domingo, 31 de agosto de 2008

A la hora del té (quinta y última parte)

A sus quince años, Paola ya estaba enamoradísima de Braulio, un muchacho al que consideraba su primer amor y al que, lamentablemente, sus padres le prohibieron ver de la manera más dramática para una quinceañera: alejándolos. La historia parecía haber terminado para Paola y Braulio cuando la primera se mudo, por circunstancias de la vida, hacia el país de las hamburguesas, los Red Sox y American Airlines. Allí conoció y se enamoró de su ex esposo; ahí vivió y se entregó a los suyos, a su trabajo, a su vida y a lo que era parte de ella: sus hijos.

Con el pasar de los años el supuesto destino le sonreía a Paola, y de qué manera: ahora vivía en una hermosa ciudad en La Florida; tenía el trabajo soñado, los hijos soñados, una buena posición social y económica, y ese espíritu vivaz que conserva hasta el día de hoy. Pero el destino no es tan bueno; al menos no lo es para todos. Paola pasó por una crisis emocional durante su proceso de divorcio. Pagó mucho dinero para lograrlo y luchó hasta el final por la custodia de sus hijos. Ella los amaba y eran lo único verdadero dentro de esa relación que ya dejaba de funcionar.

Sin pensarlo, se decidió a ver por su familia -ahora- reducida. El trabajo tenía horas largas, los momentos de relajo eran pocos, el cansancio era mayor, la vida era, aún, más rápida de lo que suele ser vivir en los enormes pezones del tío Sam. Pero Paola lo veía todo positivo; después de todo, tenía a sus dos hijos con ella y eso la hacía, por encima de las malas sangres, muy feliz. Y lo sería más luego de un tiempo.

Un día, revisando su correo, Paola encontró, en su bandeja de entrada, un mail que nunca habría, siquiera, sospechado recibir. Era Braulio, su primer amor, su inocente amor de infancia. Así es; Braulio le había escrito un correo luego de saber de ella y enterarse, en Lima, de su divorcio. El mismo Braulio que veinticinco años atrás había tenído que sufrir, como ella, la separación de un amor de muchas ilusiones. ¿Qué querría Braulio? se preguntaba ella. Por amigas de la infancia se había enterado que él estaba casado y no le parecía adecuado responder a ninguno de sus correos, que con las semanas fueron incrementando. Paola incluso pensó mal de él, dadas las circunstancias. Pero un día, entre sus líneas, Braulio le confesaba que él tenía más tiempo separado de su esposa que ella divorciada. Paola ahora sonreía; Braulio aparecía como por perfectas coincidencias, y los correos, entonces, dejaron de salir de un solo lugar.

Varios meses después de agradables, emocionantes y, por qué no, pícaros correos, Braulio viajó a la Florida para encontrarse con Paola en persona y poder tomar una inofensiva taza de café. Y así lo hizo de nuevo a los pocos meses, y luego a las pocas semanas y, así, el amor de niños, ese primer amor de ambos, volvió a nacer. Braulio quería a los hijos de Paola y ella tuvo la oportunidad de conocer a los de él; fue una conexión casi instantánea.

El resto es historia, y el presente se da en una hermosa casa en las praderas de Lima, donde viven más de siete personas; todas ellas son felices, incluyendo a Paola y a Braulio, que son un excelente ejemplo de la magia del primer amor. Y ella, como dije antes, conserva ese espíritu vivaz hasta el día de hoy.

1 comentario:

Anónimo dijo...

tus melodias siempre me dan un respiro en mis amanecidad :D