el más cruel del grupo.

Creo que nadie pudo dormir bien esa noche al pensar en los nefastos y ridículos resultados que ese encuentro provocaría, reiríamos de la desgracia de otro y yo seguía sintiendo mucha culpa, aunque no puedo negar que también estaba ansioso de ver lo que iba a ocurrir. Habíamos preparado hasta el último detalle; una cámara de ocho milímitros de las antiguas para filmarlo todo, un escondite perfecto para cometer la fechoría sin que el chino o Carmencita se percataran de nuestra presencia en la escena, y una excusa perfecta para que ella esté en su casa y reciba al chino kike en su puerta

Al día siguiente, diez minutos antes de la hora, decidí dejar a los demás en el escondite con alguna excusa sobre tarea, o qué se yo. Camino a casa me crucé con Kike, pero pude oler la enorme carga de colonia que llevaba puesta unos metros antes. Peinado con gel, su mejor camisa y unos vaqueros, se disponía a darle el encuentro al amor de su vida. Con una sonrisa casi inmutable, me saludó y siguió con su camino. Yo sentí que no podía ser, más, parte de algo tan cruel. No pensaba en repercusiones pero si en lo mal que le iba a ir a Kike. Me sentía peor porque la grabadora de audio que había hecho posible todo eso era mía. ¡Esos chibolos de entonces!

Pasamayo maldito

¿Y qué quieres para esta Pascua? me preguntaba ella hace ya varias navidades, con su típica cara de niña traviesa y el cambio de voz tan característico en las ocasiones en las que quería ser pícara. Creo que ahora lo tengo todo, le dije mientras la miraba a los ojos y permanecía recostado en el asiento del piloto. No, en serio, ¿qué te gustaría recibir por parte de Santa Claus? Recuerda que si te haz portado mal te va a traer leña. ¿Leña? eso lo voy a recordar todo el tiempo, pero ya que lo preguntas le voy a pedir el Status Quo. ¿Por qué siempre sales con este tipo de tonterías? la gente normal pide regalos ¿y tú pides algo que no se puede tocar?

Me gustaba ponerla furiosa porque, para ser honestos nunca se molestaba de verdad (bueno, no nunca), y terminaba soltando una frase que hacía que ambos riéramos. Quiero el Status Quo y seguramente no lo entenderás hasta su debido e inapropiado momento. Y bueno, me dijo, creo que no debería sorprenderme que algún día diga algo como "oh! a eso se refería con el Status Quo"; pero mientras pides eso cómete un dorito. Me extendió la bolsa con el snack y no recuerdo qué diablos pasó luego de esa corta charla en el lugar de siempre.

Hoy la he visto en la internet. Al parecer ya es una mujer de familia y, de hecho, acaba de tener a su segunda hija. En una foto en la que sale junto a la recién llegada escribió un comentario que decía algo como: "Hoy que entiendo el Status Quo, lo he pedido de regalo para esta navidad". No es, más, inapropiado ni debido, pero finalmente entendió y, a pesar del tiempo, hoy le deseo lo mejor del mundo.

El Pappo y sus mujeres (solicitado)

El amigo "contra" es casi inseparable de cada uno de nosotros. Vive para ponernos de mal humor y parece que lo disfruta. Su función específica es muy simple: hacer lo que no quieres que haga.

Por ejemplo, hoy tuve que bajar al sótano para tomar unas cosas del coche. Despeinado, sin zapatos, con un short pijama y un polo tan viejo como sucio, pensé que el viaje en el ascensor podría ser rápido -como de costumbre- y que, como el noventa por ciento de las veces en las que me subo a ese elevador, no me iba a topar con nadie. Cómo no pensé en mi contra; cada uno de los tres pisos fueron motivo de parada entre la gente que subía y bajaba de ese diminuto espacio. Aparentemente, yo era el tema de susurro entre viajeros que poco hacían para evitar que los escuchara mientras sentía que solo podía sonreir porque no conozco muy bien a la vergüenza. Nunca se junta tanta gente en el elevador ¡nadie lo usa por las mañanas! pero justo el día en el que prefiero no ver a ninguno de mis vecinos (que no sé ni cuántos son), medio edificio decide dar una vueltecita por el ascensor. Su paseito del día.

El contra funciona así, espera a lo que no quieres que pase para que pase. Porque el día que te pusiste los calcetines con hueco, justo ese día, al dueño de la reunión a la que asististe se le ocurrió que no había mejor manera de continuar la noche que jugando al Twister. Porque nunca tomas licor cuando manejas, y solo el día en el que tomaste un par de copitas te para un policía. Porque jamás entraste a ese bar nudista, y el día que te dio curiosidad tus suegros te ven en la puerta (claro que peor que el contra es la mala suerte en todo su esplendor, por la que en vez de ser descubierto por los suegros habrías estado dentro del lugar cuando un equipo de televisión junto a la policía lo allanaran por ser, además, un prostíbulo clandestino).

En mi caso, el contra me ataca en circunstancias menores. Como cuando espero recibir una llamada algo importante y tengo el teléfono conmigo a todo momento sin que suene un pito. Pero basta con ausentarme del móvil diez minutos y volver para notar que tengo unas cuatro llamadas perdidas. Espero a que un programa de televisión empiece porque no me quiero perder el inicio de ninguna manera y, cuando pienso que aún demorará y es prudente ir al baño por unos segundos, ¡flash! empieza el show.

El contra, sin embargo, puede ser utilizado a tu favor, o eso es lo que dicen (¿quién dicen? yo dicen). La cuestón es reflexionar sobre cómo tendríamos que hacer. Así que me tomaré unos minutos para pensar en eso.

Memorias durante la guerra tibia

Anabel y yo decidimos salir a conocer más de la selva un día antes de regresar a Lima. Tras tomar la carretera por unos minutos y haber pasado por un par de pueblos cercanos a nuestro hotel, decidimos enganchar la tracción del coche e ir por uno de los lados del río. La cosa iba de maravilla; ahora sí estabamos conectados con la naturaleza. Tenía en mente los ruidos de animales que hacen unos amigos cuando se refieren a la selva, mientras maniobraba con la reductora siguiendo una de las leyes básicas del offroad: No ir tan rápido como para maltratar el carro, ni tan lento como para quedarse atollado.

En un momento dado solo quedaba vadear el río y seguir por la otra orilla del mismo ya que era la única manera de continuar con nuestra aventura. El carro es un toro; buena potencia, excelente torque, caja reductora y "punta agresiva", como le han dicho. Todo bien, aunque con un pequeño problema; en todos los años que he venido haciendo offroad me he dado cuenta que cruzar ríos no es mi forté. Cuando llega el momento, el pie me tambalea; siento que el carro se me va con la corriente a pesar de seguir toda la parte teórica aprendida. Nunca solo y casi siempre con eslinga de alguien más. De cualquier modo, esa era la ocasión para reivindicarme y demostrarle a mis amigos cuatreros que no tendrían, más, razones para burlarse de mí con respecto al tema (pero prefiero el desierto ¿y?).

Un respiro fue el predecesor y luego vino la pisada a criterio. No había llegado a tocar el agua cuando el carro empezó a desacelerar mientras sentía que tomaba una pendiente cuesta abajo. Mi intriga vino acompañada de la mirada de sorpresa de Anabel. Enseguida abrí la puerta y vi que tenía lodo muy cerca a la altura del piso del carro. Miré a mi copilota y le dije "nos fuimos a la mierda; creo que he agarrado filtraciones". Mi error más estúpido fue intentar bajarme del vehículo, y solo me di cuenta tras hundir mi pierna unos veinte centímetros en lo que, en efecto, era lodo formado por filtraciones del río en la orilla. Quienes hacen offroad saben temerle a este tipo de terreno a menos que carguen llantas para barro, unas buenas y gruesas cadenas para ponerlas sobre ellas, y un 4x4 con mucha altura.

Con un pie atrapado en algo así como arenas movedizas y el resto de mi cuerpo apoyado en el carro intenté librarme de esa trampa natural. El problema es que mientras más se intente salir de ahí más se hunde uno, así que me aferré al asiento del piloto y jalé con todas mis fuerzas. Sentí como el tirón hizo que mi sandalia se rompiera en el fondo del lodo y logré sacar media pierna llena de barro. No había tiempo para limpiarse, así que subí e hize mis mejores intentos de salir de ahí por la fuerza del motor. Cuando el olor me anunciaba que faltaba poco para quemar mi embrague decidí parar. El carro estaba, ahora, más hundido que en un principio.

Me di cuenta, un poco más calmado ahora, que el lodo solo estaba en la parte de adelante así que de un buen salto llegué a pararme en tierra seca. Pude ver la boludez que había cometido con una mejor perspectiva; necesitaba que otro coche tirara de panzer con eslinga. Y todo por no salir a tantear el terreno antes de avanzar.

Con la ayuda de varios, horas más tarde pude respirar tranquilo mientras el buen Panzer era rescatado de esa mala experiencia.

lunes, 8 de diciembre de 2008

En tu cara (con el Vice Mice)

Cuando recién me lo mencionaron, para mi no era mucho, realmente. Me estaban ofreciendo un cargo atractivo aunque no muy excitante dentro de mis expectativas escolares. De hecho, asumo que se necesitaba de una excelente conducta, altas notas y buena talla: carecía de todas. Ya cursaba el último año; era un senior más y solo pensaba en terminar el colegio, hacer el viaje de promoción y conseguir una nueva novia aunque solo hasta diciembre (hombre, que a partir de Enero seguro que ya podría llamarme un universitario y el mundo cambiaría -creí-).

De cualquier modo y, como dije, no me parecía, aún, gran cosa. La verdad es que tampoco pensé que me lo propondrían, pero ya estaba ahí y tenía que dar una respuesta casi inmediata. Serás el brigadier general del colegio y eso te traerá ciertos beneficios, me dijo el sub director ¿Acaso no te gusta la idea?. Recién entonces empecé a prestarle más atención. ¿De qué beneficios estaríamos hablando? pregunté. Pues, serás la autoridad máxima entre todo el alumnado, tendrás reconocimiento académico en todos los cursos, altas posibilidades de ingresar a la universidad por entrevista y, claro, tu foto quedará en el Pasillo del Brigadier junto a las de todos los brigadieres generales que han pasado por el colegio.

