sábado, 23 de agosto de 2008

Dolor de estómago

Setecientos cuarenta euros, diamante rojo ¿verdad, señor? ¿señor?

Realmente no era la lotería, pero me sentía muy tenso al manejar tanto dinero inmediato sin siquiera haberlo visto. Menos de una hora antes, me encontraba cruzando las puertas de ese casino en alta mar, donde para jugar, beber y fumar necesitaba tener esos diez y ocho años que ya no extrañaba más y que, de hecho, empezaba a ver casi a lo lejos. Qué diferencia con aquella primera vez en la que me había subido a un crucero; barely legal, como me decían en el bar, allá por la Rivera Maya. Pero ahora era distinto; ahora tenía más experiencia, tanto en cruceros como en casinos. Ya no jugaba a los slots, sino a la ruleta. Ya no me sentía un niño, sino un batallante lobo. Qué lección recibiría luego.

El barco aún estaba en camino entre dos puntos del mar mediterráneo y, por encima de la emoción de navegar frente a costa europea, también estaba la del goce dentro del completísimo pueblo-embarcación en el que me encontraba; precisamente del casino. Para qué engañarme; al diablo con la pista de patinaje, el cine y el centro comercial; el piano bar, la borda y el solarium. A mi solo me interesaba el casino (al menos de noche) y un par de cosas más. El resto ya lo había visto en viajes anteriores, pero el casino, "oh el casino nunca muere".

Con cinco de los únicos veinte euros predispuesto a gastar esa noche, entré a jugarle a la ruleta junto a varios señores y señoronas. Mi técnica (pues de estrategia no tiene nada), apuntarle al diamante rojo. Es uno o lo otro, rojo o negro, gano o pierdo, doblo u olvido. Y diamante rojo fue durante una, dos, tres y varias jugadas más. La racha me había tomado de la mano y me apretaba fuerte. Me sentía popular entre la gente que me hacía barra alrededor durante cada jugada en la que doblaba mis jugosos euros. Hombre, que con eso comparé tal y cual cosa, pensaba.

De pronto me di cuenta que estaba arriesgando mucho; ya no eran esos cinco simpletes euros del inicio. Doblar y seguir doblando me había llevado a setecientos cuarenta razones para abandonar la mesa como un hombre que, según Jose Antonio, debe saber cuándo retirarse. No sé bien qué pasó en ese instante; tal vez era ver a quienes aclamaban que siga jugando, o la mirada de esa persona que más tarde encontraría en la discoteca, o los labios del dealer que aparentemente me decían algo. No podía oir nada y todo lo veía en camara lenta.

Finalmente volví a mis sentidos y empecé a enfocar mi atención en el dealer. Setecientos cuarenta euros, diamante rojo ¿verdad, señor? ¿señor?, me repetía por última vez. Di una mirada alrededor y, aunque sospechaba que algo andaba mal, decidí acentar con la cabeza mientras solté la más errada de las frases: ¿por qué no?

La ruleta giró y giró por los segundos más largos percibidos hasta ese momento. De repente lo pude oir tras los mil rebotes que dio la bolita de mierda; era el sonido del fracaso, de la humillación, del momento en el que nadie es, más, tu amigo en la mesa y el dealer deja de caerte bien. Era el momento de la verdad, de dejar que se llevaran las fichitas de plástico que tranquilamente pudieron haberse convertido en euros reales. De voltear y notar que la mirada que me había dado suerte no estaba, más, alrededor. De saber, por fin, que debí haberme retirado una jugada antes. Tú habrías hecho mil cuatrocientos ochenta euros ¿sabes?, me decía una regordeta señora (¿por qué aparecerán tanto en mis melodías?), mientras yo me daba media vuelta y volvía a cruzar las puertas de ese casino en alta mar, derrotado, frustrado.



Moraleja: No apostar siempre al diamante rojo; a veces puede salir negro.

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