La primera activación BTL que alguna vez vi en Lima no fue realmente eso, pero funcionó como tal. Me encontraba caminando por los alrededores del centro de la ciudad hace ya unos veinte años, justamente un mes de octubre y con motivo de la tan conocida procesión del señor de los milagros. De pronto, por la esquina dobló un loco, evidentemente apresurado. Un loco real, con enfermedad mental, demencia, locura, o como se le llame. El loco llevaba puesto un atuendo que parecía ser el de Rambo en esa saga de películas que empezaba a hacerse cada vez más famosa en el país (vaya, que recién estábamos por entrar a la futurista década de los noventa). Agitado y gritando, el loco llevaba, también, una metralleta hecha de madera y una matraca parecida a las que venden en el paquete símbolo de valor agregado de año nuevo llamado “cotillón”, solo que aquella sonaba bastante fuerte.
La gente, asustada en un comienzo, empezó a abrirse paso mientras el loco corría “disparando” su metralleta. Enseguida empezaron las risas y todos miraban al loco, esta vez corriendo de un lado al otro de la calle, sin parar de gritar ni de disparar. De pronto, las miradas se hicieron aún más intensas cuando el loco hizo una pausa en una carretilla de anticuchos. Una gorda morena estaba al mando y terminando de preparar su primer lote de palitos. Honestamente, volví a asustarme pensando que el loco haría algo agresivo contra la vendedora. Pero para mi sorpresa (y asumo que para la de varios ahí presentes), la morena tomó uno de los palitos de anticucho y se lo ofreció al loco con una sonrisa. El loco empezó a comer y dejó su ira y sus armas en el banco de la carretilla, para disfrutar de su palito de anticucho de la manera más ostentosa posible. Al terminar, el loco volvió a su “realidad”. Luego de hacer una reverencia de gratitud con la señora, tomó su metralleta y su matraca, y se perdió entre las calles, corriendo, gritando y disparando.
La inercia funcionó de una manera mágica. La carretilla se vio rodeada de muchas personas, todas pidiendo anticuchos e información sobre el loco. La morena tenía su tarde hecha gracias a esa pequeña activación BTL no intencionada y no paraba de poner más y más palitos en su parrilla. Yo, por supuesto, caí en las redes publicitarias por enésima vez en mi niñez, y disfruté de mi porción de anticuchos, mientras escuchaba los comentarios imparables sobre el loco que se había ido contento luego de comer ahí.
La gente, asustada en un comienzo, empezó a abrirse paso mientras el loco corría “disparando” su metralleta. Enseguida empezaron las risas y todos miraban al loco, esta vez corriendo de un lado al otro de la calle, sin parar de gritar ni de disparar. De pronto, las miradas se hicieron aún más intensas cuando el loco hizo una pausa en una carretilla de anticuchos. Una gorda morena estaba al mando y terminando de preparar su primer lote de palitos. Honestamente, volví a asustarme pensando que el loco haría algo agresivo contra la vendedora. Pero para mi sorpresa (y asumo que para la de varios ahí presentes), la morena tomó uno de los palitos de anticucho y se lo ofreció al loco con una sonrisa. El loco empezó a comer y dejó su ira y sus armas en el banco de la carretilla, para disfrutar de su palito de anticucho de la manera más ostentosa posible. Al terminar, el loco volvió a su “realidad”. Luego de hacer una reverencia de gratitud con la señora, tomó su metralleta y su matraca, y se perdió entre las calles, corriendo, gritando y disparando.
La inercia funcionó de una manera mágica. La carretilla se vio rodeada de muchas personas, todas pidiendo anticuchos e información sobre el loco. La morena tenía su tarde hecha gracias a esa pequeña activación BTL no intencionada y no paraba de poner más y más palitos en su parrilla. Yo, por supuesto, caí en las redes publicitarias por enésima vez en mi niñez, y disfruté de mi porción de anticuchos, mientras escuchaba los comentarios imparables sobre el loco que se había ido contento luego de comer ahí.
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