Cuando recién me lo mencionaron, para mi no era mucho, realmente. Me estaban ofreciendo un cargo atractivo aunque no muy excitante dentro de mis expectativas escolares. De hecho, asumo que se necesitaba de una excelente conducta, altas notas y buena talla: carecía de todas. Ya cursaba el último año; era un senior más y solo pensaba en terminar el colegio, hacer el viaje de promoción y conseguir una nueva novia aunque solo hasta diciembre (hombre, que a partir de Enero seguro que ya podría llamarme un universitario y el mundo cambiaría -creí-).
De cualquier modo y, como dije, no me parecía, aún, gran cosa. La verdad es que tampoco pensé que me lo propondrían, pero ya estaba ahí y tenía que dar una respuesta casi inmediata. Serás el brigadier general del colegio y eso te traerá ciertos beneficios, me dijo el sub director ¿Acaso no te gusta la idea?. Recién entonces empecé a prestarle más atención. ¿De qué beneficios estaríamos hablando? pregunté. Pues, serás la autoridad máxima entre todo el alumnado, tendrás reconocimiento académico en todos los cursos, altas posibilidades de ingresar a la universidad por entrevista y, claro, tu foto quedará en el Pasillo del Brigadier junto a las de todos los brigadieres generales que han pasado por el colegio.
Yo ya estaba poco menos que convencido de aceptar, así que le pregunté por más detalles: Lo único que te pedimos a cambio es que renuncies a la sinfónica. Mis ojos se abrieron con sorpresa y me hice para atrás aún en la silla. Señor Small, usted sabe que aún no hay otra persona que pueda cubrir el rol que tengo en la orquesta; no podría abandonarlos así. Bueno mi Beethoven (odiaba que me llamara así), a veces hay que hacer sacrificios para lograr algo mejor. ¿Mejor? para mí no hay nada mejor que pertenecer a la sinfónica. Mi Beethoven, en ese caso puedes olvidarte de ingresar a la universidad por recomendación. Yo estaba sorprendido porque me estaban poniendo en una posición a la que poco le faltó para llegar a ser un dilema. Terminé de pensar en cualquier otra cosa (porque mi decisión sería úinica) y respondí: Ni modo, no tengo otra alternativa. Pero yo me quedo en la sinfónica.
Me paré y salí de su oficina por mi propia cuenta aunque, con su mirada, el señor Small ya me estaba invitando a salir desde que notó mi deserción. Rechacé algo aparentemente bueno, aunque mi orgullo y el amor por la orquesta hicieron que me esforzara mucho para lograr salir del colegio con un promedio que me permitiera ingresar directamente a la universidad. Así que mi examen de admisión fue, en realidad, una entrevista -tal y como me lo habían ofrecido- y, en cuanto al puesto de brigadier general, se lo dieron a otra persona. No me arrepiento de absolutamente nada de lo que ocurrió durante esos días (aunque sí quisiera saber qué se siente dar un examen de admisión).
De cualquier modo y, como dije, no me parecía, aún, gran cosa. La verdad es que tampoco pensé que me lo propondrían, pero ya estaba ahí y tenía que dar una respuesta casi inmediata. Serás el brigadier general del colegio y eso te traerá ciertos beneficios, me dijo el sub director ¿Acaso no te gusta la idea?. Recién entonces empecé a prestarle más atención. ¿De qué beneficios estaríamos hablando? pregunté. Pues, serás la autoridad máxima entre todo el alumnado, tendrás reconocimiento académico en todos los cursos, altas posibilidades de ingresar a la universidad por entrevista y, claro, tu foto quedará en el Pasillo del Brigadier junto a las de todos los brigadieres generales que han pasado por el colegio.
Yo ya estaba poco menos que convencido de aceptar, así que le pregunté por más detalles: Lo único que te pedimos a cambio es que renuncies a la sinfónica. Mis ojos se abrieron con sorpresa y me hice para atrás aún en la silla. Señor Small, usted sabe que aún no hay otra persona que pueda cubrir el rol que tengo en la orquesta; no podría abandonarlos así. Bueno mi Beethoven (odiaba que me llamara así), a veces hay que hacer sacrificios para lograr algo mejor. ¿Mejor? para mí no hay nada mejor que pertenecer a la sinfónica. Mi Beethoven, en ese caso puedes olvidarte de ingresar a la universidad por recomendación. Yo estaba sorprendido porque me estaban poniendo en una posición a la que poco le faltó para llegar a ser un dilema. Terminé de pensar en cualquier otra cosa (porque mi decisión sería úinica) y respondí: Ni modo, no tengo otra alternativa. Pero yo me quedo en la sinfónica.
Me paré y salí de su oficina por mi propia cuenta aunque, con su mirada, el señor Small ya me estaba invitando a salir desde que notó mi deserción. Rechacé algo aparentemente bueno, aunque mi orgullo y el amor por la orquesta hicieron que me esforzara mucho para lograr salir del colegio con un promedio que me permitiera ingresar directamente a la universidad. Así que mi examen de admisión fue, en realidad, una entrevista -tal y como me lo habían ofrecido- y, en cuanto al puesto de brigadier general, se lo dieron a otra persona. No me arrepiento de absolutamente nada de lo que ocurrió durante esos días (aunque sí quisiera saber qué se siente dar un examen de admisión).
1 comentario:
A mi me dijeron que el puesto de escolta podría haber sido mio si es que hubiera medido 10 cm más
era muy pequeña par llevar el estandarte.
Yo tampoco di examen de admisión y también me gustaría saber como es, hay que hacer uno falso.
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