lunes, 7 de julio de 2008

Los ciento ochenta grados de la Nereida


Mis padres y yo nos reuníamos cada tantos días para tener un sabroso almuerzo de comida de mar. El lugar, cuyo nombre no mencionaré porque este no es un espacio publicitario, tenía un excelente plato que decidieron incluir en la carta luego de que yo lo pidiera repetidas veces como una alteración a otro ya incluido. Era mi plato e hice que varias personas lo probaran: solo una dejó de darme su aprobación. Ese plato, junto a una deliciosa causa, un tiradito y algunas variaciones dependiendo del día hacía un ameno almuerzo para mi familia, en el que nos juntábamos a hablar cosas que, por motivo de diferencia de horarios, no podíamos tratarlas en casa.

El anuncio lo hacía mi padre cuando, cada poco tiempo me llamaba al móvil a preguntarme si quería almorzar con él, y yo hacía lo propio al llamar a mi madre. Hora pactada y, como siempre, era mi papá el último en llegar, aunque a veces era yo el primero en partir.

El dueño, un antiguo funcionario de uno de los grandes bancos de la capital, nos saludaba muy calurosamente, con un buen apretón de manos y, a veces, hasta con un abrazo. Y del mismo modo se despedía cuando nos retirábamos.

Afuera, había un señor de unos setenta años que pretendía estar cuidando los coches y renegaba si no le dábamos la respectiva propina al marcharnos. Era verdaderamente gracioso y, en ciertas ocasiones, aprovechaba su descuido para salir apresurado sin que me cobre el impuesto de su ley; no por avaro, mas por lo cómico que resultaba verlo renegar desde lejos.

Era un lugar muy agradable; cerca de mi casa, cerca de mi oficina, de la oficina de mi padre y en un distrito donde el sol brilla más que otros. Hace unos días, sin embargo, me enteré que el dueño del lugar cerró sus puertas para convertirlo en un edificio de oficinas. Le pagan poco más de ocho mil dólares al mes por el alquiler del inmueble y supongo que no tiene, más, la necesidad de continuar con el negocio. Me pregunto qué habrá sido del anciano cuidador de carros.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Las Nereidas!

Anónimo dijo...

Mami, Papi y Pappo....