miércoles, 2 de diciembre de 2009

RUC vs. RUS

En segundo grado de primaria, o tercero, o qué sé yo, el tutor de mi clase me motivó (en realidad me obligó de una forma sutil) a participar en una obra teatral del colegio por motivo del aniversario de “la liberación del país del brazo español”. Mi trabajo, aparentemente, sería muy fácil; algún niño iba a declarar la independencia frente al colegio personificando a Don José de San Martín y yo sería uno de los actores de reparto con poca importancia que debería estar parado cerca a él durante todo el jodido discurso. Tú serás el sacerdote, acotó el profesor.

Claro, como seguro no podía encontrar a otro gordo más gracioso (ante los demás) en toda la sección me tuvo que asignar el vergonzoso papel del mofletudo padre que yacía parado a dos metros detrás de Don José en todas las láminas escolares que comprábamos los de mi generación para hacer trabajos de historia en el colegio.

Yo no quise acceder a algo que consideraba realmente tonto, pero por esos días aún no sabía decir que no y, por quedar bien con el bonachón del maestro, tuve que aceptar lo que iría a ser un episodio de humillación que seguramente nunca olvidaría, al menos en toda la primaria. Pero qué suerte la mía de tener una madre que intercedía por mí firme y enérgicamente: No, profesor; mi hijo no puede hacer ese papel porque ese día estaremos fuera de Lima. La mentira fue eje de discusión entre mi profesor y mi jefa por unos veinte minutos algunos días después, mientras mi tía coqueteaba con uno de los agentes de seguridad del colegio. Empezaba a conocer lo que era el “qué roche”.

Finalmente mi madre tuvo la última palabra de forma extra oficial. Pero como no asistir a la ceremonia de las Fiestas Patrias del colegio traería como resultado una grave sanción en mi “expediente permanente”, tuvimos que buscar una salida a esa situación tan incómoda. La premisa y su variante me ponían contra la pared: si asistía el día de la ceremonia tendría que hacer el papel del rollizo religioso, y si no asistía el dichoso día tendría represalias académicas por desobediencia, y vaya que en ese colegio si se tomaban en serio la disciplina y demás pretensiones.

Por aquel entonces ya me encontraba a mitad de mi joven formación como pianista en la escuela sinfónica del conservatorio, por lo que dada la popularidad que tenían los números musicales en las actuaciones del colegio, decidimos que lo mejor sería ofrecerme, “voluntariamente”, a deleitar a los asistentes con una pieza musical al teclado como cierre de programa. De ahí que me vería imposibilitado a participar en cualquier otro tipo de actuación previa por temas de concentración y preparación para el gran concluyente de la fecha.

Finalmente llegó el día de la celebración y me tocó cerrar con broche de oro con algún tema que transmitiera patriotismo y peruanidad. Así, alrededor de las seis de la tarde –coño, que duraban mucho esas actuaciones- subí al estrado, conecté un teclado a la salida de audio e interpreté por enésima vez una Flor de la Canela que ya hasta me sabía de memoria y me resultaba, incluso, aburrida. Sin embargo, asumo que para los adultos de la época, ver a un niño de ocho años tocar el teclado de esa forma resultaba acongojantemente maravilloso, supongo. El broche fue, en realidad, de platinio y la ovación fue tal que, a partir de la fecha, me convertí en el must de todas las actuaciones del colegio; había cavado mi propia tumba de aburridos compromisos sociales sobre un plató a tan corta edad. Ya no podría, más, escapar a casa en medio de las actuaciones sorteando a los brigadieres de secundaria que custodiaban las puertas del colegio, ni pasar el rato jugando cartas con mis amigos mientras el director daba su aburridísimo discurso de dos horas a inicio de los programas, ni gozar del larguísimo recreo que implicaba para los chicos de la escuela primaria el tener un día de actuación. En fin, y todo eso solo por librarme de hacer el papel de sacerdote bien comido en una estúpida actuación.


viernes, 6 de noviembre de 2009

Times that are changing

En mi paso por la universidad, algunas pequeñas conversaciones se hicieron permanentes en mi memoria. Acá los top 10 mientras me acuerdo de otros cincuenta por ahí:


D1:

Arabella: Desde ahora, les voy diciendo que la mitad de toda esta clase va a terminar trabajando en algo más, menos en publicidad. Además, de los que trabajen en publicidad, solo la mitad estará en agencia y, como si eso fuera poco, esos que entren a trabajar a agencia no van a ganar mucho por si acaso. No es buena inversión, así que la puerta está abierta para los buscan plata. ¿Alguien se retira? Ok, empecemos con los sueldos promedios en una agencia de publicidad.
Yo: Pregunta
Arabella: Dime
Yo: y los que quieren ser publicistas por amor al deporte?
Arabella: Esos locos como tú terminan abriendo restaurantes


D2:

Waldo: Veamos, Edson ¿qué tipo de música te gusta apreciar?
Yo: el Jazz, Profe.
Waldo: Ok, ¿qué tipo de jazz?
Yo: el latin Jazz, profe
Waldo: Ok ¿quién en especial?
Yo: Enrique Pla, profe
Waldo: Ok. Ahora imagina que conoces a una chica poco agraciada, que para tu cumpleaños se aparece en tu puerta con un disco de Enrique Pla, lo mejor del latin jazz, autografiado y original. Y te invita a salir ¿qué le dices?
Yo: Que aprenda a cocinar, profe.


D3:

Luciano: Y tí Edson ¿qué te parece lo que nos acaba de presentar Katia?
Yo: O sea, no me parece wow, pero de hecho pone
Luciano: Bueno, entonces para citar a un publicista del medio, los trabajos de la semana pasada no me parecieron wow, pero ponían. Por cierto ¿dónde compras tu ropa?
Yo: ¿?

D4:

Yo: Profesor, pero si usted dijo que esta especie de fenómeno psicopatológico colectivo resulta de una contrariedad dilemática en las percepciones símil-idealistas de quienes no distinguen entre lo que alguna vez fue fructífero en términos macroeconómicos y lo que nos llevó a una hiperinflación ¿por qué el estado vio necesario tomar esas medidas económicas de precaución para desacelerar el mercado?
Fernando: ¿yo he dicho eso? Bueno en todo caso, no estoy autorizado a responder esa pregunta.
Adolfo: Creo que a lo que Edson se refiere es…¿por qué Trinity no murió en Matrix 3?

D5:

Francisco: Ya sé de dónde a tí te conozco, gordo. Tu eres el delincuente ese que en la mañana se para al frente a comer su sanguchazo ese. Ya te vi, ya, andas con otro gordo delincuente y los dos se ponen a tragar su sanguchazo en la mañana ¿Si o no? Se ponen que parece que van a asaltar a los que pasan por ahí.
Yo: Profesor no me difame de esa manera. Mi amigo y yo nunca hemos asaltado a nadie.

D6

Baraco: Es una sensación que solo puede ser ejemplificada de una manera
Yo: Ya sé, profe, como cuando uno ve dibujos de Jettix con galletitas de soda con mantequilla
Baraco: No me hagas imaginarte comiendo “galletitas de soda con mantequilla”

D7

Ferreiros: Algunos ya ni necesitan dar el final porque con sus notas ya pasaron el curso, otros como este alumno, Edson, se van por 21 al examen
Yo: Profesor, pero todavía no ha devuelto los últimos controles ¿cuándo lo hará?
Profesor: ….Pronto

D8

Nelly: Ruli ruli ¿por qué llegas tarde?
Yo: Es que no encontraba parking, Nelly
Nelly: ¿y cómo explicas que chilindrina, popeye, pulpín y churrito ya están acá si ellos también manejan
Yo: es que yo no cuadro mi joya en cualquier lado
Nelly: Oye ruli, yo he visto tu carro y lo puedes cuadrar en el rimac sin que le pase nada

D9

Yo: ¿o sea que lo que anuncian en quality products no es cierto?
Miriam: Claro que no, pues, Edson.
Yo: Pero Erick Estrada dice que las pastillas para adelgazar funcionan
Miriam: No me digas que te compraste las pastillitas esas y te hiciste un tacu tacu
Yo: ¿qué?
Miriam: Una bromita pues Edson

D10

Fedora: ¿Llamas a esto un story board?
Yo: ¿te parece tan malo nuestro story board?
Fedora: Me parece que no sabes nada de publicidad
Yo: ¿solo por un mal story board?
Fedora: No, porque sigues pensando que esta cosa es un story board

sábado, 24 de octubre de 2009

Profesorcito Chirrín

La primera activación BTL que alguna vez vi en Lima no fue realmente eso, pero funcionó como tal. Me encontraba caminando por los alrededores del centro de la ciudad hace ya unos veinte años, justamente un mes de octubre y con motivo de la tan conocida procesión del señor de los milagros. De pronto, por la esquina dobló un loco, evidentemente apresurado. Un loco real, con enfermedad mental, demencia, locura, o como se le llame. El loco llevaba puesto un atuendo que parecía ser el de Rambo en esa saga de películas que empezaba a hacerse cada vez más famosa en el país (vaya, que recién estábamos por entrar a la futurista década de los noventa). Agitado y gritando, el loco llevaba, también, una metralleta hecha de madera y una matraca parecida a las que venden en el paquete símbolo de valor agregado de año nuevo llamado “cotillón”, solo que aquella sonaba bastante fuerte.

La gente, asustada en un comienzo, empezó a abrirse paso mientras el loco corría “disparando” su metralleta. Enseguida empezaron las risas y todos miraban al loco, esta vez corriendo de un lado al otro de la calle, sin parar de gritar ni de disparar. De pronto, las miradas se hicieron aún más intensas cuando el loco hizo una pausa en una carretilla de anticuchos. Una gorda morena estaba al mando y terminando de preparar su primer lote de palitos. Honestamente, volví a asustarme pensando que el loco haría algo agresivo contra la vendedora. Pero para mi sorpresa (y asumo que para la de varios ahí presentes), la morena tomó uno de los palitos de anticucho y se lo ofreció al loco con una sonrisa. El loco empezó a comer y dejó su ira y sus armas en el banco de la carretilla, para disfrutar de su palito de anticucho de la manera más ostentosa posible. Al terminar, el loco volvió a su “realidad”. Luego de hacer una reverencia de gratitud con la señora, tomó su metralleta y su matraca, y se perdió entre las calles, corriendo, gritando y disparando.

La inercia funcionó de una manera mágica. La carretilla se vio rodeada de muchas personas, todas pidiendo anticuchos e información sobre el loco. La morena tenía su tarde hecha gracias a esa pequeña activación BTL no intencionada y no paraba de poner más y más palitos en su parrilla. Yo, por supuesto, caí en las redes publicitarias por enésima vez en mi niñez, y disfruté de mi porción de anticuchos, mientras escuchaba los comentarios imparables sobre el loco que se había ido contento luego de comer ahí.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Terapias de oficina

Cada vez que -por puras casualidades de la vida- me cruzo con la fascinante presentación astral del horóscopo de Walter Mercado, me quedo prendido del televisor. Y es que las predicciones del Sr. Mercado, por encima de ser certeras o no, traen consigo una dosis de carisma, dinamismo y lenguaje corporal dignos de ser atendidos hasta por Pappo Banton, quien personalmente considera que creer en el horóscopo es lo mismo que creer en las matemáticas de las eliminatorias.

