martes, 17 de marzo de 2009

Sayonara mister tif

Un primo contemporáneo había estado de visita por Lima y esa noche tomaría un vuelo de vuelta a Madrid. Sin mayores incidencias durante su permanencia en casa, todo hacía suponer que aquella sería igual a las anteriores veces que me había visitado desde que, por asuntos militares, su familia se había mudado al otro lado del mar.

Camino al aeropuerto, tomamos y retomamos distintos temas de conversación que habíamos ido afinando los días previos: la gran reunión familiar, su posible y próximo regreso al Perú y nuestra apuesta para saber quién podría bajar de peso más rápido. Al tener un par de horas de sobra, el relajo hizo que entre risas e insultos con cariño deje de concentrarme en la ruta y me pase la calle por donde debía girar. Puta madre, dije, ahora tengo que dar un vueltón por esa zona brava. Qué ¿tienes miedo, primito? me respondió en un tono algo irónico y muy burlesco. Yo siempre había sido el lado débil de los dos; el que entró tardíamente en desarrollo, el tímido, el menos exitoso con las chicas, el que no sabía pelear tan bien, el que no era tan audaz como el otro. En fin, mi primo siempre se impuso sobre mí en muchas cosas, pero siempre ha sido, también, ese mejor amigo que no cuenta como mejor amigo; mi compañero de travesuras de la infancia, de problemas en la adolescencia y de consejos en la juventud. En otras palabras, "he got my back y I got his back". Compañeros que pueden confiar uno en el otro, sin miedo a estupideces como la tración o la envidia.

Dando esa temible vuelta por una de las calles desoladas del retorno a mi ruta original, me percaté de la presencia de cuatro sujetos al final del bloque que, evidentemente, esperaban nuestra llegada a esa siguiente esquina. Mira, huevón, nos han marcado, puta madre, le dije. ¿crees que nos van a querer hacer cagar? me respondió. No sé, fácil si; habla. Písalos, primo, contestó decidido. Nada, mejor retrocedo, brother. Ahí estaba yo, el menos intrépido que prefería salir de esa calle en retroseso en vez de ir contra los delincuentes esos. Grande fue mi sorpresa cuando al mirar por el espejo retrovisor vi que otros cinco o seis de ellos venían corriendo hacia el coche. Mi primo y yo nos miramos por un instante y decidimos poner en marcha el carro sin escatimar en atropellar a los de en frente. Después de todo, salir de ahí en reversa sería, aún, más riesgoso.

Los neumáticos del carro chillaron sobre el pavimento mientras aplicaba lo mejor de mí al volante y mis revoluciones -las del carro y las de mi corazón- subían agitadamente. Al avanzar, noté que Alfredo abrió el vidrio del copiloto. ¿Qué haces, idiota? le pregunté mientras seguía con la mirada en frente, sudando frío y totalmente decidido a no detenerme. Sin responder palabra alguna, mi copiloto se desabrochó el cinturón de seguridad y adoptó una posición de alerta. Cuando pasamos por el costado de los avesadísimos ladrones que se hicieron a un lado justo antes de atropellarlos, uno de ellos quiso meter el brazo por la ventana y, como labor de doble en una película de buen presupuesto, Alfredo logró sujetarlo y jalarlo hacia el interior del coche. Una piedra cayó sobre el parabrisas posterior y solo entonces agradecí haber gastado esos cientos de dólares en láminas de seguridad impenetrables.

Mi carro avanzaba y tras perder a los ladrones detrás nuestro volví a percatarme de la realidad: La cabeza del muchacho de medios veintes yacía atrapada en los brazos de Alfredo, mientras el resto de su cuerpo -una mitad dentro y una mitad fuera- se movía como un pez cuando es sacado del mar. La presión habría sido tan fuerte que el joven delincuente agotó sus fuerzas para escapar en un par de minutos mientras mostraba signos de sofocación.

Hay que darle una lección a este hijo de puta, me dijo Alfredo. Pensando solo en todas las veces en las que me habían asaltado a mi o a alguno de los míos, no tuve nada que meditar y la adrenalina decidió por mí. En cuestión de minutos llegamos a la costa del distrito de Ventanilla y detuvimos el carro. El muchacho, aún atrapado en esos mofletones aunque firmes brazos, rogaba, con dificultad, que lo dejáramos ir, que él no había tenido nada que ver en el robo frustrado y que era inocente, pero yo solo oía un ligero zumbido en mis oídos. Mi primo y yo no éramos, más, personas, sino instinto salvaje de supervivencia. Con mi ayuda lo arrastramos por la tierra a unos metros del carro y empezamos con la venganza que representaba a todas aquellas personas que conocíamos y que, realmente inocentes, habían sido víctimas de gente de la misma calaña que aquel sujeto.

Sin acomodarnos bien para lo que se venía, me adelanté y la punta de mi zapato logró abrirse paso en el pómulo del miserable ladrón. Al ver la sangre me volví, aún, más salvaje; me incliné y sin sentir nada más que odio empecé a golpearle la cara con los puños una y otra vez en medio de insultos aprendidos por mi padre, quien si conoce del tema. Al parecer, estaba tan conmocionado que Alfredo tuvo que detenerme. Recién entonces vi mis nudillos llenos de sangre y pude esuchar que, sollozando, el desdichado delincuente imploraba que me detenga.

No te preocupes, le dijo mi primo al ladrón; él ya no te va a pegar, porque ahora me toca a mí. Un cabezazo que seguramente le rompió la nariz a ese bastardo fue el comienzo del turno de mi primo. A diferencia mía, él si era conciente de lo que hacía y mientras sus manos se encargaban del trabajo sucio le iba advirtiendo del grave error que había cometido al querer meterse con nosotros. Esa paliza la vas a recordar para toda tu vida, le decía. Míranos bien las caras para que te acuerdes quién te hizo cagar en tu puta vida, le replicaba mientras seguía arremetiendo contra él.

Cuando mi primo se detuvo, el adolorido y ensangrentado muchacho sufría para poder seguir implorando, ahora llorando con mucha dificultad y casi al borde del desmayo, que lo perdonemos, que nunca más robaría a nadie, pero que por favor paremos de golpearlo. No sentí una gota de pena por él; creo que quería que siga sufriendo lentamente, pero empecé a temer que pudiéramos acabar con su vida a golpes, así que le dije a Alfredo que con eso bastaba. Lo desnudamos por completo y lo metimos de vuelta al carro. Saqué un plumón de los que cargo en mi maletín para escribir en la pizarra acrílica y le escribí un mensaje en el pecho: "Ja, ja, ja. Ahí tienen a su perro amigo, la próxima nos llevamos dos".

Regresamos a la esquina en donde todo había comenzado y lo lanzamos del carro sin piedad. Al continuar la marcha vimos como sus secuaces se acercaron a él rápidamente en medio de la pista y lo levantaron en hombros como a un triste borracho. Todavía puede caminar la cagada esa, me dijo mi primo mientras soltamos una carcajada forzada.

El resto del camino sirvió para bajar la cantidad de adrenalina en nuestra sangre mientras presumíamos de lo ocurrido. Y al despedirme apresuradamente de él en el aeropuerto por temor a que pierda su vuelo, prometimos que en su próxima visita a Lima le daríamos una lección a otro de esos bastardos.


*esta historia está dedicada con cariño y fé de venganza al desafortunado conductor del Baleno del video.

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