sábado, 26 de septiembre de 2009

Trabajo no, relajo si

Carlos, un amigo y cliente, me comentó que hace algunos días había entrado en un hoyo de desesperación implosiva ante la carga de estrés. Entendí su idea al instante, al saber que desde hace poco ha tomado un puesto que requiere trabajar bajo presión veinticuatro siete en la compañía para la que trabaja. En cuanto a mí, hace ya casi dos meses que no pongo pausa a mis actividades laborales y, honestamente, deja de resultarme atractiva la idea de que más trabajo es sinónimo de buena marcha.

No sabía realmente qué hacer en ese momento, me comentaba Carlos, y prosiguió: Tomé las llaves de mi auto y le dije a mi esposa que saldría por un rato sin saber realmente a dónde iba. Estuve manejando por la ciudad durante un par de horas en medio de la noche, tratando de despejarme un poco y alejar mis pensamientos de todo lo que tenga que ver con la empresa. Pero todos mis intentos eran fallidos ya que cualquier cosa que veía terminaba siendo un remainder de algo relacionado con el trabajo.

Enseguida me sentí identificado con mi amigo hasta cierto punto. Y es que, en mi caso, esos paseos sin destino en el coche me sirven, por un lado, para alejarme del trabajo, y por otro, para producir ideas. Es ambiguo, en realidad, ya que las ideas serán utilizadas para el trabajo, y este último demandará que produzca más ideas. Un círculo vicioso, eso es.

Me pongo a pensar en la conversación que escuché entre mis padres hace poco sin que ellos se dieran cuenta , cuando él le decía a ella que sabía que yo estaba durmiendo muy pocas horas, que cuando nos juntamos a almorzar de vez en cuando, me nota estresado, cansado, pero valientemente listo para seguir. En cierto sentido me gustó lo que oí, pero también me preocupó. Frases como “darse un tiempo”, “la familia está primero”, “relajarse de vez en cuando” y demás, atacaban mi premisa implantada de que cada minuto puede y debe ser productivo.

Intercambiábamos opiniones y comentarios de ese tipo con Carlos cuando nos dimos cuenta que debíamos volver a lo nuestro; el trabajo que estamos haciendo juntos como parte de una campaña. Esos diez minutos de charla amena sobre poder relajarse fueron opacados por las siguientes cuatro horas de reunión ininterrumpida. Y otra vez a lo mismo: trabajar, trabajar, y volver a trabajar. Ahora recuerdo otro comentario de mi padre que sonó más a sugerencia. Lo que te falta, me decía, es buscar un lugar en tu agenda para tomarte unos diez días sin hacer absolutamente nada. Claro que luego te aburrirás, recalcó, y querrás volver a tu escritorio enseguida. Por como lo veo, seguramente Carlos y yo, y muchas más personas, necesitan de la implementación de un día más en la semana. Algo así como Osvaldo.


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