Y vamos, es un filón. Los millones conseguidos por estafa de la iglesia para parar de sufrir serían dos veces más si tuvieran a Walter Mercado de anfitrión y no al reverendo de labios enormes.

Ahora, lo que me pregunto es ¿tendrá idea de lo que dice el Sr. Mercado sobre en sus predicciones? Personalmente, nunca le encontré semántica alguna a todas las cosas que el buen Walter dijo sobre mi signo o sobre cualquier otro signo. Al final, se me hace que la gente escucha lo que la gente quiere escuchar. Pero hombre, son negocios, pues. Negocios que terminan con mucha paz, pero sobre todo, con mucho, mucho amor.

sábado, 26 de septiembre de 2009

Trabajo no, relajo si

Carlos, un amigo y cliente, me comentó que hace algunos días había entrado en un hoyo de desesperación implosiva ante la carga de estrés. Entendí su idea al instante, al saber que desde hace poco ha tomado un puesto que requiere trabajar bajo presión veinticuatro siete en la compañía para la que trabaja. En cuanto a mí, hace ya casi dos meses que no pongo pausa a mis actividades laborales y, honestamente, deja de resultarme atractiva la idea de que más trabajo es sinónimo de buena marcha.

No sabía realmente qué hacer en ese momento, me comentaba Carlos, y prosiguió: Tomé las llaves de mi auto y le dije a mi esposa que saldría por un rato sin saber realmente a dónde iba. Estuve manejando por la ciudad durante un par de horas en medio de la noche, tratando de despejarme un poco y alejar mis pensamientos de todo lo que tenga que ver con la empresa. Pero todos mis intentos eran fallidos ya que cualquier cosa que veía terminaba siendo un remainder de algo relacionado con el trabajo.

Enseguida me sentí identificado con mi amigo hasta cierto punto. Y es que, en mi caso, esos paseos sin destino en el coche me sirven, por un lado, para alejarme del trabajo, y por otro, para producir ideas. Es ambiguo, en realidad, ya que las ideas serán utilizadas para el trabajo, y este último demandará que produzca más ideas. Un círculo vicioso, eso es.

Me pongo a pensar en la conversación que escuché entre mis padres hace poco sin que ellos se dieran cuenta , cuando él le decía a ella que sabía que yo estaba durmiendo muy pocas horas, que cuando nos juntamos a almorzar de vez en cuando, me nota estresado, cansado, pero valientemente listo para seguir. En cierto sentido me gustó lo que oí, pero también me preocupó. Frases como “darse un tiempo”, “la familia está primero”, “relajarse de vez en cuando” y demás, atacaban mi premisa implantada de que cada minuto puede y debe ser productivo.

Intercambiábamos opiniones y comentarios de ese tipo con Carlos cuando nos dimos cuenta que debíamos volver a lo nuestro; el trabajo que estamos haciendo juntos como parte de una campaña. Esos diez minutos de charla amena sobre poder relajarse fueron opacados por las siguientes cuatro horas de reunión ininterrumpida. Y otra vez a lo mismo: trabajar, trabajar, y volver a trabajar. Ahora recuerdo otro comentario de mi padre que sonó más a sugerencia. Lo que te falta, me decía, es buscar un lugar en tu agenda para tomarte unos diez días sin hacer absolutamente nada. Claro que luego te aburrirás, recalcó, y querrás volver a tu escritorio enseguida. Por como lo veo, seguramente Carlos y yo, y muchas más personas, necesitan de la implementación de un día más en la semana. Algo así como Osvaldo.


Descontinuidad de premios en Metro

Creí que escuchar jazz en la plaza De los Músicos y visitar el palacio de Sissy serían las dos mejores cosas que podía hacer durante mi visita por Viena, pero qué equivocado estaba. Suponía haber olvidado varios recuerdos sobre esos días hasta hoy que, en medio de una conversación, me preguntaron si había tenido alguna aventura en mi amenísimo paseo por Europa. Un rápido flash me envió de regreso a esos días y vi, durante un segundo, varios lugares y caras que yacían abandonados en algún rincón de mi mente. De pronto me enfoqué específicamente en uno de esos días, un martes, recuerdo, y abrí el libro de las melodías de Pappo Banton, con fecha pasada, en una de las hojas en las que hablaba de europa, en mis días por Austria, y decía algo así:

(...) Al despertar me di cuenta que había perdido un día de tour y asumo que tanto Evelyn como Carla, mis compañeras de viaje, se habían dado por vencidas en sus intentos por despertarme y habían abandonado el hotel varios minutos antes. No tenía tour, ni celular, ni siquiera la más ligera idea de en qué parte de la ciudad quedaba el hotel donde me encontraba. Pero tenía veinte euros en el bolsillo y la disponibilidad para perderme en la ciudad a base de empirismo.

Mientras hacía mis planes en voz alta –que en ese momento solo incluían bajar a tomar desayuno y vestirme- fui interrumpido por la delicada voz de mi compañera de cuarto. Salina era una hermosa chica belga de unos veinticinco años que compartía la habitación conmigo por un problema que había ocurrido con el sistema de reservas del hotel; ambos habíamos sido derivados a la misma habitación para dos personas como una solución ante la falta de habitaciones de solteros. Ni modo. Era eso u hospedarme en otro lado y, a pesar de ser dos extraños totales, a ninguno le importó que el otro tenga que dormir en la cama de al lado bajo el mismo techo.

De cualquier modo, Salina salía apresurada de la ducha e intentaba decirme el lugar hacia donde Evelyn y Carla habían ido, en caso me despertara a tiempo. Pero vi que eran pasadas las diez de la mañana y cualquier intento de alcanzar el tour sería en vano. Traté de explicarle eso a Salina pero enseguida recordé que ella no hablaba inglés y que yo no hablaba holandés. Entré al baño para que se cambiara mientras yo hacía lo propio. Al salir, ella ya se había ido, dejando un papel que parecía ser un flyer para algún tipo de fiesta en el centro de la ciudad.

Treinta minutos más tarde me encontraba en el Lobby del hotel a punto de cruzar las puertas hacia un hermoso y despejado día de sol, no sin antes avisarle a Mark, el recepcionista, que estaría de vuelta a las siete de la noche como máximo, y que si no regresaba para entonces, que le diga a mis compañeras de viaje que se empezaran a preocupar. Ambos reímos y tras pedirme que no me preocupe salí del hotel con rumbo desconocido.

No llegué a las siete de la noche; no lo hice hasta el día siguiente por la mañana, cuando aparecí de vuelta en la puerta del lobby, con una muda de ropa distinta a la del día anterior, de la mano de Salina y bajo la influencia de alcohol y energizantes (irónicamente no de RedBull), y quién sabe qué más. El día anterior había sido muy bueno, pero la noche había sido, incluso, mejor. (not to be continued).

jueves, 20 de agosto de 2009

LogiTalk

Mis tíos cercanos siempre han hablado barbaridades frente a mí. Las palabrotas que escuchaba cuando era un pequeño infante hicieron que me acostumbrara a ese tipo de lenguaje desde muy temprana edad. No obstante, el asunto es que los niños imitan a los adultos, y eso fue, hasta algún momento, una tentación que llevé conmigo cada vez que pensaba que las lisuras eran la mejor manera de enfatizar las ideas.

Mi proceso de adecuación a tales palabras y expresiones fue rápido, mas no así el de adquisición y uso. Cuando tenía unos diez años comencé a medir paulatinamente la tolerancia de mis padres frente a un novedoso vocabulario subido de tono. Así, primero empecé por reemplazar el “asu macho” por el “asu mare”. Y aunque las miradas de mi madre fueron de advertencia en un inicio, con los meses se volvieron en miradas de resignación (“está creciendo”, pensaría). Mi segundo paso fue la adherencia del “mare” al “pucha”, y todo se volvió un “pucha mare” –eventualmente “pucha madre”- cuando las cosas no salían bien.

Sabía que “mierda” y “carajo” estarían casi al final de la lista y del proceso, por lo que tuve que amoldarlas de a pocos para aminorar el cambio en mi forma de hablar. En la adolescencia colegial empecé a sentir la frustración de no poder soltar cuanta oración quería en casa, ya que entre los amigos de la escuela se había vuelto in y excitante hablar el diccionario competo de lisuras. Porque te hacía ver más aceptado si decías “puta que bacán esta mierda” en vez de “oh, que interesante este asunto” (pappo dice: y qué idiotas que nos volvemos cuando adolescentes).

De cualquier modo, debido a que el trato es “igual para todos”, hoy en día suelto las palabras que quiera frente a mi primo de once años, esperando que, al igual que yo, sepa manejar esa tentación de imitarme (me hace sentir, en algo, un poquito subido el que mi primo quiera seguir varios de mis pasos), por lo menos hasta que tenga la edad “suficiente” , para expresarse de ese modo tan vulgar, inferior y estúpido que muchos de nosotros portamos en la lengua.

Los Expedientes Secretos A

Desde hace un tiempo trabajo en una oficina nueva. El ambiente laboral es cargado aunque ameno. Correr es parte de todos los días y los horarios se extienden hasta el punto de crear los miércoles coma cinco y los lunes y medio que los clientes parecen tener muy bien definidos en sus calendarios. El trabajo en equipo es bueno y cuando se puede se ríe mucho.

Sin embargo, acá como en todas las agencias siempre hay historias que se van amoldando y acomodando en el archivador mental de todos los colaboradores. Los roches de la oficina, las metidas de pata, las discusiones entre trabajadores y, cómo no, las experiencias sobrenaturales. ¿Experiencias sobre naturales? Pues si. Ya alguien ha sentido pasos, escuchado puertas y hasta visto siluetas por el reflejo de algún vidrio. Sale a la luz la historia de que los cimientos de la agencia están sobre una antigua huaca que alguna vez fue un cementerio inca. Que alguna persona murió acá o, simplemente, que hay espíritus rondando en la cocina.

Personalmente, ya en varias ocasiones he tenido la oportunidad de quedarme completamente solo en la oficina, avanzando con algún proyecto o poniéndome al día en otro. Aunque con la predisposición de hacerlo, no he logrado oir, sentir, oler o ver nada que resulte paranormalmente sospechoso. O no tengo esa sensibilidad para “sentir”, o no me uno a las fanfarronadas colectivas que pueden surgir por puro interés en crear un ambiente, aún, más emocionante dentro de la agencia. Al menos eso pensaba hasta hace unos días.

Eran como las ocho de la mañana y aquel día llegué un poco antes que de costumbre. Fui el primero en llegar a la agencia y decidí sacarle provecho al día atendiendo el temprano llamado de la naturaleza. Así, luego de echar una mirada a los principales titulares de noticias, me apresuré en visitar el baño. Cuando abrí la puerta se me erizó todo el cuerpo; la imagen que tenía ante mí desató una sensación cercana al ataque de pánico. Era espeluznante. Me paralicé y no pude moverme, ni gritar, ni huir. Me puse pálido y luego de varios segundos pude entrar en mi mismo de nuevo. Era un arácnido; una araña de esas negras, horribles y grandes que con solo quedarse paradas despliegan una actitud amenazadora. Por fin pude incorporarme totalmente y atiné en llamar por teléfono a un compañero de trabajo que, afortunadamente, estaba llegando a la agencia. ¿Esta es tu emergencia? Me dijo, mientras pisaba repetidas veces al monstruo que me había puesto helado.