Yo ya estaba poco menos que convencido de aceptar, así que le pregunté por más detalles: Lo único que te pedimos a cambio es que renuncies a la sinfónica. Mis ojos se abrieron con sorpresa y me hice para atrás aún en la silla. Señor Small, usted sabe que aún no hay otra persona que pueda cubrir el rol que tengo en la orquesta; no podría abandonarlos así. Bueno mi Beethoven (odiaba que me llamara así), a veces hay que hacer sacrificios para lograr algo mejor. ¿Mejor? para mí no hay nada mejor que pertenecer a la sinfónica. Mi Beethoven, en ese caso puedes olvidarte de ingresar a la universidad por recomendación. Yo estaba sorprendido porque me estaban poniendo en una posición a la que poco le faltó para llegar a ser un dilema. Terminé de pensar en cualquier otra cosa (porque mi decisión sería úinica) y respondí: Ni modo, no tengo otra alternativa. Pero yo me quedo en la sinfónica.

Me paré y salí de su oficina por mi propia cuenta aunque, con su mirada, el señor Small ya me estaba invitando a salir desde que notó mi deserción. Rechacé algo aparentemente bueno, aunque mi orgullo y el amor por la orquesta hicieron que me esforzara mucho para lograr salir del colegio con un promedio que me permitiera ingresar directamente a la universidad. Así que mi examen de admisión fue, en realidad, una entrevista -tal y como me lo habían ofrecido- y, en cuanto al puesto de brigadier general, se lo dieron a otra persona. No me arrepiento de absolutamente nada de lo que ocurrió durante esos días (aunque sí quisiera saber qué se siente dar un examen de admisión).

Trece y catorce

En un capítulo dentro de la mejor serie de televisión que alguna vez haya sido creada (o sea, Scrubs), Janitor construyó un inodoro en la azotea del hospital que, eventualmente, ayudó a muchos doctores al revelarles la idea solución que tanto buscaban cada vez que se sentaban en ese trono al aire libre. A veces me pregunto si puedo hacer uso de una herramienta similar para que me ayude a pensar mejor sobre ciertas cosas; algunas respuestas, una que otra solución, una buena decisión que tomar.

Muchas veces elijo mal y no tengo a nadie para que me aconseje. Porque a mi padre solo lo molesto por cosas que empiezo a considerar como serias, pero no puedo llamarlo a preguntarle si es que el Jet de Lúcuma será una mejor opción sobre el Mini Sánguche. O si en vez de tomar la ruta por la avenida de La Marina, debería ir por la vía de Evitamiento para llegar más rápido al aeropuerto un viernes por la noche.

Algunas cosas, aún pareciendo simples, son más complicadas al hacerlas que al pensar en ellas previamente. Carajo, que me gustaría tener respuestas y reacciones tan rápidas como las que tenía esa amiga en la universidad. Saber si lo mejor es comprar primero el queso o el pan, conseguir los neumáticos nuevos o la eslinga, leer el reader's digest de atrás hacia adelante o de adelante hacia atrás; porque esas y todas las opciones que tenemos en el día a día pueden resultar similares en resultado, pero lo cierto es que siempre hay un mejor camino, una mejor respuesta, aunque sea casi imperceptible.

De cualquier modo, no sé instalar nada relacionado a los baños y tendré que buscar otra alternativa. Algo que pueda representar mi propio baño en el techo. (Edson dice: Háblame sobre el esgrima). Puta madre, qué fantástica serie.

martes, 18 de noviembre de 2008

Loquito Brad

No, no. Deja eso, mejor no lo muevas, Brad se enfadará. Los tres miramos a Miguel con incertidumbre colectiva. ¿Qué era eso que hacía que MIguel le temiera a Brad, su compañero de cuarto? Habíamos escuchado rumores sobre su posible demencia pero nunca creímos que serían ciertos. El se molesta, y empieza a gritarme, nos dijo en un tono de voz que denotaba temor. ¿Qué? le dije, para enseguida soltar una carcajada acompañada por las de los otros dos visitantes. ¿Te haz vuelto un rosquete o qué? ¡trae para acá! le arranché el ridículo adorno de las manos cuando me di cuenta que no solo habían parado las risas, sino que Daniel tenía fija la mirada en la puerta. Al darme vuelta, aún con el adorno en mi poder, vi a Brad parado a un lado de la entrada del departamento. Había abierto la puerta muy sigilosamente y, con las mismas, la había cerrado detrás de él para permanecer mirándonos en silencio, ausente de-mente y con una expresión cuya intención daba saltos entre la furia y la inocencia. ¿Por qué no decía nada? ¿qué le ocurría? solo estaba ahí, parado, mirándonos por unos segundos hasta que lo saludé. Enseguida, Daniel derivó su sorpresa a las ganas de reir y trataba de contenerse mientras sorteaba miradas entre los ojos de "el loco Brad" y la alfombra del departamento. Está mirando, nos está mirando, murmuraba cada vez que bajaba el rostro.

No pasaron más de treinta segundos pero parecieron más que eso. Hugo y Daniel se pusieron de pie y tras despedirse de Miguel pasaron delante mío haciéndome la seña de retirada. Yo miré a Miguel, que ahora estaba totalmente mudo y con una cara de niño asustado. ¿Vamos? Miguel, ¿vamos?. Miguel no respondió, aunque ahora empezaba a mirar el adorno que yo tenía entre las manos y luego dirigía su mirada hacia el loco Brad que aún yacía en la puerta. Hizo lo mismo unas dos veces más y, como yo no obtenía respuesta, me di la vuelta y le seguí los pasos a mis otros dos amigos tras dejar el adorno sobre la mesa de donde lo tomamos. Al llegar al lado del loco Brad nos despedimos, pero él seguía inmóvil y su mirada permanecía fija hacia donde habíamos estado. ¿Qué estaría mirando, entonces, si no era a nosotros? ¿A Miguel? ¿Al estúpido adorno? Nada; el loco Brad no se movía y tampoco parpadeaba. Cómo nadie decía nada y el silencio ya me había llegado a incomodar demasiado, me aventuré a abrir la puerta premeditando cualquier reacción hostil; algún ataque de parte del loco Brad, una agresión, insultos, tal vez. No lo sabía, pero no quería quedarme, más, en ese lugar. Así que halé la puerta con el brazo derecho mientras pensaba que ese mismo brazo podía servirme de defensa ante alguna eventualidad. Y con un loco a mi lado ¿qué podía esperar?

Nada pasó; Brad, el loco, parecía inmune a sonidos y movimientos. Sus ojos seguían fijos en Miguel, o en el adorno, no lo sé. De cualquier modo, no le quité la mirada de encima mientras cruzaba la puerta y mis dos acompañantes hicieron lo propio. Una vez afuera, cuando el corazón nos dejó de latir aceleradamente, creamos hipótesis sobre lo que le iría a ocurrir al pobre de Miguel. Loquito se lo va a comer, decíamos entre risas. Puta madre, para mí que le va a caer encima y lo va a matar mordiéndole el cuello, pensé en voz alta. Después de todo, ese loco si nos asustó. Lo que realmente pasó detrás de esas paredes no lo sé. Pero el comentario de Daniel de hace unos minutos fue muy cierto ahora que han pasado varios años y se han visto tantas barbaridades : "Ese huevón pudo haber sacado un arma, man".


jueves, 13 de noviembre de 2008

Del premio y la sobrina

¿Y tú? ¿qué trabajo piensas hacer?

Ese taller era temido por los graduandos de la carrera y yo lo sabía desde que estaba en el primer ciclo, cuando veía a los grupos entrar a sustentar sus campañas y, con frecuencia, salir entre lágrimas.

Casi seis años después me tocaba a mi y a las personas que habían sobrevivido a lo largo de la carrera; un grupo que, aunque extraño, muy ameno. Pero los momentos de bromas y relajo no tenían cabida en esa introducción al temible taller de agencia. Lo tomábamos muy a pecho y era como la vida real; después de todo, muchos ya estábamos terminando de hacer las prácticas pre profesionales y algunos, incluso, ya estaban contratados. Todos sabíamos lo que implicaba estropear una campaña y, el costo en el taller, a diferencia de la vida real, podía conducirnos a una imposibilidad para graduarse.

Yo veré toda la producción publicitaria, le respondí a Fedora. A cada uno le preguntaba lo mismo y, seguidamente los bombardeaba con preguntas sobre experiencia en el campo, agencias y campañas en las que habían trabajado. Siempre encontraba un por qué para hacernos pisar tierra; después de todo, seguíamos siendo alumnos hasta esos días. Escuché muchas respuestas y refutaciones que Fedora le dio a varios, despertando colores rojos en algunos rostros, murmuros de mala suerte y miradas de tristeza. Yo esperaba algo similar, lo admito. Pero nunca pensé en escuchar las palabras de Fedora: ¿producción publicitaria?. Se quedó callada un par de segundos mientras miraba al resto de la clase. Todos esperaban que dijera una de sus maldades y aquellas eran poco predecibles.

Sonrió mientras terminaba de hacer ese paneo visual y me dijo: Búscate otro trabajo ¿ya? Porque para ser productor necesitas saber mucho sobre muchas cosas, y discúlpame pero un alumno no está en esas condiciones. Me sentí como Kevin Arnold en sus peores momentos, incluyendo la música de fondo de Turn Turn Turn. Recuerdo la mirada de Eduardo, un amigo, como queriendo decirme que no me lo tome tan en serio.

Fedora ya estaba dándome la espalda para continuar con su tortura de forma aleatoria cuando le dije: No, yo quiero hacer la parte de producción publicitaria. Volteó, voltearon todos a mirar, y contra toda predicción que implicaba unas palabras de humillación, solo me dijo: Bueno, veremos qué pasa, entonces.

Fue un alivio por un segundo, porque la tensión de soportar la idea de hacer mi trabajo más que bien me cayó encima enseguida. Lo que pasó en los siguientes cuatro meses fue tormentoso, agotador y duro. Sin embargo, al final del taller, todo terminó con una dosis generosa de satisfacción para mi.

