¿Y tú? ¿qué trabajo piensas hacer?
Ese taller era temido por los graduandos de la carrera y yo lo sabía desde que estaba en el primer ciclo, cuando veía a los grupos entrar a sustentar sus campañas y, con frecuencia, salir entre lágrimas.
Casi seis años después me tocaba a mi y a las personas que habían sobrevivido a lo largo de la carrera; un grupo que, aunque extraño, muy ameno. Pero los momentos de bromas y relajo no tenían cabida en esa introducción al temible taller de agencia. Lo tomábamos muy a pecho y era como la vida real; después de todo, muchos ya estábamos terminando de hacer las prácticas pre profesionales y algunos, incluso, ya estaban contratados. Todos sabíamos lo que implicaba estropear una campaña y, el costo en el taller, a diferencia de la vida real, podía conducirnos a una imposibilidad para graduarse.
Yo veré toda la producción publicitaria, le respondí a Fedora. A cada uno le preguntaba lo mismo y, seguidamente los bombardeaba con preguntas sobre experiencia en el campo, agencias y campañas en las que habían trabajado. Siempre encontraba un por qué para hacernos pisar tierra; después de todo, seguíamos siendo alumnos hasta esos días. Escuché muchas respuestas y refutaciones que Fedora le dio a varios, despertando colores rojos en algunos rostros, murmuros de mala suerte y miradas de tristeza. Yo esperaba algo similar, lo admito. Pero nunca pensé en escuchar las palabras de Fedora: ¿producción publicitaria?. Se quedó callada un par de segundos mientras miraba al resto de la clase. Todos esperaban que dijera una de sus maldades y aquellas eran poco predecibles.
Sonrió mientras terminaba de hacer ese paneo visual y me dijo: Búscate otro trabajo ¿ya? Porque para ser productor necesitas saber mucho sobre muchas cosas, y discúlpame pero un alumno no está en esas condiciones. Me sentí como Kevin Arnold en sus peores momentos, incluyendo la música de fondo de Turn Turn Turn. Recuerdo la mirada de Eduardo, un amigo, como queriendo decirme que no me lo tome tan en serio.
Fedora ya estaba dándome la espalda para continuar con su tortura de forma aleatoria cuando le dije: No, yo quiero hacer la parte de producción publicitaria. Volteó, voltearon todos a mirar, y contra toda predicción que implicaba unas palabras de humillación, solo me dijo: Bueno, veremos qué pasa, entonces.
Fue un alivio por un segundo, porque la tensión de soportar la idea de hacer mi trabajo más que bien me cayó encima enseguida. Lo que pasó en los siguientes cuatro meses fue tormentoso, agotador y duro. Sin embargo, al final del taller, todo terminó con una dosis generosa de satisfacción para mi.
Hoy me acordé de ella y de cómo llegué a tomarle cariño cuando la vi en una foto con todos los excelentísimos de la facultad.
Ese taller era temido por los graduandos de la carrera y yo lo sabía desde que estaba en el primer ciclo, cuando veía a los grupos entrar a sustentar sus campañas y, con frecuencia, salir entre lágrimas.
Casi seis años después me tocaba a mi y a las personas que habían sobrevivido a lo largo de la carrera; un grupo que, aunque extraño, muy ameno. Pero los momentos de bromas y relajo no tenían cabida en esa introducción al temible taller de agencia. Lo tomábamos muy a pecho y era como la vida real; después de todo, muchos ya estábamos terminando de hacer las prácticas pre profesionales y algunos, incluso, ya estaban contratados. Todos sabíamos lo que implicaba estropear una campaña y, el costo en el taller, a diferencia de la vida real, podía conducirnos a una imposibilidad para graduarse.
Yo veré toda la producción publicitaria, le respondí a Fedora. A cada uno le preguntaba lo mismo y, seguidamente los bombardeaba con preguntas sobre experiencia en el campo, agencias y campañas en las que habían trabajado. Siempre encontraba un por qué para hacernos pisar tierra; después de todo, seguíamos siendo alumnos hasta esos días. Escuché muchas respuestas y refutaciones que Fedora le dio a varios, despertando colores rojos en algunos rostros, murmuros de mala suerte y miradas de tristeza. Yo esperaba algo similar, lo admito. Pero nunca pensé en escuchar las palabras de Fedora: ¿producción publicitaria?. Se quedó callada un par de segundos mientras miraba al resto de la clase. Todos esperaban que dijera una de sus maldades y aquellas eran poco predecibles.
Sonrió mientras terminaba de hacer ese paneo visual y me dijo: Búscate otro trabajo ¿ya? Porque para ser productor necesitas saber mucho sobre muchas cosas, y discúlpame pero un alumno no está en esas condiciones. Me sentí como Kevin Arnold en sus peores momentos, incluyendo la música de fondo de Turn Turn Turn. Recuerdo la mirada de Eduardo, un amigo, como queriendo decirme que no me lo tome tan en serio.
Fedora ya estaba dándome la espalda para continuar con su tortura de forma aleatoria cuando le dije: No, yo quiero hacer la parte de producción publicitaria. Volteó, voltearon todos a mirar, y contra toda predicción que implicaba unas palabras de humillación, solo me dijo: Bueno, veremos qué pasa, entonces.
Fue un alivio por un segundo, porque la tensión de soportar la idea de hacer mi trabajo más que bien me cayó encima enseguida. Lo que pasó en los siguientes cuatro meses fue tormentoso, agotador y duro. Sin embargo, al final del taller, todo terminó con una dosis generosa de satisfacción para mi.
Hoy me acordé de ella y de cómo llegué a tomarle cariño cuando la vi en una foto con todos los excelentísimos de la facultad.
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