A raíz de ese episodio, ahora si puedo afirmar, como varios acá, que trato de evitar quedarme solo de noche, o de día, o a cualquier hora, con el temor de encontrarme, nuevamente, con un monstruo como el de aquel día en el baño.

Especialistas de la tecno-vida

Hace un par de semanas traté de explicar la magia de la escritura a mis alumnos. Cuando escribes, les dije, puedes hacer todo lo que no haces en el mundo real. Puedes robar, violar, asesinar, salvar al mundo de un ataque extraterrestre, ser el presidente de Zimbabue, ser policía, pegarle al policía, abofetear a Alan (¡hey!), ser millonario, ser pobre, ser alto, ser pelirrojo y una infinidad de cosas más. En realidad no creo haberles dado tantos ejemplos, pero mi punto era ese.

Y es que cuando lo hace, uno tiene poder absoluto sobre lo que escribe, sin importar consecuencias, opiniones o casualidades. Finalmente es su mundo, y en su mundo, el que escribe gobierna, pide y desea lo que le venga en gana.
Por otro lado, les decía, escribir también desfoga; explayar, mentir o colgarse de la realidad para producir fantasía son solo algunos caminos a tomar. Realmente no me gané la lotería, pero en mi mundo de la escritura si lo hice si quisiera. Realmente quiero ofrecerte disculpas, pero por miedo a hacerlo en persona lo escribo y me escondo tras las líneas.
…
¿Y tu? Me preguntó un familiar en otra charla muy similar. Bueno, le dije, lo que escribo es Ficción. ¿Y las impresionantes semejanzas con la realidad? Refutó. Son solo coincidencias que por razones casuales del universo se parecen a lo que escribo. Yo solo escribo cosas reales cuando hablo de mis recuerdos, porque como lo he dicho antes, es una manera agradable de mantener con vida episodios que desaparecerían de mi mente al ser desatendidos. -Pero Pappo, casi siempre hablas de recuerdos, pero a veces no lo haces tan explícito-. Eh ahí mi jugoso poder, le dije. Solo yo sé y entiendo cada una de las cosas que escribo.
…
Yo tengo una teoría, acotó, esta vez, alguien más astuto. Yo creo que tus melodías tienen mucho de reales, y algo de ficción.
- ¿Explícate?
- Bueno; nombres, lugares, escenas y sentimientos parecen ser alterados adrede en ese mágico mundo de la escritura del que me has hablado toda la tarde.
- Interesante.
- Pero entonces ¿son o no son reales tus historias?
- Mis melodías, dices.
- Exacto.
- Bueno, varias lo son.
- ¿y las otras?
- También, aunque no tanto.
- Diablos, Pappo, me estás poniendo impaciente.
- En ese caso te saco de mi melodía por impaciente, y encima la termino.

Son cosas del amor

Cuando era alumno tenía una imagen, unos prejuicios y unos conceptos de los profesores. Aunque probablemente me esté remitiendo solo a la etapa escolar, las cosas son parecidas en varios muchachones de hoy en día. El profesor, cualquier profesor, un profesor, era desde un inicio un potencial enemigo; un objetivo a detestar, a odiar, a asociarlo con tareas, clases, colegio y aburrimiento total. Con el profesor no se podía chonguear, el profesor era aburrido, podía jalarte si no le caías y nunca podía ser tu amigo. Él era siempre viejo por más que tuviera veinte, cuarenta o sesenta años; cualquier edad era sinónimo de anti-cool y antigüedad frente a uno como alumno.

El profesor no podía ir a discotecas, ni al cine, o hacer algo relacionado a la idea de tener vida social, era un elemento de rutinaria monotonía que comprendía poco más de hacer clases y corregir trabajos y exámenes. Ver al profesor en la calle resultaba extraño, su mundo no podía ser ese; su mundo era el colegio y ahí vivía. El profesor no podía ser gracioso. Cualquier broma sería un intento frustrado, porque uno era más vivo y más in que el profesor. Si el profesor entraba en tu ambiente amical, tú eras un sobón, un lame culos, un chupa medias, un nerd, un monse, o algo más, y ya nadie te quería. Manejar una amistad con el profesor era un tema delicado, complejo y dejado solo para quienes gozaban de una popularidad muy sólida que no se vería afectada por tan peligroso vínculo. Por el contrario, enfrentar al profesor, hacerlo quedar mal, buchearle las bromas, demostrar tu autoridad sobre la de él y burlarlo en temas de asistencia y notas eran aspectos que te hacían socialmente aceptado. Si balanceabas bien las cosas podías convertirte en uno de los machos alfa del salón.

Probablemente esa etiqueta no se la sacamos al profesor hasta la universidad, cuando nos damos cuenta que aquél no es necesariamente malo, viejo, aburrido o anticuado. Que las clases no tienen por qué caerle mal al estómago y que algunos temas son, de hecho, de real interés. Finalmente, apreciamos su trabajo y, en algunos casos, vemos la emoción de la enseñanza cuando nos topamos con experiencias que, redundantemente, nos enseñan. Cómo cambian las cosas cuando uno las ve desde la perspectiva opuesta. Tiene razón Tito Castro, cuando dice que llega un momento en el que uno suelta la cámara, retrocede unos pasos, sube las escaleras y ve cómo funciona el set completo (Manya, ah).

ADelante

- ¿Bueno? Contesté con algo de sueño por la hora.
- Pappo, ganamos el Ojo, huevón.
- ¿Negro? ¿El Ojo de Iberoamérica?
- Si, huevón. Puta, Pappo, ganamos el ojo, tío.
- Negro de mierda, ¿me estás hablando en serio?
- No te estoy floreando; me acabo de enterar y me voy a Buenos Aires con Rolo a recibir el premio.

Mientras el negro terminaba de darme todos los detalles de su logro como creativo me di cuenta que ese era su punto de inicio para crecer sin que lo detengan. Algo simple, una idea sin tanto trabajo visual, sobria, directa y “original” había traído como resultado que Giancarlo “El negro” y Rolando, su dupla creativa, ganasen un premio dentro del aclamado concurso –en el mundo de la publicidad, claro está- del Ojo de Iberoamérica.

Para ese momento El negro y yo aún éramos alumnos en la universidad. Una universidad que, por encima de lo positivo que tenía, decidió no auspiciar a la dupla ganadora para que, al menos, puedan presentarse a recibir ese premio que tanto orgullo les daba, me daba, nos daba a varios publicistas que compartíamos aulas con ellos.

Anteriormente, cuando me juntaba a conversar con el negro en las horas sociales del campus, siempre hablábamos sobre ir lejos en las áreas a las que apuntábamos. Yo le decía al negro que no parara hasta conseguir un León de oro, y en retribución él me alentaba a conquistar Nueva York con el Grand Medal que muchos productores publicitarios buscan. Por supuesto, el negro se adelantó en el camino a la fama publicitaria cuando, luego de un tiempo, lo llamaron a participar -junto a Rolando, por supuesto- como dupla creativa en una prestigiosísima agencia de publicidad internacional con sede en Singapur. Le va muy bien, por lo que oigo, aunque asumo que extraña mucho esta ciudad. Y de pronto, me pongo a pensar ¿Será que lo mismo pasa con Diego, otro amigo al que una trasnacional de productos envió para Panamá con un bonito puesto en Marketing? ¿Será que Mú también extrañará esta ciudad a pesar de tener el contento del amor junto a un diploma de maestría europeo? ¿Y qué será de Sandy, la buena, que anda por los Stamford, al igual que Adhemar, que pasó de MTV a alguna agencia de publicidad en los Miamis? Desde acá solo me queda desear éxito para todos ellos. Qué bueno.

viernes, 19 de junio de 2009

Junkers, lo último en thermas a gas

La entrada principal del hotel Libertador estaba abarrota de gente que esperaba ansiosa ver a alguno de los artistas entrar o salir. Desde el Lobby, yo observaba emocionado la escena mientras incrementaba mi entusiasmo por haber vuelto, una vez más, a ese festival en el que todo era festejo y alegría durante dos noches seguidas.

De vuelta en Lima, me esperaban los exámenes parciales luego de ese par de días, pero poco me importaba ese molestoso futuro. Como el año anterior, había hecho mis planes de acuerdo a lo que yo denominaba el mejor fin de semana al año: Tomé el primer vuelo del sábado y a las nueve de la mañana ya estaba en el hotel, leyendo el diario luego de un delicioso desayuno. Tenía exáctamente dos días para parrandear mi trasero antes de tomar el vuelo de regreso a Lima y a mis molestísimos exámenes parciales el lunes muy temprano (¿ya dije que eran super molestosos?).

Primero lo primero, una reponedora y, a la vez, recargadora siesta de seis o siete horas antes de la gran noche. Apresuré mi marcha a la habitación mientras me cruzaba con caras muy conocidas por todo el hotel, y otras que resultaban aún mejor al saludarme muy cordialmente con todo y apellido. Siempre me pregunté cómo hacían esos muchachos del staff para acordarse los apellidos de todos los huéspedes: Buenas tardes, Sr. Texaco, Buenos días Sr. Texaco, ¿Tomará su desayuno, Sr. Texaco?

Recuerdo más ese año porque recibí una llamada al celular alrededor del medio día que haría comenzar una historia muy amena; era Julio, un amigo del colegio con quien hasta hoy mantengo contacto. Por si acaso me arrebaté y tomé el primer vuelo que chapé hoy; estoy en Cusco, marica ¿dónde estás? Las palabras de Julio tardaron en cobrar sentido en mi soñolienta cabeza y en segundos pude reaccionar; Mostro, ven al Libertador en veinte minutos.

En el tiempo estimado, yo esperaba en el Lobby de vuelta, cuando sonó mi celular una vez más. Julio me comentaba que estaba donde pactamos, pero que había demasiada gente en la puerta y el moreno botones no dejaba entrar a nadie que no sea huesped o artista del evento. Espérame ahí, le dije. Me acerqué a lo que parecía la sala del wallstreet que veo en las películas. La cantidad de fans, curiosos y demás era increíble. Raul, un amigo cantante a quien conocía del gimnasio se acercó a saludarme rapidamente mientras la gente gritaba su nombre desde afuera, por lo que la charla fue muy breve y enseguida desapareció. Entre tantas cabezas era imposible reconocer a Julio, hasta que escuché mi nombre; entonces le dije al Moreno – cuya estatura bordeaba, tranquilamente, los dos metros- que ese muchacho venía conmigo y que lo dejen pasar. Con una caminata imponente, el alto señor se abrió paso entre la gente mientras otro botones resguardaba fielmente la entrada principal. En poco mas de diez segundos Julio ya había cruzado las puertas del hotel y nos saludamos efusivamente. Bastardo, no pensé que la hacías, le dije.

Ya en el lobby, Julio se percató de la presencia de muchas niñas bonitas de la televisión que daban entrevistas a distintos medios y charlaban entre ellas. Mierda ¿Las conoces? Me preguntó. Seguramente vas a pedirme fotos, le respondí. Julio sonrió y sacó una cámara de su bolsillo, así que con camaradería nos acercamos a algunos de los artistas que estaban en el hotel y Julio pudo tomarse fotos con todos ellos.

