martes, 27 de enero de 2009

Memorias durante la guerra tibia

Anabel y yo decidimos salir a conocer más de la selva un día antes de regresar a Lima. Tras tomar la carretera por unos minutos y haber pasado por un par de pueblos cercanos a nuestro hotel, decidimos enganchar la tracción del coche e ir por uno de los lados del río. La cosa iba de maravilla; ahora sí estabamos conectados con la naturaleza. Tenía en mente los ruidos de animales que hacen unos amigos cuando se refieren a la selva, mientras maniobraba con la reductora siguiendo una de las leyes básicas del offroad: No ir tan rápido como para maltratar el carro, ni tan lento como para quedarse atollado.

En un momento dado solo quedaba vadear el río y seguir por la otra orilla del mismo ya que era la única manera de continuar con nuestra aventura. El carro es un toro; buena potencia, excelente torque, caja reductora y "punta agresiva", como le han dicho. Todo bien, aunque con un pequeño problema; en todos los años que he venido haciendo offroad me he dado cuenta que cruzar ríos no es mi forté. Cuando llega el momento, el pie me tambalea; siento que el carro se me va con la corriente a pesar de seguir toda la parte teórica aprendida. Nunca solo y casi siempre con eslinga de alguien más. De cualquier modo, esa era la ocasión para reivindicarme y demostrarle a mis amigos cuatreros que no tendrían, más, razones para burlarse de mí con respecto al tema (pero prefiero el desierto ¿y?).

Un respiro fue el predecesor y luego vino la pisada a criterio. No había llegado a tocar el agua cuando el carro empezó a desacelerar mientras sentía que tomaba una pendiente cuesta abajo. Mi intriga vino acompañada de la mirada de sorpresa de Anabel. Enseguida abrí la puerta y vi que tenía lodo muy cerca a la altura del piso del carro. Miré a mi copilota y le dije "nos fuimos a la mierda; creo que he agarrado filtraciones". Mi error más estúpido fue intentar bajarme del vehículo, y solo me di cuenta tras hundir mi pierna unos veinte centímetros en lo que, en efecto, era lodo formado por filtraciones del río en la orilla. Quienes hacen offroad saben temerle a este tipo de terreno a menos que carguen llantas para barro, unas buenas y gruesas cadenas para ponerlas sobre ellas, y un 4x4 con mucha altura.

Con un pie atrapado en algo así como arenas movedizas y el resto de mi cuerpo apoyado en el carro intenté librarme de esa trampa natural. El problema es que mientras más se intente salir de ahí más se hunde uno, así que me aferré al asiento del piloto y jalé con todas mis fuerzas. Sentí como el tirón hizo que mi sandalia se rompiera en el fondo del lodo y logré sacar media pierna llena de barro. No había tiempo para limpiarse, así que subí e hize mis mejores intentos de salir de ahí por la fuerza del motor. Cuando el olor me anunciaba que faltaba poco para quemar mi embrague decidí parar. El carro estaba, ahora, más hundido que en un principio.

Me di cuenta, un poco más calmado ahora, que el lodo solo estaba en la parte de adelante así que de un buen salto llegué a pararme en tierra seca. Pude ver la boludez que había cometido con una mejor perspectiva; necesitaba que otro coche tirara de panzer con eslinga. Y todo por no salir a tantear el terreno antes de avanzar.

Con la ayuda de varios, horas más tarde pude respirar tranquilo mientras el buen Panzer era rescatado de esa mala experiencia.

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