martes, 8 de julio de 2008

Sentado donde haya internet

Muy feliz. Así estaba esa noche en lo que era una de las primeras aproximaciones que tuve al mundo de eventos y demás gracias a la gentileza de mi padre, que decidió llevarme a ver cómo producía un evento de mediana escala en una ciudad al sur del país. De un lado al otro por detrás del escenario, mis quince años parecían, ahora, más interesantes. Junto a los músicos y el staff de la producción que papá manejaba, pretendía estar aprendiendo cosas, ya que todo me parecía muy tedioso, difícil y confuso, todavía.

Luego de enamorarme de la emoción, decidí bajar a uno de los lados del escenario; vivir la experiencia como un outsider, como un espectador más dentro del montón de los borrachosos asistentes de esa noche. Así terminé en medio de un grupo local, haciendo forzados saludes entre opiniones de fútbol y música. Estoy in, pensaba, mientras simulaba disfrutar de la cerveza que tomaba con mis nuevos amigos.

Cada cierto tiempo miraba al escenario mientras empezaba a gustarme (recién) la música de unos muchachos que sonaban bastante bien y que reconocía tras haberla escuchado en la radio –bueno, solo algunas de esas canciones-. Oye qué bacán suenan estos patas, le decía a uno de mis chabacanos acompañantes.

De pronto una chiquilla de unos catorce o quince años irrumpió en el grupo con un llanto desesperado; buscaba a su hermanita perdida. Nadie le prestaba atención al principio, pero luego todos empezaron a distanciarse de ella sin decir nada para obviarla. Aparentemente solo se trataba de una de las exageraciones muy conocidas en ella, o así me enteré luego de pasar por el papel de estúpido al ayudarla a encontrar a su hermanita que, fácilmente, bordeaba los treinta años.

El resto es historia, aunque al grupo musical aquél lo volví a ver en vivo la última noche de brujas, luego de muchos años. Estarán viejos pero todavía son caña, pensé.

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