Es algo que, en cierto sentido, me incomoda. Pero no me incomoda que suceda, pues entiendo la magnitud del asunto; esa emoción junto a la felicidad de ver a alguien que ha estado lejos durante algún tiempo es totalmente comprensible en un ser humano. Sin embargo, detener a toda la línea de recién llegados porque al señor Juarez le tiene que abrazar su hijo, su hija, sus tres nietos, su compadre y su hermana no me parece agradable para nada. Quiero decir, cuando uno llega a ese, nuestro controversial, querido y sobre todo pequeño aeropuerto llamado Jorge Chávez (¿alguien sabía que ese Chávez nació en Francia?), luego de haber pasado por el "sistematizado" control migratorio y haber esperado otros veinte minutos solo porque tu única maleta no aparecía por la faja, lo único que se desea, entonces, es salir de ese lugar que solo cuenta con una incompetente organización administrativa (si, estoy diciendo que la administración de nuestro aeropuerto es una cagada).
De pronto, la fila de personas con carritos cargados hasta el doble de su capacidad se detiene, y es que mientras salen, una a una, van abrazando a todos los que vinieron por ellas, justo en el punto en el que pasajeros y no pasajeros se encuentran. Está bien, yo también quiero mi abrazo, sobre todo si he regresado luego de un mes. Pero detestaré que al abrazar a los míos algún guardia de seguridad mal pagado me pida que avance "por favor". Por eso es que desde antes le digo a quien sea que haya ido a recogerme, que me encuentre afuera , en el lugar donde hay más espacio, tras las puertas de ese horrible terminal, donde no hagamos tráfico y podamos abrazarnos con calma (y no soy de los que abrazan mucho), sin correr el riesgo de que otro coche nos deje un talón resentido y, por supuesto, sin que las cientas de personas que esperan a otras cientas de personas tengan que mirarnos y, obviamente, comentar la escena como yo lo hago cada vez que voy a recoger a alguien.
Ahora, desde el otro lado, quien va a recoger a otra persona también pasa un desagradable momento. Hay una revisión sin sentido en la entrada del aeropuerto; solicitan nuestra licencia de conducir, nuestra tarjeta de propiedad y, claro, el famoso seguro del estado. Siempre quiero preguntarle al "efectivo" de turno -ya deja a la policía en paz, Pappo- cómo se sentiría si, luego de dejarme pasar, se entera que traje una bomba en el asiento de atrás (administrador de LAP dice: Pues eso sería imposible, ya que tenemos un control de ingreso resguardado con policías). En fin, luego de eso está el parqueo: hay pocos sitios, casi todos llenos, y los que están vacíos parecen haber sido reducidos en tamaño -sobre todo en ancho-. Temo que alguien de los costados abra su puerta bruscamente y golpee a mi Panzer sin que yo lo vea. Salgo del coche y un hombre en uniforme verde se ofrece a lavar mi carro recién encerado la tarde anterior (y eso pasa en el centro comercial, también) por un módico precio de diez soles -eh, que no es tan caro; después de todo, el señor va a gastar en agua y probablemente algo de jabón-. A este punto, los más inocentes ya se van dando cuenta que tanta amabilidad para ayudarte a estacionar el carro no viene de un mundo mejor, sino de las ganas de sacarte dinero por hacer un trabajo deficiente, y es que las lavadas son, incluso, malas.
Finalmente estás ahí; listo para recoger a tu madre, tu hermana, tu novia, tu amigo o tu abuelo adinerado que ha pedido que su nieto favorito lo recoja, porque de niño te envió a disney varias veces y tú tienes que retribuirlo cada vez que deja su calmada Canadá para venir a pasar unos días al Perú (Pappo dice: hmmm... mi abuelo me preparaba una fascinante ensalada de tomates cuando yo era niño). Pero la dama de la fortuna no te sonríe porque se han cruzado cinco llegadas internacionales y eso es mucho para el aclamado Jorge Chávez, así que esperas varios minutos demás (muchísimos) y te das cuenta que en vez de pagar tanto dinero por el valor del estacionamiento pudiste haber pasado por una pollería primero, y comer algo rico, porque no se te ocurre (bueno algunas veces si) ir al restaurante del segundo piso, donde los precios parecen haber sido copiados de Santiago, o Buenos Aires, o cualquier otro lugar donde el costo de vida es mayor -junto a su calidad-.