A los pocos minutos, Julio me preguntó por qué no me sacaba fotos yo también. La verdad es que a mi no me importaba esa posería que terminaría en algún sitio web personal. Pero mi excepción se llamaba Paloma y aún no llegaba al hotel. Por el radio trasnmisor de uno de los señores de la producción del festival había escuchado que llegaría pasada las cinco de la tarde por algún problema en Lima.

Así, almorzamos en el hotel y le presenté a algunas personas con las que mantuvimos entretenidas charlas con respecto a la proximidad de la noche del festival. Varias de ellas participaban por primera vez y estaban ansiosas de salir al escenario. El tiempo voló y dieron las cinco. Esta vez alerta, nos situamos cerca a la recepción durante algunos minutos hasta que la gente de afuera empezó a gritar con muchas fuerzas. Sin duda era ella. Paloma, mi Paloma, la chica que debía conocer a toda costa. Necesitaría influencia de los productores así que lo tenía todo planeado. Ella entraría junto a su grupete de música de mierda, harían el chequeo y luego descansaría unos minutos en los sillones del lobby antes de ingresar a su habitación. Ese sería el momento en el que mi contacto en la producción me haría un favor que nunca terminaré de agradecer.

De pronto hizo su entrada: Qué bella que era, diablos, me enamoré más y aguardaba con disimulada desesperación mi momento. Julio entendió, recién en ese instante, a qué me refería con todo lo que le había platicado sobre esa muchacha de poco más de veinte añitos.

El plan iba perfecto, entraron al hotel, se chequearon y seguidamente reposaron en los sillones del lobby mientras esperaban sus habitaciones. Ya te cagaste, le voy a decir a tu viejo que te estás afanando a Palomita, para que se cague de risa, me dijo mi contacto entre risas. Vamos, que ahora es el momento.

Julio y yo lo seguimos hacia donde estaban Paloma y el resto del grupo, y él saludó a todos para luego dirigirse a esa princesa latina. Paloma, quiero presentarte a alguien, le dijo. Su mirada se clavó en mis ojos y estuve a punto de desmoronarme por la emoción. Ella sonrió y le dijo: Claro que sí, P. Se paró del sillón mientras a mí me empezaban a temblar las piernas. Paloma, dulce Paloma, cara a cara, en persona, con esa sonrisa angelical, se me acercó.

Continuará.

jueves, 18 de junio de 2009

Zero en matemática, zero azucar (al estilo de la Fania)

La tendencia por reducir el tamaño de las computadoras super personales (¿o de qué otro modo podría llamar a las notebooks?) ha llegado a pasar los límites de lo concebible para alguien que sepa usar el paquete Office a “nivel usuario”.

Está bien que la hayas conseguido a doscientos cincuenta dólares, viejo, pero exageraste un poco en tus -a veces- bizarros gustos. Quiero decir, el tamaño SI importa en estas materias y tener una computadora cuya pantalla no sea mayor a la de un reproductor de DVD portátil dificulta el trabajo de los ojos.

Si la paciencia le da, ella entrará al estudio a chatear, huzmear en foros o ver videos de Freddy Mercury cantando en ropa interior. Todo eso frente a una pantalla de veinticuatro pulgadas. Pero si ese día no se quiere mover de la cama tendrá que adaptarse a la ridiculez esta que hoy me prestaron. ¿Debería quejarme? Tal vez no, porque fui yo quien dejó su laptop en otro lado y no tenía cómo mandar correos y poder fumar un par de cigarrillos a la vez en este café del óvalo cerca a casa.

¿Tú que opinas? Le pregunto a la amable muchacha que me trae el demorado chocolate caliente. Pero seguramente es funcional, me responde. ¿Ves, acaso, mi total comodidad al sacar la joroba y achinar más los ojos para poder escribir esta línea mientras te hablo? Qué ridículo se me ha de ver, gordito y jorobado. Creo que la asusté; se va con una sonrisa forzada, pero ella es lo de menos y los mails que envío son lo de-más.

¿Y ahora qué? ¿No que esta cosa aguantaba cuatro horas sin cargador? ¿Por qué me salta un aviso de advertencia? ¿Se va a apagar? Apágate pues. Después de todo, me llevo el chocolate. (Take that, “new technology”).

sábado, 13 de junio de 2009

Con Ibáñez en el arco

Lo que me gusta del video juego ese de fútbol es el universo paralelo al que viajo y en donde, contra toda paradoja de la realidad, Perú puede ganarle a equipos como Chile, Colombia, Italia y hasta Alemania.

Yo la vivo; yo grito los goles, insulto las metidas de pata, aplaudo las jugadas admirables y hasta me quiero meter en la pelea cuando las tensión sube en la cancha. Yo soy Pizarro, Solano, Farfán y hasta Ibáñez. Yo los controlo y cuando uno de mis chicos toma el balón siento cómo yo mismo estoy en la jugada. Ganarle a Chile por un tanto o por goleada es lo de menos; yo celebro con los jugadores y me lanzo al pasto de pechito, mando besos a las tribunas y le lustro el chimpún al goleador.

Jugar al “winin” tiene lo suyo. Si gano me relajo, me alegro y me desestreso por un rato. Me olvido de los problemas, las deudas, las preocupaciones y las tareas, y vivo sonriendo por varios minutos. Es en serio, me cambia el humor, pero así también lo hace el otro lado de la gracia. Del mismo modo en el que me pongo contento al ganar, cuando mi equipo pierde me pongo chúcaro. Reniego, grito, no quiero hablar con nadie, me fumo un cigarrillo en tres o cuatro pitadas y me enferma la impotencia y la frustración de no haber vencido al oponente. Les recuerdo a todos esos jugadores que no le han ganado a nadie y que sus madres formarán parte de mis habladurías por varios minutos.

Pero es así, pues, que uno experimenta la realidad virtual a la que se atreve a pasar. Soy totalmente fiel a jugar con la blanquiroja y, como es el fútbol en la vida real, a veces no se gana (decir perder hasta me molesta).

Por supuesto, nada como jugar de a dos. Pero jugar con un real novato también aburre, y jugar con un lobo mortifica. Por eso es mejor jugar con gente que esté en un nivel parecido y, de ese modo, hacer de la contienda algo ameno, emocionante y, en los buenos casos, gratificante. Y si ganas, tómate una cerveza bien helada. Tus muchachos y tú se lo merecen.

jueves, 11 de junio de 2009

Investigaciones en tierra firme y otros relacionados con OVNIS

Creo que era la tercera o cuarta vez en mi vida en la que asistía a uno de esos eventos. Eso es para maricas, decía siempre. Los eventos sociales in no eran lo mío, solo cuando se trataba de fiestas patrocinadas Y armadas por alguna marca de cerveza (ojo, de los veinte "Privados Peroni" al mes al que algunos se jactan de ir, solo uno o ninguno es realmente un Privado Peroni).

Yo evitaba las noches de queso y vino en las que se exponían cuadros, se presentaba al mercado un nuevo modelo de celular o se promocionaban las nuevas series de un canal por cable. Todas las invitaciones a esos eventitos que llegaban a la oficina se quedaban, en efecto, en la oficina. Y cuando alguien mencionaba que tal y cual había estado ahí, o que el amigo del cuñado de la hermanastra de su primo estaba en la organización del evento, yo pretendía escuchar con atención (El gran Waldo decía: La gente quiere que la quieran).

Esa noche, un amigo me convenció de asistir a la ceremonia de Inauguración de un local cuyo concepto de negocio realmente me pareció atractivo para un mercado como el de Lima. Su entusiasmo por ir me convenció y así enrumbamos en su auto hacia la calle La Prida 114, muy cerca al gimnasio de Octavio. La verdad es que al llegar, me sentí como Reuben Feffer en Along came Polly, con la diferencia de no perder a mi compañero de vista y, aunque no hubo ninguna Polly, si hubo una Claire.

Claire era una chica con la que había trabajado un par de años atrás y siempre sospeché de cierta química entre nosotros, aunque jamás se lo había insinuado. Ahora la tenía frente a mi y al reconocerme no dudó en abrazarme y sellar con un beso mi mejilla. ¿Cómo has estado? me preguntó. La charla continuó por un par de horas mientras las copas no dejaron de llegar de la bandeja de Arturo, un atento camarero que sabía exactamente cuando aparecer con un refill para Claire y para mi.

Realmente debo irme, corté a Claire en un momento inesperado luego de una larga y coqueta charla acompañada por una selección agradable de música de algún DJ nada conocido. ¿Termino mi copa y nos vamos? acertó ella perfectamente. En ese momento recordé con cólera que no había llevado el coche y, ahora si, el creído de Franco, mi amigo, había desaparecido con alguna chica (o algún chico, nunca lo sabré).

Con una sutil charlatanada logré convencer a Claire de irnos caminando. Después de todo, sabía que ella adoraba el distrito de Castelares. Siempre me habló de querer mudarse por ahí y nada mejor que disfrutar de sus calles en medio de la madrugada, sin tráfico, sin gente y sin ruido.

Al entrar al ascensor para abandonar el lugar, seguí mis impulsos y la volví a interrumpir, pero esta vez con un apasionado beso que duró lo que le tomó al elevador llegar hasta el lobby del edificio.

Caminamos de la mano varios bloques entre risas, comentarios del antiguo trabajo y pícaros besos cortos. Le ofrecí irnos a un lugar más privado pero rechazó mi invitación. Eres un niño, me decía, siempre lo fuiste.

Un poco intimidado por lo sucedido, la acompañé a tomar un Taxi. Me dio su teléfono y me dijo que la llame para salir algún día y, para ser francos, no estaba tan convencido de hacerlo hasta el beso de despedida. Claire terminaba de darme un beso y me pedía uno más, y así lo hizo de nuevo, y al final fueron muchos besos. No se cuantos; eso es lo de menos. Pero fue eso, justamente, lo que me hizo cambiar de opinión y llamarla luego de unos días.

En fin, la historia cambió. Ella conoció a un tal Gustavo, o Bruno, o algo así. Tuvieron un hijo y, aunque nunca se casaron, asumo que han de ser felíces. Yo, ahora, atiendo más seguido a esos eventos sociales, con la esperanza de encontrar nuevamente a mi propia Polly, a mi propia Claire.

(Adaptado de El pasado vino, por Tomás Sandoval)

lunes, 25 de mayo de 2009

Polos para todos los gustos

Déjame contarte, Ricardo, un poco más sobre esa tarde con mi abuelo Coché en Lunahuaná:

Recordarás que la palabra Lunahuaná era como una campana de alerta para mi abuelo. Cada vez que alguien mencionaba esa palabra cerca de él, Coché dejaba todo lo que estaba haciendo para intervenir en el tema; ¿Lunahuaná? ¿vamos a ir? ¿Mañana? ¿Cuándo vamos?

El origen de su amor por ese lugar se remonta a su niñez. Si no me equivoco, pasó gran parte de ella por esos lares, comiendo camarones y jugando junto al río. Asumo que un gran número de recuerdos felices lo llenaban de alegría cada vez que se imaginaba volver a visitar su pueblo, y que esa era la razón por la cual los ojos le brillaban cada vez que hablaba de “volver a casa”.

