En segundo grado de primaria, o tercero, o qué sé yo, el tutor de mi clase me motivó (en realidad me obligó de una forma sutil) a participar en una obra teatral del colegio por motivo del aniversario de “la liberación del país del brazo español”. Mi trabajo, aparentemente, sería muy fácil; algún niño iba a declarar la independencia frente al colegio personificando a Don José de San Martín y yo sería uno de los actores de reparto con poca importancia que debería estar parado cerca a él durante todo el jodido discurso. Tú serás el sacerdote, acotó el profesor.
Claro, como seguro no podía encontrar a otro gordo más gracioso (ante los demás) en toda la sección me tuvo que asignar el vergonzoso papel del mofletudo padre que yacía parado a dos metros detrás de Don José en todas las láminas escolares que comprábamos los de mi generación para hacer trabajos de historia en el colegio.
Yo no quise acceder a algo que consideraba realmente tonto, pero por esos días aún no sabía decir que no y, por quedar bien con el bonachón del maestro, tuve que aceptar lo que iría a ser un episodio de humillación que seguramente nunca olvidaría, al menos en toda la primaria. Pero qué suerte la mía de tener una madre que intercedía por mí firme y enérgicamente: No, profesor; mi hijo no puede hacer ese papel porque ese día estaremos fuera de Lima. La mentira fue eje de discusión entre mi profesor y mi jefa por unos veinte minutos algunos días después, mientras mi tía coqueteaba con uno de los agentes de seguridad del colegio. Empezaba a conocer lo que era el “qué roche”.
Finalmente mi madre tuvo la última palabra de forma extra oficial. Pero como no asistir a la ceremonia de las Fiestas Patrias del colegio traería como resultado una grave sanción en mi “expediente permanente”, tuvimos que buscar una salida a esa situación tan incómoda. La premisa y su variante me ponían contra la pared: si asistía el día de la ceremonia tendría que hacer el papel del rollizo religioso, y si no asistía el dichoso día tendría represalias académicas por desobediencia, y vaya que en ese colegio si se tomaban en serio la disciplina y demás pretensiones.
Por aquel entonces ya me encontraba a mitad de mi joven formación como pianista en la escuela sinfónica del conservatorio, por lo que dada la popularidad que tenían los números musicales en las actuaciones del colegio, decidimos que lo mejor sería ofrecerme, “voluntariamente”, a deleitar a los asistentes con una pieza musical al teclado como cierre de programa. De ahí que me vería imposibilitado a participar en cualquier otro tipo de actuación previa por temas de concentración y preparación para el gran concluyente de la fecha.
Finalmente llegó el día de la celebración y me tocó cerrar con broche de oro con algún tema que transmitiera patriotismo y peruanidad. Así, alrededor de las seis de la tarde –coño, que duraban mucho esas actuaciones- subí al estrado, conecté un teclado a la salida de audio e interpreté por enésima vez una Flor de la Canela que ya hasta me sabía de memoria y me resultaba, incluso, aburrida. Sin embargo, asumo que para los adultos de la época, ver a un niño de ocho años tocar el teclado de esa forma resultaba acongojantemente maravilloso, supongo. El broche fue, en realidad, de platinio y la ovación fue tal que, a partir de la fecha, me convertí en el must de todas las actuaciones del colegio; había cavado mi propia tumba de aburridos compromisos sociales sobre un plató a tan corta edad. Ya no podría, más, escapar a casa en medio de las actuaciones sorteando a los brigadieres de secundaria que custodiaban las puertas del colegio, ni pasar el rato jugando cartas con mis amigos mientras el director daba su aburridísimo discurso de dos horas a inicio de los programas, ni gozar del larguísimo recreo que implicaba para los chicos de la escuela primaria el tener un día de actuación. En fin, y todo eso solo por librarme de hacer el papel de sacerdote bien comido en una estúpida actuación.
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