De pronto, Teresa me dijo: pero piensa en más cosas que te hagan recordar momentos felices, para que puedas volar como Peter Pan. Yo solté una caracajada por la estupidez que acababa de decirme, aunque paré casi de inmediato cuando me di cuenta que un bonito, antiguo y pequeño recuerdo se había posado sobre mi nuevamente: el mini piano. Me acordé muy bien de la tarde en la que me compraron mi primer mini piano (porque admito que habré tenido unos tres), seguramente como producto del casi diario capricho de imitar a mi hermana mayor en todo lo que ella hacía, quería o tenía.
El mini piano, como muchos amigos y yo lo llamábamos, era como una calculadora de esas que se abrían en forma de libreta de apuntes, no más grande que la palma de una mano y con un sonido alucinantemente horroroso. Por supuesto, no tenía numeros ni pantalla de operaciones, sino teclas de piano del tamaño de pequeñas moscas, responsables del sonido aquél. Obviamente, el mini piano no terminaba de ser mini piano si no traía consigo un cancionero para mini piano, donde se encontraba una serie de supuestas partituras -que en realidad tenía su propio y fácil código de lectura- con las mejores canciones de todos los tiempos (de todos los tiempos de un niño, claro está), que incluían el tan famoso Happy birthday to you, el alegrete jingle bells y una canción que tenía, entre sus letras, algo como "toca la campana (bis) din don dan (bis)". Si llegaba a dominar esas tres ya era un lobo en mini piano.
Existían variedades de colores, tamaños y formas de mini pianos, aunque el sonido seguía siendo paupérrimo en todas las versiones. Los niños ricos de mi época tenían un mini piano de dos, tres o hasta cuatro octavas, que se resumía en más teclas, mismo sonido. Algunos, incluso, tenían un mini piano que formaba parte de sus cartucheras. Pero a mi no me importaba eso; yo fui contento con mis tres mini pianos del modelo más simple, tocando en el camino a casa, en los recreos, en las tardes y en las noches, antes de dormir.
Cualquier niño podía tocar el mini piano, pero yo creía firmemente que era el mejor. Estuve tan convencido que la actitud me ayudó a empezar la etapa de mi vida en la que me volví un músico, cuando por esos días mi padre me matriculó en lo que sería mi primer acercamiento al conservatorio: una academia para piano en la que, en teoría, debía tener dos años más de edad para empezar. Después de todo, yo ya estaba listo para dejar el mini piano y saltar a uno de verdad, así que mi período de prueba terminó luego de veinte días, cuando se convencieron que estaba listo para continuar con el programa como cualquier otro alumno.
En fin, el mini piano marcó una etapa feliz de mi niñez, como lo hicieron los chuponcitos de varios colores para las chicas (y de esos vi demasiados) y alguna que otra maricada que también se puso de moda.
Ahora serio, miré a Teresa y le dije que tendría que seguir buscando mis recuerdos felices para poder volar como el desgraciado de Peter Pan
2 comentarios:
OMG!!!! esa foto me ha traido recuerdos que no sabia que aun tenia! yo tb tuve uno de esos, no lo puedo creer. Claro que el mio no despesto pasiones como los 3 tuyos. wow... estoy realmente vieja! I wonder donde puedo conseguir uno de eso nowadays...
justo recordé este pianito el lunes cuando pensaba que sería una buena tarjet navideña.. bueno, decía no mas
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