No, no. Deja eso, mejor no lo muevas, Brad se enfadará. Los tres miramos a Miguel con incertidumbre colectiva. ¿Qué era eso que hacía que MIguel le temiera a Brad, su compañero de cuarto? Habíamos escuchado rumores sobre su posible demencia pero nunca creímos que serían ciertos. El se molesta, y empieza a gritarme, nos dijo en un tono de voz que denotaba temor. ¿Qué? le dije, para enseguida soltar una carcajada acompañada por las de los otros dos visitantes. ¿Te haz vuelto un rosquete o qué? ¡trae para acá! le arranché el ridículo adorno de las manos cuando me di cuenta que no solo habían parado las risas, sino que Daniel tenía fija la mirada en la puerta. Al darme vuelta, aún con el adorno en mi poder, vi a Brad parado a un lado de la entrada del departamento. Había abierto la puerta muy sigilosamente y, con las mismas, la había cerrado detrás de él para permanecer mirándonos en silencio, ausente de-mente y con una expresión cuya intención daba saltos entre la furia y la inocencia. ¿Por qué no decía nada? ¿qué le ocurría? solo estaba ahí, parado, mirándonos por unos segundos hasta que lo saludé. Enseguida, Daniel derivó su sorpresa a las ganas de reir y trataba de contenerse mientras sorteaba miradas entre los ojos de "el loco Brad" y la alfombra del departamento. Está mirando, nos está mirando, murmuraba cada vez que bajaba el rostro.
No pasaron más de treinta segundos pero parecieron más que eso. Hugo y Daniel se pusieron de pie y tras despedirse de Miguel pasaron delante mío haciéndome la seña de retirada. Yo miré a Miguel, que ahora estaba totalmente mudo y con una cara de niño asustado. ¿Vamos? Miguel, ¿vamos?. Miguel no respondió, aunque ahora empezaba a mirar el adorno que yo tenía entre las manos y luego dirigía su mirada hacia el loco Brad que aún yacía en la puerta. Hizo lo mismo unas dos veces más y, como yo no obtenía respuesta, me di la vuelta y le seguí los pasos a mis otros dos amigos tras dejar el adorno sobre la mesa de donde lo tomamos. Al llegar al lado del loco Brad nos despedimos, pero él seguía inmóvil y su mirada permanecía fija hacia donde habíamos estado. ¿Qué estaría mirando, entonces, si no era a nosotros? ¿A Miguel? ¿Al estúpido adorno? Nada; el loco Brad no se movía y tampoco parpadeaba. Cómo nadie decía nada y el silencio ya me había llegado a incomodar demasiado, me aventuré a abrir la puerta premeditando cualquier reacción hostil; algún ataque de parte del loco Brad, una agresión, insultos, tal vez. No lo sabía, pero no quería quedarme, más, en ese lugar. Así que halé la puerta con el brazo derecho mientras pensaba que ese mismo brazo podía servirme de defensa ante alguna eventualidad. Y con un loco a mi lado ¿qué podía esperar?
Nada pasó; Brad, el loco, parecía inmune a sonidos y movimientos. Sus ojos seguían fijos en Miguel, o en el adorno, no lo sé. De cualquier modo, no le quité la mirada de encima mientras cruzaba la puerta y mis dos acompañantes hicieron lo propio. Una vez afuera, cuando el corazón nos dejó de latir aceleradamente, creamos hipótesis sobre lo que le iría a ocurrir al pobre de Miguel. Loquito se lo va a comer, decíamos entre risas. Puta madre, para mí que le va a caer encima y lo va a matar mordiéndole el cuello, pensé en voz alta. Después de todo, ese loco si nos asustó. Lo que realmente pasó detrás de esas paredes no lo sé. Pero el comentario de Daniel de hace unos minutos fue muy cierto ahora que han pasado varios años y se han visto tantas barbaridades : "Ese huevón pudo haber sacado un arma, man".
No pasaron más de treinta segundos pero parecieron más que eso. Hugo y Daniel se pusieron de pie y tras despedirse de Miguel pasaron delante mío haciéndome la seña de retirada. Yo miré a Miguel, que ahora estaba totalmente mudo y con una cara de niño asustado. ¿Vamos? Miguel, ¿vamos?. Miguel no respondió, aunque ahora empezaba a mirar el adorno que yo tenía entre las manos y luego dirigía su mirada hacia el loco Brad que aún yacía en la puerta. Hizo lo mismo unas dos veces más y, como yo no obtenía respuesta, me di la vuelta y le seguí los pasos a mis otros dos amigos tras dejar el adorno sobre la mesa de donde lo tomamos. Al llegar al lado del loco Brad nos despedimos, pero él seguía inmóvil y su mirada permanecía fija hacia donde habíamos estado. ¿Qué estaría mirando, entonces, si no era a nosotros? ¿A Miguel? ¿Al estúpido adorno? Nada; el loco Brad no se movía y tampoco parpadeaba. Cómo nadie decía nada y el silencio ya me había llegado a incomodar demasiado, me aventuré a abrir la puerta premeditando cualquier reacción hostil; algún ataque de parte del loco Brad, una agresión, insultos, tal vez. No lo sabía, pero no quería quedarme, más, en ese lugar. Así que halé la puerta con el brazo derecho mientras pensaba que ese mismo brazo podía servirme de defensa ante alguna eventualidad. Y con un loco a mi lado ¿qué podía esperar?
Nada pasó; Brad, el loco, parecía inmune a sonidos y movimientos. Sus ojos seguían fijos en Miguel, o en el adorno, no lo sé. De cualquier modo, no le quité la mirada de encima mientras cruzaba la puerta y mis dos acompañantes hicieron lo propio. Una vez afuera, cuando el corazón nos dejó de latir aceleradamente, creamos hipótesis sobre lo que le iría a ocurrir al pobre de Miguel. Loquito se lo va a comer, decíamos entre risas. Puta madre, para mí que le va a caer encima y lo va a matar mordiéndole el cuello, pensé en voz alta. Después de todo, ese loco si nos asustó. Lo que realmente pasó detrás de esas paredes no lo sé. Pero el comentario de Daniel de hace unos minutos fue muy cierto ahora que han pasado varios años y se han visto tantas barbaridades : "Ese huevón pudo haber sacado un arma, man".
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