Hoy me acordé de ella y de cómo llegué a tomarle cariño cuando la vi en una foto con todos los excelentísimos de la facultad.

lunes, 10 de noviembre de 2008

El Cantante (por Hector "La Voz")

Parado a ochenta metros de ella, no podía distinguir facciones ni detalles de su rostro. Pero fue mágico a pesar de la distancia; su postura, su vestimenta, su cabello y la forma en cómo sostenía ese bajo eléctrico me hicieron verla de una manera muy especial. Estoy enamorado, le dije a Cherry. Todo eso,por supuesto, resultaba tan gracioso como momentáneo. Había un cierto je ne sais quoi en ella que me atraía mucho e hizo que la mirara fijamente durante casi todo el concierto. Para mi buena fortuna -y ese era el lado pícaro del asunto- no llegué a verle la cara a través de las pantallas sino hasta el final, cuando la presentaron para la despedida grupal.

Yo tenía todas las intenciones de fijarme, casi exclusivamente, en la producción del show más que en otra cosa, y seguramente la magia vino acondicionada por todas las luces, el humo y esa enorme pantalla que jamás había visto en ningún evento. No era, por supuesto, una atracción sexual ligada a las hormonas, sino algo más conceptual y tierno. Estoy seguro que si la hubiera visto en fotos, en internet, en la calle en un día cualquiera, con jeans y sin su bajo eléctrico ni siquiera habría volteado a mirarla. Pero esta vez, el momento y las circunstancias apuntaban a ella de una forma en la que reflejaba una imagen de mujer que simplemente hicieron que me detenga a mirarla con dulzura. Mi chica toca el bajo allí arriba, decía en son de broma.

La he buscado en toda la internet y finalmente la he encontrado. Pero ya no la veo del mismo modo en el que la ví aquél día del concierto, y es que fue magia, aunque magia de una noche, solamente. Pappo dice: pero magia al fin y al cabo.

domingo, 2 de noviembre de 2008

Las venas abiertas de Trapiche

Veníamos del colegio, eso lo recuerdo. Eran días dentro de la etapa que yo llamo feliz. Dos preocupaciones solamente (hacer la tarea y divertirse), naturalidad, risa y alegría de vivir. Por esos días, a mi padre se le dio por recogerme de la escuela primaria unas cuatro veces por semana y llevarme a casa, no sin antes pasar por un pequeño escondite en una esquina en el centro de Lima. Ahí servían, todos los días, un exquisito menú criollo que pasaba mis expectativas culinarias y las de mi progenitor. Nos habíamos vuelto cómplices en el asunto, pues llegábamos a casa a "almorzar luego de almorzar" sin que mamá se enterara.

Debido a que para llegar a nuestro hogar había que cruzar la ciudad entera, en los tramos libres mi padre siempre aceleraba sin culpa del gasto del combustible que, aunque nunca tuvo que pagarlo, era muy barato por esos días. Valía la pena vivir tan lejos. Después de todo, teníamos un mejor clima junto a los cerros y mucho jardín.

¡Estás llendo a ciento cincuenta!, grité con emoción mientras corríamos por la carretera panamericana en esa pick up naranja de mi padre. De pronto, él abrio solo un poco el vidrio del piloto y me dijo que haga lo mismo con el mío. El aire entraba con un sonido ensordecedor que alimentaba mi sensación de libertad por la carretera y hacía aparecer una gran sonrisa en mi. Mi padre, enseguida, sacó su brazo por la ventana y, alzando la voz para que lo pueda escuchar, me dijo que sacara el mío para aletear y hacer que la furgoneta despegue como un avión. Aún con esos rezagos de inocencia infantil llegué a creer que si aleteabamos lo suficientemente rápido llegaríamos a tomar vuelo -física simple de un niño de siete años-.

Así, me esmeré en aletear, ahora con un rostro que denotaba seriedad y mucho esfuerzo en la proeza que queríamos cumplir, muy concentrado en lograr el famoso despegue y poniéndole todas las ganas del mundo. Repentinamente -y ese ingenioso truco lo deduzco ahora- mi padre hizo descansar el motor haciendo el cambio a neutro. Las revoluciones bajaron y el sonido se agudizó permitiéndome "notar" que ya no tocabamos tierra con los neumáticos. ¡Estamos volando! me decía, y yo seguía aleteando para tomar más altura, esta vez aún más concentrado en lo que hacía. A los pocos segundos volvió a enganchar la quinta velocidad y el sonido del motor irrumpió con fuerza. Habíamos vuelto a aterrizar.

El aleteo ya no era necesario y era hora de bajar la velocidad. "Pasu, igualito que un avión, papá", le dije más emocionado que nunca. Estaba muy feliz porque tenía una historia que contarle a mi mamá llegando a casa, a mis compañeros de clase al día siguiente, y a mis cinco lectores muchos años más tarde.


Esto es planeta en onda

De pronto, Teresa me dijo: pero piensa en más cosas que te hagan recordar momentos felices, para que puedas volar como Peter Pan. Yo solté una caracajada por la estupidez que acababa de decirme, aunque paré casi de inmediato cuando me di cuenta que un bonito, antiguo y pequeño recuerdo se había posado sobre mi nuevamente: el mini piano. Me acordé muy bien de la tarde en la que me compraron mi primer mini piano (porque admito que habré tenido unos tres), seguramente como producto del casi diario capricho de imitar a mi hermana mayor en todo lo que ella hacía, quería o tenía.

El mini piano, como muchos amigos y yo lo llamábamos, era como una calculadora de esas que se abrían en forma de libreta de apuntes, no más grande que la palma de una mano y con un sonido alucinantemente horroroso. Por supuesto, no tenía numeros ni pantalla de operaciones, sino teclas de piano del tamaño de pequeñas moscas, responsables del sonido aquél. Obviamente, el mini piano no terminaba de ser mini piano si no traía consigo un cancionero para mini piano, donde se encontraba una serie de supuestas partituras -que en realidad tenía su propio y fácil código de lectura- con las mejores canciones de todos los tiempos (de todos los tiempos de un niño, claro está), que incluían el tan famoso Happy birthday to you, el alegrete jingle bells y una canción que tenía, entre sus letras, algo como "toca la campana (bis) din don dan (bis)". Si llegaba a dominar esas tres ya era un lobo en mini piano.

Existían variedades de colores, tamaños y formas de mini pianos, aunque el sonido seguía siendo paupérrimo en todas las versiones. Los niños ricos de mi época tenían un mini piano de dos, tres o hasta cuatro octavas, que se resumía en más teclas, mismo sonido. Algunos, incluso, tenían un mini piano que formaba parte de sus cartucheras. Pero a mi no me importaba eso; yo fui contento con mis tres mini pianos del modelo más simple, tocando en el camino a casa, en los recreos, en las tardes y en las noches, antes de dormir.

Cualquier niño podía tocar el mini piano, pero yo creía firmemente que era el mejor. Estuve tan convencido que la actitud me ayudó a empezar la etapa de mi vida en la que me volví un músico, cuando por esos días mi padre me matriculó en lo que sería mi primer acercamiento al conservatorio: una academia para piano en la que, en teoría, debía tener dos años más de edad para empezar. Después de todo, yo ya estaba listo para dejar el mini piano y saltar a uno de verdad, así que mi período de prueba terminó luego de veinte días, cuando se convencieron que estaba listo para continuar con el programa como cualquier otro alumno.

En fin, el mini piano marcó una etapa feliz de mi niñez, como lo hicieron los chuponcitos de varios colores para las chicas (y de esos vi demasiados) y alguna que otra maricada que también se puso de moda.

Ahora serio, miré a Teresa y le dije que tendría que seguir buscando mis recuerdos felices para poder volar como el desgraciado de Peter Pan

jueves, 23 de octubre de 2008

Dylan, te toca

Los taxistas son conocedores, no hay duda. Recuerdo que Boris Dimitrijevic lo anunció en la primera clase de los fundamentos del Marketing. A mi, personalmente, me pareció una broma estúpida en su momento, pero hoy me doy cuenta que son, en efecto, los taxistas, a quienes deberíamos acudir para entender las cosas mejor que con el doctorísimo Arellano. Son los taxistas las personas indicadas para contestarnos inquietudes sobre la distribución de las nuevas clases socio económicas en la gran Lima. Son los taxistas quienes están en una mejor posición para preguntarles si el niño travieso de la televisión se convertiría en el niño travieso del país con las próximas elecciones. Y por supuesto, son los taxistas las personas indicadas para preguntarles cualquier dirección (jaime dice: "por mi mare que esos huevones saben todito, on").

Y ya no sigo porque este es un día de mierda y no tengo, más, ganas de escribir sobre una repentina pero super interesante historia de amor sucedida en un taxi de esta, la gran ciudad. Fin.

domingo, 19 de octubre de 2008

La competencia de Coraje

Llegó a casa cuando yo aún estaba en el colegio. Era una pequeña bola de pelos y dificilmente podíamos distinguir sus ojos que, junto a su lengua azul oscura y el color negro de su pelaje, lo harían merecedor del poco original nombre de Blacky. Recuerdo que cuando lo vi me opuse un poco a su estadía permanente porque ya no quería otro, pero con el tiempo me encariñé tanto con él que mi hermana llegó a referirse a nosotros como "los bestest friends".

Ese pequeño chow chow se convirtió, en pocos meses, en mi compañerito de la noche. Lo hacía correr por el parque cuando aún era muy pequeño como para subir con facilidad las veredas. Me di cuenta que por la ternura que reflejaba su comportamiento y su caminada era una herramienta perfecta para iniciar facilmente una conversación con las chicas, incluso cuando algunos amigos empezaron a decir que eramos muy parecidos; son igualitos, me decían. Mientras crecía iba comiendo más y, por lo tanto, tenía que pasar más tiempo paseándolo. Lo llevaba a caminar largos tramos, a la casa de amigos y familiares. Una vez lo llevamos hasta Piura y nos dimos cuenta de lo difícil que era llevar a un cachorro en el carro. Con el tiempo, Blacky se hizo más fuerte y, tras destruir tres correas, ahora era él quien dirigía las caminatas.

Extrañamente, desde pequeño resultó ser bastante dócil con las personas, cuando lo normal en su raza uraña y malhumorada es el recelo con quien no sea su dueño. Siempre disfrutó de las caricias de cualquier persona, recostándose sobre uno de sus lados para esperar que le hicieran cosquillas en la panza. Pero por alguna razón empezó a odiar a todos los demás perros. Una amiga de mi hermana, veterinaria, concluyó que Blacky sufría una condición psicológica por la cual pretendía ser un humano más, como producto del cariño y el trato que le habían dado desde pequeño. Pero su instinto animal volvía a florecer cuando se cruzaba con alguna canina en la calle. De hecho, gracias a la explicación de su condición mental no nos sorprendió, más, que se echara estirando las patas, como lo hacemos las personas, o que disfrutara ver televisión a mi lado, o que tomase una actitud de culpable cada vez que había hecho algo malo. Después de todo, Blacky siempre fue considerado el sexto miembro de la familia. Y qué especial se volvería, al no comer huesos ni verduras. El prefería la carne y la comida china, además de las papas fritas que venían de Bembos.