Te vas del Jorge Chávez con la persona a la que fuiste a recojer (y nunca digas que te van a "re-cojer" cuando llegues a la Argentina). Sales con alegría por haberte encontrado con alguien especial, pero con un poco de tristeza al haber vivido, por vez numero doscientos, la mala experiencia del aeropuerto nacional.
De pronto, la fila de personas con carritos cargados hasta el doble de su capacidad se detiene, y es que mientras salen, una a una, van abrazando a todos los que vinieron por ellas, justo en el punto en el que pasajeros y no pasajeros se encuentran. Está bien, yo también quiero mi abrazo, sobre todo si he regresado luego de un mes. Pero detestaré que al abrazar a los míos algún guardia de seguridad mal pagado me pida que avance "por favor". Por eso es que desde antes le digo a quien sea que haya ido a recogerme, que me encuentre afuera , en el lugar donde hay más espacio, tras las puertas de ese horrible terminal, donde no hagamos tráfico y podamos abrazarnos con calma (y no soy de los que abrazan mucho), sin correr el riesgo de que otro coche nos deje un talón resentido y, por supuesto, sin que las cientas de personas que esperan a otras cientas de personas tengan que mirarnos y, obviamente, comentar la escena como yo lo hago cada vez que voy a recoger a alguien.
Ahora, desde el otro lado, quien va a recoger a otra persona también pasa un desagradable momento. Hay una revisión sin sentido en la entrada del aeropuerto; solicitan nuestra licencia de conducir, nuestra tarjeta de propiedad y, claro, el famoso seguro del estado. Siempre quiero preguntarle al "efectivo" de turno -ya deja a la policía en paz, Pappo- cómo se sentiría si, luego de dejarme pasar, se entera que traje una bomba en el asiento de atrás (administrador de LAP dice: Pues eso sería imposible, ya que tenemos un control de ingreso resguardado con policías). En fin, luego de eso está el parqueo: hay pocos sitios, casi todos llenos, y los que están vacíos parecen haber sido reducidos en tamaño -sobre todo en ancho-. Temo que alguien de los costados abra su puerta bruscamente y golpee a mi Panzer sin que yo lo vea. Salgo del coche y un hombre en uniforme verde se ofrece a lavar mi carro recién encerado la tarde anterior (y eso pasa en el centro comercial, también) por un módico precio de diez soles -eh, que no es tan caro; después de todo, el señor va a gastar en agua y probablemente algo de jabón-. A este punto, los más inocentes ya se van dando cuenta que tanta amabilidad para ayudarte a estacionar el carro no viene de un mundo mejor, sino de las ganas de sacarte dinero por hacer un trabajo deficiente, y es que las lavadas son, incluso, malas.
Finalmente estás ahí; listo para recoger a tu madre, tu hermana, tu novia, tu amigo o tu abuelo adinerado que ha pedido que su nieto favorito lo recoja, porque de niño te envió a disney varias veces y tú tienes que retribuirlo cada vez que deja su calmada Canadá para venir a pasar unos días al Perú (Pappo dice: hmmm... mi abuelo me preparaba una fascinante ensalada de tomates cuando yo era niño). Pero la dama de la fortuna no te sonríe porque se han cruzado cinco llegadas internacionales y eso es mucho para el aclamado Jorge Chávez, así que esperas varios minutos demás (muchísimos) y te das cuenta que en vez de pagar tanto dinero por el valor del estacionamiento pudiste haber pasado por una pollería primero, y comer algo rico, porque no se te ocurre (bueno algunas veces si) ir al restaurante del segundo piso, donde los precios parecen haber sido copiados de Santiago, o Buenos Aires, o cualquier otro lugar donde el costo de vida es mayor -junto a su calidad-.
Te vas del Jorge Chávez con la persona a la que fuiste a recojer (y nunca digas que te van a "re-cojer" cuando llegues a la Argentina). Sales con alegría por haberte encontrado con alguien especial, pero con un poco de tristeza al haber vivido, por vez numero doscientos, la mala experiencia del aeropuerto nacional.
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