Esa tarde era la última del fin de semana; partiríamos de regreso a Lima en unas horas y decidimos dar unas vueltas por el pueblito de Lunahuaná en la pick up de mi padre. Mi abuelo y yo íbamos en la tolva disfrutando del aire puro que ese rinconcito ahora muy prostituido nos brindaba. De pronto, a alguien dentro del carro se le ocurrió la idea de usar un megáfono que por alguna razón estaba bajo el asiento del copiloto, y así empezó nuestra absurda, efímera pero emotiva campaña electoral.

¡José para alcalde! se oyó desde el carro. Coché y yo nos miramos tras escuchar el primer anuncio y él sonrió. Nunca antes ni después lo vi sonreír de la misma manera; parecía un niño lleno de felicidad, emocionadísimo, contentísimo. Mi abuelo volvió su mirada al frente y esta vez alzó las manos para extenderlas y saludar, así, a los varios vecinos del pueblo que salían a sus puertas a hacerle hurras sin siquiera conocerlo.

Los siguientes anuncios venían acompañados de slogans preparados de forma improvisada y resultaban, en algunos casos, algo exagerados. “Con José, nueva vía expresa para Lunahuaná” “Vota por José y gánate un perrito”. Los temas seguían y, al darme cuenta, Coché no era más el mismo. La felicidad lo transformó realmente en ese personaje y vivió una realidad paralela durante varios minutos. Coché era, en su propia imaginación, ese hombre que postulaba a las elecciones para la alcaldía de Lunahuaná. Serio, impetuoso, siempre con las manos abiertas y saludando a todos sus vecinos, mi abuelo lucía su mejor peinado a mano de momento y una postura muy erguida. No era necesario ser un genio para darse cuenta que se sentía orgullosísimo de sí mismo, de su pasajera realidad adulterada. La enorme emoción burló su conciencia para hacerlo vivir y recordar esa experiencia que, más adelante, relataría como "la vez en la que postuló para alcalde en Lunahuaná".

Como sabrás, esa fue la última vez que Coché pisó ese pueblo. Debo admitir que recordarlo y recordar su amistad me pone algo triste, pero es cierto que si no hubiera sido por ti y por tu carta, no me habría puesto a pensar, también, en los momentos divertidos y agradables que pasé junto a él.

En fin, no quiero hacer esta carta más larga, estimado Ricardo. Espero saber de tí pronto.

Se fue la luz

Daniel y Karen se conocían por algunos meses y rápidamente se habían convertido en mejores amigos. Esa noche, como de costumbre cada semana, el mismo día y a la misma hora, se reunieron pasadas las once en el bar que frecuentaban para ponerse al día en los aspectos sociales y amorosos de sus vidas mientras el hombre del piano los acompañaba en el fondo.

La frase de siempre: tú primero, le dijo Daniel a Karen, esperando que ella empezara a contarle las últimas novedades sobre su vida. Realmente se querían mucho, a pesar de poder verse solo una vez a la semana.

Conocí a un muchacho hace ya un tiempo, dijo ella, y la verdad es que nos conectamos de forma casi instantánea. Él me hacía reír y yo lo hacía hablar a pesar de su timidez. Él me hacía sentir como una mujer madura y yo lo hacía sentir como un niño travieso; éramos, creo, el complemento perfecto. Primero fuimos amigos y compartimos hasta las lágrimas; creamos un vínculo especial entre ambos y lo empecé a considerar por encima de mis otros amigos. Lo quería, lo quiero y, seguramente lo querré por mucho tiempo, pero temo que no podré verle más. La semana pasada nos encontramos, se nos fueron los tragos e intimamos por primera vez, pero él se convirtió en otro. No me llamó al día siguiente, ni lo hizo después, ni lo ha hecho hasta ahora. Tengo miedo de perderlo porque ahora las cosas parecen ser distintas. ¿Qué hay de ti?

Bueno, dijo Daniel, yo tengo una historia similar que compartir contigo, aunque con ciertas variaciones. A esta chica la conocí por pura casualidad, pero al principio admito que no me caía muy bien. Luego de un tiempo aprendí a entenderla y reíamos sin parar cada vez que nos reuníamos. Hablábamos de todo un poco y sin apurar las cosas. Finalmente llegué a quererla mucho aunque con cierto miedo a enamorarme. Sabes que siempre he sido así, y eres una de las personas que mejor me conoce, por lo que creo que serás la indicada para aconsejarme. Hace muy poco dormí con ella y al amanecer me sentí raro; era como si algo dentro de mí se hubiera arrepentido de haber pasado la noche a su lado, pero luego descubrí que no era así; al menos, no del todo. En tu caso no te llaman; en el mío soy yo quien tiene miedo de llamar. No sé si quiero conservar su amistad o dar un paso adelante, estoy realmente confundido. ¿qué crees que debería hacer?

Karen miró su celular y enseguida respondió: Si realmente la valoras como una amiga podría durar mucho. La amistad no se acaba con facilidad; las relaciones si. Habla con ella al respecto y aclara las cosas. Será mejor saber si lo que sientes es amor o ilusión y, sobre todo, que ella sienta lo mismo hacia ti. Tú sueles ser más racional y directo; me sorprende que me pidas consejos en esto. Pero bueno, devuélveme el favor con otro consejo. Mi caso es patético ¿no crees? No más que el mío, respondió Daniel, y prosiguió: Verás, tú al menos tienes las agallas para admitir que sientes varias cosas por él, que lo quieres y que, aparentemente lo vas a seguir queriendo. Yo, por el contrario, soy un inseguro del diablo, que ni siquiera sé qué es lo que realmente quiero, ni con ella, ni con nadie.

Creo que es la primera vez en la que no tenemos una solución para nuestros casos, dijo Karen. Perdóname, por favor, pero hoy no podré quedarme más tiempo como la última vez; tengo muchas cosas que pensar.

Luego de esa noche, ninguno de los dos resolvió sus problemas con las personas de las que habían hablado. Daniel y Karen no se volvieron a reunir en ese bar; no se volvieron a hablar más, ni se escribieron. Se perdieron el uno al otro y así terminó esa relación. Ninguno, sin embargo, se arrepintió, jamás, de haber conocido al otro, de haber pasado algunos meses maravillosos, de haberse vuelto mejores amigos y, por supuesto, de haber hecho el amor esa única vez.

domingo, 19 de abril de 2009

Perdóname si te nombro

El concierto de los Muñecos de Papel fue el móvil para que muchas y muchos se juntaran en algún lugar de Miraflores. Yo aún era un chiquillo y mi fanatismo por el grupo no pasaba de decirle a todos que a mí me gustaba Bibi Gaitán, una de las muñecas del grupo. Así, al concierto iría mi hermana y mi mamá, mientras que mi padre y yo debíamos hacer hora en los alrededores del lugar para pasar por ellas al terminar.

No entiendo, ahora que lo pienso detenidamente, cómo es que ese grupo mexicano, cuya fama de aquellos días podría compararse a los RB-algo de ahora, decidió venir a la ciudad en la que todos los días se salía a la calle con miedo a morir por la explosión de algún carro, un asesinato masivo o por pararse junto a un policía. Eran tiempos duros, y algunos de nosotros aún recordamos con tristeza lo que, afortunadamente, estaba por terminar a inicios de la década pasada. El caso es que vinieron, tocaron, se presentaron en un par de programas y se fueron. Pero algo curioso dentro de ese orden nos ocurrió a mi padre y a mi.

Ya que mi hermana y mi madre se tomarían un par de horas en el concierto de los aclamadísimos muchachones entre los que se encontraban Ricky Martín y Sasha, mi padre y yo fuimos a dar unas vueltas por las calles miraflorinas. Comimos, reímos, coqueteamos con las meseras de algún lugar y, finalmente, fuimos al arcade a jugar alguna maricada de esos días. En una enorme y antigua máquina de video juegos dentro de uno de estos lugares, mi padre y yo nos pusimos a jugar el antiguo Contra. Perdimos rápido, creo, y ya debíamos regresar a recoger a nuestras damas.

Al llegar al recinto del concierto, mi padre estacionó su carro en la parte de atrás del mismo, justo frente a una limousine cuyo chofer esperaba paciente a un lado de la acera mientras se fumaba unos cigarrillos Premier. Para mí era asombroso ver, por primera vez, esos autos largos que usaba la gente rica de algunas películas que había visto en el olvidado Cine Millonario del canal dos. Es grandaza, le dije a mi padre mientras mantenía los ojos muy abiertos de puro e ingénuo asombro. Es la de los muñecos de papel, me dijo. ¿De verdad? si, en serio. ¡Mira! ¡justamente están saliendo!. Por un momento, me quedé mirando con emoción cómo iban saliendo uno a uno los famosos muñecos y, en un impulso de alegría infantil, bajé del carro y crucé la calle hasta la limousine donde Bibi, mi Bibi Gaitán, la muñeca de papel que me gustaba, era la última en subir. ¡Bibí! le dije, alzando mi aún agudo tono de voz. Ella volteó, se agachó un poco y me cogió los cachetes con ambas manos. ¿Y este muñequito de papel? ¿te perdiste el concierto muñequito? acentí con la cabeza y puse una cara triste (mi mejor actuación de niño). Aw, pero qué tierno, entonces te prometo que regresaremos a dar otro concierto y tú tienes que prometerme que esta vez si vendrás ¿Orale?. Me dio un beso en la mejilla y subió a la limousine de lunas oscurecidas luego de despedirse.

Al recapacitar, mi padre ya estaba a mi lado y me dijo que sería la envidia de mi madre y de mi hermana cuando les contara lo que me había pasado. Fui feliz por varios días y nadie en el colegio me creyó. Pero eso fue lo de menos. Lo que realmente me jodió la infancia y, posteriormente la adolescencia, fue que Bibí Gaitán nunca cumplió su promesa.

jueves, 16 de abril de 2009

El nuevo Cubillas sin nene

Martín tenía unos veintiocho años por aquel entonces. Parado en lo alto del mirador de Matucana y sintiendo el helado aire de invierno golpearle la cara, se acordó de las cosas que hacían que despertara llorando casi todos los días. Extrañaba mucho a sus dos hermanas, ambas fallecidas en momentos distintos de su vida y bajo muy penosas circunstancias; extrañaba a su abuelo, su gran amigo y antiguo compañero de risas; a su otro abuelo que, en parte, lo había criado durante algún tiempo de su niñez. Extrañaba esos días de infancia, cuando todo era sencillo y sin problemas ni preocupaciones. Así, recordó varias cosas más y con cada segundo se aproximaba a la fatal desición de lanzarse desde esa altura. Pensó que, si eventualmente todo y todos los que lo rodeaban iban a dejar este mundo, no tenía nada que perder adelantándose a un final anunciado con poca predicción.

El viento lo golpeaba, ahora, con mayor fuerza, como si la naturaleza en sí tratara de apoyarlo en sus intenciones de saltar. De pronto, un ave aterrizó a su lado, allí en lo alto del mirador, pretendiendo no temerle; era totalmente blanca. Con una lágrima corriendo por su mejilla, Martín sonrió al verla y el momento le pareció hermoso; enseguida aparecieron dos aves más en la escena, y a los pocos segundos llegaron otras tres, todas parecidas, con ese color blanco que las hacía tan armoniosas. Martín dio un paso en dirección a la orilla del mirador y las aves dieron un salto, todas al mismo tiempo, avanzando con él. Entonces todo parecía extrañamente sospechoso. Muy sigilosamente, Martín dio otro paso hacia adelante, acercándose más a su segura muerte, mientras que las aves, de una manera increíblemente organizada, hicieron lo propio. Esta vez, sin embargo, luego de saltar, formaron una línea delante de él.