Hoy Blacky ya está viejo. Ha vivido más tiempo de lo que normalmente vive un perro de su raza y se ha ganado el cariño de más personas. Lamentablemente, ya no puede vivir conmigo por reglas del edificio así que pasa su vejez en el hogar de una persona que también lo quiere mucho. Por supuesto, mis padres y yo le seguimos el rastro muy de cerca, visitándolo y cubriendo los gastos de cuidados y comidas. Ayer lo llevé a la playa y me di cuenta que nunca había entrado al mar. Para él era algo totalmente nuevo y refrescante, a tal punto que no quería salir del agua. Vi que se divertió mucho entre chapuzones y persecusiones que le hacía a gaviotas y cangrejos. Estoy seguro que se emocionó y, por encima de haber hecho un desastre en la parte de atrás de mi carro, yo también me sentí feliz de que mi bestest friend disfrutara un día at the beach.

Las siete finalistas

Es algo que, en cierto sentido, me incomoda. Pero no me incomoda que suceda, pues entiendo la magnitud del asunto; esa emoción junto a la felicidad de ver a alguien que ha estado lejos durante algún tiempo es totalmente comprensible en un ser humano. Sin embargo, detener a toda la línea de recién llegados porque al señor Juarez le tiene que abrazar su hijo, su hija, sus tres nietos, su compadre y su hermana no me parece agradable para nada. Quiero decir, cuando uno llega a ese, nuestro controversial, querido y sobre todo pequeño aeropuerto llamado Jorge Chávez (¿alguien sabía que ese Chávez nació en Francia?), luego de haber pasado por el "sistematizado" control migratorio y haber esperado otros veinte minutos solo porque tu única maleta no aparecía por la faja, lo único que se desea, entonces, es salir de ese lugar que solo cuenta con una incompetente organización administrativa (si, estoy diciendo que la administración de nuestro aeropuerto es una cagada).

De pronto, la fila de personas con carritos cargados hasta el doble de su capacidad se detiene, y es que mientras salen, una a una, van abrazando a todos los que vinieron por ellas, justo en el punto en el que pasajeros y no pasajeros se encuentran. Está bien, yo también quiero mi abrazo, sobre todo si he regresado luego de un mes. Pero detestaré que al abrazar a los míos algún guardia de seguridad mal pagado me pida que avance "por favor". Por eso es que desde antes le digo a quien sea que haya ido a recogerme, que me encuentre afuera , en el lugar donde hay más espacio, tras las puertas de ese horrible terminal, donde no hagamos tráfico y podamos abrazarnos con calma (y no soy de los que abrazan mucho), sin correr el riesgo de que otro coche nos deje un talón resentido y, por supuesto, sin que las cientas de personas que esperan a otras cientas de personas tengan que mirarnos y, obviamente, comentar la escena como yo lo hago cada vez que voy a recoger a alguien.

Ahora, desde el otro lado, quien va a recoger a otra persona también pasa un desagradable momento. Hay una revisión sin sentido en la entrada del aeropuerto; solicitan nuestra licencia de conducir, nuestra tarjeta de propiedad y, claro, el famoso seguro del estado. Siempre quiero preguntarle al "efectivo" de turno -ya deja a la policía en paz, Pappo- cómo se sentiría si, luego de dejarme pasar, se entera que traje una bomba en el asiento de atrás (administrador de LAP dice: Pues eso sería imposible, ya que tenemos un control de ingreso resguardado con policías). En fin, luego de eso está el parqueo: hay pocos sitios, casi todos llenos, y los que están vacíos parecen haber sido reducidos en tamaño -sobre todo en ancho-. Temo que alguien de los costados abra su puerta bruscamente y golpee a mi Panzer sin que yo lo vea. Salgo del coche y un hombre en uniforme verde se ofrece a lavar mi carro recién encerado la tarde anterior (y eso pasa en el centro comercial, también) por un módico precio de diez soles -eh, que no es tan caro; después de todo, el señor va a gastar en agua y probablemente algo de jabón-. A este punto, los más inocentes ya se van dando cuenta que tanta amabilidad para ayudarte a estacionar el carro no viene de un mundo mejor, sino de las ganas de sacarte dinero por hacer un trabajo deficiente, y es que las lavadas son, incluso, malas.

Finalmente estás ahí; listo para recoger a tu madre, tu hermana, tu novia, tu amigo o tu abuelo adinerado que ha pedido que su nieto favorito lo recoja, porque de niño te envió a disney varias veces y tú tienes que retribuirlo cada vez que deja su calmada Canadá para venir a pasar unos días al Perú (Pappo dice: hmmm... mi abuelo me preparaba una fascinante ensalada de tomates cuando yo era niño). Pero la dama de la fortuna no te sonríe porque se han cruzado cinco llegadas internacionales y eso es mucho para el aclamado Jorge Chávez, así que esperas varios minutos demás (muchísimos) y te das cuenta que en vez de pagar tanto dinero por el valor del estacionamiento pudiste haber pasado por una pollería primero, y comer algo rico, porque no se te ocurre (bueno algunas veces si) ir al restaurante del segundo piso, donde los precios parecen haber sido copiados de Santiago, o Buenos Aires, o cualquier otro lugar donde el costo de vida es mayor -junto a su calidad-.

Te vas del Jorge Chávez con la persona a la que fuiste a recojer (y nunca digas que te van a "re-cojer" cuando llegues a la Argentina). Sales con alegría por haberte encontrado con alguien especial, pero con un poco de tristeza al haber vivido, por vez numero doscientos, la mala experiencia del aeropuerto nacional.

jueves, 16 de octubre de 2008

La motoneta arrepentida (fábula libre)

La nueva programación del cable no es, para nada, de mi agrado (o sea, me llega al cohete). Lo que más me molesta es que "una conocida marca de servicio de televisón por cable" (el disimulo al triste estilo periodístico para no hacerle publicidad), hace de las suyas siempre que puede, o quiere, o debe, o algo más que termine en una e. El caso es que cada cierto tiempo alteran el orden de los canales y nadie se digna en pedirle permiso a Pappo Banton, un fiel amante de la costumbre cama-y-control-remotesca que se ofuzca al no encontrar su HBO en el canal de siempre (tangalanga dice: ¡andá dormir maricón!).

Me cuesta mucho tiempo acostumbrarme a la nueva programación y, cuando finalmente lo hago y puedo pensar que la relación con el televisor va bien, me cambian las cosas (y encima creo que me van a cobrar más dinero por eso). Diablos. Nickelodeon (porque Nick@nite es para adultos) ha cambiado de lugar unas seis veces en cuatro años. ¿no es, acaso, indignante? pero ¿por qué lo hacen? sáquenme de la duda (tangalanga dice: sacame la duda, y las porongas me sacuda).

Empiezo a dejar de sentirme cómodo con todo esto y veo un mercado que, aunque algo competitivo, aún es ligeramente atractivo, y por lo tanto no me resulta del todo convincente como para hacer todo el trámite del cambio. Escucho mucho sobre la nueva era digital; mejor señal, audio y video, pero todo se ha diversificado tanto que me siento viejo -y más viejo cuando los niños hablan de una tal Ana Montana o algo así-. ¿de qué me sirven tantos canales? no voy a verlos todos, claro está. Lo único bueno (buenísimo, de hecho) es que he oído que Infinito ha vuelto, y como yo era un super fanático de ese canal y sus programas interesantones aunque de bajo presupuesto, siento que algo de mi infancia vuelve a mi (junto a los recuerdos de Magic Kids, la Casa Voladora y el Fantasma Escritor).

Me gustaría que tangalanga le haga una llamada al señor gerente de Marketing de la compañía de cable y le haga un seguimiento como el que le hizo a Octavio, el dueño del gimnacio al que molestó por teléfono durante más de diez años.


miércoles, 15 de octubre de 2008

Mr. RCB (por ECN)

Mi hermana y yo andábamos muy distraídos, como cada mañana, peleando en los asientos de atrás de ese recordado y hasta ahora apreciado Nissan Sentra Clásico de inicios de los noventa. El tema con respecto a ese carro es que fue el primero que mi padre le regaló a mamá. El mismo donde mi madre, mi hermana e, incluso yo dimos los primeros pasos (o rodadas) al volante. Mi madre adoraba su coche; suyo, de nadie más. Su nissan Sentra nuevo para la época, salido impecable de tienda y tan cómodo como un Chevy Impala -de hecho, nunca tanto-.

Esa mañana, mi padre, al volante, manejaba apresurado, tratando de cruzar la ciudad en medio del tráfico. Mi madre venía con nosotros como pocas veces, y es que seguramente irían a hacer algo juntos aquel día. De pronto, mi padre optó por tomar un camino auxiliar cuyo sentido real era una interrogante para nosotros. Ahora íbamos más rápido y eso despertó mi atención como para dejar de discutir con mi hermana y mirar al frente con un morbo que disfrutaba de niño cada vez que mi padre corría de esa manera.

Mi cara cambió y dejó totalmente su emoción cuando vi salir desde el otro lado de una curva a un carro que venía en sentido contrario. Todo fue tan rápido que no pudieron haber pasado más de dos segundos desde que lo vi hasta que impactamos, frente contra frente. Recuerdo la imagen con mucha claridad. Los reflejos rápidos de mi padre lo hicieron virar instantáneamente hacia la derecha para evitar el impacto. De hecho, si lo hubiese logrado, asumo que habría sido por centímetros. El otro conductor (puto), desgraciadamente, se aventuró a girar hacia su izquierda. Pero ¿qué diablos? ¿acaso trataba de golpearnos intencionalmente? ¿era tan estúpido? Su pieza de mierda (porque eso era; una pieza de mierda que seguramente había tenido mucha estética tres o cuatro décadas antes de eso), por la antigüedad, era un auto duro, construido con mucho fierro y, por lo tanto, fuerte frente a ese compacto construido con un material más “ligero” de inicios de la década anterior.

