jueves, 16 de abril de 2009

El nuevo Cubillas sin nene

Martín tenía unos veintiocho años por aquel entonces. Parado en lo alto del mirador de Matucana y sintiendo el helado aire de invierno golpearle la cara, se acordó de las cosas que hacían que despertara llorando casi todos los días. Extrañaba mucho a sus dos hermanas, ambas fallecidas en momentos distintos de su vida y bajo muy penosas circunstancias; extrañaba a su abuelo, su gran amigo y antiguo compañero de risas; a su otro abuelo que, en parte, lo había criado durante algún tiempo de su niñez. Extrañaba esos días de infancia, cuando todo era sencillo y sin problemas ni preocupaciones. Así, recordó varias cosas más y con cada segundo se aproximaba a la fatal desición de lanzarse desde esa altura. Pensó que, si eventualmente todo y todos los que lo rodeaban iban a dejar este mundo, no tenía nada que perder adelantándose a un final anunciado con poca predicción.

El viento lo golpeaba, ahora, con mayor fuerza, como si la naturaleza en sí tratara de apoyarlo en sus intenciones de saltar. De pronto, un ave aterrizó a su lado, allí en lo alto del mirador, pretendiendo no temerle; era totalmente blanca. Con una lágrima corriendo por su mejilla, Martín sonrió al verla y el momento le pareció hermoso; enseguida aparecieron dos aves más en la escena, y a los pocos segundos llegaron otras tres, todas parecidas, con ese color blanco que las hacía tan armoniosas. Martín dio un paso en dirección a la orilla del mirador y las aves dieron un salto, todas al mismo tiempo, avanzando con él. Entonces todo parecía extrañamente sospechoso. Muy sigilosamente, Martín dio otro paso hacia adelante, acercándose más a su segura muerte, mientras que las aves, de una manera increíblemente organizada, hicieron lo propio. Esta vez, sin embargo, luego de saltar, formaron una línea delante de él.

La coincidencia comenzaba, incluso, a intimidarlo. Tal vez porque en el fondo Martín empezaba a creer que no era solo una casualidad. A medio paso del abismo, Martín levantó su pierna derecha y las aves extendieron sus alas frente a él. ¿Le estaban advirtiendo que no salte? ¿por qué querrían evitarlo? pensó Martín. Al bajar la pierna, las aves bajaron las alas y empezaron a caminar en dirección hacia él. Un poco asustado, Martín decidió retroceder unos pasos y el viento dejó de molestarlo. De pronto, escuchó detrás suyo la voz de su madre, que se dirigía a darle el encuentro en el mirador. Volteó y corrió a abrazarla. Le dijo que la amaba más que a nada en su vida y los dos lloraron.

Durante el prolongado abrazo, Martín empezó a recordar, ahora, todas las cosas que hacían que sonriera durante el día; se acordó de la gente que aún ayuda a los demás, de sus maravillosas abuelas, de su novia, de sus logros, de sus bromas y, por supuesto, de sus padres; sus razones para seguir viviendo. ¿Qué hacías acá, hijo? le preguntó su madre. Martín la miró y le besó la frente. Estaba pensando en lo mucho que los quiero, le dijo secándose las lágrimas. ¿Pero tan cerca al borde? Es que me acerqué a ver a esas peculiares aves. ¿Cuáles aves? Martín volteó a ver la escena al borde del abismo y no vio a ninguna de las seis aves que lo habían detenido. ¡Pero estaban acá hace un momento! pensó. Se acercó un poco para serciorarce que todo aquello no había sido producto de su imaginación y quedó emocionado cuando notó seis hermosas flores blancas que formaban una línea junto al borde del abismo. Martín sonrió y, sin entender por completo todo lo que acababa de ocurrir, se marchó con su madre mientras seguía enumernado, en su mente, todas las cosas por las cuales valía la pena seguir sonriendo.

Hace unos días, Martín me escribió invitándome a su cumpleaños número treinta y dos; de todas formas asistiré.

foto: Venezuela Realistic People

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