Era la cena de trabajadores por el aniversario de la empresa. Con solo un mes laborando en ella, decidí que sería la oportunidad perfecta para conocer a mis compañeros de trabajo y socializar un poco. La hora pactada en el correo era las ocho de la noche, pero como pensé que llegar tarde sería interesante no me apresuré en la hora de arribo. Cerca de las once hacía mi entrada esperando captar la atención de los demás pero me di cuenta que al cruzar la puerta pasaba tan desapercibido como cuando entro a una discoteca. Bueno, pensé, ahora solo queda buscar una mesa bacana.
Como aún no conocía a mucha gente decidí entablar conversación con la primera persona que encontré en mi camino para parecer relajado y buena onda; era un señor de unos cuarenta y cinco años de edad, alto y de buena presencia, que se había quedado mirando un bonito efecto que hicieron con luces azules en una de las paredes del lugar. No recordaba haberlo visto por las oficinas pero si estaba ahí era un hecho que trabajaba para la misma compañía. Hola, le dije. Me presenté como uno de los asistentes de marketing que integraba el nuevo equipo de planeamiento para clientes premium. Según yo, era un puesto jugozo que cualquier joven de veinte años habría aspirado tener en esa aerolínea ya que, después de todo, el perfil de la plaza requería a un entusiasta, emprendedor, responsable y bilingüe muchacho con dominios del tema de Marketing; un ganador.
Soy Brandon Ribbentrop, visepresidente de marketing ¿cómo estás? Diablos, era el jefe del jefe de mi jefe, el puesto realmente jugozo que cualquier persona habría querido tener (luego del presidente, claro, que jamás se presentaría esa noche). Qué inferior me sentí; qué perdedor, hipócritamente entusiasta, algo responsable y poco conocedor del Inglés me sentí. Mis aires de mariscal de campo de escuela secundaria se convirtieron en los del presidente del club de ciencias del mismo colegio. Tras una amena, tensa y corta charla me disculpé al dejarlo luego de notar que unos muchachos a los que conocía me hacían señas para ir a sentarme a su mesa. Al llegar a la mesa todos empezaban a tomar turnos para molestarme por el incidente previo. Así que ahora te codeas con Ribbentrop, dijo uno mientras los demás reían. Algo avergonzado, resolví no responder a las burlas por temor a agrandar el tema. Recién entonces me percaté de cada uno de los comensales en esa mesa. Me presentaron a quienes aún no conocía y sentí como mi corazón empezó a acelarar cuando llegó el turno de conocer a Miriam, otra chica nueva en la empresa, aunque de un área distinta. Hola, me dijo con una sonrisa que puedo guardar en el cajón de las sonrisas de las que me he enamorado por una noche. La conexión fue instantánea. Había algo en sus ojos que me invitaban a saber más de ella. En un solo segundo empecé a fantasear sobre los dos; nos veía conversando frente al lago iluminado con el poderoso blanco de la luna llena.
Discúlpame el atrevimiento, pero pienso que eres la chica más bonita que alguna vez haya conocido. Qué idiota fuiste, Pappo ¿realmente pensaste que ella iba a seguir tu línea? La sonrisa se le fue y me enfoqué en ese precioso cerquillo arqueado que llevaba, pero sus ojos no me invitaban, más, a conocerla. La conexión se cayó peor que con el speedy de telefónica, siguió esa típica mirada que las mujeres le dan a quienes no soportan y finalmente volteó la cara. Era la segunda vez que las demás personas en esa mesa se burlaban de mi con carcajadas. Es la mesa más alegre del lugar, pensarían muchos alrededor. Yo solo me arrepentía de haber ido a la estúpida fiesta. Quería irme.
Así empezó mi velada en esa cena en el hotel Sheraton; con la más pesimista de mis actitudes y resignado a tener que soportar un par de horas más de esa humillación. Por grandes que eran mis ganas de abandonar el lugar, iba a demostrar debilidad al irme en ese instante. Terminaría siendo el tema de conversación de la mesa, y luego de la mesa adjunta, y luego de la mayoría de invitados a la fiesta. Ya me imaginaba los chismes del siguiente lunes en la mañana. Los titulares del períodico ficticio de la aerolínea dirían algo como "el imbécil del chico" o "¿qué clase de estúpidos contratámos hoy en día?"
No mucho antes de terminar el evento, di gracias a todos los santos por el bochornoso incidente que le ocurrió a uno de los supervisores cuando, por reirse demasiado y estando totalmente ebrio, no balanceó su propio peso y cayó junto a su silla de espaldas en medio de todos. Las risas eran, ahora, de todos los asistentes. Yo sonreía pero poco me importaba su vergüenza; yo era feliz porque lo mío era para olvidar y lo suyo para comentar durante un par de meses. Uf, pensé.