La coincidencia comenzaba, incluso, a intimidarlo. Tal vez porque en el fondo Martín empezaba a creer que no era solo una casualidad. A medio paso del abismo, Martín levantó su pierna derecha y las aves extendieron sus alas frente a él. ¿Le estaban advirtiendo que no salte? ¿por qué querrían evitarlo? pensó Martín. Al bajar la pierna, las aves bajaron las alas y empezaron a caminar en dirección hacia él. Un poco asustado, Martín decidió retroceder unos pasos y el viento dejó de molestarlo. De pronto, escuchó detrás suyo la voz de su madre, que se dirigía a darle el encuentro en el mirador. Volteó y corrió a abrazarla. Le dijo que la amaba más que a nada en su vida y los dos lloraron.

Durante el prolongado abrazo, Martín empezó a recordar, ahora, todas las cosas que hacían que sonriera durante el día; se acordó de la gente que aún ayuda a los demás, de sus maravillosas abuelas, de su novia, de sus logros, de sus bromas y, por supuesto, de sus padres; sus razones para seguir viviendo. ¿Qué hacías acá, hijo? le preguntó su madre. Martín la miró y le besó la frente. Estaba pensando en lo mucho que los quiero, le dijo secándose las lágrimas. ¿Pero tan cerca al borde? Es que me acerqué a ver a esas peculiares aves. ¿Cuáles aves? Martín volteó a ver la escena al borde del abismo y no vio a ninguna de las seis aves que lo habían detenido. ¡Pero estaban acá hace un momento! pensó. Se acercó un poco para serciorarce que todo aquello no había sido producto de su imaginación y quedó emocionado cuando notó seis hermosas flores blancas que formaban una línea junto al borde del abismo. Martín sonrió y, sin entender por completo todo lo que acababa de ocurrir, se marchó con su madre mientras seguía enumernado, en su mente, todas las cosas por las cuales valía la pena seguir sonriendo.

Hace unos días, Martín me escribió invitándome a su cumpleaños número treinta y dos; de todas formas asistiré.

foto: Venezuela Realistic People

domingo, 12 de abril de 2009

En el cajón de la izquierda

¿Quieres saber qué no le puede gustar a una chica de tí? me respondió Valery, en un tono que anunciaba un ataque sorpresivo e intenso, aunque honesto. En solo tres minutos mencionó, describió y explicó todos mis defectos, físicos como emocionales (más físicos), de la manera más cruda, insensible y directa que alguna vez alguien haya utilizado conmigo. Fue realmente sorprendente para mi y estoy seguro que, si no hubiera sido yo el castigado con todas esas palabras, habría sido extraordinariamente hiriente para cualquiera.

No sé si Valery estaba siendo totalmente sincera o si había exagerado algunas cosas por un malentendido que habíamos tenido un par de noches antes. Me inclinaba por la primera al saber, previamente, que ella era algo parecida a mí en cuestiones de importancia-nula-a-tonterías. Pero ¿qué tan parecida a mí? ¿suficientemente parecida como para no haber tenido un juicio sesgado al darme su opinión? Al final todo lo que dijo era cierto, porque vamos, la verdad es la verdad aunque duela; Sin embargo ¿era realmente necesario el tono déspota y arrogante en cada una de esas palabras? ¿era realmente necesario el ejemplificar con cierto desprecio cada detalle defectuoso que encontró en mí?

Jamás me habían hablado de ese modo y, para ser honestos, todo eso me resultó irónicamente excitante; al final de las palabras hostiles usadas por Valery, me sentí como una pieza de metal frente a un poderoso imán. Esa mujer había despertado, sugiero, el lado fetiche y oscuro que hasta ese día ninguna chica me había hecho descubrir.

¿Qué diablos pasaba conmigo? quería tomarla en mis brazos y besarla apasionadamente a la fuerza, abusar de ella y utilizar palabras sucias como musicalización de fondo. Quería que vuelva a agredirme verbalmente, pero aún peor; que me muerda, me lastime, me ate de manos y también abuse de mi. Algo así como una exageración del angry sex, sin dejar de ser angry. Qué noche.

jueves, 9 de abril de 2009

Héctor y yo

Conversando bajo la estación Brownsville del metroriel de Miami, Hector y yo hacíamos tiempo mientras esperábamos la llegada del vagón que nos llevaría hasta la estación del lado norte, dos paradas más adelante. Allí nos encontraríamos con mi buen amigo Adelmo para pasar un par de noches en su condo, beber unas cervezas, jugar con su perro Dálmata y enterarnos que yo había reprobado un curso de filosofía de la universidad de vuelta en Lima.

Recuerdo que el clima estaba algo loco y los cortos pero fuertes períodos de lluvia alternaban su estadía con un brillo solar que se hacía paso entre las nubes que se separaban. Un típico día de Marzo en Miami. Por alguna razón, nuestros estómagos demandaban ser engreídos a esa hora de la tarde y no teníamos los medios ni el tiempo para visitar algún comedor cercano. Nos acariciábamos las barrigas pensando en llegar ya a la casa de mi buen amigo y asaltar su refrigeradora, cuando se acercó un muchacho de mal aspecto que venía comiendo algo aparentemente delicioso de un to-go-box. ¡Están regalando comida allí arriba! nos dijo en un inglés parecido al que se escucha en la sala de la Dra. Ana María Polo. Héctor y yo nos miramos por un segundo y no dudamos en subir enseguida. Efectivamente, habían dos muchachas guapísimas que custodiaban una fila acumulada de esas cajitas blancas en donde se lleva el pollo a la brasa.

La vergüenza por recibir caridad y compasión al ser identificados como posibles individuos de escasos recursos nunca existió cuando nos ofrecieron una de esas maravillosas loncheras a cada uno. Al bajar, abrimos los contenedores y con los cubiertos de plástico -también proporcionados- empezamos a deleitarnos con lo que parecía ser una especie de arroz con mariscos sin mariscos, pero con pollo y frijoles. They should bless those people, decía el muchacho con el que nos habíamos topado antes, mientras usaba sus dedos para tomar los últimos granos de arroz en su caja. Héctor y yo nos limitamos a comer tranquilos y, por supuesto, felices. Y es que esa comida nos llegó de arriba en el mejor momento.

Esa noche, Adelmo, Hector y yo comimos chuletas de cerdo y galletitas de perro.

martes, 7 de abril de 2009

El panda del acoso sexual

Hablando de las AFP y demás temas de mierda que se conjugan en un grupo de sistemas de mierda que no funcionan para una mierda en un país... excepcional, mi padre me dijo "mira, sino, lo que pasó con Manuel Rosado" ¿Manuel Rosado? ¿Quién es él? pregunté. Tu tío Manuel.

De niño le decía tío mañuco y mi relación con él era algo distante, lo admito. Ya siendo joven empecé a verlo más gracias a que decidió pasar la mayor parte de su tiempo junto a su hermanastra, su hermanita, su hermana Emilia, mi abuela. Honestamente, recién entonces, hace unos pocos años, empecé a tomarle cariño, y su reciente muerte me afectó, aunque no tanto como lo esperaba. Emilia se siente sola; la muerte de su esposo a principios de la década pasada, la total independencia de casi todos sus hijos, sus ochenta años cumplidos no hace mucho y la reciente muerte de su hermano -casi su única compañía- han hecho que hoy más que nunca sienta mucho miedo de su propia vida. La soledad nunca ha sido tan dura, pensará, y yo me avergüenzo de no poder pasar más tiempo con ella, aunque trato de mimarla y ser tan sinceramente cariñoso cada vez que tengo la oportunidad de verla.

Cuando tenía seis o siete años les prometí a mis dos abuelas llevarlas a tomar helado cuando tuviera mi carro y trabajase. Me siento, aún, más avergonzado de que hayan pasado varios años de eso y que aún no las haya llevado a ese paseo que, en silencio, seguramente esperan ambas. Pappo, no te olvides, por favor; ellas quieren ese helado.

martes, 31 de marzo de 2009

El profesor (con cariño y sin miedo)

Era la cena de trabajadores por el aniversario de la empresa. Con solo un mes laborando en ella, decidí que sería la oportunidad perfecta para conocer a mis compañeros de trabajo y socializar un poco. La hora pactada en el correo era las ocho de la noche, pero como pensé que llegar tarde sería interesante no me apresuré en la hora de arribo. Cerca de las once hacía mi entrada esperando captar la atención de los demás pero me di cuenta que al cruzar la puerta pasaba tan desapercibido como cuando entro a una discoteca. Bueno, pensé, ahora solo queda buscar una mesa bacana.

Como aún no conocía a mucha gente decidí entablar conversación con la primera persona que encontré en mi camino para parecer relajado y buena onda; era un señor de unos cuarenta y cinco años de edad, alto y de buena presencia, que se había quedado mirando un bonito efecto que hicieron con luces azules en una de las paredes del lugar. No recordaba haberlo visto por las oficinas pero si estaba ahí era un hecho que trabajaba para la misma compañía. Hola, le dije. Me presenté como uno de los asistentes de marketing que integraba el nuevo equipo de planeamiento para clientes premium. Según yo, era un puesto jugozo que cualquier joven de veinte años habría aspirado tener en esa aerolínea ya que, después de todo, el perfil de la plaza requería a un entusiasta, emprendedor, responsable y bilingüe muchacho con dominios del tema de Marketing; un ganador.

Soy Brandon Ribbentrop, visepresidente de marketing ¿cómo estás? Diablos, era el jefe del jefe de mi jefe, el puesto realmente jugozo que cualquier persona habría querido tener (luego del presidente, claro, que jamás se presentaría esa noche). Qué inferior me sentí; qué perdedor, hipócritamente entusiasta, algo responsable y poco conocedor del Inglés me sentí. Mis aires de mariscal de campo de escuela secundaria se convirtieron en los del presidente del club de ciencias del mismo colegio. Tras una amena, tensa y corta charla me disculpé al dejarlo luego de notar que unos muchachos a los que conocía me hacían señas para ir a sentarme a su mesa. Al llegar a la mesa todos empezaban a tomar turnos para molestarme por el incidente previo. Así que ahora te codeas con Ribbentrop, dijo uno mientras los demás reían. Algo avergonzado, resolví no responder a las burlas por temor a agrandar el tema. Recién entonces me percaté de cada uno de los comensales en esa mesa. Me presentaron a quienes aún no conocía y sentí como mi corazón empezó a acelarar cuando llegó el turno de conocer a Miriam, otra chica nueva en la empresa, aunque de un área distinta. Hola, me dijo con una sonrisa que puedo guardar en el cajón de las sonrisas de las que me he enamorado por una noche. La conexión fue instantánea. Había algo en sus ojos que me invitaban a saber más de ella. En un solo segundo empecé a fantasear sobre los dos; nos veía conversando frente al lago iluminado con el poderoso blanco de la luna llena.

