miércoles, 15 de octubre de 2008

Mr. RCB (por ECN)

Mi hermana y yo andábamos muy distraídos, como cada mañana, peleando en los asientos de atrás de ese recordado y hasta ahora apreciado Nissan Sentra Clásico de inicios de los noventa. El tema con respecto a ese carro es que fue el primero que mi padre le regaló a mamá. El mismo donde mi madre, mi hermana e, incluso yo dimos los primeros pasos (o rodadas) al volante. Mi madre adoraba su coche; suyo, de nadie más. Su nissan Sentra nuevo para la época, salido impecable de tienda y tan cómodo como un Chevy Impala -de hecho, nunca tanto-.

Esa mañana, mi padre, al volante, manejaba apresurado, tratando de cruzar la ciudad en medio del tráfico. Mi madre venía con nosotros como pocas veces, y es que seguramente irían a hacer algo juntos aquel día. De pronto, mi padre optó por tomar un camino auxiliar cuyo sentido real era una interrogante para nosotros. Ahora íbamos más rápido y eso despertó mi atención como para dejar de discutir con mi hermana y mirar al frente con un morbo que disfrutaba de niño cada vez que mi padre corría de esa manera.

Mi cara cambió y dejó totalmente su emoción cuando vi salir desde el otro lado de una curva a un carro que venía en sentido contrario. Todo fue tan rápido que no pudieron haber pasado más de dos segundos desde que lo vi hasta que impactamos, frente contra frente. Recuerdo la imagen con mucha claridad. Los reflejos rápidos de mi padre lo hicieron virar instantáneamente hacia la derecha para evitar el impacto. De hecho, si lo hubiese logrado, asumo que habría sido por centímetros. El otro conductor (puto), desgraciadamente, se aventuró a girar hacia su izquierda. Pero ¿qué diablos? ¿acaso trataba de golpearnos intencionalmente? ¿era tan estúpido? Su pieza de mierda (porque eso era; una pieza de mierda que seguramente había tenido mucha estética tres o cuatro décadas antes de eso), por la antigüedad, era un auto duro, construido con mucho fierro y, por lo tanto, fuerte frente a ese compacto construido con un material más “ligero” de inicios de la década anterior.

El impacto en sí fue muy brusco. Recuerdo el sonido, muy parecido al de aplastar una lata con el pie, sumado a una grave corchea con un bombo (El che dice: ¿cómo mierda querés que me imagine ese sonido?). Mi cara, sin más emoción, llegó a estrellarse contra la cabecera del asiento de mi madre. Los pies de mi hermana golpearon fuertemente la parte de atrás del asiento del conductor. Mis padres, ambos, fueron sujetados por los cinturones de seguridad y evitaron golpearse contra el parabrisas. Pocos segundos más tarde mi padre preguntaba si todos estábamos bien. Mi hermana y yo no decíamos una sola palabra porque estábamos asustados y solo atinábamos a mirarnos uno al otro mientras tratábamos de suavizar el dolor de los golpes con nuestras manos. Una mirada alrededor y mi tierna y adorable madre dijo unas palabras que no olvidaré: ¿Qué le haz hecho a mi carro? ¡Mi carro!

Ese día llegué tarde a clases.


1 comentario:

Ale dijo...

Este post solo refuerza la teoría de que no son las mujeres las que manejamos mal. Son ustedes los culpables de tanto choque. He dicho!