viernes, 29 de agosto de 2008

Tennis con mis Tennis (sin publicar)

En uno de los correos que ultimamente he compartido con el encontrado Sergio, a quien no veo desde hace muchos años, le pedí que me refrescara la memoria con la historia del robo en su penthouse. Y es que sabía que había sido algo muy hilarante, pero no me acordaba de los detalles. Sergio, a su peculiar manera de redactar mails, me respondió lo siguiente:


Ja, esa historia de mierda. Bueno Pappo, aquí va:

Amanecía y los rayos del sol me hicieron abrir los ojos; me había quedado dormido al lado de la piscina en ese -ya olvidado- pent house de la calle Lara ¿lo recuerdas? yo te llevé un par de veces cuando eras un mocoso. No era raro para un amanecer de invierno limeño ya que pasabamos por mil novecientos noventa y ocho y su tan destructivo fenómeno del niño. Recordaba poco de la noche anterior; esas tipas que el che había traído ¿de dónde eran?

De pronto me di cuenta de algo que me hizo abrir bien los ojos sin importarme la sencibilidad que padecía a la luz. ¡Mierda! la mesa parrillera no tenía, más, los adornos esos que mi padre había traído de Taiwan y que, recordaba, me había dicho que resultaron muy caros. Cualquier cosa podía perderse en el penthouse, menos esos estúpidos adornos. De inmediato me compuse y caminé por toda la casa buscándolos, mientras me daba cuenta que no era lo único que faltaba.

El che dormía, todavía, a un lado del refrigerador, mientras que Esteban y Luciano se levantaban con un dolor de cabeza, al parecer, increíble. Che, levántate. Tus mujeres de mierda nos han robado, imbécil. El che parecía levantarse en medio de sueños porque no podía vocalizar una sola palabra y señalaba la puerta de la cocina.

Las rateras, a diferencia de las peperas, no se roban los riñones, mas todo lo que puedan cargar en sus manos dentro de la casa. Eso lo aprendí ese día. De ese poco que recordaba de la noche anterior, no descubría, en ninguna de las imágenes a modo de flashes, que las chicas tuvieran una apariencia, siquiera, cercana a la sospecha de que irían a cometer una fechoría como esa.

Puta madre, te robaron, Sergio, me decía Esteban repetidas veces, mientras yo trataba de pensar que eramos parte de una estúpida broma y que todas las cosas desaparecidas estarían escondidas en algún lugar de la casa. Cómo me equivocaba, maldita sea. Resultó que todos habíamos sido víctimas de robo; las billeteras no estaban, ni tampoco nuestros relojes y celulares. Todo, diablos, todo se lo habían llevado esas miserables.

Sin más remedio le pregunté al Che lo que había pensado al despertar ¿de dónde eran esas tipas que había traído la noche anterior? El che se quedó callado por unos segundos y más lúcido, ahora, me respondía con avergonzada honestidad. El loco ese había estado de parranda dos noches antes en uno de los dos únicos locales que existían en lo que hoy es el boulevard de Asia. Creo que conocía a un argentinoperuano que había iniciado el negocio ese del sur por esos días y le gustaba comer ceviche donde un tal señor Huamán. El caso es que de ahí las sacó. Las había visto bailando en una mesa y se había acercado a cazarlas para nosotros; pero qué buen amigo el imbécil ese, que no se había dado cuenta que el cazado era el, porque esas rateras andaban buscando víctimas entre los pavos esos que pasaban tiempo en asia por esos días.

Mi estimado Pappo, recuerdo que tú, aún en el colegio, me animabas a ir a ese lugar en el pequeño Samurai de tu amigo Julio que usabamos para ir al circuito de playas a veces. Qué suerte que no te hice caso; ahora detesto ese lugar y su estúpido boulevard debido a mi mala experiencia que empezó, justamente, ahí.

Espero haberte refrescado la memoria, y seguramente te estarás cagando de risa con las líneas anteriores. Oye y hablando de historias, tú tenías una de Tortugas, algo con un muelle o una nota así. Creo que ahora te toca compartirla.

Saludos, Pappo

Sergio "El Arnaldo".

1 comentario:

Unknown dijo...

BTW, hoy jugue tnnis. toy volviendo a las canchas. q vao?