Hace poco, una amiga me contaba que sus cumpleaños han venido siendo una especie de karma inexplicable. Los chicos de ahora se referirían a estas ocasiones como días en los que uno se denguea. Y es que, desde hace algunas primaveras, sus muy bien intencionadas ganas de celebrar ese día -tan especial para ella como para levantarse más temprano y pretender que dure más- se han visto opacadas con desfavorables coincidencias que involucran a la ley seca, unas elecciones y hasta un corte de energía eléctrica que llevó a sus amigos y a ella a pasar una “velada” con tragos.
Esa anécdota me hizo pensar en los malos cumpleaños que he tenido. Como la vez en la que, de niño, desperté muy temprano esperando ver a mi madre cruzar la puerta de mi cuarto con un enorme abrazo. La diferencia de lo que esperaba con lo que realmente ocurrió fue que, tras cruzar la puerta, mi madre se me acercó muy molesta y empezó a gritarme porque pensó que había perdido alguna joya suya (chicos de ahora dicen: ¡te dengueaste!).
En otra oportunidad, la estúpida clausura de mi colegio tuvo lugar el mismo día de mi cumpleaños. Pensando que se trataría de algo corto y simple, fui y me aburrí hasta las ocho de la noche. Mis amigos, de vuelta en casa, ya se habían ido junto a mis bocaditos y, honestamente, nunca supe quién me regaló qué.
Finalmente estuvieron las peleas. Por alguna razón, durante algunos años seguidos en los que celebré mi cumpleaños con una fiesta en casa, las cosas terminaban en una gran pelea. Creo que esos episodios son mucho más bacanos cuando pasa en la casa de alguien más.
En fin, sé que estoy obviando muchas situaciones adversas ocurridas las fechas de mis cumpleaños, porque han sido varias, en realidad. El caso es que desde hace un tiempo que no los celebro más. Y no es precisamente por las malas sangres de antaño (como lo es para mi amiga, que este año ha decidido tachar su fecha en el calendario), sino porque en algún momento me empezaron a disgustar las cuestiones protocolares de los cumpleaños; los regalos, la tonta canción aquella (que jamás podré entender por qué en esta ciudad la cantan primero en inglés -y encima mal cantada- y luego en español), los abrazos a todos los presentes y las llamadas de cien personas, de las cuales solo importan quince. No celebro, más, mi cumpleaños y dos días antes del mismo desaparezco para que nadie me pueda ubicar.
Lamentablemente, el mundo no piensa como yo, y aquel al que no saludas se ofende y se resiente (algunos, incluso, se hacen los artistas si no llegas con regalo). Así, soy partícipe de los protocolos cumpleañeros, pero no partidario de los mismos, y ninguno de ellos en mi propio caso. De cualquier modo, una bonita reunión, con parrillada, atardecer y buena compañía puede hacerse cualquier día del año, sin necesidad de ser “homenajeado”, ni mucho menos. Otro día hablaré sobre mi falta de espíritu navideño, mi desamor por las despedidas (god, I hate them) y las ganas de mandar al cacho a la señora de las tejas.
Esa anécdota me hizo pensar en los malos cumpleaños que he tenido. Como la vez en la que, de niño, desperté muy temprano esperando ver a mi madre cruzar la puerta de mi cuarto con un enorme abrazo. La diferencia de lo que esperaba con lo que realmente ocurrió fue que, tras cruzar la puerta, mi madre se me acercó muy molesta y empezó a gritarme porque pensó que había perdido alguna joya suya (chicos de ahora dicen: ¡te dengueaste!).
En otra oportunidad, la estúpida clausura de mi colegio tuvo lugar el mismo día de mi cumpleaños. Pensando que se trataría de algo corto y simple, fui y me aburrí hasta las ocho de la noche. Mis amigos, de vuelta en casa, ya se habían ido junto a mis bocaditos y, honestamente, nunca supe quién me regaló qué.
Finalmente estuvieron las peleas. Por alguna razón, durante algunos años seguidos en los que celebré mi cumpleaños con una fiesta en casa, las cosas terminaban en una gran pelea. Creo que esos episodios son mucho más bacanos cuando pasa en la casa de alguien más.
En fin, sé que estoy obviando muchas situaciones adversas ocurridas las fechas de mis cumpleaños, porque han sido varias, en realidad. El caso es que desde hace un tiempo que no los celebro más. Y no es precisamente por las malas sangres de antaño (como lo es para mi amiga, que este año ha decidido tachar su fecha en el calendario), sino porque en algún momento me empezaron a disgustar las cuestiones protocolares de los cumpleaños; los regalos, la tonta canción aquella (que jamás podré entender por qué en esta ciudad la cantan primero en inglés -y encima mal cantada- y luego en español), los abrazos a todos los presentes y las llamadas de cien personas, de las cuales solo importan quince. No celebro, más, mi cumpleaños y dos días antes del mismo desaparezco para que nadie me pueda ubicar.
Lamentablemente, el mundo no piensa como yo, y aquel al que no saludas se ofende y se resiente (algunos, incluso, se hacen los artistas si no llegas con regalo). Así, soy partícipe de los protocolos cumpleañeros, pero no partidario de los mismos, y ninguno de ellos en mi propio caso. De cualquier modo, una bonita reunión, con parrillada, atardecer y buena compañía puede hacerse cualquier día del año, sin necesidad de ser “homenajeado”, ni mucho menos. Otro día hablaré sobre mi falta de espíritu navideño, mi desamor por las despedidas (god, I hate them) y las ganas de mandar al cacho a la señora de las tejas.
4 comentarios:
y si celebramos el dia de "no cumpleaños" solo tu y yo... agarramos un calendario y marcamos cualquier fecha y hacemos algo... nos rodeamos d amigos como dices, solo por el simple hecho d estar juntos... a mi me parece buena idea.
gracias por escribir.
hablamos un besito.
Pappo ese fue Joche! yo lo vi escribiénd¡¡¡ saooooo
uyyy la ampayaron a la joche..ahora kedo en roche ..no pues era secreto por algo lo puso como anonimo..ya lo descubrieron..provechoooo
a mi cumpleaños no fuiste este año
te lo perdono por ser tu
pero el proximo año vienes con regalo o hago show jajaja
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