jueves, 20 de agosto de 2009

Los Expedientes Secretos A

Desde hace un tiempo trabajo en una oficina nueva. El ambiente laboral es cargado aunque ameno. Correr es parte de todos los días y los horarios se extienden hasta el punto de crear los miércoles coma cinco y los lunes y medio que los clientes parecen tener muy bien definidos en sus calendarios. El trabajo en equipo es bueno y cuando se puede se ríe mucho.

Sin embargo, acá como en todas las agencias siempre hay historias que se van amoldando y acomodando en el archivador mental de todos los colaboradores. Los roches de la oficina, las metidas de pata, las discusiones entre trabajadores y, cómo no, las experiencias sobrenaturales. ¿Experiencias sobre naturales? Pues si. Ya alguien ha sentido pasos, escuchado puertas y hasta visto siluetas por el reflejo de algún vidrio. Sale a la luz la historia de que los cimientos de la agencia están sobre una antigua huaca que alguna vez fue un cementerio inca. Que alguna persona murió acá o, simplemente, que hay espíritus rondando en la cocina.

Personalmente, ya en varias ocasiones he tenido la oportunidad de quedarme completamente solo en la oficina, avanzando con algún proyecto o poniéndome al día en otro. Aunque con la predisposición de hacerlo, no he logrado oir, sentir, oler o ver nada que resulte paranormalmente sospechoso. O no tengo esa sensibilidad para “sentir”, o no me uno a las fanfarronadas colectivas que pueden surgir por puro interés en crear un ambiente, aún, más emocionante dentro de la agencia. Al menos eso pensaba hasta hace unos días.

Eran como las ocho de la mañana y aquel día llegué un poco antes que de costumbre. Fui el primero en llegar a la agencia y decidí sacarle provecho al día atendiendo el temprano llamado de la naturaleza. Así, luego de echar una mirada a los principales titulares de noticias, me apresuré en visitar el baño. Cuando abrí la puerta se me erizó todo el cuerpo; la imagen que tenía ante mí desató una sensación cercana al ataque de pánico. Era espeluznante. Me paralicé y no pude moverme, ni gritar, ni huir. Me puse pálido y luego de varios segundos pude entrar en mi mismo de nuevo. Era un arácnido; una araña de esas negras, horribles y grandes que con solo quedarse paradas despliegan una actitud amenazadora. Por fin pude incorporarme totalmente y atiné en llamar por teléfono a un compañero de trabajo que, afortunadamente, estaba llegando a la agencia. ¿Esta es tu emergencia? Me dijo, mientras pisaba repetidas veces al monstruo que me había puesto helado.

A raíz de ese episodio, ahora si puedo afirmar, como varios acá, que trato de evitar quedarme solo de noche, o de día, o a cualquier hora, con el temor de encontrarme, nuevamente, con un monstruo como el de aquel día en el baño.

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