El impacto en sí fue muy brusco. Recuerdo el sonido, muy parecido al de aplastar una lata con el pie, sumado a una grave corchea con un bombo (El che dice: ¿cómo mierda querés que me imagine ese sonido?). Mi cara, sin más emoción, llegó a estrellarse contra la cabecera del asiento de mi madre. Los pies de mi hermana golpearon fuertemente la parte de atrás del asiento del conductor. Mis padres, ambos, fueron sujetados por los cinturones de seguridad y evitaron golpearse contra el parabrisas. Pocos segundos más tarde mi padre preguntaba si todos estábamos bien. Mi hermana y yo no decíamos una sola palabra porque estábamos asustados y solo atinábamos a mirarnos uno al otro mientras tratábamos de suavizar el dolor de los golpes con nuestras manos. Una mirada alrededor y mi tierna y adorable madre dijo unas palabras que no olvidaré: ¿Qué le haz hecho a mi carro? ¡Mi carro!

Ese día llegué tarde a clases.


domingo, 28 de septiembre de 2008

El armamento de Arturo

Pero somos amigos, me respondió en un tono algo preocupante. Era la primera vez que la invitaba a salir, y la seriedad con la que lo hice la tomó por sorpresa. Bueno, aquí va la primera, le respondí, así que no tocaré el tema de nuevo hasta dentro de un tiempo, cuando te vuelva a invitar. La conversación terminó ahí y ninguno de los dos mencionó nada al respecto en las siguientes ocasiones en las que, por cuestiones del grupo de amigos en común, nos veíamos para almorzar, tomar unos tragos o simplemente pasar el rato en las reuniones que una de las chicas solía hacer con frecuencia en su casa.

Al cabo de un par de meses la encontré en las inmediaciones de una discoteca y, sin dudarlo y sin que me viera, me acerqué y la tomé por sorpresa; hola, le dije, he venido para invitarte a salir por segunda vez. Su cara quedó congelada mientras sus amigas se apartaban con risas disimuladas. Ella se preguntaba cómo diablos había sabido yo que estaría en ese lugar, ese día y a esa hora. Le agradecí a la coincidencia mientras pretendía haber usado la magia del amor para encontrarla con mis pensamientos. Eres un payaso y siempre serás un payaso, me dijo. Todavía no estoy segura de si sea una buena idea salir contigo más que como amigos. Personalmente, yo no esperaba un si absoluto, por lo que guardé la calma y le hice saber que a la tercera era la vencida. Ella me dijo, entonces, que probablemente la insistencia me iba a ayudar mucho esa siguiente y última vez que la invitase a salir, y que esperaría el día.

Cuando la volví a ver en una de esas reuniones, la noté más amigable o, mejor dicho, coqueta conmigo. Algo me dice que aquella noche estuvo esperando esa tercera vez, esa invitación a salir. Seguramente ya hasta se habría hecho la idea de cómo sería frecuentarnos en un plano más que amistoso. Pero esperó y lo hizo en vano, porque en esa ocasión ni siquiera hablamos mucho. De hecho, no toqué el tema ni algo que nos condujera a él en toda la noche y, para ser honesto, nunca más la invité a salir.

Hoy sé poco de ella; casi nada, realmente.

martes, 23 de septiembre de 2008

Cien Soles

Hace poco, una amiga me contaba que sus cumpleaños han venido siendo una especie de karma inexplicable. Los chicos de ahora se referirían a estas ocasiones como días en los que uno se denguea. Y es que, desde hace algunas primaveras, sus muy bien intencionadas ganas de celebrar ese día -tan especial para ella como para levantarse más temprano y pretender que dure más- se han visto opacadas con desfavorables coincidencias que involucran a la ley seca, unas elecciones y hasta un corte de energía eléctrica que llevó a sus amigos y a ella a pasar una “velada” con tragos.

Esa anécdota me hizo pensar en los malos cumpleaños que he tenido. Como la vez en la que, de niño, desperté muy temprano esperando ver a mi madre cruzar la puerta de mi cuarto con un enorme abrazo. La diferencia de lo que esperaba con lo que realmente ocurrió fue que, tras cruzar la puerta, mi madre se me acercó muy molesta y empezó a gritarme porque pensó que había perdido alguna joya suya (chicos de ahora dicen: ¡te dengueaste!).

En otra oportunidad, la estúpida clausura de mi colegio tuvo lugar el mismo día de mi cumpleaños. Pensando que se trataría de algo corto y simple, fui y me aburrí hasta las ocho de la noche. Mis amigos, de vuelta en casa, ya se habían ido junto a mis bocaditos y, honestamente, nunca supe quién me regaló qué.

Finalmente estuvieron las peleas. Por alguna razón, durante algunos años seguidos en los que celebré mi cumpleaños con una fiesta en casa, las cosas terminaban en una gran pelea. Creo que esos episodios son mucho más bacanos cuando pasa en la casa de alguien más.

En fin, sé que estoy obviando muchas situaciones adversas ocurridas las fechas de mis cumpleaños, porque han sido varias, en realidad. El caso es que desde hace un tiempo que no los celebro más. Y no es precisamente por las malas sangres de antaño (como lo es para mi amiga, que este año ha decidido tachar su fecha en el calendario), sino porque en algún momento me empezaron a disgustar las cuestiones protocolares de los cumpleaños; los regalos, la tonta canción aquella (que jamás podré entender por qué en esta ciudad la cantan primero en inglés -y encima mal cantada- y luego en español), los abrazos a todos los presentes y las llamadas de cien personas, de las cuales solo importan quince. No celebro, más, mi cumpleaños y dos días antes del mismo desaparezco para que nadie me pueda ubicar.

Lamentablemente, el mundo no piensa como yo, y aquel al que no saludas se ofende y se resiente (algunos, incluso, se hacen los artistas si no llegas con regalo). Así, soy partícipe de los protocolos cumpleañeros, pero no partidario de los mismos, y ninguno de ellos en mi propio caso. De cualquier modo, una bonita reunión, con parrillada, atardecer y buena compañía puede hacerse cualquier día del año, sin necesidad de ser “homenajeado”, ni mucho menos. Otro día hablaré sobre mi falta de espíritu navideño, mi desamor por las despedidas (god, I hate them) y las ganas de mandar al cacho a la señora de las tejas.


martes, 16 de septiembre de 2008

Que canten los niños que en ellos está la verdad

Algo andaba mal, y eso se notaba en la velocidad a la que corría mi antiguo y queridísimo Cielo. Había salido de una fiesta de mi facultad minutos antes esa noche y, por alguna razón que hoy no recuerdo más, estaba haciendo correr ese motor tan confiable para mi. Yo solo acelero cuando algo fuera de lo normal está tomando lugar; molestias, emergencias, sensación de ser perseguido, ganas de ir al baño, ganas de llegar a la cama y demás; pero seguramente aquella noche era otra la razón por la cual pisaba el acelerador casi a fondo (y es que si me acuerdo, aunque pretenda lo contrario). De pronto vi, a lo lejos, un patrullero. Su silueta se hacía, rápidamente, más grande y en instantes pude dudar en sobre parar, aunque finalmente tomé la desición de seguir de largo. Después de todo, no creo que se tome la molestia, creí.

Tan pronto pasé por su lado, encendió sus luces y salió a mi persecución. Ya era un criminal; qué cantidad de adrenalina empezó a correr por mi cuerpo. Sabía que detenerme significaba pagar una multa o, incluso, pasar por alguna detención. Pensé, también, en las consecuencias de chocar a esa velocidad. Confiaba en las prestaciones de mi auto, pero no en las mías en una situación como esa. Al diablo, pensé, y seguí acelerando. Sabía que el patrullero seguía detrás de mí porque veía sus -aún pequeñas- luces rojas y verdes por el espejo y, además, escuchaba ese pitido irritante a lo lejos.

Recuerdo haber pensado tantas cosas en tan poco tiempo hasta que noté que las luces de la sirena eran, ahora, mucho más grandes. Me estaban arañando las nalgas y debía perderlos como sea. Crucé la luz roja de uno de los pocos semáforos que funcionaban a esa hora, haciendo frenar a un tercero que, afortunadamente, no solo no me golpeó, sino que puso en dificultades al héroe policía que conducía el patrullero. Esforcé, entonces, la caja al máximo, y logré, de nuevo, hacer que esas luces se vean pequeñas por el retrovisor. Era hora de acabar con esa payasada.

En el poco raciocinio restante en mi (la adrenalina se había apoderado casi por completo), decidí apagar todas las luces del exterior del auto. Era una jugada de doble filo, en realidad, pero en mis alternativas estaban eso o ir a la carcel por todos los problemas que le estaba causando a esos valientísimos héroes de la patria. Sudando mucho y aún corriendo, me aventuré a hacer una maña que solo había logrado con la bicicleta cuando niño; "la cóndor". En una especie de drifting improvizado -realmente desastroso- ayudado por el freno de emergencia, la caja y los pedales, logré entrar en una calle con poca iluminación y, tras haber perdido el control, pude frenar totalmente unos metros más allá.

Asustado, volví a abrir los ojos (¿Abrir los ojos? ¿en qué momento los cerraste, imbécil?) y vi al patrullero pasar de largo por uno de mis espejos laterales. Mi estúpida aventura había terminado, aunque me llevaba la mejor de las victorias; había hecho gastar combustible a esos defensores de la justicia y jamás me atraparían. Fue la única vez en la que escapé de la policía, y ahora que sé que no pasó nada grave, no me arrepiento en lo absoluto de haberlo hecho. Claro que fue gracias al Cielo.

ps: Todos los adjetivos de la policía tienen un alto nivel de sarcasmo



domingo, 31 de agosto de 2008

A la hora del té (quinta y última parte)

A sus quince años, Paola ya estaba enamoradísima de Braulio, un muchacho al que consideraba su primer amor y al que, lamentablemente, sus padres le prohibieron ver de la manera más dramática para una quinceañera: alejándolos. La historia parecía haber terminado para Paola y Braulio cuando la primera se mudo, por circunstancias de la vida, hacia el país de las hamburguesas, los Red Sox y American Airlines. Allí conoció y se enamoró de su ex esposo; ahí vivió y se entregó a los suyos, a su trabajo, a su vida y a lo que era parte de ella: sus hijos.