Había llegado a creer que las cosas no podrían resultar mejores hasta que Miriam, quien se había ausentado durante un buen rato, regresó a la mesa con dos copas de apple martini. Me extendió una y me dijo que perdonaría mi atrevimiento previo si lograba vaciar la copa más rápido que ella (gracias JD, gracias por el appletini -easy on the tini-). Al ganar el infantil concurso me dijo que estaba perdonado pero que solo faltaba una cosa por hacer. Volvió a extender su mano pero esta vez vacía; me estaba invitando a bailar. Me levanté entre susurros de mis compañeros de mesa y totalmente dispuesto la acompañé a la pista de baile mientras recordaba cómo mi madre me enseñaba a cruzar el pavimento de niño. Diablos, era hermosísima para mi liga. Sus finas curvas hacían una silueta perfecta dentro de ese elegante vestido azul y su caminada decía que era toda una dama.
Bailamos con la música en vivo durante varios minutos hasta que la orquesta decidió sugerir el fin de la fiesta con un par de piezas románticas. Qué perfecto era el momento; tenía su cabeza en mi hombro aunque la canción no lo dijera, mi mano izquierda sobre la suya, mi mano derecha sobre su espalda y su cuerpo junto al mío. Estaba enamorado, enamoradísimo. No había tenido uno de esos momentos desde la fiesta de quinceaños de una compañera del colegio.
La música en vivo se detuvo luego de eso y Miriam y yo nos quedamos conversando en una mesa vacía mientras los pocos restantes se retiraban. Era mi noche; tenía que serlo. La historia del antiguo novio celoso y de sus miras por esperar a encontrar a la persona indicada me volvían a invitar, sin el permiso de sus ojos, a conocerla más. Yo era una quinceañera soñadora en ese momento; no quería que pasara algo simple entre los dos; quería que salgamos, que nos casáramos, que tuvieramos hijos y que envejezcamos juntos. Quería todo de ella. Me ofrecí llevarla y aceptó. Conducí con Barry White haciéndonos compañía y al llegar a su casa me pareció que empezó a jugar con las llaves mientras pretendía buscarlas. Las encontró y me miró, me dijo que la había pasado muy bien conmigo y que le había encantado haberme conocido. La acompañé a su puerta y antes de que pudiera abrirla la tomé de ambas manos y le dije: No he encontrado un mejor momento para un beso en toda mi vida.
La sonrisa se le fue otra vez y otra vez me enfoqué en su cerquillo. Si no hubieses dicho nada, si habría sido el momento perfecto para un beso, pero volviste a estropearlo todo. Que tengas una linda semana. La maldita entró a su casa tan rápido que no tuve tiempo ni siquiera de pensar en qué responderle. Y Miriam se convirtió en otro más de mis fracasos en el amor. No la volví a ver porque renunció a los pocos días. En algún momento escuché que se tuvo que mudar de la ciudad con urgencia y lo único que tengo de ella hasta ahora es esa sonrisa, bien guardada junto a las demás sonrisas de las que me he enamorado por una noche.
Como aún no conocía a mucha gente decidí entablar conversación con la primera persona que encontré en mi camino para parecer relajado y buena onda; era un señor de unos cuarenta y cinco años de edad, alto y de buena presencia, que se había quedado mirando un bonito efecto que hicieron con luces azules en una de las paredes del lugar. No recordaba haberlo visto por las oficinas pero si estaba ahí era un hecho que trabajaba para la misma compañía. Hola, le dije. Me presenté como uno de los asistentes de marketing que integraba el nuevo equipo de planeamiento para clientes premium. Según yo, era un puesto jugozo que cualquier joven de veinte años habría aspirado tener en esa aerolínea ya que, después de todo, el perfil de la plaza requería a un entusiasta, emprendedor, responsable y bilingüe muchacho con dominios del tema de Marketing; un ganador.
Soy Brandon Ribbentrop, visepresidente de marketing ¿cómo estás? Diablos, era el jefe del jefe de mi jefe, el puesto realmente jugozo que cualquier persona habría querido tener (luego del presidente, claro, que jamás se presentaría esa noche). Qué inferior me sentí; qué perdedor, hipócritamente entusiasta, algo responsable y poco conocedor del Inglés me sentí. Mis aires de mariscal de campo de escuela secundaria se convirtieron en los del presidente del club de ciencias del mismo colegio. Tras una amena, tensa y corta charla me disculpé al dejarlo luego de notar que unos muchachos a los que conocía me hacían señas para ir a sentarme a su mesa. Al llegar a la mesa todos empezaban a tomar turnos para molestarme por el incidente previo. Así que ahora te codeas con Ribbentrop, dijo uno mientras los demás reían. Algo avergonzado, resolví no responder a las burlas por temor a agrandar el tema. Recién entonces me percaté de cada uno de los comensales en esa mesa. Me presentaron a quienes aún no conocía y sentí como mi corazón empezó a acelarar cuando llegó el turno de conocer a Miriam, otra chica nueva en la empresa, aunque de un área distinta. Hola, me dijo con una sonrisa que puedo guardar en el cajón de las sonrisas de las que me he enamorado por una noche. La conexión fue instantánea. Había algo en sus ojos que me invitaban a saber más de ella. En un solo segundo empecé a fantasear sobre los dos; nos veía conversando frente al lago iluminado con el poderoso blanco de la luna llena.