Discúlpame el atrevimiento, pero pienso que eres la chica más bonita que alguna vez haya conocido. Qué idiota fuiste, Pappo ¿realmente pensaste que ella iba a seguir tu línea? La sonrisa se le fue y me enfoqué en ese precioso cerquillo arqueado que llevaba, pero sus ojos no me invitaban, más, a conocerla. La conexión se cayó peor que con el speedy de telefónica, siguió esa típica mirada que las mujeres le dan a quienes no soportan y finalmente volteó la cara. Era la segunda vez que las demás personas en esa mesa se burlaban de mi con carcajadas. Es la mesa más alegre del lugar, pensarían muchos alrededor. Yo solo me arrepentía de haber ido a la estúpida fiesta. Quería irme.

Así empezó mi velada en esa cena en el hotel Sheraton; con la más pesimista de mis actitudes y resignado a tener que soportar un par de horas más de esa humillación. Por grandes que eran mis ganas de abandonar el lugar, iba a demostrar debilidad al irme en ese instante. Terminaría siendo el tema de conversación de la mesa, y luego de la mesa adjunta, y luego de la mayoría de invitados a la fiesta. Ya me imaginaba los chismes del siguiente lunes en la mañana. Los titulares del períodico ficticio de la aerolínea dirían algo como "el imbécil del chico" o "¿qué clase de estúpidos contratámos hoy en día?"

No mucho antes de terminar el evento, di gracias a todos los santos por el bochornoso incidente que le ocurrió a uno de los supervisores cuando, por reirse demasiado y estando totalmente ebrio, no balanceó su propio peso y cayó junto a su silla de espaldas en medio de todos. Las risas eran, ahora, de todos los asistentes. Yo sonreía pero poco me importaba su vergüenza; yo era feliz porque lo mío era para olvidar y lo suyo para comentar durante un par de meses. Uf, pensé.

Había llegado a creer que las cosas no podrían resultar mejores hasta que Miriam, quien se había ausentado durante un buen rato, regresó a la mesa con dos copas de apple martini. Me extendió una y me dijo que perdonaría mi atrevimiento previo si lograba vaciar la copa más rápido que ella (gracias JD, gracias por el appletini -easy on the tini-). Al ganar el infantil concurso me dijo que estaba perdonado pero que solo faltaba una cosa por hacer. Volvió a extender su mano pero esta vez vacía; me estaba invitando a bailar. Me levanté entre susurros de mis compañeros de mesa y totalmente dispuesto la acompañé a la pista de baile mientras recordaba cómo mi madre me enseñaba a cruzar el pavimento de niño. Diablos, era hermosísima para mi liga. Sus finas curvas hacían una silueta perfecta dentro de ese elegante vestido azul y su caminada decía que era toda una dama.

Bailamos con la música en vivo durante varios minutos hasta que la orquesta decidió sugerir el fin de la fiesta con un par de piezas románticas. Qué perfecto era el momento; tenía su cabeza en mi hombro aunque la canción no lo dijera, mi mano izquierda sobre la suya, mi mano derecha sobre su espalda y su cuerpo junto al mío. Estaba enamorado, enamoradísimo. No había tenido uno de esos momentos desde la fiesta de quinceaños de una compañera del colegio.

La música en vivo se detuvo luego de eso y Miriam y yo nos quedamos conversando en una mesa vacía mientras los pocos restantes se retiraban. Era mi noche; tenía que serlo. La historia del antiguo novio celoso y de sus miras por esperar a encontrar a la persona indicada me volvían a invitar, sin el permiso de sus ojos, a conocerla más. Yo era una quinceañera soñadora en ese momento; no quería que pasara algo simple entre los dos; quería que salgamos, que nos casáramos, que tuvieramos hijos y que envejezcamos juntos. Quería todo de ella. Me ofrecí llevarla y aceptó. Conducí con Barry White haciéndonos compañía y al llegar a su casa me pareció que empezó a jugar con las llaves mientras pretendía buscarlas. Las encontró y me miró, me dijo que la había pasado muy bien conmigo y que le había encantado haberme conocido. La acompañé a su puerta y antes de que pudiera abrirla la tomé de ambas manos y le dije: No he encontrado un mejor momento para un beso en toda mi vida.

La sonrisa se le fue otra vez y otra vez me enfoqué en su cerquillo. Si no hubieses dicho nada, si habría sido el momento perfecto para un beso, pero volviste a estropearlo todo. Que tengas una linda semana. La maldita entró a su casa tan rápido que no tuve tiempo ni siquiera de pensar en qué responderle. Y Miriam se convirtió en otro más de mis fracasos en el amor. No la volví a ver porque renunció a los pocos días. En algún momento escuché que se tuvo que mudar de la ciudad con urgencia y lo único que tengo de ella hasta ahora es esa sonrisa, bien guardada junto a las demás sonrisas de las que me he enamorado por una noche.


martes, 17 de marzo de 2009

Sayonara mister tif

Un primo contemporáneo había estado de visita por Lima y esa noche tomaría un vuelo de vuelta a Madrid. Sin mayores incidencias durante su permanencia en casa, todo hacía suponer que aquella sería igual a las anteriores veces que me había visitado desde que, por asuntos militares, su familia se había mudado al otro lado del mar.

Camino al aeropuerto, tomamos y retomamos distintos temas de conversación que habíamos ido afinando los días previos: la gran reunión familiar, su posible y próximo regreso al Perú y nuestra apuesta para saber quién podría bajar de peso más rápido. Al tener un par de horas de sobra, el relajo hizo que entre risas e insultos con cariño deje de concentrarme en la ruta y me pase la calle por donde debía girar. Puta madre, dije, ahora tengo que dar un vueltón por esa zona brava. Qué ¿tienes miedo, primito? me respondió en un tono algo irónico y muy burlesco. Yo siempre había sido el lado débil de los dos; el que entró tardíamente en desarrollo, el tímido, el menos exitoso con las chicas, el que no sabía pelear tan bien, el que no era tan audaz como el otro. En fin, mi primo siempre se impuso sobre mí en muchas cosas, pero siempre ha sido, también, ese mejor amigo que no cuenta como mejor amigo; mi compañero de travesuras de la infancia, de problemas en la adolescencia y de consejos en la juventud. En otras palabras, "he got my back y I got his back". Compañeros que pueden confiar uno en el otro, sin miedo a estupideces como la tración o la envidia.

Dando esa temible vuelta por una de las calles desoladas del retorno a mi ruta original, me percaté de la presencia de cuatro sujetos al final del bloque que, evidentemente, esperaban nuestra llegada a esa siguiente esquina. Mira, huevón, nos han marcado, puta madre, le dije. ¿crees que nos van a querer hacer cagar? me respondió. No sé, fácil si; habla. Písalos, primo, contestó decidido. Nada, mejor retrocedo, brother. Ahí estaba yo, el menos intrépido que prefería salir de esa calle en retroseso en vez de ir contra los delincuentes esos. Grande fue mi sorpresa cuando al mirar por el espejo retrovisor vi que otros cinco o seis de ellos venían corriendo hacia el coche. Mi primo y yo nos miramos por un instante y decidimos poner en marcha el carro sin escatimar en atropellar a los de en frente. Después de todo, salir de ahí en reversa sería, aún, más riesgoso.

Los neumáticos del carro chillaron sobre el pavimento mientras aplicaba lo mejor de mí al volante y mis revoluciones -las del carro y las de mi corazón- subían agitadamente. Al avanzar, noté que Alfredo abrió el vidrio del copiloto. ¿Qué haces, idiota? le pregunté mientras seguía con la mirada en frente, sudando frío y totalmente decidido a no detenerme. Sin responder palabra alguna, mi copiloto se desabrochó el cinturón de seguridad y adoptó una posición de alerta. Cuando pasamos por el costado de los avesadísimos ladrones que se hicieron a un lado justo antes de atropellarlos, uno de ellos quiso meter el brazo por la ventana y, como labor de doble en una película de buen presupuesto, Alfredo logró sujetarlo y jalarlo hacia el interior del coche. Una piedra cayó sobre el parabrisas posterior y solo entonces agradecí haber gastado esos cientos de dólares en láminas de seguridad impenetrables.

Mi carro avanzaba y tras perder a los ladrones detrás nuestro volví a percatarme de la realidad: La cabeza del muchacho de medios veintes yacía atrapada en los brazos de Alfredo, mientras el resto de su cuerpo -una mitad dentro y una mitad fuera- se movía como un pez cuando es sacado del mar. La presión habría sido tan fuerte que el joven delincuente agotó sus fuerzas para escapar en un par de minutos mientras mostraba signos de sofocación.

Hay que darle una lección a este hijo de puta, me dijo Alfredo. Pensando solo en todas las veces en las que me habían asaltado a mi o a alguno de los míos, no tuve nada que meditar y la adrenalina decidió por mí. En cuestión de minutos llegamos a la costa del distrito de Ventanilla y detuvimos el carro. El muchacho, aún atrapado en esos mofletones aunque firmes brazos, rogaba, con dificultad, que lo dejáramos ir, que él no había tenido nada que ver en el robo frustrado y que era inocente, pero yo solo oía un ligero zumbido en mis oídos. Mi primo y yo no éramos, más, personas, sino instinto salvaje de supervivencia. Con mi ayuda lo arrastramos por la tierra a unos metros del carro y empezamos con la venganza que representaba a todas aquellas personas que conocíamos y que, realmente inocentes, habían sido víctimas de gente de la misma calaña que aquel sujeto.

Sin acomodarnos bien para lo que se venía, me adelanté y la punta de mi zapato logró abrirse paso en el pómulo del miserable ladrón. Al ver la sangre me volví, aún, más salvaje; me incliné y sin sentir nada más que odio empecé a golpearle la cara con los puños una y otra vez en medio de insultos aprendidos por mi padre, quien si conoce del tema. Al parecer, estaba tan conmocionado que Alfredo tuvo que detenerme. Recién entonces vi mis nudillos llenos de sangre y pude esuchar que, sollozando, el desdichado delincuente imploraba que me detenga.

No te preocupes, le dijo mi primo al ladrón; él ya no te va a pegar, porque ahora me toca a mí. Un cabezazo que seguramente le rompió la nariz a ese bastardo fue el comienzo del turno de mi primo. A diferencia mía, él si era conciente de lo que hacía y mientras sus manos se encargaban del trabajo sucio le iba advirtiendo del grave error que había cometido al querer meterse con nosotros. Esa paliza la vas a recordar para toda tu vida, le decía. Míranos bien las caras para que te acuerdes quién te hizo cagar en tu puta vida, le replicaba mientras seguía arremetiendo contra él.

Cuando mi primo se detuvo, el adolorido y ensangrentado muchacho sufría para poder seguir implorando, ahora llorando con mucha dificultad y casi al borde del desmayo, que lo perdonemos, que nunca más robaría a nadie, pero que por favor paremos de golpearlo. No sentí una gota de pena por él; creo que quería que siga sufriendo lentamente, pero empecé a temer que pudiéramos acabar con su vida a golpes, así que le dije a Alfredo que con eso bastaba. Lo desnudamos por completo y lo metimos de vuelta al carro. Saqué un plumón de los que cargo en mi maletín para escribir en la pizarra acrílica y le escribí un mensaje en el pecho: "Ja, ja, ja. Ahí tienen a su perro amigo, la próxima nos llevamos dos".