Con el pasar de los años el supuesto destino le sonreía a Paola, y de qué manera: ahora vivía en una hermosa ciudad en La Florida; tenía el trabajo soñado, los hijos soñados, una buena posición social y económica, y ese espíritu vivaz que conserva hasta el día de hoy. Pero el destino no es tan bueno; al menos no lo es para todos. Paola pasó por una crisis emocional durante su proceso de divorcio. Pagó mucho dinero para lograrlo y luchó hasta el final por la custodia de sus hijos. Ella los amaba y eran lo único verdadero dentro de esa relación que ya dejaba de funcionar.

Sin pensarlo, se decidió a ver por su familia -ahora- reducida. El trabajo tenía horas largas, los momentos de relajo eran pocos, el cansancio era mayor, la vida era, aún, más rápida de lo que suele ser vivir en los enormes pezones del tío Sam. Pero Paola lo veía todo positivo; después de todo, tenía a sus dos hijos con ella y eso la hacía, por encima de las malas sangres, muy feliz. Y lo sería más luego de un tiempo.

Un día, revisando su correo, Paola encontró, en su bandeja de entrada, un mail que nunca habría, siquiera, sospechado recibir. Era Braulio, su primer amor, su inocente amor de infancia. Así es; Braulio le había escrito un correo luego de saber de ella y enterarse, en Lima, de su divorcio. El mismo Braulio que veinticinco años atrás había tenído que sufrir, como ella, la separación de un amor de muchas ilusiones. ¿Qué querría Braulio? se preguntaba ella. Por amigas de la infancia se había enterado que él estaba casado y no le parecía adecuado responder a ninguno de sus correos, que con las semanas fueron incrementando. Paola incluso pensó mal de él, dadas las circunstancias. Pero un día, entre sus líneas, Braulio le confesaba que él tenía más tiempo separado de su esposa que ella divorciada. Paola ahora sonreía; Braulio aparecía como por perfectas coincidencias, y los correos, entonces, dejaron de salir de un solo lugar.

Varios meses después de agradables, emocionantes y, por qué no, pícaros correos, Braulio viajó a la Florida para encontrarse con Paola en persona y poder tomar una inofensiva taza de café. Y así lo hizo de nuevo a los pocos meses, y luego a las pocas semanas y, así, el amor de niños, ese primer amor de ambos, volvió a nacer. Braulio quería a los hijos de Paola y ella tuvo la oportunidad de conocer a los de él; fue una conexión casi instantánea.

El resto es historia, y el presente se da en una hermosa casa en las praderas de Lima, donde viven más de siete personas; todas ellas son felices, incluyendo a Paola y a Braulio, que son un excelente ejemplo de la magia del primer amor. Y ella, como dije antes, conserva ese espíritu vivaz hasta el día de hoy.

Karate Mati

Ayer volé cometa después de mucho tiempo. Había olvidado, un poco, cómo era la cosa con las cometas (cometas reales y no slang de barrio). Afortunadamente, todavía podía volar una, aunque pequeña y gracias al aire de Cieneguilla. Me acordé de la perfectísima cometa de Batman que me compró mi padre cuando tenía siete años.

Recuerdo que esa tarde llegó a casa con esa mirada de complicidad que me daba para que yo corra y me pare al lado de su carro, de tal modo que a través del vidrio del copiloto pudiese ver qué me había traído. Así pasó con el cartucho de Contra para Nintendo, con el hacedor de enormes burbujas, con mi juego de snorkel y otros cuantos juguetes (pues eso eran para mi: juguetes que sobresalían a los de ejercicio mental, libros y demás que mi padre me regalaba seguido cuando niño) que, esta vez, se sumaban a la enorme cometa de Batman. Era gigante de acuerdo a mi perspectiva. Sería la envidia de los chicos de la cuadra; ninguna cometa era mejor, ninguna era más grande. Mi padre me animó a salir en su carro al campo abierto para volarla y, a mi corta edad, eso era tan excitante como cuando descubrí el yahoo en español, varios años más tarde.

A los pocos minutos, mi padre y yo ya estabamos en medio de una chacra que colindaba con el antiguo aeroclub de Collique. Él me enseñó cómo hacerla despegar ya que tenía su "maña" por ser tan grande y pesada. Pero una vez en el aire, mi enorme cometa de Batman ascendió y siguió haciéndolo gracias a las condiciones y, por supuesto, al grande rollo de pabilo que mi padre había conseguido para nosotros. Se va a ir hasta el cielo, pensaba.

Le va a ganar a las avionetas de Collique, decía en voz alta mientras una enorme sonrisa se formaba en mi cara, y otra más pequeña en la de mi padre. Tienes que jalar y soltar de a pocos, me decía él, mientras yo seguía con la enorme sonrisa y ejecutaba al pie de la letra sus instrucciones. Ese momento estaba siendo muy feliz para mi y hoy me doy cuenta de lo fácil que es, para un niño, ser feliz por ratos. Lamentablemente, en algunos casos tengo muy mala suerte, y este no era la excepción. De un momento a otro, el punto azul en el cielo desapareció (me pregunto qué tan alto habría estado volando esa cometa), y ya no respondía a mi "comando" cuando halaba del pabilo. Mi padre salteaba miradas conmigo y con el cielo hasta que dijo algo como "uy, ¡qué pasó!". Yo lo miraba confundido y luego miraba, también, el cielo, buscando ese punto azul que había desaparecido un instante atrás.

La escena duró unos tres o cuatro minutos hasta que el pabilo terminó de caer, solo, sin cometa, sin mi enorme cometa de Batman con la que sería la envidia de la cuadra. Yo era muy pequeño para entender algo tan grave como la pérdida de mi cometa y, por eso, mi padre trató de consolarme diciendo que, efectivamente, le había ganado a las avionetas. Mi enorme cometa de Batman se había ido, justamente, hasta el cielo.

viernes, 29 de agosto de 2008

Tennis con mis Tennis (sin publicar)

En uno de los correos que ultimamente he compartido con el encontrado Sergio, a quien no veo desde hace muchos años, le pedí que me refrescara la memoria con la historia del robo en su penthouse. Y es que sabía que había sido algo muy hilarante, pero no me acordaba de los detalles. Sergio, a su peculiar manera de redactar mails, me respondió lo siguiente:


Ja, esa historia de mierda. Bueno Pappo, aquí va:

Amanecía y los rayos del sol me hicieron abrir los ojos; me había quedado dormido al lado de la piscina en ese -ya olvidado- pent house de la calle Lara ¿lo recuerdas? yo te llevé un par de veces cuando eras un mocoso. No era raro para un amanecer de invierno limeño ya que pasabamos por mil novecientos noventa y ocho y su tan destructivo fenómeno del niño. Recordaba poco de la noche anterior; esas tipas que el che había traído ¿de dónde eran?

De pronto me di cuenta de algo que me hizo abrir bien los ojos sin importarme la sencibilidad que padecía a la luz. ¡Mierda! la mesa parrillera no tenía, más, los adornos esos que mi padre había traído de Taiwan y que, recordaba, me había dicho que resultaron muy caros. Cualquier cosa podía perderse en el penthouse, menos esos estúpidos adornos. De inmediato me compuse y caminé por toda la casa buscándolos, mientras me daba cuenta que no era lo único que faltaba.

El che dormía, todavía, a un lado del refrigerador, mientras que Esteban y Luciano se levantaban con un dolor de cabeza, al parecer, increíble. Che, levántate. Tus mujeres de mierda nos han robado, imbécil. El che parecía levantarse en medio de sueños porque no podía vocalizar una sola palabra y señalaba la puerta de la cocina.

Las rateras, a diferencia de las peperas, no se roban los riñones, mas todo lo que puedan cargar en sus manos dentro de la casa. Eso lo aprendí ese día. De ese poco que recordaba de la noche anterior, no descubría, en ninguna de las imágenes a modo de flashes, que las chicas tuvieran una apariencia, siquiera, cercana a la sospecha de que irían a cometer una fechoría como esa.

Puta madre, te robaron, Sergio, me decía Esteban repetidas veces, mientras yo trataba de pensar que eramos parte de una estúpida broma y que todas las cosas desaparecidas estarían escondidas en algún lugar de la casa. Cómo me equivocaba, maldita sea. Resultó que todos habíamos sido víctimas de robo; las billeteras no estaban, ni tampoco nuestros relojes y celulares. Todo, diablos, todo se lo habían llevado esas miserables.

Sin más remedio le pregunté al Che lo que había pensado al despertar ¿de dónde eran esas tipas que había traído la noche anterior? El che se quedó callado por unos segundos y más lúcido, ahora, me respondía con avergonzada honestidad. El loco ese había estado de parranda dos noches antes en uno de los dos únicos locales que existían en lo que hoy es el boulevard de Asia. Creo que conocía a un argentinoperuano que había iniciado el negocio ese del sur por esos días y le gustaba comer ceviche donde un tal señor Huamán. El caso es que de ahí las sacó. Las había visto bailando en una mesa y se había acercado a cazarlas para nosotros; pero qué buen amigo el imbécil ese, que no se había dado cuenta que el cazado era el, porque esas rateras andaban buscando víctimas entre los pavos esos que pasaban tiempo en asia por esos días.

Mi estimado Pappo, recuerdo que tú, aún en el colegio, me animabas a ir a ese lugar en el pequeño Samurai de tu amigo Julio que usabamos para ir al circuito de playas a veces. Qué suerte que no te hice caso; ahora detesto ese lugar y su estúpido boulevard debido a mi mala experiencia que empezó, justamente, ahí.

Espero haberte refrescado la memoria, y seguramente te estarás cagando de risa con las líneas anteriores. Oye y hablando de historias, tú tenías una de Tortugas, algo con un muelle o una nota así. Creo que ahora te toca compartirla.

Saludos, Pappo

Sergio "El Arnaldo".

sábado, 23 de agosto de 2008

Dolor de estómago

Setecientos cuarenta euros, diamante rojo ¿verdad, señor? ¿señor?

