Cuando era alumno tenía una imagen, unos prejuicios y unos conceptos de los profesores. Aunque probablemente me esté remitiendo solo a la etapa escolar, las cosas son parecidas en varios muchachones de hoy en día. El profesor, cualquier profesor, un profesor, era desde un inicio un potencial enemigo; un objetivo a detestar, a odiar, a asociarlo con tareas, clases, colegio y aburrimiento total. Con el profesor no se podía chonguear, el profesor era aburrido, podía jalarte si no le caías y nunca podía ser tu amigo. Él era siempre viejo por más que tuviera veinte, cuarenta o sesenta años; cualquier edad era sinónimo de anti-cool y antigüedad frente a uno como alumno.
El profesor no podía ir a discotecas, ni al cine, o hacer algo relacionado a la idea de tener vida social, era un elemento de rutinaria monotonía que comprendía poco más de hacer clases y corregir trabajos y exámenes. Ver al profesor en la calle resultaba extraño, su mundo no podía ser ese; su mundo era el colegio y ahí vivía. El profesor no podía ser gracioso. Cualquier broma sería un intento frustrado, porque uno era más vivo y más in que el profesor. Si el profesor entraba en tu ambiente amical, tú eras un sobón, un lame culos, un chupa medias, un nerd, un monse, o algo más, y ya nadie te quería. Manejar una amistad con el profesor era un tema delicado, complejo y dejado solo para quienes gozaban de una popularidad muy sólida que no se vería afectada por tan peligroso vínculo. Por el contrario, enfrentar al profesor, hacerlo quedar mal, buchearle las bromas, demostrar tu autoridad sobre la de él y burlarlo en temas de asistencia y notas eran aspectos que te hacían socialmente aceptado. Si balanceabas bien las cosas podías convertirte en uno de los machos alfa del salón.
Probablemente esa etiqueta no se la sacamos al profesor hasta la universidad, cuando nos damos cuenta que aquél no es necesariamente malo, viejo, aburrido o anticuado. Que las clases no tienen por qué caerle mal al estómago y que algunos temas son, de hecho, de real interés. Finalmente, apreciamos su trabajo y, en algunos casos, vemos la emoción de la enseñanza cuando nos topamos con experiencias que, redundantemente, nos enseñan. Cómo cambian las cosas cuando uno las ve desde la perspectiva opuesta. Tiene razón Tito Castro, cuando dice que llega un momento en el que uno suelta la cámara, retrocede unos pasos, sube las escaleras y ve cómo funciona el set completo (Manya, ah).
El profesor no podía ir a discotecas, ni al cine, o hacer algo relacionado a la idea de tener vida social, era un elemento de rutinaria monotonía que comprendía poco más de hacer clases y corregir trabajos y exámenes. Ver al profesor en la calle resultaba extraño, su mundo no podía ser ese; su mundo era el colegio y ahí vivía. El profesor no podía ser gracioso. Cualquier broma sería un intento frustrado, porque uno era más vivo y más in que el profesor. Si el profesor entraba en tu ambiente amical, tú eras un sobón, un lame culos, un chupa medias, un nerd, un monse, o algo más, y ya nadie te quería. Manejar una amistad con el profesor era un tema delicado, complejo y dejado solo para quienes gozaban de una popularidad muy sólida que no se vería afectada por tan peligroso vínculo. Por el contrario, enfrentar al profesor, hacerlo quedar mal, buchearle las bromas, demostrar tu autoridad sobre la de él y burlarlo en temas de asistencia y notas eran aspectos que te hacían socialmente aceptado. Si balanceabas bien las cosas podías convertirte en uno de los machos alfa del salón.
Probablemente esa etiqueta no se la sacamos al profesor hasta la universidad, cuando nos damos cuenta que aquél no es necesariamente malo, viejo, aburrido o anticuado. Que las clases no tienen por qué caerle mal al estómago y que algunos temas son, de hecho, de real interés. Finalmente, apreciamos su trabajo y, en algunos casos, vemos la emoción de la enseñanza cuando nos topamos con experiencias que, redundantemente, nos enseñan. Cómo cambian las cosas cuando uno las ve desde la perspectiva opuesta. Tiene razón Tito Castro, cuando dice que llega un momento en el que uno suelta la cámara, retrocede unos pasos, sube las escaleras y ve cómo funciona el set completo (Manya, ah).
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