Daniel y Karen se conocían por algunos meses y rápidamente se habían convertido en mejores amigos. Esa noche, como de costumbre cada semana, el mismo día y a la misma hora, se reunieron pasadas las once en el bar que frecuentaban para ponerse al día en los aspectos sociales y amorosos de sus vidas mientras el hombre del piano los acompañaba en el fondo.
La frase de siempre: tú primero, le dijo Daniel a Karen, esperando que ella empezara a contarle las últimas novedades sobre su vida. Realmente se querían mucho, a pesar de poder verse solo una vez a la semana.
Conocí a un muchacho hace ya un tiempo, dijo ella, y la verdad es que nos conectamos de forma casi instantánea. Él me hacía reír y yo lo hacía hablar a pesar de su timidez. Él me hacía sentir como una mujer madura y yo lo hacía sentir como un niño travieso; éramos, creo, el complemento perfecto. Primero fuimos amigos y compartimos hasta las lágrimas; creamos un vínculo especial entre ambos y lo empecé a considerar por encima de mis otros amigos. Lo quería, lo quiero y, seguramente lo querré por mucho tiempo, pero temo que no podré verle más. La semana pasada nos encontramos, se nos fueron los tragos e intimamos por primera vez, pero él se convirtió en otro. No me llamó al día siguiente, ni lo hizo después, ni lo ha hecho hasta ahora. Tengo miedo de perderlo porque ahora las cosas parecen ser distintas. ¿Qué hay de ti?
Bueno, dijo Daniel, yo tengo una historia similar que compartir contigo, aunque con ciertas variaciones. A esta chica la conocí por pura casualidad, pero al principio admito que no me caía muy bien. Luego de un tiempo aprendí a entenderla y reíamos sin parar cada vez que nos reuníamos. Hablábamos de todo un poco y sin apurar las cosas. Finalmente llegué a quererla mucho aunque con cierto miedo a enamorarme. Sabes que siempre he sido así, y eres una de las personas que mejor me conoce, por lo que creo que serás la indicada para aconsejarme. Hace muy poco dormí con ella y al amanecer me sentí raro; era como si algo dentro de mí se hubiera arrepentido de haber pasado la noche a su lado, pero luego descubrí que no era así; al menos, no del todo. En tu caso no te llaman; en el mío soy yo quien tiene miedo de llamar. No sé si quiero conservar su amistad o dar un paso adelante, estoy realmente confundido. ¿qué crees que debería hacer?
Karen miró su celular y enseguida respondió: Si realmente la valoras como una amiga podría durar mucho. La amistad no se acaba con facilidad; las relaciones si. Habla con ella al respecto y aclara las cosas. Será mejor saber si lo que sientes es amor o ilusión y, sobre todo, que ella sienta lo mismo hacia ti. Tú sueles ser más racional y directo; me sorprende que me pidas consejos en esto. Pero bueno, devuélveme el favor con otro consejo. Mi caso es patético ¿no crees? No más que el mío, respondió Daniel, y prosiguió: Verás, tú al menos tienes las agallas para admitir que sientes varias cosas por él, que lo quieres y que, aparentemente lo vas a seguir queriendo. Yo, por el contrario, soy un inseguro del diablo, que ni siquiera sé qué es lo que realmente quiero, ni con ella, ni con nadie.
Creo que es la primera vez en la que no tenemos una solución para nuestros casos, dijo Karen. Perdóname, por favor, pero hoy no podré quedarme más tiempo como la última vez; tengo muchas cosas que pensar.
Luego de esa noche, ninguno de los dos resolvió sus problemas con las personas de las que habían hablado. Daniel y Karen no se volvieron a reunir en ese bar; no se volvieron a hablar más, ni se escribieron. Se perdieron el uno al otro y así terminó esa relación. Ninguno, sin embargo, se arrepintió, jamás, de haber conocido al otro, de haber pasado algunos meses maravillosos, de haberse vuelto mejores amigos y, por supuesto, de haber hecho el amor esa única vez.
La frase de siempre: tú primero, le dijo Daniel a Karen, esperando que ella empezara a contarle las últimas novedades sobre su vida. Realmente se querían mucho, a pesar de poder verse solo una vez a la semana.
Conocí a un muchacho hace ya un tiempo, dijo ella, y la verdad es que nos conectamos de forma casi instantánea. Él me hacía reír y yo lo hacía hablar a pesar de su timidez. Él me hacía sentir como una mujer madura y yo lo hacía sentir como un niño travieso; éramos, creo, el complemento perfecto. Primero fuimos amigos y compartimos hasta las lágrimas; creamos un vínculo especial entre ambos y lo empecé a considerar por encima de mis otros amigos. Lo quería, lo quiero y, seguramente lo querré por mucho tiempo, pero temo que no podré verle más. La semana pasada nos encontramos, se nos fueron los tragos e intimamos por primera vez, pero él se convirtió en otro. No me llamó al día siguiente, ni lo hizo después, ni lo ha hecho hasta ahora. Tengo miedo de perderlo porque ahora las cosas parecen ser distintas. ¿Qué hay de ti?
Bueno, dijo Daniel, yo tengo una historia similar que compartir contigo, aunque con ciertas variaciones. A esta chica la conocí por pura casualidad, pero al principio admito que no me caía muy bien. Luego de un tiempo aprendí a entenderla y reíamos sin parar cada vez que nos reuníamos. Hablábamos de todo un poco y sin apurar las cosas. Finalmente llegué a quererla mucho aunque con cierto miedo a enamorarme. Sabes que siempre he sido así, y eres una de las personas que mejor me conoce, por lo que creo que serás la indicada para aconsejarme. Hace muy poco dormí con ella y al amanecer me sentí raro; era como si algo dentro de mí se hubiera arrepentido de haber pasado la noche a su lado, pero luego descubrí que no era así; al menos, no del todo. En tu caso no te llaman; en el mío soy yo quien tiene miedo de llamar. No sé si quiero conservar su amistad o dar un paso adelante, estoy realmente confundido. ¿qué crees que debería hacer?
Karen miró su celular y enseguida respondió: Si realmente la valoras como una amiga podría durar mucho. La amistad no se acaba con facilidad; las relaciones si. Habla con ella al respecto y aclara las cosas. Será mejor saber si lo que sientes es amor o ilusión y, sobre todo, que ella sienta lo mismo hacia ti. Tú sueles ser más racional y directo; me sorprende que me pidas consejos en esto. Pero bueno, devuélveme el favor con otro consejo. Mi caso es patético ¿no crees? No más que el mío, respondió Daniel, y prosiguió: Verás, tú al menos tienes las agallas para admitir que sientes varias cosas por él, que lo quieres y que, aparentemente lo vas a seguir queriendo. Yo, por el contrario, soy un inseguro del diablo, que ni siquiera sé qué es lo que realmente quiero, ni con ella, ni con nadie.
Creo que es la primera vez en la que no tenemos una solución para nuestros casos, dijo Karen. Perdóname, por favor, pero hoy no podré quedarme más tiempo como la última vez; tengo muchas cosas que pensar.
Luego de esa noche, ninguno de los dos resolvió sus problemas con las personas de las que habían hablado. Daniel y Karen no se volvieron a reunir en ese bar; no se volvieron a hablar más, ni se escribieron. Se perdieron el uno al otro y así terminó esa relación. Ninguno, sin embargo, se arrepintió, jamás, de haber conocido al otro, de haber pasado algunos meses maravillosos, de haberse vuelto mejores amigos y, por supuesto, de haber hecho el amor esa única vez.
1 comentario:
me encantó... no voy a mirar´mi telefono más.
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