Empezó con un estúpido mensaje al celular en el que se burlaba de mi supuesto miedo a las alturas. Ya que no sé muy bien cómo enviar mensajes de texto desde mi móvil, no dudé en llamarla.
¿Alo?. No es que le tema a las alturas, sino que hoy me puse a pensar que no tendríamos suficiente tiempo para bajar del edificio en medio de un terremoto; estamos en el penúltimo piso, y eso me puso algo nervioso. Tras escucharme soltó una carcajada para luego preguntarme quién me había dado permiso para llamarla al celular. ¿No es anti ético que me estés timbrando a estas horas de la noche? me dijo - ¿y no es anti ético que me envíes un mensajito burlándote de algo que ni siquiera es cierto? le respondí.
Sin siquiera planearlo, permanecimos hablando más de una hora por el celular hasta que mi batería se agotó. Recién entonces me di cuenta que ahora sabía muchos detalles sobre su vida y, a decir verdad, eso me empezaba a dar cierto gusto. Creo que es el morbo que siento cada vez que sé mucho sobre alguien lo que me pone así, y es que nunca busco saber y varias veces termino involucrándome en lo que no debo.
Las siguientes sesiones fueron un poco tensas; ambos queríamos mostrar más soltura en nuestras conversaciones, pero nos reservábamos ese privilegio ante la presencia de los otros participantes. Qué distinta era por teléfono; cada dos o tres noches charlábamos por varios minutos y las conversaciones eran tontas aunque amenas. Recuerdo una en particular; fue la vez en la que me preguntó por qué me paraba junto a la ventana durante periodos relativamente largos sin decir una sola palabra. Es la calle, le dije; me gusta mirar esa avenida tan congestionada desde esa altura y, para ser honestos, veo armonía y equilibrio en la escena pese al horrendo tráfico que agobia a esta ciudad. Luego de unos segundos de silencio me hizo esa directa e inquietante pregunta: ¿quieres salir conmigo un día? realmente me tomó por sorpresa que sea ella quien me lo pidiera, pero no dejé que notara mi ansiedad así que procedí con la conversación de una forma aparentemente normal:
- qué ¿del edifico?
- no, payaso. Por ahí, a tomar algo, y qué se yo
-"¿qué se yo?", esa es mi frase
- ¿acaso tienes la factura por tu compra?
- no, pero si la patente
- bueno ¿quieres o no? mira que normalmente no invito a salir a los hombres
- Claro ¿qué tal el sábado?
- ¿qué tal mañana, viernes?
- ¿qué tal hoy?
- Sale, te doy mi dirección para que pases por mí
¿En qué diablos me estaba metiendo? no solo no era ético sino también riesgoso. Ninguno de los dos, hasta donde sabía, podía tomarse la libertad de salir por ahí con el otro. Mientras me vestía tenía en mente la imagen de esa avenida, congestionada, y no entendía por qué. El resto de la noche fue algo confuso, aunque singular. Cinco o seis horas más tarde yacía frente a la playa, sobre el capó del coche, con ella al lado y con una botella de vino a la mitad; la segunda, en realidad. El sonido de las olas, junto a la cantidad de estrellas en el cielo y Marvin Gaye cantando para nosotros nos condujo al primer largo, apasionado y único beso que alguna vez nos dimos.
Realmente no la extraño; ni a ella ni al beso, ni a las dos botellas de vino ni a nuestras conversaciones, pero si extraño la agrable vista que tenía desde la ventana del penúltimo piso de ese edificio.
¿Alo?. No es que le tema a las alturas, sino que hoy me puse a pensar que no tendríamos suficiente tiempo para bajar del edificio en medio de un terremoto; estamos en el penúltimo piso, y eso me puso algo nervioso. Tras escucharme soltó una carcajada para luego preguntarme quién me había dado permiso para llamarla al celular. ¿No es anti ético que me estés timbrando a estas horas de la noche? me dijo - ¿y no es anti ético que me envíes un mensajito burlándote de algo que ni siquiera es cierto? le respondí.
Sin siquiera planearlo, permanecimos hablando más de una hora por el celular hasta que mi batería se agotó. Recién entonces me di cuenta que ahora sabía muchos detalles sobre su vida y, a decir verdad, eso me empezaba a dar cierto gusto. Creo que es el morbo que siento cada vez que sé mucho sobre alguien lo que me pone así, y es que nunca busco saber y varias veces termino involucrándome en lo que no debo.
Las siguientes sesiones fueron un poco tensas; ambos queríamos mostrar más soltura en nuestras conversaciones, pero nos reservábamos ese privilegio ante la presencia de los otros participantes. Qué distinta era por teléfono; cada dos o tres noches charlábamos por varios minutos y las conversaciones eran tontas aunque amenas. Recuerdo una en particular; fue la vez en la que me preguntó por qué me paraba junto a la ventana durante periodos relativamente largos sin decir una sola palabra. Es la calle, le dije; me gusta mirar esa avenida tan congestionada desde esa altura y, para ser honestos, veo armonía y equilibrio en la escena pese al horrendo tráfico que agobia a esta ciudad. Luego de unos segundos de silencio me hizo esa directa e inquietante pregunta: ¿quieres salir conmigo un día? realmente me tomó por sorpresa que sea ella quien me lo pidiera, pero no dejé que notara mi ansiedad así que procedí con la conversación de una forma aparentemente normal:
- qué ¿del edifico?
- no, payaso. Por ahí, a tomar algo, y qué se yo
-"¿qué se yo?", esa es mi frase
- ¿acaso tienes la factura por tu compra?
- no, pero si la patente
- bueno ¿quieres o no? mira que normalmente no invito a salir a los hombres
- Claro ¿qué tal el sábado?
- ¿qué tal mañana, viernes?
- ¿qué tal hoy?
- Sale, te doy mi dirección para que pases por mí
¿En qué diablos me estaba metiendo? no solo no era ético sino también riesgoso. Ninguno de los dos, hasta donde sabía, podía tomarse la libertad de salir por ahí con el otro. Mientras me vestía tenía en mente la imagen de esa avenida, congestionada, y no entendía por qué. El resto de la noche fue algo confuso, aunque singular. Cinco o seis horas más tarde yacía frente a la playa, sobre el capó del coche, con ella al lado y con una botella de vino a la mitad; la segunda, en realidad. El sonido de las olas, junto a la cantidad de estrellas en el cielo y Marvin Gaye cantando para nosotros nos condujo al primer largo, apasionado y único beso que alguna vez nos dimos.
Realmente no la extraño; ni a ella ni al beso, ni a las dos botellas de vino ni a nuestras conversaciones, pero si extraño la agrable vista que tenía desde la ventana del penúltimo piso de ese edificio.
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