domingo, 19 de octubre de 2008

La competencia de Coraje

Llegó a casa cuando yo aún estaba en el colegio. Era una pequeña bola de pelos y dificilmente podíamos distinguir sus ojos que, junto a su lengua azul oscura y el color negro de su pelaje, lo harían merecedor del poco original nombre de Blacky. Recuerdo que cuando lo vi me opuse un poco a su estadía permanente porque ya no quería otro, pero con el tiempo me encariñé tanto con él que mi hermana llegó a referirse a nosotros como "los bestest friends".

Ese pequeño chow chow se convirtió, en pocos meses, en mi compañerito de la noche. Lo hacía correr por el parque cuando aún era muy pequeño como para subir con facilidad las veredas. Me di cuenta que por la ternura que reflejaba su comportamiento y su caminada era una herramienta perfecta para iniciar facilmente una conversación con las chicas, incluso cuando algunos amigos empezaron a decir que eramos muy parecidos; son igualitos, me decían. Mientras crecía iba comiendo más y, por lo tanto, tenía que pasar más tiempo paseándolo. Lo llevaba a caminar largos tramos, a la casa de amigos y familiares. Una vez lo llevamos hasta Piura y nos dimos cuenta de lo difícil que era llevar a un cachorro en el carro. Con el tiempo, Blacky se hizo más fuerte y, tras destruir tres correas, ahora era él quien dirigía las caminatas.

Extrañamente, desde pequeño resultó ser bastante dócil con las personas, cuando lo normal en su raza uraña y malhumorada es el recelo con quien no sea su dueño. Siempre disfrutó de las caricias de cualquier persona, recostándose sobre uno de sus lados para esperar que le hicieran cosquillas en la panza. Pero por alguna razón empezó a odiar a todos los demás perros. Una amiga de mi hermana, veterinaria, concluyó que Blacky sufría una condición psicológica por la cual pretendía ser un humano más, como producto del cariño y el trato que le habían dado desde pequeño. Pero su instinto animal volvía a florecer cuando se cruzaba con alguna canina en la calle. De hecho, gracias a la explicación de su condición mental no nos sorprendió, más, que se echara estirando las patas, como lo hacemos las personas, o que disfrutara ver televisión a mi lado, o que tomase una actitud de culpable cada vez que había hecho algo malo. Después de todo, Blacky siempre fue considerado el sexto miembro de la familia. Y qué especial se volvería, al no comer huesos ni verduras. El prefería la carne y la comida china, además de las papas fritas que venían de Bembos.

Hoy Blacky ya está viejo. Ha vivido más tiempo de lo que normalmente vive un perro de su raza y se ha ganado el cariño de más personas. Lamentablemente, ya no puede vivir conmigo por reglas del edificio así que pasa su vejez en el hogar de una persona que también lo quiere mucho. Por supuesto, mis padres y yo le seguimos el rastro muy de cerca, visitándolo y cubriendo los gastos de cuidados y comidas. Ayer lo llevé a la playa y me di cuenta que nunca había entrado al mar. Para él era algo totalmente nuevo y refrescante, a tal punto que no quería salir del agua. Vi que se divertió mucho entre chapuzones y persecusiones que le hacía a gaviotas y cangrejos. Estoy seguro que se emocionó y, por encima de haber hecho un desastre en la parte de atrás de mi carro, yo también me sentí feliz de que mi bestest friend disfrutara un día at the beach.

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