Veníamos del colegio, eso lo recuerdo. Eran días dentro de la etapa que yo llamo feliz. Dos preocupaciones solamente (hacer la tarea y divertirse), naturalidad, risa y alegría de vivir. Por esos días, a mi padre se le dio por recogerme de la escuela primaria unas cuatro veces por semana y llevarme a casa, no sin antes pasar por un pequeño escondite en una esquina en el centro de Lima. Ahí servían, todos los días, un exquisito menú criollo que pasaba mis expectativas culinarias y las de mi progenitor. Nos habíamos vuelto cómplices en el asunto, pues llegábamos a casa a "almorzar luego de almorzar" sin que mamá se enterara.
Debido a que para llegar a nuestro hogar había que cruzar la ciudad entera, en los tramos libres mi padre siempre aceleraba sin culpa del gasto del combustible que, aunque nunca tuvo que pagarlo, era muy barato por esos días. Valía la pena vivir tan lejos. Después de todo, teníamos un mejor clima junto a los cerros y mucho jardín.
¡Estás llendo a ciento cincuenta!, grité con emoción mientras corríamos por la carretera panamericana en esa pick up naranja de mi padre. De pronto, él abrio solo un poco el vidrio del piloto y me dijo que haga lo mismo con el mío. El aire entraba con un sonido ensordecedor que alimentaba mi sensación de libertad por la carretera y hacía aparecer una gran sonrisa en mi. Mi padre, enseguida, sacó su brazo por la ventana y, alzando la voz para que lo pueda escuchar, me dijo que sacara el mío para aletear y hacer que la furgoneta despegue como un avión. Aún con esos rezagos de inocencia infantil llegué a creer que si aleteabamos lo suficientemente rápido llegaríamos a tomar vuelo -física simple de un niño de siete años-.
Así, me esmeré en aletear, ahora con un rostro que denotaba seriedad y mucho esfuerzo en la proeza que queríamos cumplir, muy concentrado en lograr el famoso despegue y poniéndole todas las ganas del mundo. Repentinamente -y ese ingenioso truco lo deduzco ahora- mi padre hizo descansar el motor haciendo el cambio a neutro. Las revoluciones bajaron y el sonido se agudizó permitiéndome "notar" que ya no tocabamos tierra con los neumáticos. ¡Estamos volando! me decía, y yo seguía aleteando para tomar más altura, esta vez aún más concentrado en lo que hacía. A los pocos segundos volvió a enganchar la quinta velocidad y el sonido del motor irrumpió con fuerza. Habíamos vuelto a aterrizar.
El aleteo ya no era necesario y era hora de bajar la velocidad. "Pasu, igualito que un avión, papá", le dije más emocionado que nunca. Estaba muy feliz porque tenía una historia que contarle a mi mamá llegando a casa, a mis compañeros de clase al día siguiente, y a mis cinco lectores muchos años más tarde.
2 comentarios:
Bellisima historia.
en realidad seis.
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