Discúlpame el atrevimiento, pero pienso que eres la chica más bonita que alguna vez haya conocido. Qué idiota fuiste, Pappo ¿realmente pensaste que ella iba a seguir tu línea? La sonrisa se le fue y me enfoqué en ese precioso cerquillo arqueado que llevaba, pero sus ojos no me invitaban, más, a conocerla. La conexión se cayó peor que con el speedy de telefónica, siguió esa típica mirada que las mujeres le dan a quienes no soportan y finalmente volteó la cara. Era la segunda vez que las demás personas en esa mesa se burlaban de mi con carcajadas. Es la mesa más alegre del lugar, pensarían muchos alrededor. Yo solo me arrepentía de haber ido a la estúpida fiesta. Quería irme.
Así empezó mi velada en esa cena en el hotel Sheraton; con la más pesimista de mis actitudes y resignado a tener que soportar un par de horas más de esa humillación. Por grandes que eran mis ganas de abandonar el lugar, iba a demostrar debilidad al irme en ese instante. Terminaría siendo el tema de conversación de la mesa, y luego de la mesa adjunta, y luego de la mayoría de invitados a la fiesta. Ya me imaginaba los chismes del siguiente lunes en la mañana. Los titulares del períodico ficticio de la aerolínea dirían algo como "el imbécil del chico" o "¿qué clase de estúpidos contratámos hoy en día?"
No mucho antes de terminar el evento, di gracias a todos los santos por el bochornoso incidente que le ocurrió a uno de los supervisores cuando, por reirse demasiado y estando totalmente ebrio, no balanceó su propio peso y cayó junto a su silla de espaldas en medio de todos. Las risas eran, ahora, de todos los asistentes. Yo sonreía pero poco me importaba su vergüenza; yo era feliz porque lo mío era para olvidar y lo suyo para comentar durante un par de meses. Uf, pensé.
Había llegado a creer que las cosas no podrían resultar mejores hasta que Miriam, quien se había ausentado durante un buen rato, regresó a la mesa con dos copas de apple martini. Me extendió una y me dijo que perdonaría mi atrevimiento previo si lograba vaciar la copa más rápido que ella (gracias JD, gracias por el appletini -easy on the tini-). Al ganar el infantil concurso me dijo que estaba perdonado pero que solo faltaba una cosa por hacer. Volvió a extender su mano pero esta vez vacía; me estaba invitando a bailar. Me levanté entre susurros de mis compañeros de mesa y totalmente dispuesto la acompañé a la pista de baile mientras recordaba cómo mi madre me enseñaba a cruzar el pavimento de niño. Diablos, era hermosísima para mi liga. Sus finas curvas hacían una silueta perfecta dentro de ese elegante vestido azul y su caminada decía que era toda una dama.
Bailamos con la música en vivo durante varios minutos hasta que la orquesta decidió sugerir el fin de la fiesta con un par de piezas románticas. Qué perfecto era el momento; tenía su cabeza en mi hombro aunque la canción no lo dijera, mi mano izquierda sobre la suya, mi mano derecha sobre su espalda y su cuerpo junto al mío. Estaba enamorado, enamoradísimo. No había tenido uno de esos momentos desde la fiesta de quinceaños de una compañera del colegio.
La música en vivo se detuvo luego de eso y Miriam y yo nos quedamos conversando en una mesa vacía mientras los pocos restantes se retiraban. Era mi noche; tenía que serlo. La historia del antiguo novio celoso y de sus miras por esperar a encontrar a la persona indicada me volvían a invitar, sin el permiso de sus ojos, a conocerla más. Yo era una quinceañera soñadora en ese momento; no quería que pasara algo simple entre los dos; quería que salgamos, que nos casáramos, que tuvieramos hijos y que envejezcamos juntos. Quería todo de ella. Me ofrecí llevarla y aceptó. Conducí con Barry White haciéndonos compañía y al llegar a su casa me pareció que empezó a jugar con las llaves mientras pretendía buscarlas. Las encontró y me miró, me dijo que la había pasado muy bien conmigo y que le había encantado haberme conocido. La acompañé a su puerta y antes de que pudiera abrirla la tomé de ambas manos y le dije: No he encontrado un mejor momento para un beso en toda mi vida.
La sonrisa se le fue otra vez y otra vez me enfoqué en su cerquillo. Si no hubieses dicho nada, si habría sido el momento perfecto para un beso, pero volviste a estropearlo todo. Que tengas una linda semana. La maldita entró a su casa tan rápido que no tuve tiempo ni siquiera de pensar en qué responderle. Y Miriam se convirtió en otro más de mis fracasos en el amor. No la volví a ver porque renunció a los pocos días. En algún momento escuché que se tuvo que mudar de la ciudad con urgencia y lo único que tengo de ella hasta ahora es esa sonrisa, bien guardada junto a las demás sonrisas de las que me he enamorado por una noche.
1 comentario:
"serquillo"......ES CON C!!!!! pappo pappo.....
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