Realmente no era la lotería, pero me sentía muy tenso al manejar tanto dinero inmediato sin siquiera haberlo visto. Menos de una hora antes, me encontraba cruzando las puertas de ese casino en alta mar, donde para jugar, beber y fumar necesitaba tener esos diez y ocho años que ya no extrañaba más y que, de hecho, empezaba a ver casi a lo lejos. Qué diferencia con aquella primera vez en la que me había subido a un crucero; barely legal, como me decían en el bar, allá por la Rivera Maya. Pero ahora era distinto; ahora tenía más experiencia, tanto en cruceros como en casinos. Ya no jugaba a los slots, sino a la ruleta. Ya no me sentía un niño, sino un batallante lobo. Qué lección recibiría luego.

El barco aún estaba en camino entre dos puntos del mar mediterráneo y, por encima de la emoción de navegar frente a costa europea, también estaba la del goce dentro del completísimo pueblo-embarcación en el que me encontraba; precisamente del casino. Para qué engañarme; al diablo con la pista de patinaje, el cine y el centro comercial; el piano bar, la borda y el solarium. A mi solo me interesaba el casino (al menos de noche) y un par de cosas más. El resto ya lo había visto en viajes anteriores, pero el casino, "oh el casino nunca muere".

Con cinco de los únicos veinte euros predispuesto a gastar esa noche, entré a jugarle a la ruleta junto a varios señores y señoronas. Mi técnica (pues de estrategia no tiene nada), apuntarle al diamante rojo. Es uno o lo otro, rojo o negro, gano o pierdo, doblo u olvido. Y diamante rojo fue durante una, dos, tres y varias jugadas más. La racha me había tomado de la mano y me apretaba fuerte. Me sentía popular entre la gente que me hacía barra alrededor durante cada jugada en la que doblaba mis jugosos euros. Hombre, que con eso comparé tal y cual cosa, pensaba.

De pronto me di cuenta que estaba arriesgando mucho; ya no eran esos cinco simpletes euros del inicio. Doblar y seguir doblando me había llevado a setecientos cuarenta razones para abandonar la mesa como un hombre que, según Jose Antonio, debe saber cuándo retirarse. No sé bien qué pasó en ese instante; tal vez era ver a quienes aclamaban que siga jugando, o la mirada de esa persona que más tarde encontraría en la discoteca, o los labios del dealer que aparentemente me decían algo. No podía oir nada y todo lo veía en camara lenta.

Finalmente volví a mis sentidos y empecé a enfocar mi atención en el dealer. Setecientos cuarenta euros, diamante rojo ¿verdad, señor? ¿señor?, me repetía por última vez. Di una mirada alrededor y, aunque sospechaba que algo andaba mal, decidí acentar con la cabeza mientras solté la más errada de las frases: ¿por qué no?

La ruleta giró y giró por los segundos más largos percibidos hasta ese momento. De repente lo pude oir tras los mil rebotes que dio la bolita de mierda; era el sonido del fracaso, de la humillación, del momento en el que nadie es, más, tu amigo en la mesa y el dealer deja de caerte bien. Era el momento de la verdad, de dejar que se llevaran las fichitas de plástico que tranquilamente pudieron haberse convertido en euros reales. De voltear y notar que la mirada que me había dado suerte no estaba, más, alrededor. De saber, por fin, que debí haberme retirado una jugada antes. Tú habrías hecho mil cuatrocientos ochenta euros ¿sabes?, me decía una regordeta señora (¿por qué aparecerán tanto en mis melodías?), mientras yo me daba media vuelta y volvía a cruzar las puertas de ese casino en alta mar, derrotado, frustrado.



Moraleja: No apostar siempre al diamante rojo; a veces puede salir negro.

martes, 19 de agosto de 2008

Diseño bravo para los más pequeños

Una ligera y pretenciosa sonrisa yacía casi congelada sobre mi cara; así que se iba a casar. No sabía si sorprenderme porque me había invitado a su boda o porque finalmente algún hombre -de hecho, uno muy extraño- la había llegado a entender de tal forma que ahora contrairían nupcias. La última vez que la había visto fue cuando, por casualidad, caí por ese vecindario en donde había pasado mi niñez. Allí nos cruzamos, en la puerta de una tienda de abarrotes, y así lo hicieron, también, nuestros saludos y sus casi instantáneas despedidas. En esa ocasión no conversamos, solo la pude ver un par de segundos y noté que estaba más delgada, eso fue todo.

Pero ahora me estaba invitando a su boda, y yo ni siquiera tenía a quién pedirle que me acompañe (porque algo he aprendido sobre bodas, y es que si no conoces a ninguna persona en ella más vale ir acompañado, con una dama para pasar un grato momento o con un compañero para aprovechar la ilusión que los matrimonios generan en las chicas solteras) y, para ser honestos, tampoco me interesaba mucho la idea de asistir. He oído muchas veces que no es bueno ir al matrimonio de alguien con quien alguna vez se tuvo una historia, por cuestiones éticas, supongo; pero a mi no me interesaba ir porque realmente, en el fondo, no me gustan las bodas. Para mí es una especie de fiesta de disfraces; detesto la formalidad y la sigo solo por cuestiones protocolares. En las bodas, la única persona honesta es la novia, porque es el día más feliz de su vida (en teoría) y es, como lo han dicho en varias películas, el único día en el que ella es el centro de atención total.

En fin, creo que para los novios, las bodas deben ser una tormenta de nervios. Si hay algo peor que una boda que sale mal, es una proposición de boda que resulta terrible, sobre todo cuando el novio ha invertido mucho tiempo, planeamiento, dinero y las mejores de sus intenciones en hacerlo público.

domingo, 17 de agosto de 2008

Café con noche

Noté que algunos de esos me pasaban a más de ciento cuarenta kilómetros por hora y, tras jugar un poco con la memoria mientras conducía por esa desgraciada carretera norte, recordé aquella vez en la que, junto a un Antonio, expuse mi vida de una manera tonta, aunque lamentablemente cotidiana para quienes deben estirar el dinero más que uno.

Por esos días, hace ya varios años, andábamos tomando fotografías como locos; la fiebre del taller de montalvo. Foto a esta calle, foto a ese auto, foto a esa muchacha, foto a mis pies, foto a la computadora encendida que tiene el reproductor abierto con un clip porno mientras Antonio mantiene un encuentro casualmente amoroso -y no amorosamente casual- dentro de su cuarto y, por supuesto, de su cabeza; foto a mis pies, foto a blacky, foto a una botella de pilsen, foto a mis pies (¿lo he mencionado, ya?). En fin, gastábamos más rollos de los que podíamos afortar y recurríamos al control y gasto parental. ¿Hay que tomarle foto a una calle de trujillo?, ya pues, yo tengo un par de familiares por allá ¿vamos? vamos.

Algo improvizada en planeamiento, la escapada a trujillo se pospuso una semana y no teníamos idea de cómo llegar. Un tío involucrado en el negocio de transporte de materia prima nos iría a "colocar" en un camión con destino a la primavera de siempre, pero los cálculos le fallaron y no pudo embarcarnos como habría querido. Por otro lado, nos llevó hasta el terminal informal de los camiones convertidos a buses y nosotros, Antonio y yo, con cámara en mano, pretendíamos disfrutar del inicio de esa arriesgada aventura. Una interminable (bueno, en realidad si terminaba) fila de buses que salían cada cinco o seis minutos, a múltiples destinos del norte chico, mediano y grande de este queridísimo país (en donde de regreso un policía de pasajero nos ahorró un par de horas de viaje).

- Webón ¿y si nos chocamos? mejor vamos a sentarnos atrás porque si salimos disparados caemos encima de estos locales. ¿te darán boleta? ¿Qué carajo me van a dar en este bus de mierda, imbécil? Yara, ahí viene el cobrador. Dale diez lucas, he visto que la gente le da diez ¿"a trujillo a trujillo, diez" no dijeron afuera? Si, pero pudo haber sido diez asientos libres, y qué se yo. Puta mare huevón, se van a dar cuenta que no eres de aquí. Paga, paga.

Y bueno, que de noche no lo sentimos tanto como de día, al regresar. Ese bus sí que corría rápido, creo que demasiado. Con un nombre tan sugestivo como Erick el Rojo, pasaba a otros autos a más de ciento cuarenta kilómetros por hora. Me crucé con uno, con varios, mientras conducía por esa deswgraciada carretera norte, hace unas semanas.

martes, 5 de agosto de 2008

Carros comerciales que nos convienen

Camila, con quien viví una extraña y disparatada historia de amor de verano, llegó a mi vida de una forma casual e inesperada. Un día cualquiera hace ya varios años, había sido terrible para mí; entre lisuras y ceños fruncidos, decidí pasar por el banco antes de volver a casa para reportar un cobro aparentemente sin razón dentro de mi estado de cuenta.

Al llegar, la espera en línea fue ese poquito más que te vuelve malo con todo aquel que te dirige la palabra. Todo parecía ser el momento perfecto para explosionar con insultos y palabrotas frente al funcionario del banco que me pongan en frente. Pero me equivocaba al pensar así pues, al llegar a la ventanilla, su sonrisa me transformó, casi instantáneamente, en la persona más amable aunque insegura del mundo. Buenos días, señor ¿en qué le puedo ayudar? Me dijo esa preciosa mujer. Entre pausas y tartamudeos, alcancé decir algo relacionado a un cargo de más en mi último estado de cuenta. Al corroborar y resolver el problema, se ofreció a darme la mano con cualquier otra cosa que necesitara en ese momento. Pero yo no tenía excusas para quedarme a charlar y, para ser honestos, tampoco era el momento indicado.

Pasados dos días volví pretendiendo tener dudas sobre un asunto sin sentido dentro de mis pocas y pobres operaciones bancarias de esos días. Maldita sea, ella no estaba. La amable mujer de sonrisa perfecta no trabajaba ese día, así que me marché con la intención de volver nuevamente; tengo que pedirle su nombre y su número, pensé.

De ese modo, regresé una semana después; ahí estaba ella. Tan linda, tan perfecta, tan sonriente. Me acerqué enseguida pues no había mucha gente ahí y tras saludarla me olvidé por completo el pretexto ensayado para levantar una amena y pequeña charla que terminaría en una aceptada invitación a salir (según yo). Diablos, me decía en mi mente, dile algo, huevón, que te está mirando. Mira esos ojitos, y esa sonrisa, con ella me caso. ¡Mierda! Todavía no le dices nada; estás parado, hecho un idiota mientras haces rebotar tus dedos sobre el mostrador. ¿Ya? ¡Carajo! ¡Háblale!...