Regresamos a la esquina en donde todo había comenzado y lo lanzamos del carro sin piedad. Al continuar la marcha vimos como sus secuaces se acercaron a él rápidamente en medio de la pista y lo levantaron en hombros como a un triste borracho. Todavía puede caminar la cagada esa, me dijo mi primo mientras soltamos una carcajada forzada.

El resto del camino sirvió para bajar la cantidad de adrenalina en nuestra sangre mientras presumíamos de lo ocurrido. Y al despedirme apresuradamente de él en el aeropuerto por temor a que pierda su vuelo, prometimos que en su próxima visita a Lima le daríamos una lección a otro de esos bastardos.


*esta historia está dedicada con cariño y fé de venganza al desafortunado conductor del Baleno del video.

lunes, 9 de marzo de 2009

Los Cronopios si son reales

Los Quipus sonaban en la radio con el tema "Nada Soy". Mi madre y sus hermanas, algunas con esposo y otras aún solteras, encajaban mágicamente en esa mesa que también albergaba a mi abuela, mi tío y alguna visita más en ese, uno de los tantos domingos amenos que pasaba en la casa de mi abuela cuando era niño. Por aquél entonces eramos solo cinco los nietos, y la preocupación máxima de dos de ellos era molestar al abuelo que, por costumbre, yacía pasivo, sentado en un viejísimo sillón a un lado de esa sala donde también se sentaba el hermano de mi abuela.

Las risas eran costumbre en esas reuniones junto a los chismes, las anécdotas y la felicidad que implicaba el juntar a la familia de mi madre en esa casa. Con una quincena de personas, el almuerzo debía ser maravillosamente racionado por mi abuela y sus débiles porciones de comida para todos los presentes menos para los hombres de familia, quienes recibían las verdaderas presas en platos exageradamente más grandes que los demás . Qué puedo decir; era un ambiente bastante machista, pero nunca dejó de ser acogedor.

Hoy en día esas reuniones son cada vez más esporádicas; las anécdotas siguen siendo contadas aunque muchas veces son solo historias repetidas, los chismes nunca pasarán de moda y la felicidad ya no es la misma de antes. Ese grupo de personas de mi niñez es el mismo solo en mis pensamientos y, aunque la comida sigue siendo servida de la misma manera y aún hay risas en la mesa, poco a poco van siendo menos u otros quienes se reunen en esa mesa a pasar un domingo ameno en un lugar acogedor.

viernes, 6 de marzo de 2009

Quinientas millas

Empezó con un estúpido mensaje al celular en el que se burlaba de mi supuesto miedo a las alturas. Ya que no sé muy bien cómo enviar mensajes de texto desde mi móvil, no dudé en llamarla.

¿Alo?. No es que le tema a las alturas, sino que hoy me puse a pensar que no tendríamos suficiente tiempo para bajar del edificio en medio de un terremoto; estamos en el penúltimo piso, y eso me puso algo nervioso. Tras escucharme soltó una carcajada para luego preguntarme quién me había dado permiso para llamarla al celular. ¿No es anti ético que me estés timbrando a estas horas de la noche? me dijo - ¿y no es anti ético que me envíes un mensajito burlándote de algo que ni siquiera es cierto? le respondí.

Sin siquiera planearlo, permanecimos hablando más de una hora por el celular hasta que mi batería se agotó. Recién entonces me di cuenta que ahora sabía muchos detalles sobre su vida y, a decir verdad, eso me empezaba a dar cierto gusto. Creo que es el morbo que siento cada vez que sé mucho sobre alguien lo que me pone así, y es que nunca busco saber y varias veces termino involucrándome en lo que no debo.

Las siguientes sesiones fueron un poco tensas; ambos queríamos mostrar más soltura en nuestras conversaciones, pero nos reservábamos ese privilegio ante la presencia de los otros participantes. Qué distinta era por teléfono; cada dos o tres noches charlábamos por varios minutos y las conversaciones eran tontas aunque amenas. Recuerdo una en particular; fue la vez en la que me preguntó por qué me paraba junto a la ventana durante periodos relativamente largos sin decir una sola palabra. Es la calle, le dije; me gusta mirar esa avenida tan congestionada desde esa altura y, para ser honestos, veo armonía y equilibrio en la escena pese al horrendo tráfico que agobia a esta ciudad. Luego de unos segundos de silencio me hizo esa directa e inquietante pregunta: ¿quieres salir conmigo un día? realmente me tomó por sorpresa que sea ella quien me lo pidiera, pero no dejé que notara mi ansiedad así que procedí con la conversación de una forma aparentemente normal:

- qué ¿del edifico?
- no, payaso. Por ahí, a tomar algo, y qué se yo
-"¿qué se yo?", esa es mi frase
- ¿acaso tienes la factura por tu compra?
- no, pero si la patente
- bueno ¿quieres o no? mira que normalmente no invito a salir a los hombres
- Claro ¿qué tal el sábado?
- ¿qué tal mañana, viernes?
- ¿qué tal hoy?
- Sale, te doy mi dirección para que pases por mí

¿En qué diablos me estaba metiendo? no solo no era ético sino también riesgoso. Ninguno de los dos, hasta donde sabía, podía tomarse la libertad de salir por ahí con el otro. Mientras me vestía tenía en mente la imagen de esa avenida, congestionada, y no entendía por qué. El resto de la noche fue algo confuso, aunque singular. Cinco o seis horas más tarde yacía frente a la playa, sobre el capó del coche, con ella al lado y con una botella de vino a la mitad; la segunda, en realidad. El sonido de las olas, junto a la cantidad de estrellas en el cielo y Marvin Gaye cantando para nosotros nos condujo al primer largo, apasionado y único beso que alguna vez nos dimos.

Realmente no la extraño; ni a ella ni al beso, ni a las dos botellas de vino ni a nuestras conversaciones, pero si extraño la agrable vista que tenía desde la ventana del penúltimo piso de ese edificio.

domingo, 8 de febrero de 2009

Un paseo por la fábrica de Inca Kola

Mientras pasaba una a una las fotos que encontré en una caja con su nombre, en la radio empezó a sonar una canción cursi de Juan Esteban. Por la letra asumí que se llamaba Volverte a ver. Aunque me jactaba de ser un macho alfa en cuestiones sentimentales, empecé a prestar atención a la letra mientras miraba y segmentaba, esta vez con nostalgia, todas aquellas fotos en las que salíamos abrazados.

Llegué a una foto en la que mostrábamos nerviosas y fingidas sonrisas al encontrarnos a punto de saltar de ese puente en Action Valley, y me di cuenta que la canción anterior había terminado y empezaba una aún más romántica. Presté especial atención a esa nueva canción unos segundos antes de reconocerla; coño, era la misma que ella me había enseñado a tocar en la guitarra, esa cuyo título era algo como Para tu amor. Mis ojos se llenaron de brillo y parecían temblar como en los dibujos Anime ¿Qué diablos? ¿Acaso era el especial de Juanes lo que me estaba poniendo muy sencible? ¿realmente había caído en un estado emocional intenso por hecharla de menos? Qué te pasa huevón, tu no lloras por mujeres, pretendí mentirme mientras me limpiaba los ojos y guardaba todas las demás fotografías de vuelta en su caja.

Al día siguiente, en un contenedor, puse esa caja junto a otras muchas sobrevivientes de mis años en la antigua casa. Fotografías, tarjetas, cartas y otros recuerdos tangibles sin categoría yacían amontonados en un barril al que, luego de rociar con un poco de gasolina, le prendí fuego. El pasado, en forma de cenizas, se estaba quedando, justamente, ahí, y empezaba una nueva etapa de mi vida, o al menos eso creí.

Hoy, palpando el bolsillo de un pantalón abandonado entre mis mudas antiguas, sentí lo que podría ser un pedazo de cartulina. Al extraer mi hallazgo, creo que me llené de emoción, de ansias, de felicidad, o de algo que en realidad no entendí. La foto que había separado aquella tarde, con grandes signos de deterioro, estaba de vuelta en mis manos y, como si el pasado me hubiera estado siguiendo y quisiera hacer notoria su llegada, en mi portatil empezó a sonar una canción que tenía "algo" de especial.



Para Tu Amor - Juanes

martes, 27 de enero de 2009

La verdad sobre el telescopio en mi azotea

Los niños no son tan inocentes, en realidad. En algunas ocasiones resultan ser los más crueles y despiadados autores de bromas que, por su peso, podrían llamarse obesas, no pesadas. Mi propia experiencia me cuenta que a los once años, un grupo de amigos y yo decidimos hacerle una broma a Kike, un niño que vivía enamorado de una vecina.

El plan era simple; hacer creer al "chino" Kike que Carmen, la vecina que tenía su corazón bajo custodia, estaba tan enamorada de él como él de ella. Los resultados serían bochornosamente hilarantes, así que utilizando la tecnología a nuestro alcance (una grabadora de voz), modificamos algunas respuestas que grabamos de Carmencita, de tal modo que en una falsa y supuestamente improvizada entrevista, ella habría confesado sus sentimientos hacia él.

Kike tenía la mala suerte de haber nacido feo, o eso decían todos, por lo que la broma parecía aún más atractiva de ser hecha, ya que carmencita era lo que en ese entonces denominábamos como "buenaza". Con la entrevista terminada, corrimos hacia la casa de Kike en medio de risas y, al llegar, nos llenamos de seriedad mientras le hicimos escuchar lo que el "chino" solo podría haber soñado. Su cara de ilusión y felicidad al final de la entrevista era tal que dudé sobre seguir con tan perversa jugada. Pero no me podía hechar para atrás por la presión social (qué vulnerables que terminamos siendo algunos cuando niños).

Ahora todo encaja, decía el chino sin dejar de sonreir. Todas esas veces que me miraba, eran porque le gustaba; mi rompecabezas está terminado, chicos. Diablos; yo tenía conciencia y esta me pesaba más que nunca. "Carmencita sugirió que, si te gustaba lo que acabas de escuchar, te espera mañana al medio día en su casa para conversar bien el tema", le dijo Renato, el más cruel del grupo.

Creo que nadie pudo dormir bien esa noche al pensar en los nefastos y ridículos resultados que ese encuentro provocaría, reiríamos de la desgracia de otro y yo seguía sintiendo mucha culpa, aunque no puedo negar que también estaba ansioso de ver lo que iba a ocurrir. Habíamos preparado hasta el último detalle; una cámara de ocho milímitros de las antiguas para filmarlo todo, un escondite perfecto para cometer la fechoría sin que el chino o Carmencita se percataran de nuestra presencia en la escena, y una excusa perfecta para que ella esté en su casa y reciba al chino kike en su puerta

Al día siguiente, diez minutos antes de la hora, decidí dejar a los demás en el escondite con alguna excusa sobre tarea, o qué se yo. Camino a casa me crucé con Kike, pero pude oler la enorme carga de colonia que llevaba puesta unos metros antes. Peinado con gel, su mejor camisa y unos vaqueros, se disponía a darle el encuentro al amor de su vida. Con una sonrisa casi inmutable, me saludó y siguió con su camino. Yo sentí que no podía ser, más, parte de algo tan cruel. No pensaba en repercusiones pero si en lo mal que le iba a ir a Kike. Me sentía peor porque la grabadora de audio que había hecho posible todo eso era mía. ¡Esos chibolos de entonces!