El concierto de los Muñecos de Papel fue el móvil para que muchas y muchos se juntaran en algún lugar de Miraflores. Yo aún era un chiquillo y mi fanatismo por el grupo no pasaba de decirle a todos que a mí me gustaba Bibi Gaitán, una de las muñecas del grupo. Así, al concierto iría mi hermana y mi mamá, mientras que mi padre y yo debíamos hacer hora en los alrededores del lugar para pasar por ellas al terminar.
No entiendo, ahora que lo pienso detenidamente, cómo es que ese grupo mexicano, cuya fama de aquellos días podría compararse a los RB-algo de ahora, decidió venir a la ciudad en la que todos los días se salía a la calle con miedo a morir por la explosión de algún carro, un asesinato masivo o por pararse junto a un policía. Eran tiempos duros, y algunos de nosotros aún recordamos con tristeza lo que, afortunadamente, estaba por terminar a inicios de la década pasada. El caso es que vinieron, tocaron, se presentaron en un par de programas y se fueron. Pero algo curioso dentro de ese orden nos ocurrió a mi padre y a mi.
Ya que mi hermana y mi madre se tomarían un par de horas en el concierto de los aclamadísimos muchachones entre los que se encontraban Ricky Martín y Sasha, mi padre y yo fuimos a dar unas vueltas por las calles miraflorinas. Comimos, reímos, coqueteamos con las meseras de algún lugar y, finalmente, fuimos al arcade a jugar alguna maricada de esos días. En una enorme y antigua máquina de video juegos dentro de uno de estos lugares, mi padre y yo nos pusimos a jugar el antiguo Contra. Perdimos rápido, creo, y ya debíamos regresar a recoger a nuestras damas.
Al llegar al recinto del concierto, mi padre estacionó su carro en la parte de atrás del mismo, justo frente a una limousine cuyo chofer esperaba paciente a un lado de la acera mientras se fumaba unos cigarrillos Premier. Para mí era asombroso ver, por primera vez, esos autos largos que usaba la gente rica de algunas películas que había visto en el olvidado Cine Millonario del canal dos. Es grandaza, le dije a mi padre mientras mantenía los ojos muy abiertos de puro e ingénuo asombro. Es la de los muñecos de papel, me dijo. ¿De verdad? si, en serio. ¡Mira! ¡justamente están saliendo!. Por un momento, me quedé mirando con emoción cómo iban saliendo uno a uno los famosos muñecos y, en un impulso de alegría infantil, bajé del carro y crucé la calle hasta la limousine donde Bibi, mi Bibi Gaitán, la muñeca de papel que me gustaba, era la última en subir. ¡Bibí! le dije, alzando mi aún agudo tono de voz. Ella volteó, se agachó un poco y me cogió los cachetes con ambas manos. ¿Y este muñequito de papel? ¿te perdiste el concierto muñequito? acentí con la cabeza y puse una cara triste (mi mejor actuación de niño). Aw, pero qué tierno, entonces te prometo que regresaremos a dar otro concierto y tú tienes que prometerme que esta vez si vendrás ¿Orale?. Me dio un beso en la mejilla y subió a la limousine de lunas oscurecidas luego de despedirse.
Al recapacitar, mi padre ya estaba a mi lado y me dijo que sería la envidia de mi madre y de mi hermana cuando les contara lo que me había pasado. Fui feliz por varios días y nadie en el colegio me creyó. Pero eso fue lo de menos. Lo que realmente me jodió la infancia y, posteriormente la adolescencia, fue que Bibí Gaitán nunca cumplió su promesa.
No entiendo, ahora que lo pienso detenidamente, cómo es que ese grupo mexicano, cuya fama de aquellos días podría compararse a los RB-algo de ahora, decidió venir a la ciudad en la que todos los días se salía a la calle con miedo a morir por la explosión de algún carro, un asesinato masivo o por pararse junto a un policía. Eran tiempos duros, y algunos de nosotros aún recordamos con tristeza lo que, afortunadamente, estaba por terminar a inicios de la década pasada. El caso es que vinieron, tocaron, se presentaron en un par de programas y se fueron. Pero algo curioso dentro de ese orden nos ocurrió a mi padre y a mi.
Ya que mi hermana y mi madre se tomarían un par de horas en el concierto de los aclamadísimos muchachones entre los que se encontraban Ricky Martín y Sasha, mi padre y yo fuimos a dar unas vueltas por las calles miraflorinas. Comimos, reímos, coqueteamos con las meseras de algún lugar y, finalmente, fuimos al arcade a jugar alguna maricada de esos días. En una enorme y antigua máquina de video juegos dentro de uno de estos lugares, mi padre y yo nos pusimos a jugar el antiguo Contra. Perdimos rápido, creo, y ya debíamos regresar a recoger a nuestras damas.
Al llegar al recinto del concierto, mi padre estacionó su carro en la parte de atrás del mismo, justo frente a una limousine cuyo chofer esperaba paciente a un lado de la acera mientras se fumaba unos cigarrillos Premier. Para mí era asombroso ver, por primera vez, esos autos largos que usaba la gente rica de algunas películas que había visto en el olvidado Cine Millonario del canal dos. Es grandaza, le dije a mi padre mientras mantenía los ojos muy abiertos de puro e ingénuo asombro. Es la de los muñecos de papel, me dijo. ¿De verdad? si, en serio. ¡Mira! ¡justamente están saliendo!. Por un momento, me quedé mirando con emoción cómo iban saliendo uno a uno los famosos muñecos y, en un impulso de alegría infantil, bajé del carro y crucé la calle hasta la limousine donde Bibi, mi Bibi Gaitán, la muñeca de papel que me gustaba, era la última en subir. ¡Bibí! le dije, alzando mi aún agudo tono de voz. Ella volteó, se agachó un poco y me cogió los cachetes con ambas manos. ¿Y este muñequito de papel? ¿te perdiste el concierto muñequito? acentí con la cabeza y puse una cara triste (mi mejor actuación de niño). Aw, pero qué tierno, entonces te prometo que regresaremos a dar otro concierto y tú tienes que prometerme que esta vez si vendrás ¿Orale?. Me dio un beso en la mejilla y subió a la limousine de lunas oscurecidas luego de despedirse.
Al recapacitar, mi padre ya estaba a mi lado y me dijo que sería la envidia de mi madre y de mi hermana cuando les contara lo que me había pasado. Fui feliz por varios días y nadie en el colegio me creyó. Pero eso fue lo de menos. Lo que realmente me jodió la infancia y, posteriormente la adolescencia, fue que Bibí Gaitán nunca cumplió su promesa.
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