Camila, con quien viví una extraña y disparatada historia de amor de verano, llegó a mi vida de una forma casual e inesperada. Un día cualquiera hace ya varios años, había sido terrible para mí; entre lisuras y ceños fruncidos, decidí pasar por el banco antes de volver a casa para reportar un cobro aparentemente sin razón dentro de mi estado de cuenta.
Al llegar, la espera en línea fue ese poquito más que te vuelve malo con todo aquel que te dirige la palabra. Todo parecía ser el momento perfecto para explosionar con insultos y palabrotas frente al funcionario del banco que me pongan en frente. Pero me equivocaba al pensar así pues, al llegar a la ventanilla, su sonrisa me transformó, casi instantáneamente, en la persona más amable aunque insegura del mundo. Buenos días, señor ¿en qué le puedo ayudar? Me dijo esa preciosa mujer. Entre pausas y tartamudeos, alcancé decir algo relacionado a un cargo de más en mi último estado de cuenta. Al corroborar y resolver el problema, se ofreció a darme la mano con cualquier otra cosa que necesitara en ese momento. Pero yo no tenía excusas para quedarme a charlar y, para ser honestos, tampoco era el momento indicado.
Pasados dos días volví pretendiendo tener dudas sobre un asunto sin sentido dentro de mis pocas y pobres operaciones bancarias de esos días. Maldita sea, ella no estaba. La amable mujer de sonrisa perfecta no trabajaba ese día, así que me marché con la intención de volver nuevamente; tengo que pedirle su nombre y su número, pensé.
De ese modo, regresé una semana después; ahí estaba ella. Tan linda, tan perfecta, tan sonriente. Me acerqué enseguida pues no había mucha gente ahí y tras saludarla me olvidé por completo el pretexto ensayado para levantar una amena y pequeña charla que terminaría en una aceptada invitación a salir (según yo). Diablos, me decía en mi mente, dile algo, huevón, que te está mirando. Mira esos ojitos, y esa sonrisa, con ella me caso. ¡Mierda! Todavía no le dices nada; estás parado, hecho un idiota mientras haces rebotar tus dedos sobre el mostrador. ¿Ya? ¡Carajo! ¡Háblale!...
¿Señor? Me interrumpió el bochornoso momento sin dejar de sonreir. En ese momento pensé que estaba siendo un completo imbécil y debería dejar las tonterías a un lado.
–Perdóname; voy a ser honesto contigo- le dije -creo que eres la chica con la sonrisa más bonita del mundo y sé que me voy a arrepentir durante toda mi vida si no te invito a salir-. Pero usted ni siquiera sabe mi nombre, me respondió un poco sonrojada. Tu puedes llamarte como quieras, y aún así me vas a encantar. Luego de cubrirse instantáneamente la boca para evitar una carcajada se calmó mientras esa sonrisa cautivadora seguía sobre su rostro: Alejandra, me llamo Alejandra ¿y usted? Digo, ¿y tú?
Esa mañana empezó una bonita, intensa y, aunque corta, memorable historia. A las pocas semanas me di cuenta que Alejandra no era lo que yo realmente quería, mas si una chica estupenda. Probablemente fue muto, pues concluimos, ambos, en dejar las cosas de ese modo y no correr riesgos de corazones dañados. Decidimos ser amigos y la pasábamos muy bien juntos yendo a comer, a karaokes y a reuniones o fiestas. Una vez decidió hacer una pequeña reunión en su casa con algunos familiares y amigos cercanos. De hecho, esa fue la noche en la que, de forma casual e inesperada, conocí a Camila, su prima.
A continuación la foto de un perro y un pollito.
Al llegar, la espera en línea fue ese poquito más que te vuelve malo con todo aquel que te dirige la palabra. Todo parecía ser el momento perfecto para explosionar con insultos y palabrotas frente al funcionario del banco que me pongan en frente. Pero me equivocaba al pensar así pues, al llegar a la ventanilla, su sonrisa me transformó, casi instantáneamente, en la persona más amable aunque insegura del mundo. Buenos días, señor ¿en qué le puedo ayudar? Me dijo esa preciosa mujer. Entre pausas y tartamudeos, alcancé decir algo relacionado a un cargo de más en mi último estado de cuenta. Al corroborar y resolver el problema, se ofreció a darme la mano con cualquier otra cosa que necesitara en ese momento. Pero yo no tenía excusas para quedarme a charlar y, para ser honestos, tampoco era el momento indicado.
Pasados dos días volví pretendiendo tener dudas sobre un asunto sin sentido dentro de mis pocas y pobres operaciones bancarias de esos días. Maldita sea, ella no estaba. La amable mujer de sonrisa perfecta no trabajaba ese día, así que me marché con la intención de volver nuevamente; tengo que pedirle su nombre y su número, pensé.
De ese modo, regresé una semana después; ahí estaba ella. Tan linda, tan perfecta, tan sonriente. Me acerqué enseguida pues no había mucha gente ahí y tras saludarla me olvidé por completo el pretexto ensayado para levantar una amena y pequeña charla que terminaría en una aceptada invitación a salir (según yo). Diablos, me decía en mi mente, dile algo, huevón, que te está mirando. Mira esos ojitos, y esa sonrisa, con ella me caso. ¡Mierda! Todavía no le dices nada; estás parado, hecho un idiota mientras haces rebotar tus dedos sobre el mostrador. ¿Ya? ¡Carajo! ¡Háblale!...
¿Señor? Me interrumpió el bochornoso momento sin dejar de sonreir. En ese momento pensé que estaba siendo un completo imbécil y debería dejar las tonterías a un lado.
–Perdóname; voy a ser honesto contigo- le dije -creo que eres la chica con la sonrisa más bonita del mundo y sé que me voy a arrepentir durante toda mi vida si no te invito a salir-. Pero usted ni siquiera sabe mi nombre, me respondió un poco sonrojada. Tu puedes llamarte como quieras, y aún así me vas a encantar. Luego de cubrirse instantáneamente la boca para evitar una carcajada se calmó mientras esa sonrisa cautivadora seguía sobre su rostro: Alejandra, me llamo Alejandra ¿y usted? Digo, ¿y tú?
Esa mañana empezó una bonita, intensa y, aunque corta, memorable historia. A las pocas semanas me di cuenta que Alejandra no era lo que yo realmente quería, mas si una chica estupenda. Probablemente fue muto, pues concluimos, ambos, en dejar las cosas de ese modo y no correr riesgos de corazones dañados. Decidimos ser amigos y la pasábamos muy bien juntos yendo a comer, a karaokes y a reuniones o fiestas. Una vez decidió hacer una pequeña reunión en su casa con algunos familiares y amigos cercanos. De hecho, esa fue la noche en la que, de forma casual e inesperada, conocí a Camila, su prima.
A continuación la foto de un perro y un pollito.
1 comentario:
jaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa
CAMILA PUES! yo le cambiaria el nombre noseeee
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