Una ligera y pretenciosa sonrisa yacía casi congelada sobre mi cara; así que se iba a casar. No sabía si sorprenderme porque me había invitado a su boda o porque finalmente algún hombre -de hecho, uno muy extraño- la había llegado a entender de tal forma que ahora contrairían nupcias. La última vez que la había visto fue cuando, por casualidad, caí por ese vecindario en donde había pasado mi niñez. Allí nos cruzamos, en la puerta de una tienda de abarrotes, y así lo hicieron, también, nuestros saludos y sus casi instantáneas despedidas. En esa ocasión no conversamos, solo la pude ver un par de segundos y noté que estaba más delgada, eso fue todo.
Pero ahora me estaba invitando a su boda, y yo ni siquiera tenía a quién pedirle que me acompañe (porque algo he aprendido sobre bodas, y es que si no conoces a ninguna persona en ella más vale ir acompañado, con una dama para pasar un grato momento o con un compañero para aprovechar la ilusión que los matrimonios generan en las chicas solteras) y, para ser honestos, tampoco me interesaba mucho la idea de asistir. He oído muchas veces que no es bueno ir al matrimonio de alguien con quien alguna vez se tuvo una historia, por cuestiones éticas, supongo; pero a mi no me interesaba ir porque realmente, en el fondo, no me gustan las bodas. Para mí es una especie de fiesta de disfraces; detesto la formalidad y la sigo solo por cuestiones protocolares. En las bodas, la única persona honesta es la novia, porque es el día más feliz de su vida (en teoría) y es, como lo han dicho en varias películas, el único día en el que ella es el centro de atención total.
En fin, creo que para los novios, las bodas deben ser una tormenta de nervios. Si hay algo peor que una boda que sale mal, es una proposición de boda que resulta terrible, sobre todo cuando el novio ha invertido mucho tiempo, planeamiento, dinero y las mejores de sus intenciones en hacerlo público.
Pero ahora me estaba invitando a su boda, y yo ni siquiera tenía a quién pedirle que me acompañe (porque algo he aprendido sobre bodas, y es que si no conoces a ninguna persona en ella más vale ir acompañado, con una dama para pasar un grato momento o con un compañero para aprovechar la ilusión que los matrimonios generan en las chicas solteras) y, para ser honestos, tampoco me interesaba mucho la idea de asistir. He oído muchas veces que no es bueno ir al matrimonio de alguien con quien alguna vez se tuvo una historia, por cuestiones éticas, supongo; pero a mi no me interesaba ir porque realmente, en el fondo, no me gustan las bodas. Para mí es una especie de fiesta de disfraces; detesto la formalidad y la sigo solo por cuestiones protocolares. En las bodas, la única persona honesta es la novia, porque es el día más feliz de su vida (en teoría) y es, como lo han dicho en varias películas, el único día en el que ella es el centro de atención total.
En fin, creo que para los novios, las bodas deben ser una tormenta de nervios. Si hay algo peor que una boda que sale mal, es una proposición de boda que resulta terrible, sobre todo cuando el novio ha invertido mucho tiempo, planeamiento, dinero y las mejores de sus intenciones en hacerlo público.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario