Déjame contarte, Ricardo, un poco más sobre esa tarde con mi abuelo Coché en Lunahuaná:
Recordarás que la palabra Lunahuaná era como una campana de alerta para mi abuelo. Cada vez que alguien mencionaba esa palabra cerca de él, Coché dejaba todo lo que estaba haciendo para intervenir en el tema; ¿Lunahuaná? ¿vamos a ir? ¿Mañana? ¿Cuándo vamos?
El origen de su amor por ese lugar se remonta a su niñez. Si no me equivoco, pasó gran parte de ella por esos lares, comiendo camarones y jugando junto al río. Asumo que un gran número de recuerdos felices lo llenaban de alegría cada vez que se imaginaba volver a visitar su pueblo, y que esa era la razón por la cual los ojos le brillaban cada vez que hablaba de “volver a casa”.
Esa tarde era la última del fin de semana; partiríamos de regreso a Lima en unas horas y decidimos dar unas vueltas por el pueblito de Lunahuaná en la pick up de mi padre. Mi abuelo y yo íbamos en la tolva disfrutando del aire puro que ese rinconcito ahora muy prostituido nos brindaba. De pronto, a alguien dentro del carro se le ocurrió la idea de usar un megáfono que por alguna razón estaba bajo el asiento del copiloto, y así empezó nuestra absurda, efímera pero emotiva campaña electoral.
¡José para alcalde! se oyó desde el carro. Coché y yo nos miramos tras escuchar el primer anuncio y él sonrió. Nunca antes ni después lo vi sonreír de la misma manera; parecía un niño lleno de felicidad, emocionadísimo, contentísimo. Mi abuelo volvió su mirada al frente y esta vez alzó las manos para extenderlas y saludar, así, a los varios vecinos del pueblo que salían a sus puertas a hacerle hurras sin siquiera conocerlo.
Los siguientes anuncios venían acompañados de slogans preparados de forma improvisada y resultaban, en algunos casos, algo exagerados. “Con José, nueva vía expresa para Lunahuaná” “Vota por José y gánate un perrito”. Los temas seguían y, al darme cuenta, Coché no era más el mismo. La felicidad lo transformó realmente en ese personaje y vivió una realidad paralela durante varios minutos. Coché era, en su propia imaginación, ese hombre que postulaba a las elecciones para la alcaldía de Lunahuaná. Serio, impetuoso, siempre con las manos abiertas y saludando a todos sus vecinos, mi abuelo lucía su mejor peinado a mano de momento y una postura muy erguida. No era necesario ser un genio para darse cuenta que se sentía orgullosísimo de sí mismo, de su pasajera realidad adulterada. La enorme emoción burló su conciencia para hacerlo vivir y recordar esa experiencia que, más adelante, relataría como "la vez en la que postuló para alcalde en Lunahuaná".
Como sabrás, esa fue la última vez que Coché pisó ese pueblo. Debo admitir que recordarlo y recordar su amistad me pone algo triste, pero es cierto que si no hubiera sido por ti y por tu carta, no me habría puesto a pensar, también, en los momentos divertidos y agradables que pasé junto a él.
En fin, no quiero hacer esta carta más larga, estimado Ricardo. Espero saber de tí pronto.
Recordarás que la palabra Lunahuaná era como una campana de alerta para mi abuelo. Cada vez que alguien mencionaba esa palabra cerca de él, Coché dejaba todo lo que estaba haciendo para intervenir en el tema; ¿Lunahuaná? ¿vamos a ir? ¿Mañana? ¿Cuándo vamos?
El origen de su amor por ese lugar se remonta a su niñez. Si no me equivoco, pasó gran parte de ella por esos lares, comiendo camarones y jugando junto al río. Asumo que un gran número de recuerdos felices lo llenaban de alegría cada vez que se imaginaba volver a visitar su pueblo, y que esa era la razón por la cual los ojos le brillaban cada vez que hablaba de “volver a casa”.
Esa tarde era la última del fin de semana; partiríamos de regreso a Lima en unas horas y decidimos dar unas vueltas por el pueblito de Lunahuaná en la pick up de mi padre. Mi abuelo y yo íbamos en la tolva disfrutando del aire puro que ese rinconcito ahora muy prostituido nos brindaba. De pronto, a alguien dentro del carro se le ocurrió la idea de usar un megáfono que por alguna razón estaba bajo el asiento del copiloto, y así empezó nuestra absurda, efímera pero emotiva campaña electoral.
¡José para alcalde! se oyó desde el carro. Coché y yo nos miramos tras escuchar el primer anuncio y él sonrió. Nunca antes ni después lo vi sonreír de la misma manera; parecía un niño lleno de felicidad, emocionadísimo, contentísimo. Mi abuelo volvió su mirada al frente y esta vez alzó las manos para extenderlas y saludar, así, a los varios vecinos del pueblo que salían a sus puertas a hacerle hurras sin siquiera conocerlo.
Los siguientes anuncios venían acompañados de slogans preparados de forma improvisada y resultaban, en algunos casos, algo exagerados. “Con José, nueva vía expresa para Lunahuaná” “Vota por José y gánate un perrito”. Los temas seguían y, al darme cuenta, Coché no era más el mismo. La felicidad lo transformó realmente en ese personaje y vivió una realidad paralela durante varios minutos. Coché era, en su propia imaginación, ese hombre que postulaba a las elecciones para la alcaldía de Lunahuaná. Serio, impetuoso, siempre con las manos abiertas y saludando a todos sus vecinos, mi abuelo lucía su mejor peinado a mano de momento y una postura muy erguida. No era necesario ser un genio para darse cuenta que se sentía orgullosísimo de sí mismo, de su pasajera realidad adulterada. La enorme emoción burló su conciencia para hacerlo vivir y recordar esa experiencia que, más adelante, relataría como "la vez en la que postuló para alcalde en Lunahuaná".
Como sabrás, esa fue la última vez que Coché pisó ese pueblo. Debo admitir que recordarlo y recordar su amistad me pone algo triste, pero es cierto que si no hubiera sido por ti y por tu carta, no me habría puesto a pensar, también, en los momentos divertidos y agradables que pasé junto a él.
En fin, no quiero hacer esta carta más larga, estimado Ricardo. Espero saber de tí pronto.
2 comentarios:
el miércoles, en la casa de chorri. te veoooooooo
yo tenía una pasión similar a la tu abuelo, pero aunque los recuerdos siguen siendo buenos ya no la siento más...
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