Creo que era la tercera o cuarta vez en mi vida en la que asistía a uno de esos eventos. Eso es para maricas, decía siempre. Los eventos sociales in no eran lo mío, solo cuando se trataba de fiestas patrocinadas Y armadas por alguna marca de cerveza (ojo, de los veinte "Privados Peroni" al mes al que algunos se jactan de ir, solo uno o ninguno es realmente un Privado Peroni).
Yo evitaba las noches de queso y vino en las que se exponían cuadros, se presentaba al mercado un nuevo modelo de celular o se promocionaban las nuevas series de un canal por cable. Todas las invitaciones a esos eventitos que llegaban a la oficina se quedaban, en efecto, en la oficina. Y cuando alguien mencionaba que tal y cual había estado ahí, o que el amigo del cuñado de la hermanastra de su primo estaba en la organización del evento, yo pretendía escuchar con atención (El gran Waldo decía: La gente quiere que la quieran).
Esa noche, un amigo me convenció de asistir a la ceremonia de Inauguración de un local cuyo concepto de negocio realmente me pareció atractivo para un mercado como el de Lima. Su entusiasmo por ir me convenció y así enrumbamos en su auto hacia la calle La Prida 114, muy cerca al gimnasio de Octavio. La verdad es que al llegar, me sentí como Reuben Feffer en Along came Polly, con la diferencia de no perder a mi compañero de vista y, aunque no hubo ninguna Polly, si hubo una Claire.
Claire era una chica con la que había trabajado un par de años atrás y siempre sospeché de cierta química entre nosotros, aunque jamás se lo había insinuado. Ahora la tenía frente a mi y al reconocerme no dudó en abrazarme y sellar con un beso mi mejilla. ¿Cómo has estado? me preguntó. La charla continuó por un par de horas mientras las copas no dejaron de llegar de la bandeja de Arturo, un atento camarero que sabía exactamente cuando aparecer con un refill para Claire y para mi.
Realmente debo irme, corté a Claire en un momento inesperado luego de una larga y coqueta charla acompañada por una selección agradable de música de algún DJ nada conocido. ¿Termino mi copa y nos vamos? acertó ella perfectamente. En ese momento recordé con cólera que no había llevado el coche y, ahora si, el creído de Franco, mi amigo, había desaparecido con alguna chica (o algún chico, nunca lo sabré).
Con una sutil charlatanada logré convencer a Claire de irnos caminando. Después de todo, sabía que ella adoraba el distrito de Castelares. Siempre me habló de querer mudarse por ahí y nada mejor que disfrutar de sus calles en medio de la madrugada, sin tráfico, sin gente y sin ruido.
Al entrar al ascensor para abandonar el lugar, seguí mis impulsos y la volví a interrumpir, pero esta vez con un apasionado beso que duró lo que le tomó al elevador llegar hasta el lobby del edificio.
Caminamos de la mano varios bloques entre risas, comentarios del antiguo trabajo y pícaros besos cortos. Le ofrecí irnos a un lugar más privado pero rechazó mi invitación. Eres un niño, me decía, siempre lo fuiste.
Un poco intimidado por lo sucedido, la acompañé a tomar un Taxi. Me dio su teléfono y me dijo que la llame para salir algún día y, para ser francos, no estaba tan convencido de hacerlo hasta el beso de despedida. Claire terminaba de darme un beso y me pedía uno más, y así lo hizo de nuevo, y al final fueron muchos besos. No se cuantos; eso es lo de menos. Pero fue eso, justamente, lo que me hizo cambiar de opinión y llamarla luego de unos días.
En fin, la historia cambió. Ella conoció a un tal Gustavo, o Bruno, o algo así. Tuvieron un hijo y, aunque nunca se casaron, asumo que han de ser felíces. Yo, ahora, atiendo más seguido a esos eventos sociales, con la esperanza de encontrar nuevamente a mi propia Polly, a mi propia Claire.
(Adaptado de El pasado vino, por Tomás Sandoval)
Yo evitaba las noches de queso y vino en las que se exponían cuadros, se presentaba al mercado un nuevo modelo de celular o se promocionaban las nuevas series de un canal por cable. Todas las invitaciones a esos eventitos que llegaban a la oficina se quedaban, en efecto, en la oficina. Y cuando alguien mencionaba que tal y cual había estado ahí, o que el amigo del cuñado de la hermanastra de su primo estaba en la organización del evento, yo pretendía escuchar con atención (El gran Waldo decía: La gente quiere que la quieran).
Esa noche, un amigo me convenció de asistir a la ceremonia de Inauguración de un local cuyo concepto de negocio realmente me pareció atractivo para un mercado como el de Lima. Su entusiasmo por ir me convenció y así enrumbamos en su auto hacia la calle La Prida 114, muy cerca al gimnasio de Octavio. La verdad es que al llegar, me sentí como Reuben Feffer en Along came Polly, con la diferencia de no perder a mi compañero de vista y, aunque no hubo ninguna Polly, si hubo una Claire.
Claire era una chica con la que había trabajado un par de años atrás y siempre sospeché de cierta química entre nosotros, aunque jamás se lo había insinuado. Ahora la tenía frente a mi y al reconocerme no dudó en abrazarme y sellar con un beso mi mejilla. ¿Cómo has estado? me preguntó. La charla continuó por un par de horas mientras las copas no dejaron de llegar de la bandeja de Arturo, un atento camarero que sabía exactamente cuando aparecer con un refill para Claire y para mi.
Realmente debo irme, corté a Claire en un momento inesperado luego de una larga y coqueta charla acompañada por una selección agradable de música de algún DJ nada conocido. ¿Termino mi copa y nos vamos? acertó ella perfectamente. En ese momento recordé con cólera que no había llevado el coche y, ahora si, el creído de Franco, mi amigo, había desaparecido con alguna chica (o algún chico, nunca lo sabré).
Con una sutil charlatanada logré convencer a Claire de irnos caminando. Después de todo, sabía que ella adoraba el distrito de Castelares. Siempre me habló de querer mudarse por ahí y nada mejor que disfrutar de sus calles en medio de la madrugada, sin tráfico, sin gente y sin ruido.
Al entrar al ascensor para abandonar el lugar, seguí mis impulsos y la volví a interrumpir, pero esta vez con un apasionado beso que duró lo que le tomó al elevador llegar hasta el lobby del edificio.
Caminamos de la mano varios bloques entre risas, comentarios del antiguo trabajo y pícaros besos cortos. Le ofrecí irnos a un lugar más privado pero rechazó mi invitación. Eres un niño, me decía, siempre lo fuiste.
Un poco intimidado por lo sucedido, la acompañé a tomar un Taxi. Me dio su teléfono y me dijo que la llame para salir algún día y, para ser francos, no estaba tan convencido de hacerlo hasta el beso de despedida. Claire terminaba de darme un beso y me pedía uno más, y así lo hizo de nuevo, y al final fueron muchos besos. No se cuantos; eso es lo de menos. Pero fue eso, justamente, lo que me hizo cambiar de opinión y llamarla luego de unos días.
En fin, la historia cambió. Ella conoció a un tal Gustavo, o Bruno, o algo así. Tuvieron un hijo y, aunque nunca se casaron, asumo que han de ser felíces. Yo, ahora, atiendo más seguido a esos eventos sociales, con la esperanza de encontrar nuevamente a mi propia Polly, a mi propia Claire.
(Adaptado de El pasado vino, por Tomás Sandoval)
1 comentario:
tu sabes que t leo verdad?
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