Ayer volé cometa después de mucho tiempo. Había olvidado, un poco, cómo era la cosa con las cometas (cometas reales y no slang de barrio). Afortunadamente, todavía podía volar una, aunque pequeña y gracias al aire de Cieneguilla. Me acordé de la perfectísima cometa de Batman que me compró mi padre cuando tenía siete años.
Recuerdo que esa tarde llegó a casa con esa mirada de complicidad que me daba para que yo corra y me pare al lado de su carro, de tal modo que a través del vidrio del copiloto pudiese ver qué me había traído. Así pasó con el cartucho de Contra para Nintendo, con el hacedor de enormes burbujas, con mi juego de snorkel y otros cuantos juguetes (pues eso eran para mi: juguetes que sobresalían a los de ejercicio mental, libros y demás que mi padre me regalaba seguido cuando niño) que, esta vez, se sumaban a la enorme cometa de Batman. Era gigante de acuerdo a mi perspectiva. Sería la envidia de los chicos de la cuadra; ninguna cometa era mejor, ninguna era más grande. Mi padre me animó a salir en su carro al campo abierto para volarla y, a mi corta edad, eso era tan excitante como cuando descubrí el yahoo en español, varios años más tarde.
A los pocos minutos, mi padre y yo ya estabamos en medio de una chacra que colindaba con el antiguo aeroclub de Collique. Él me enseñó cómo hacerla despegar ya que tenía su "maña" por ser tan grande y pesada. Pero una vez en el aire, mi enorme cometa de Batman ascendió y siguió haciéndolo gracias a las condiciones y, por supuesto, al grande rollo de pabilo que mi padre había conseguido para nosotros. Se va a ir hasta el cielo, pensaba.
Le va a ganar a las avionetas de Collique, decía en voz alta mientras una enorme sonrisa se formaba en mi cara, y otra más pequeña en la de mi padre. Tienes que jalar y soltar de a pocos, me decía él, mientras yo seguía con la enorme sonrisa y ejecutaba al pie de la letra sus instrucciones. Ese momento estaba siendo muy feliz para mi y hoy me doy cuenta de lo fácil que es, para un niño, ser feliz por ratos. Lamentablemente, en algunos casos tengo muy mala suerte, y este no era la excepción. De un momento a otro, el punto azul en el cielo desapareció (me pregunto qué tan alto habría estado volando esa cometa), y ya no respondía a mi "comando" cuando halaba del pabilo. Mi padre salteaba miradas conmigo y con el cielo hasta que dijo algo como "uy, ¡qué pasó!". Yo lo miraba confundido y luego miraba, también, el cielo, buscando ese punto azul que había desaparecido un instante atrás.
La escena duró unos tres o cuatro minutos hasta que el pabilo terminó de caer, solo, sin cometa, sin mi enorme cometa de Batman con la que sería la envidia de la cuadra. Yo era muy pequeño para entender algo tan grave como la pérdida de mi cometa y, por eso, mi padre trató de consolarme diciendo que, efectivamente, le había ganado a las avionetas. Mi enorme cometa de Batman se había ido, justamente, hasta el cielo.
Recuerdo que esa tarde llegó a casa con esa mirada de complicidad que me daba para que yo corra y me pare al lado de su carro, de tal modo que a través del vidrio del copiloto pudiese ver qué me había traído. Así pasó con el cartucho de Contra para Nintendo, con el hacedor de enormes burbujas, con mi juego de snorkel y otros cuantos juguetes (pues eso eran para mi: juguetes que sobresalían a los de ejercicio mental, libros y demás que mi padre me regalaba seguido cuando niño) que, esta vez, se sumaban a la enorme cometa de Batman. Era gigante de acuerdo a mi perspectiva. Sería la envidia de los chicos de la cuadra; ninguna cometa era mejor, ninguna era más grande. Mi padre me animó a salir en su carro al campo abierto para volarla y, a mi corta edad, eso era tan excitante como cuando descubrí el yahoo en español, varios años más tarde.
A los pocos minutos, mi padre y yo ya estabamos en medio de una chacra que colindaba con el antiguo aeroclub de Collique. Él me enseñó cómo hacerla despegar ya que tenía su "maña" por ser tan grande y pesada. Pero una vez en el aire, mi enorme cometa de Batman ascendió y siguió haciéndolo gracias a las condiciones y, por supuesto, al grande rollo de pabilo que mi padre había conseguido para nosotros. Se va a ir hasta el cielo, pensaba.
Le va a ganar a las avionetas de Collique, decía en voz alta mientras una enorme sonrisa se formaba en mi cara, y otra más pequeña en la de mi padre. Tienes que jalar y soltar de a pocos, me decía él, mientras yo seguía con la enorme sonrisa y ejecutaba al pie de la letra sus instrucciones. Ese momento estaba siendo muy feliz para mi y hoy me doy cuenta de lo fácil que es, para un niño, ser feliz por ratos. Lamentablemente, en algunos casos tengo muy mala suerte, y este no era la excepción. De un momento a otro, el punto azul en el cielo desapareció (me pregunto qué tan alto habría estado volando esa cometa), y ya no respondía a mi "comando" cuando halaba del pabilo. Mi padre salteaba miradas conmigo y con el cielo hasta que dijo algo como "uy, ¡qué pasó!". Yo lo miraba confundido y luego miraba, también, el cielo, buscando ese punto azul que había desaparecido un instante atrás.
La escena duró unos tres o cuatro minutos hasta que el pabilo terminó de caer, solo, sin cometa, sin mi enorme cometa de Batman con la que sería la envidia de la cuadra. Yo era muy pequeño para entender algo tan grave como la pérdida de mi cometa y, por eso, mi padre trató de consolarme diciendo que, efectivamente, le había ganado a las avionetas. Mi enorme cometa de Batman se había ido, justamente, hasta el cielo.
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