¿Señor? Me interrumpió el bochornoso momento sin dejar de sonreir. En ese momento pensé que estaba siendo un completo imbécil y debería dejar las tonterías a un lado.
–Perdóname; voy a ser honesto contigo- le dije -creo que eres la chica con la sonrisa más bonita del mundo y sé que me voy a arrepentir durante toda mi vida si no te invito a salir-. Pero usted ni siquiera sabe mi nombre, me respondió un poco sonrojada. Tu puedes llamarte como quieras, y aún así me vas a encantar. Luego de cubrirse instantáneamente la boca para evitar una carcajada se calmó mientras esa sonrisa cautivadora seguía sobre su rostro: Alejandra, me llamo Alejandra ¿y usted? Digo, ¿y tú?

Esa mañana empezó una bonita, intensa y, aunque corta, memorable historia. A las pocas semanas me di cuenta que Alejandra no era lo que yo realmente quería, mas si una chica estupenda. Probablemente fue muto, pues concluimos, ambos, en dejar las cosas de ese modo y no correr riesgos de corazones dañados. Decidimos ser amigos y la pasábamos muy bien juntos yendo a comer, a karaokes y a reuniones o fiestas. Una vez decidió hacer una pequeña reunión en su casa con algunos familiares y amigos cercanos. De hecho, esa fue la noche en la que, de forma casual e inesperada, conocí a Camila, su prima.

A continuación la foto de un perro y un pollito.

viernes, 1 de agosto de 2008

Lo que crea imágenes en dos o tres pasos

La dueña de los bungalows carga y engríe a su pequeña 11-meses-adulta bebé. Una capitalina y robusta mujer la acompaña mientras le presta fiel atención a la historia de cómo es que la joven mamá y empresaria decidió quedarse a vivir en este lado del país. Solo atino a oir palabras sueltas gracias al generoso viento, que no ayuda y, de hecho, empieza a brindarme una ligera sensación de frío por estar en la sombra. Y bueno, que en teoría es invierno ¿verdad, Niño?

La dueña del complejo ya se ha ido y la gorda señora ha hecho lo propio. Ahora me encuentro de nuevo atento a lo que me rodea bajo este techo de hoja de palma; un jugo con hielo, un par de sillas playeras, unos cigarrillos y la mejor de la compañía, gracias a dos personas a las que quiero mucho.

Creo que es delicioso, en cierto sentido, poder estar sentado en este mini caribe mientras escribo desde la portátil y me doy cuenta que no sería mala idea regresar en verano. Así es como se pintan las cosas, para mi, por este caluroso y –cliché total- “paradisíaco” norte.

Hoy en el bungalow cocinaré para los demás. Trataré de reivindicar esos asquerosos fideos de ayer, por lo que prepararé mi especialidad durante la tarde y cerraré la noche con una ligera parrillada al estilo de mi padre. Comeremos rico, tomaremos sol, disfrutaremos del mar tibio y, por supuesto, brindaremos con Pilsen Callao; auténtica cerveza, auténtica amistad.

Tomar bebidas alcohólicas en exceso es dañino. Tome con moderación. Si bebe no maneje.

lunes, 14 de julio de 2008

Otra vez donde el comandante Espinar

Lo he venido admitiendo desde hace años, aunque no lo he asimilado total ni parcialmente: me voy a quedar calvo. Apodos como “Calvin Klein”, “calendario porno” y “sobrado” serán parte del día a día dentro de un tiempo y solo quedará acostumbrarme a aquello.

En algunos casos, he escuchado, ser calvo genera cierto algo que a las chicas les resulta sexy. Pero tendré que cuidar (y arreglar) la figura para que me llamen Bruce Willis y no Danny DeVito (o Dr. Evil, en el mejor de los casos).

Lo único que me consuela por el momento es algo que encontré en un foro donde la pregunta sobre los calvos llegaba, entre otras respuestas, a la siguiente: “claro que si, pero aun mas sexi que un calvo esta aquel hombre que tiene entradas en la frente prominentes, creo que si son bastante sexis.(SIC)”. (TARA: 2008)

De cualquier modo, no pienso usar nada de lo que anuncian en televentas y que supuestamente contribuye a que el pelo regrese, ya que todo lo visto y oído ahí son poco más que patrañas (Gracias Miriam Larco por abrirme los ojos). Si la raya al medio se hace más ancha hay que dejar que la naturaleza haga lo suyo y adaptarse.

martes, 8 de julio de 2008

Sentado donde haya internet

Muy feliz. Así estaba esa noche en lo que era una de las primeras aproximaciones que tuve al mundo de eventos y demás gracias a la gentileza de mi padre, que decidió llevarme a ver cómo producía un evento de mediana escala en una ciudad al sur del país. De un lado al otro por detrás del escenario, mis quince años parecían, ahora, más interesantes. Junto a los músicos y el staff de la producción que papá manejaba, pretendía estar aprendiendo cosas, ya que todo me parecía muy tedioso, difícil y confuso, todavía.

Luego de enamorarme de la emoción, decidí bajar a uno de los lados del escenario; vivir la experiencia como un outsider, como un espectador más dentro del montón de los borrachosos asistentes de esa noche. Así terminé en medio de un grupo local, haciendo forzados saludes entre opiniones de fútbol y música. Estoy in, pensaba, mientras simulaba disfrutar de la cerveza que tomaba con mis nuevos amigos.

Cada cierto tiempo miraba al escenario mientras empezaba a gustarme (recién) la música de unos muchachos que sonaban bastante bien y que reconocía tras haberla escuchado en la radio –bueno, solo algunas de esas canciones-. Oye qué bacán suenan estos patas, le decía a uno de mis chabacanos acompañantes.

De pronto una chiquilla de unos catorce o quince años irrumpió en el grupo con un llanto desesperado; buscaba a su hermanita perdida. Nadie le prestaba atención al principio, pero luego todos empezaron a distanciarse de ella sin decir nada para obviarla. Aparentemente solo se trataba de una de las exageraciones muy conocidas en ella, o así me enteré luego de pasar por el papel de estúpido al ayudarla a encontrar a su hermanita que, fácilmente, bordeaba los treinta años.

El resto es historia, aunque al grupo musical aquél lo volví a ver en vivo la última noche de brujas, luego de muchos años. Estarán viejos pero todavía son caña, pensé.

lunes, 7 de julio de 2008

Los ciento ochenta grados de la Nereida


Mis padres y yo nos reuníamos cada tantos días para tener un sabroso almuerzo de comida de mar. El lugar, cuyo nombre no mencionaré porque este no es un espacio publicitario, tenía un excelente plato que decidieron incluir en la carta luego de que yo lo pidiera repetidas veces como una alteración a otro ya incluido. Era mi plato e hice que varias personas lo probaran: solo una dejó de darme su aprobación. Ese plato, junto a una deliciosa causa, un tiradito y algunas variaciones dependiendo del día hacía un ameno almuerzo para mi familia, en el que nos juntábamos a hablar cosas que, por motivo de diferencia de horarios, no podíamos tratarlas en casa.

El anuncio lo hacía mi padre cuando, cada poco tiempo me llamaba al móvil a preguntarme si quería almorzar con él, y yo hacía lo propio al llamar a mi madre. Hora pactada y, como siempre, era mi papá el último en llegar, aunque a veces era yo el primero en partir.

El dueño, un antiguo funcionario de uno de los grandes bancos de la capital, nos saludaba muy calurosamente, con un buen apretón de manos y, a veces, hasta con un abrazo. Y del mismo modo se despedía cuando nos retirábamos.

Afuera, había un señor de unos setenta años que pretendía estar cuidando los coches y renegaba si no le dábamos la respectiva propina al marcharnos. Era verdaderamente gracioso y, en ciertas ocasiones, aprovechaba su descuido para salir apresurado sin que me cobre el impuesto de su ley; no por avaro, mas por lo cómico que resultaba verlo renegar desde lejos.

Era un lugar muy agradable; cerca de mi casa, cerca de mi oficina, de la oficina de mi padre y en un distrito donde el sol brilla más que otros. Hace unos días, sin embargo, me enteré que el dueño del lugar cerró sus puertas para convertirlo en un edificio de oficinas. Le pagan poco más de ocho mil dólares al mes por el alquiler del inmueble y supongo que no tiene, más, la necesidad de continuar con el negocio. Me pregunto qué habrá sido del anciano cuidador de carros.

domingo, 6 de julio de 2008

Te haces la santa, gorda putona

No sé si hasta ahora, pero durante un tiempo hace algunos años los mensajes de texto entre teléfonos fue una herramienta usada desmesuradamente. Recuerdo que cuando lo descubrí –y es que, para esos días, no le cargaban nada de dinero a nadie por enviar esos mensajes- hice uso excesivo del asunto y, por lejos, no era el único.

Los mensajes de texto llegaron a ser una verdadera nueva forma de comunicarse. No eran, más, el agregado de los teléfonos celulares, sino una especie de lenguaje aparte (asumo que en otros países también ya que en varias películas he visto devices exclusivos para el texting); un lenguaje que muchas veces inventó amigos, despertó vergüenzas, consiguió novios y hasta terminó relaciones. Por mensajes de texto uno podía coquetear de lo mejor sin tener que pasar por un posible y embarazoso rechazo; creo que luego existieron especies de chat para celular, pero hasta eso no llegué. Los mensajes de texto también servían para molestar, acusar, soplar respuestas, insinuar, comprar (y vender), tender trampas y mucho más.

Los planes de fin de semana se hacían por mensaje de texto y, cuando querías asegurarte que la otra persona lo haya recibido, le timbrabas y colgabas antes que te conteste solo para que viera que tenía un mensaje tuyo. Además, la voz se pasaba del mismo modo durante la madrugada, dependiendo de dónde y con quién se esté.

En fin, creo que hasta ahora existe la cultura texting y es más como una parte normal dentro de la vida de cualquier adolejoven. He escuchado decir cosas como “te mando un mensaje misio” (y en realidad no sé cuál es la diferencia entre ese y uno rico), o a muchas chicas decirse, entre ellas, que se mandan “un mensajito” (o sea uno chiquito, asumo).

Yo no creo en los mensajes de texto y prefiero una llamada más explícita y clara; mi generación ya está grandecita y son pocos los que andan “mensajeándose”. Pero mi celular, mal o bien, todavía recibe mensajes, aunque no los envía desde hace un tiempo.

Ps: Contento(a)?